Es domingo y acabo de leer un comentario en Facebook donde un escritor de la costa Caribe, Guillermo Tedio, reflexiona sobre una queja que hace José Luis Garcés González, otro escritor de la costa, de Montería más precisamente, sobre la ausencia de librerías en su ciudad. Lo cual considera una verguenza. Leo los comentarios añadidos al primero, la mayoría refirmando la triste idea. Alguien de Valledupar dice que allá la cosa no es diferente. Otro (Alberto Buelvas), tratando de proponer una idea ecuánime, dice que lo que sucede es que "las librería son un negocio y como cualquier negocio necesita de un punto de equilibrio para subsistir en cuanto a gastos. Las librerías se han convertido en un mal negocio, las personas que compran libros, la gran mayoría lo hacen por internet. Por otra parte, hay personas que bajan el libro lo imprimen o lo mandan a imprimir donde resulte más barato (es sumamente económico), esto ha acabado con el negocio de las librerías, y si a lo anterior le sumamos la piratería imagínese."
Ojalá fuera cierta tanta felicidad sobre el libro electrónico y la venta POD (Print On Demand).
Las librerías, como todos los negocios relacionados con la cultura necesitan ser rentables, como dice el último comentario, pero esa rentabilidad siempre será menor que la de una tienda de licores. Por eso necesitan de cierto tipo de empresarios que son una especie en vía de extinción: los libreros. Esos tipos que aman los libros y creo que hasta les duele vender sus existencias, pero ese dolor lo compensan con el sentimiento de que van a compartir las lecturas que les gustan con nuevos lectores.
Tengo un amigo que puso una librería en Bogotá hace como tres años. La lucha ha sido grande. Para sobrevivir trabaja todos los días en ella, propone actividades, escoge bien su catálogo y gracias a eso se ha inventado algo que escasea en el negocio: lectores compradores. Mi amigo es uno de esos libreros que lee los libros que vende, que lee los comentarios de los libros y que lee los catálogos. Es uno de esos pocos libreros que van quedando en esta ciudad. Por supuesto que conseguir ese personaje junto con un grupo de socios dispuestos a invertir algún capital no es fácil ni en Bogotá ni en Valledupar, ni en Montería.
Pero que los hay, los hay.
Mientras tanto quedan las esperanzas. En Ibagué, donde tampoco hay librerías, aguardan desde hace dos años la apertura de una Panamericana. En Pereira, donde no hay librerías hay un grupo de escritores que ha intentado varias veces abrir una librería de libro usado.
En Colombia comprar un tiquete aéreo por Internet todavía es un asunto de minorías, la compra de libros en línea es una actividad casi inexistente. Empecemos porque no hay una oferta masiva de artefactos de lectura, Kindle, por ejemplo. El Ipad se vende bien pero es usado más para actividades multimedia y manejo de documentos que para lectura de libros (que también sirve para eso). Pero sobre todo el problema es que la oferta de libro actualizado en español es muy escasa. El portal todoebook de España, donde las editoriales más grandes y algunas de las pequeñas, ofrecen libro electrónico todavía no incluye ni una parte mínima de los catálogos de estas editoriales. Panamericana de Colombia, que va a estar en este portal, apenas ha subido un título de prueba. Por tanto, pese a la creencia de algunos de que las librerías están condenadas por la venta de libro electrónico, en Colombia por ahora no se cumple.
Casi no hay canales para la venta de libro físico o electrónico; pero tenemos la biblioteca más visitada de América Latina, la Luís Ángel Arango. O sea que lectores no faltan. O sea que hay esperanza de que la verguenza compartida por todas las ciudades colombianas (incluída Bogotá) de tener tan pocas librerías, en algún momento se supere.
domingo, agosto 21, 2011
viernes, agosto 19, 2011
¿Cómo escribir más rápido?
Este parece un tema baladí pero a muchos autores les preocupa de sobremanera. Hay autores que escriben con lentitud, o corrigen excesivamente y les toma tiempo cada pagina. Otros autores, la mayoría, al margen de que les quede fácil o difícil escribir, optan por la procrastinacion, el aplazamiento, el no escribir.
Sin embargo, para los que si escriben y quieren escribir más rápido, encuentro un articulo en la revista Slate que se ocupa del asunto. Perezoso, se titula y su subtitulo resulta un poco contradictorio: ¿Como ser un escritor mas rápido?
Dice el autor, Michael Agger, que "echado sobre mi teclado me he dedicado a cazar anécdotas sobre escritores rápidos" y menciona el caso del historiador Cristopher Hitchens que escribe una columna en la misma revista y es capaz de componerla en veinte minutos, después de salir de un sesión de quimioterapia y después de una cena con amigos, un sábado en la noche, tarde. También menciona al novelista del siglo XIX Anthony Trollope que escribía en papel hecho a su medida donde cabían 250 palabras, la misma cantidad de palabras que Williams Buckley escribía en 15 minutos y cuando se le acababan los quince minutos y no había llegado a las 250 palabras aceleraba el paso.
No esta mal, eso significa que Buckley podía escribir una cuartilla normal en media hora de trabajo. Multiplicado por ocho horas quiere decir que podía hacer 16 cuartillas diarias. Bastante, pero apenas cerca de las cifras del novelista francés Georges Simenon que escribió algunas de sus novelas en diez días; por algo dejó un legado de mas de cien novelas de diversa extensión, una larga obra periodística y muchas adaptaciones al cine.
Otro escritor muy rápido, en el ámbito español es Jordi Sierra i Fabra. De él se dice también que puede componer una novela en diez días. Para estos días su obra ya debe superar los cuatrocientos títulos. Por lo que puede concluírse, según estos dos casos, que a mayor velocidad mayor cantidad de obra. Comparado con ellos, un industrioso de la literatura, como Mario Vargas Llosa, queda como un perezoso, ya que su conjunto literario no llega a treinta títulos. Menos mal algunos de ellos ya pertenecen a la historia grande de la literatura.
Hay casos curiosos como el de John Banville que escribe su literatura mas
acabada y detallista bajo su propio nombre, pero hace novelas policiales bajo el seudónimo de Benjamín Black. Una confesión del autor define muy bien la diferencia entre los dos autores: "como Benjamín Black escribo unas dos mil quinientas palabras al día, como John Banville si logro doscientas al día soy muy, muy feliz." Entonces surgen dos preguntas: ¿La diferencia está en la velocidad, o en la libertad que ofrece el seudónimo? ¿Bajo seudónimo, sin la presión de escribir como se espera de un cierto prestigio literario, se escribe mas rápido?
Las respuestas quedan pendientes.
Existe, por supuesto la diferencia en la velocidad de composición de un periodista y de un autor literario. El primero está habituado a la presión, a una cantidad limitada de caracteres para comprimir la información. El otro solo tiene la presión de sí mismo. Por eso a veces aplaza y aplaza la conclusión de sus obras hasta límites exagerados.
Para terminar citaré al autor del articulo de Slate, que a su vez cita a un sicólogo de la Universidad de San Louis que dice que algunos escritores son "bethovianos" porque componen borradores instantáneos para descubrir que es lo que quieren decir. Y, por otro lado, dice el sicólogo, hay escritores "mozartianos" que saben alargar el desarrollo de sus borradores por largos periodos de tiempo con el fin de reflexionar y planificar mejor.
Escribir para blogs también garantiza cierta eficiencia. ¿La prueba? escribí este texto en menos de veinte minutos. Solo para ganarle a Cristopher Hitchens, aunque por supuesto yo no acabo de salir de quimioterapia ni de una cena con amigos.
Sin embargo, para los que si escriben y quieren escribir más rápido, encuentro un articulo en la revista Slate que se ocupa del asunto. Perezoso, se titula y su subtitulo resulta un poco contradictorio: ¿Como ser un escritor mas rápido?
Dice el autor, Michael Agger, que "echado sobre mi teclado me he dedicado a cazar anécdotas sobre escritores rápidos" y menciona el caso del historiador Cristopher Hitchens que escribe una columna en la misma revista y es capaz de componerla en veinte minutos, después de salir de un sesión de quimioterapia y después de una cena con amigos, un sábado en la noche, tarde. También menciona al novelista del siglo XIX Anthony Trollope que escribía en papel hecho a su medida donde cabían 250 palabras, la misma cantidad de palabras que Williams Buckley escribía en 15 minutos y cuando se le acababan los quince minutos y no había llegado a las 250 palabras aceleraba el paso.
No esta mal, eso significa que Buckley podía escribir una cuartilla normal en media hora de trabajo. Multiplicado por ocho horas quiere decir que podía hacer 16 cuartillas diarias. Bastante, pero apenas cerca de las cifras del novelista francés Georges Simenon que escribió algunas de sus novelas en diez días; por algo dejó un legado de mas de cien novelas de diversa extensión, una larga obra periodística y muchas adaptaciones al cine.
Otro escritor muy rápido, en el ámbito español es Jordi Sierra i Fabra. De él se dice también que puede componer una novela en diez días. Para estos días su obra ya debe superar los cuatrocientos títulos. Por lo que puede concluírse, según estos dos casos, que a mayor velocidad mayor cantidad de obra. Comparado con ellos, un industrioso de la literatura, como Mario Vargas Llosa, queda como un perezoso, ya que su conjunto literario no llega a treinta títulos. Menos mal algunos de ellos ya pertenecen a la historia grande de la literatura.
Hay casos curiosos como el de John Banville que escribe su literatura mas
acabada y detallista bajo su propio nombre, pero hace novelas policiales bajo el seudónimo de Benjamín Black. Una confesión del autor define muy bien la diferencia entre los dos autores: "como Benjamín Black escribo unas dos mil quinientas palabras al día, como John Banville si logro doscientas al día soy muy, muy feliz." Entonces surgen dos preguntas: ¿La diferencia está en la velocidad, o en la libertad que ofrece el seudónimo? ¿Bajo seudónimo, sin la presión de escribir como se espera de un cierto prestigio literario, se escribe mas rápido?
Las respuestas quedan pendientes.
Existe, por supuesto la diferencia en la velocidad de composición de un periodista y de un autor literario. El primero está habituado a la presión, a una cantidad limitada de caracteres para comprimir la información. El otro solo tiene la presión de sí mismo. Por eso a veces aplaza y aplaza la conclusión de sus obras hasta límites exagerados.
Para terminar citaré al autor del articulo de Slate, que a su vez cita a un sicólogo de la Universidad de San Louis que dice que algunos escritores son "bethovianos" porque componen borradores instantáneos para descubrir que es lo que quieren decir. Y, por otro lado, dice el sicólogo, hay escritores "mozartianos" que saben alargar el desarrollo de sus borradores por largos periodos de tiempo con el fin de reflexionar y planificar mejor.
Escribir para blogs también garantiza cierta eficiencia. ¿La prueba? escribí este texto en menos de veinte minutos. Solo para ganarle a Cristopher Hitchens, aunque por supuesto yo no acabo de salir de quimioterapia ni de una cena con amigos.
domingo, agosto 07, 2011
El colega de Homero
Conocí a Jairo Aníbal Niño cuando él ya era una celebridad en el medio del teatro (con su obra El Montecalvo había ganado el premio al Mejor Espectáculo Libre del V Festival Mundial de Teatro de Nancy, Francia, en 1967). Había dirigido el teatro de la Universidad Nacional de Medellín, había sido censurado por la curia por su obra El baile de los arzobispos, y su frenética actividad creadora le había dado tiempo hasta para tener un grupo de títeres y haber escrito algunas obras para niños. Por entonces comenzaba su carrera como narrador. Era el año de 1974 y formábamos parte de un taller de creación literaria que dirigía, casualmente, el director editorial de Panamericana, Conrado Zuluaga, y del cual hacían parte, entre otras personas, Piedad Bonnett, Guillermo Alberto Arévalo y Amalia Iriarte.
En ese grupo Jairo presentó sus primeros cuentos. Aquellos sorprendentes textos de pocas líneas que después serían publicados con el título de Puro pueblo. A partir de aquellas reuniones desarrollé con él una relación más o menos profesional, más o menos amistosa, que se prolongaría en otras reuniones en la sala de su casa o en cualquier esquina donde uno se lo encontrara, porque Jairo se detenía a conversar con un entusiasmo inagotable sin importar ni la hora ni el lugar. Era un contador de cuentos implacable. Hablaba y hablaba sin dejar de improvisar cuentos, recuerdos trucados, mitos personales, mentiras y otras imaginerías. Él hacía honor a la noción de su arte según Nabokov: “La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle Neanderthal gritando “el lobo, el lobo” con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando “el lobo, el lobo” sin que lo persiguiera lobo alguno”.
Jairo siempre gritó que el Lobo venía detrás suyo; la literatura era una estela a su paso. Así nos lo recuerdan sus propias palabras en una entrevista que Guillermo González le hizo en 1983 sobre sus estudios y orígenes literarios.
“Porque de pronto yo empezaba a leer a Homero, La Ilíada, ese lindo cuento de bandidos, en un parque de Bucaramanga, al lado de un taxista amigo y con el taxista amigo empezábamos a hablar de los personajes de Homero. Hasta que al final, de pronto, yo sabía que el taxista se estaba enamorando de Helena, de una manera peligrosa –porque todo enamoramiento es peligroso, porque es de vida o muerte cuando es de verdad, entonces uno no sabe lo que va a pasar-; así aparecían las cosas del amor y de la guerra. Y a mí me parecía mucho más emocionante y mucho más inteligente y para mi aprendizaje mucho más sensato, estar al lado de los choferes de camión, conversando sobre los personajes de Homero, que en un salón, donde no meramente no estaba aprendiendo nada, sino que estaban matando a La Ilíada”.
Poco tiempo después de aquel taller inaugural, dejamos de vernos porque me fui a vivir durante año y medio a Medellín donde mi mujer había sido contratada por la agencia de publicidad Leo Burnett (dato que ya veremos tiene alguna relevancia en esta pequeña memorabilia). Y aquí incluyo otra historia más o menos ilustrativa sobre la personalidad de Jairo.
Humberto Dorado me contó alguna vez que en un largo viaje que hicieron a China como integrantes del Teatro Libre de Bogotá había compartido habitación y cabina de tren con Jairo. En una de esas noches este le contó una historia muy divertida acerca de un duelo entre un profesor y un carnicero de pueblo enfrentados por el amor de la mujer de uno de ellos dos y como Jairo aseguraba “todo enamoramiento es de muerte”. Además Jairo juraba que era real (como el lobo de Nabokov). A Humberto se le grabó ese argumento en la memoria y a partir de él terminó por escribir un guion de cine muy celebrado: Técnicas de duelo; que fue convertido en película por Sergio Cabrera. Obviamente cuando el guión estuvo listo Humberto buscó a Jairo y le comentó que lo había escrito a partir de esa historia que él le había narrado en alguna noche de conversación interminable. Jairo soltó la risa y le dijo que sinceramente no se acordaba de haberle contado ese cuento ni mucho menos que él hubiera jurado que era una historia real. Al final le dijo, que mucho le gustaría aceptar que ese cuento era suyo pero como no recordaba haberlo narrado ahora el dueño real era Humberto.
Así era Jairo. Los cuentos le brotaban con una facilidad envidiable. En una de esas charlas en las que leía mis cuentos y los cuentos de otros colegas que buscábamos su aprobación, le escuché decir algo que sonaba a “boutade” pero que Jairo solía decir con esa cara de palo que lo caracterizaba: “uno no es colega de sus contemporáneos sino de Homero, si uno no pone su mira alta su obra tampoco lo será”.
Esta idea que poco a poco dejó de parecerme descabellada, vuelve a mi mente cada vez que leo un texto ajeno o intento un texto propio. Todos somos parte de la misma tradición literaria. No somos escritores del barrio de la Soledad, o de la Candelaria, o de Bucaramanga o de Sonsón, sino parte de un cuerpo textual que crece en cada página que se escribe en cualquier rincón del mundo y que se inició con grandes contadores de cuentos como Homero.
En la navidad de 1976 (yo acababa de regresar de Medellín), más exactamente en la noche de Inocentes, Jairo me llamó con una urgencia irreprimible. Quería leerme algo. Eran como las seis de la tarde y le dije que bueno, que yo estaba en mi casa.
Al rato llegó con un cartapacio en la mano. Era uno de esos originales más o menos impecables que escribía con precisión de relojero; redactado en una máquina de escribir con tipos grandes. Casi sin mediar saludo siguió a mi estudio que en esa época no era muy cómodo. Jairo se sentó en el piso sobre un cojín y yo me acomodé en la silla de mi escritorio. A partir de ahí y por espacio de dos horas me leyó un texto que hablaba del ave tente y del sicario con un ojo verde y otro violeta. Obviamente era el texto de Zoro que iba a enviar (o ya lo había enviado) al jurado del premio Enka de literatura infantil cuya admisión de originales cerraba el 31 de diciembre.
Ese premio se había creado ese mismo año como una iniciativa de la empresa de hilos de Medellín, representada por Jaime Cadavid, por sugerencia, de la escritora Rocío Vélez de Piedrahita y apoyada en su divulgación por la agencia de publicidad donde trabajaba mi mujer.
El proyecto fructificó y entonces le pidieron a la agencia unas bases para el concurso. En ese tiempo yo era experto en bases de concursos porque era un escritor en proceso de formación y comenzaba a participar en ellos. Así que, como un favor a mi mujer, terminé redactando la primera versión de las bases de un certamen que con el tiempo tendría una importancia grande para la literatura infantil y juvenil en Colombia.
Cuando el concurso fue lanzado, Manuel Mejía Vallejo le comentó a un amigo común que él creía que se premio estaba hecho a la medida de gente como Jairo Aníbal Niño. Me pareció extraño que lo dijera pues hasta ese momento Jairo no había publicado sino unos pocos de aquellos relatos cortos, pero Manuel Mejía conocía sus obras de teatro para niños y sobre todo su prodigiosa imaginación. Tal vez por eso lo dijo. En todo caso no deja de ser curiosa esa sucesión de pequeñas casualidades que confluyeron esa noche en el estudio de mi casa.
Obviamente mi reacción al terminar la lectura de Zoro fue, hombre Jairo ese premio está en su bolsillo porque un texto como este no lo ha escrito nadie en este país. O tal vez lo dije de una manera menos sentenciosa. La memoria es traicionera, pero todavía recuerdo con felicidad esa noche en la que Jairo en menos de dos horas me leyó ese texto y a pesar de la hora no pude ni bostezar.
Supongo que no fui ni el primero ni el último de los devotos escuchas de esa primera lectura de Zoro. Yo me imagino a Jairo en esa semana crucial leyéndoselo a todo el mundo, a sus hijos, a su mujer, al embolador de la calle diecinueve, y a muchos de sus amigos escritores. Supongo que no esperaba que le dijéramos mucho, ni que le corrigiéramos comas, yo creo que él solo quería confirmar que el texto dejaba estupefactos a todos los que se enfrentaban a él por primera vez.
El resto es historia. Zoro ganó el premio Enka con todos los honores. Es un texto que entonces y ahora resulta sorprendente. Estableció un antes y un después para la literatura colombiana. Jairo inició con él un larga serie de obras destinadas al público infantil que lo convirtieron en un héroe para muchas generaciones de jóvenes lectores. Su relación con los niños y jóvenes no solo se dio a través de sus textos sino mediante sus constantes visitas a colegios, bibliotecas y festivales donde entretenía a decenas de pelados con sus cuentos escritos o improvisados que sacaba del cubilete de su imaginación.
La literatura es un organismo vivo y una de sus células vitales fue sin duda Jairo Aníbal con esa actitud graciosa, amable y feliz con la que asumió su oficio de narrador. Hizo de sí mismo una encarnación de sus creencias. Un colega de Homero, un encantador de la palabra, un hombre que contaba cuentos con gracia y que dijo sobre su propia muerte:
“Yo voy a morir de literatura. Es decir, el día en que sea incapaz de responder a la llamada de un cuento, hay que enterrar a Jairo Aníbal Niño, porque estará muerto.”
Sin embargo este vaticinio no se le cumplió porque Jairo sigue respondiendo a los cuentos que se cuentan en este país. Y acaso el bacilo de esa fiebre por contar historias con la que vivió toda su vida continúa circulando por ahí, en decenas de pacientes que en este momento inspirados por alguno de sus cuentos, poemas u obras de teatro, redactan su primer esfuerzo literario.
(Escribí este texto por encargo de Editorial Panamericana, para una publicación en homenaje a Jairo Anibal Niño que debe aparecer en estos días)
En ese grupo Jairo presentó sus primeros cuentos. Aquellos sorprendentes textos de pocas líneas que después serían publicados con el título de Puro pueblo. A partir de aquellas reuniones desarrollé con él una relación más o menos profesional, más o menos amistosa, que se prolongaría en otras reuniones en la sala de su casa o en cualquier esquina donde uno se lo encontrara, porque Jairo se detenía a conversar con un entusiasmo inagotable sin importar ni la hora ni el lugar. Era un contador de cuentos implacable. Hablaba y hablaba sin dejar de improvisar cuentos, recuerdos trucados, mitos personales, mentiras y otras imaginerías. Él hacía honor a la noción de su arte según Nabokov: “La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle Neanderthal gritando “el lobo, el lobo” con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando “el lobo, el lobo” sin que lo persiguiera lobo alguno”.
Jairo siempre gritó que el Lobo venía detrás suyo; la literatura era una estela a su paso. Así nos lo recuerdan sus propias palabras en una entrevista que Guillermo González le hizo en 1983 sobre sus estudios y orígenes literarios.
“Porque de pronto yo empezaba a leer a Homero, La Ilíada, ese lindo cuento de bandidos, en un parque de Bucaramanga, al lado de un taxista amigo y con el taxista amigo empezábamos a hablar de los personajes de Homero. Hasta que al final, de pronto, yo sabía que el taxista se estaba enamorando de Helena, de una manera peligrosa –porque todo enamoramiento es peligroso, porque es de vida o muerte cuando es de verdad, entonces uno no sabe lo que va a pasar-; así aparecían las cosas del amor y de la guerra. Y a mí me parecía mucho más emocionante y mucho más inteligente y para mi aprendizaje mucho más sensato, estar al lado de los choferes de camión, conversando sobre los personajes de Homero, que en un salón, donde no meramente no estaba aprendiendo nada, sino que estaban matando a La Ilíada”.
Poco tiempo después de aquel taller inaugural, dejamos de vernos porque me fui a vivir durante año y medio a Medellín donde mi mujer había sido contratada por la agencia de publicidad Leo Burnett (dato que ya veremos tiene alguna relevancia en esta pequeña memorabilia). Y aquí incluyo otra historia más o menos ilustrativa sobre la personalidad de Jairo.
Humberto Dorado me contó alguna vez que en un largo viaje que hicieron a China como integrantes del Teatro Libre de Bogotá había compartido habitación y cabina de tren con Jairo. En una de esas noches este le contó una historia muy divertida acerca de un duelo entre un profesor y un carnicero de pueblo enfrentados por el amor de la mujer de uno de ellos dos y como Jairo aseguraba “todo enamoramiento es de muerte”. Además Jairo juraba que era real (como el lobo de Nabokov). A Humberto se le grabó ese argumento en la memoria y a partir de él terminó por escribir un guion de cine muy celebrado: Técnicas de duelo; que fue convertido en película por Sergio Cabrera. Obviamente cuando el guión estuvo listo Humberto buscó a Jairo y le comentó que lo había escrito a partir de esa historia que él le había narrado en alguna noche de conversación interminable. Jairo soltó la risa y le dijo que sinceramente no se acordaba de haberle contado ese cuento ni mucho menos que él hubiera jurado que era una historia real. Al final le dijo, que mucho le gustaría aceptar que ese cuento era suyo pero como no recordaba haberlo narrado ahora el dueño real era Humberto.
Así era Jairo. Los cuentos le brotaban con una facilidad envidiable. En una de esas charlas en las que leía mis cuentos y los cuentos de otros colegas que buscábamos su aprobación, le escuché decir algo que sonaba a “boutade” pero que Jairo solía decir con esa cara de palo que lo caracterizaba: “uno no es colega de sus contemporáneos sino de Homero, si uno no pone su mira alta su obra tampoco lo será”.
Esta idea que poco a poco dejó de parecerme descabellada, vuelve a mi mente cada vez que leo un texto ajeno o intento un texto propio. Todos somos parte de la misma tradición literaria. No somos escritores del barrio de la Soledad, o de la Candelaria, o de Bucaramanga o de Sonsón, sino parte de un cuerpo textual que crece en cada página que se escribe en cualquier rincón del mundo y que se inició con grandes contadores de cuentos como Homero.
En la navidad de 1976 (yo acababa de regresar de Medellín), más exactamente en la noche de Inocentes, Jairo me llamó con una urgencia irreprimible. Quería leerme algo. Eran como las seis de la tarde y le dije que bueno, que yo estaba en mi casa.
Al rato llegó con un cartapacio en la mano. Era uno de esos originales más o menos impecables que escribía con precisión de relojero; redactado en una máquina de escribir con tipos grandes. Casi sin mediar saludo siguió a mi estudio que en esa época no era muy cómodo. Jairo se sentó en el piso sobre un cojín y yo me acomodé en la silla de mi escritorio. A partir de ahí y por espacio de dos horas me leyó un texto que hablaba del ave tente y del sicario con un ojo verde y otro violeta. Obviamente era el texto de Zoro que iba a enviar (o ya lo había enviado) al jurado del premio Enka de literatura infantil cuya admisión de originales cerraba el 31 de diciembre.
Ese premio se había creado ese mismo año como una iniciativa de la empresa de hilos de Medellín, representada por Jaime Cadavid, por sugerencia, de la escritora Rocío Vélez de Piedrahita y apoyada en su divulgación por la agencia de publicidad donde trabajaba mi mujer.
El proyecto fructificó y entonces le pidieron a la agencia unas bases para el concurso. En ese tiempo yo era experto en bases de concursos porque era un escritor en proceso de formación y comenzaba a participar en ellos. Así que, como un favor a mi mujer, terminé redactando la primera versión de las bases de un certamen que con el tiempo tendría una importancia grande para la literatura infantil y juvenil en Colombia.
Cuando el concurso fue lanzado, Manuel Mejía Vallejo le comentó a un amigo común que él creía que se premio estaba hecho a la medida de gente como Jairo Aníbal Niño. Me pareció extraño que lo dijera pues hasta ese momento Jairo no había publicado sino unos pocos de aquellos relatos cortos, pero Manuel Mejía conocía sus obras de teatro para niños y sobre todo su prodigiosa imaginación. Tal vez por eso lo dijo. En todo caso no deja de ser curiosa esa sucesión de pequeñas casualidades que confluyeron esa noche en el estudio de mi casa.
Obviamente mi reacción al terminar la lectura de Zoro fue, hombre Jairo ese premio está en su bolsillo porque un texto como este no lo ha escrito nadie en este país. O tal vez lo dije de una manera menos sentenciosa. La memoria es traicionera, pero todavía recuerdo con felicidad esa noche en la que Jairo en menos de dos horas me leyó ese texto y a pesar de la hora no pude ni bostezar.
Supongo que no fui ni el primero ni el último de los devotos escuchas de esa primera lectura de Zoro. Yo me imagino a Jairo en esa semana crucial leyéndoselo a todo el mundo, a sus hijos, a su mujer, al embolador de la calle diecinueve, y a muchos de sus amigos escritores. Supongo que no esperaba que le dijéramos mucho, ni que le corrigiéramos comas, yo creo que él solo quería confirmar que el texto dejaba estupefactos a todos los que se enfrentaban a él por primera vez.
El resto es historia. Zoro ganó el premio Enka con todos los honores. Es un texto que entonces y ahora resulta sorprendente. Estableció un antes y un después para la literatura colombiana. Jairo inició con él un larga serie de obras destinadas al público infantil que lo convirtieron en un héroe para muchas generaciones de jóvenes lectores. Su relación con los niños y jóvenes no solo se dio a través de sus textos sino mediante sus constantes visitas a colegios, bibliotecas y festivales donde entretenía a decenas de pelados con sus cuentos escritos o improvisados que sacaba del cubilete de su imaginación.
La literatura es un organismo vivo y una de sus células vitales fue sin duda Jairo Aníbal con esa actitud graciosa, amable y feliz con la que asumió su oficio de narrador. Hizo de sí mismo una encarnación de sus creencias. Un colega de Homero, un encantador de la palabra, un hombre que contaba cuentos con gracia y que dijo sobre su propia muerte:
“Yo voy a morir de literatura. Es decir, el día en que sea incapaz de responder a la llamada de un cuento, hay que enterrar a Jairo Aníbal Niño, porque estará muerto.”
Sin embargo este vaticinio no se le cumplió porque Jairo sigue respondiendo a los cuentos que se cuentan en este país. Y acaso el bacilo de esa fiebre por contar historias con la que vivió toda su vida continúa circulando por ahí, en decenas de pacientes que en este momento inspirados por alguno de sus cuentos, poemas u obras de teatro, redactan su primer esfuerzo literario.
(Escribí este texto por encargo de Editorial Panamericana, para una publicación en homenaje a Jairo Anibal Niño que debe aparecer en estos días)
viernes, agosto 05, 2011
Notas sobre el cuento. El lector
Quisiera creer que en este tiempo de apresuramiento los escasos lectores que quedan por ahí podrían interesarse por un género –el cuento– que se despacha en una sola sentada, en un solo viaje de Trasmilenio o de Metro; sin embargo creo que me equivoco. Me temo que esos lectores con entrenamiento básico prefieren el lado opuesto de la brevedad, o sea el best seller, ese objeto de papel y tinta que no baja de ochocientas páginas.
¿Por qué?
Tal vez por deformaciones del gusto; prejuicios acerca del cuento como género; creencia de que es una forma fácil y por tanto engañosa. Que el término cuento es sinónimo de fantástico y fantástico es sinónimo de brujas y dragones. Y por último que ochocientas páginas pueden contener más vida que dos u ocho, lo cual no es del todo cierto porque hay novelas de ochocientas páginas absolutamente prescindibles, como El código Davinci y cuentos de Borges, de solo dos páginas, como El espejo y la máscara, que son indispensables.
Por eso sospecho que el cuento se ha convertido en estos tiempos de velocidad y superficialidad, en un género para lectores con paladar más o menos refinado.
Cristina Fernandez Cubas, la gran cuentista española, sostiene que los lectores de cuentos son lectores exigentes. Que quieren estar despiertos frente a lo narrado, no quieren que los adormezcan, quieren vivir la adrenalina del cuento. Frente al lector de best sellers que quiere adormecerse durante una enorme cantidad de páginas que muchas veces tiene argumento apenas para un capítulo o dos y no muy buenos.
Por la misma razón que existe el best seller, es evidente que las novelas no del todo resueltas ( o abiertamente mediocres) se pueden terminar. Y eso se puede hacer saltando parrafos, perdonando obviedades, rellenando los espacios vacíos. Estrategias de lector. En cambio el cuento procura un juego de inteligencia entre el lector y el autor. Un cuento mediocre deja ver sus costuras demasiado pronto, por eso un cuento mediocre, a diferencia de la novela mediocre, no se puede terminar de leer.
Toda obra literaria se completa en la mente del lector. Depende de la experiencia lectora para cumplir sus objetivos. Pero ninguna como el cuento donde el lector sigue viviendo en ese universo recién leído durante largo, largo tiempo.
¿Por qué?
Tal vez por deformaciones del gusto; prejuicios acerca del cuento como género; creencia de que es una forma fácil y por tanto engañosa. Que el término cuento es sinónimo de fantástico y fantástico es sinónimo de brujas y dragones. Y por último que ochocientas páginas pueden contener más vida que dos u ocho, lo cual no es del todo cierto porque hay novelas de ochocientas páginas absolutamente prescindibles, como El código Davinci y cuentos de Borges, de solo dos páginas, como El espejo y la máscara, que son indispensables.
Por eso sospecho que el cuento se ha convertido en estos tiempos de velocidad y superficialidad, en un género para lectores con paladar más o menos refinado.
Cristina Fernandez Cubas, la gran cuentista española, sostiene que los lectores de cuentos son lectores exigentes. Que quieren estar despiertos frente a lo narrado, no quieren que los adormezcan, quieren vivir la adrenalina del cuento. Frente al lector de best sellers que quiere adormecerse durante una enorme cantidad de páginas que muchas veces tiene argumento apenas para un capítulo o dos y no muy buenos.
Por la misma razón que existe el best seller, es evidente que las novelas no del todo resueltas ( o abiertamente mediocres) se pueden terminar. Y eso se puede hacer saltando parrafos, perdonando obviedades, rellenando los espacios vacíos. Estrategias de lector. En cambio el cuento procura un juego de inteligencia entre el lector y el autor. Un cuento mediocre deja ver sus costuras demasiado pronto, por eso un cuento mediocre, a diferencia de la novela mediocre, no se puede terminar de leer.
Toda obra literaria se completa en la mente del lector. Depende de la experiencia lectora para cumplir sus objetivos. Pero ninguna como el cuento donde el lector sigue viviendo en ese universo recién leído durante largo, largo tiempo.
lunes, agosto 01, 2011
Una de Hernando Téllez (en 1952)
Es injusto exigir que tengamos críticos especializados cuando ningún otro género literario, fuera del periodismo, existe plenamente. Los literatos en Colombia escriben por afición, por lujo, en horas extras robadas al trabajo corriente que los defiende de la adversidad financiera. El país puede vivir sin literatura, no siente la necesidad de leer, se encuentra aún en el forcejeo del contratista, del ingeniero, en vísperas de Paz del Río. El escribir no está clasificado como un oficio. Todos tenemos que pagar nuestros zapatos. Pero el escritor se le invita a colaborar en las revistas o a coronar reinas sin remuneración alguna, por el simple honor, como un deber gracioso de la inteligencia. El intelectual no tiene clientela.
Hernándo Téllez
Hernándo Téllez
lunes, julio 25, 2011
Murdoch, el depredador del libro literario
Hoy se habla mucho del magnate de los medios Rupert Murdoch; el inventor del periodismo basura, que es una versión 2.0 del periodismo amarillista de Randolph Hearst. Con un poco de suerte su sombrío reinado en los medios de comunicación perderá alguna importancia y algunos cientos de millones de euros. Pero, en este mundo de pragmatismo político donde los poderosos solo se sienten seguros con canallas pares, Murdoch sobrevivirá.
Sin embargo vale la pena recordar el papel que ha cumplido este sombrío personaje en el mundo editorial. El fue el que tiró del hilo clave para que el mundo de la edición de libros se transformara. De modo que pasó de ser un territorio donde la publicación de best sellers compensaba la publicación de libros de arte con menor venta, a un negocio donde solo vale la publicación de best seller y cuando se arriesga se hace por pagar favores políticos. Él puso las reglas que hoy rigen a las grandes empresas editoras. Básicamente lo hizo porque aplicó al negocio editorial los criterios corporativos de alto rendimiento que le permitieron expandir su imperio de medios de comunicación. Para crecer hay que ganar dinero y para ganar dinero hay que dejar de lado los escrúpulos.
La historia la cuenta con amplitud André Shifrrin en sus libros La edición sin editores y Una educación política. Y a ellos remito a los interesados.
Lo cierto es que Murdoch gracias a su espíritu empresarial de tiburón corporativo, es uno de los grandes depredadores del libro literario. Su idea básicamente consiste en concentrarse en la venta de libros dirigidos a las personas que no leen; que a lo sumo ojean los libros y en todo caso les interesan unos temas que están más cerca del periodismo basura que de la literatura y las bellas letras. Son los libros de famosos y sobre famosos. Que son famosos porque aparecen en las revistas y porque escriben libros sobre ellos mismos, en una suerte de endogamia mediática, de modo que ellos mismos terminan siendo el mensaje.
El retrato robot de un autor de estos es más o menos así. Una periodista que transmite noticias gana notoriedad por su voz y su figura. Gracias a esa condición se convierte en candidata a escribir un libro, no importa sobre qué, con tal de que ella lo firme. Y así se hace. El libro puede ser sobre sus experiencias románticas, sus mejores recetas de cocina o sus consejos de belleza. Publicar esta clase de libros siempre ha sido normal, lo anormal es que solo se publiquen este tipo de libros y que, además, cuando tienen algún rasgo imaginativo se nos quiera vender la idea de que son la "nueva" literatura.
Por fortuna a toda acción le surge una reacción. Los grandes grupos editores compiten entre sí por la venta del libro basura. Pero hay una opción, la del mercado que históricamente perteneció a la editoriales literarias, el de los lectores que leen los libros que compran. Esa franja está siendo ocupada por pequeños sellos independientes que están atendiendo el gusto y los deseos de los lectores reales. André Shifrrin en Estados Unidos dirige uno de estos. En España también se han fundado algunos. Los autores de prestigio poco a poco comienzan a migrar hacia ellos. Son empresas que funcionan bajo el principio básico con el cual funcionó la industria, que se puede vivir con utilidades marginales del 4 o del 8 por ciento para poder, de esta manera, arriesgarse a publicar libros que no siempre estén destinados a las superventas.
En Colombia el fenómeno de respuesta comienza echar raíces. Cada vez más las editoriales agrupadas alrededor de REIC son la semilla de una nueva industria editorial colombiana. Lejos, muy lejos de las premisas defendidads por los escualos empresariales comandados por Rupert Murdoch y que entre nosotros cuentan, para manejar el negocio, con algunas rémoras.
Sin embargo vale la pena recordar el papel que ha cumplido este sombrío personaje en el mundo editorial. El fue el que tiró del hilo clave para que el mundo de la edición de libros se transformara. De modo que pasó de ser un territorio donde la publicación de best sellers compensaba la publicación de libros de arte con menor venta, a un negocio donde solo vale la publicación de best seller y cuando se arriesga se hace por pagar favores políticos. Él puso las reglas que hoy rigen a las grandes empresas editoras. Básicamente lo hizo porque aplicó al negocio editorial los criterios corporativos de alto rendimiento que le permitieron expandir su imperio de medios de comunicación. Para crecer hay que ganar dinero y para ganar dinero hay que dejar de lado los escrúpulos.
La historia la cuenta con amplitud André Shifrrin en sus libros La edición sin editores y Una educación política. Y a ellos remito a los interesados.
Lo cierto es que Murdoch gracias a su espíritu empresarial de tiburón corporativo, es uno de los grandes depredadores del libro literario. Su idea básicamente consiste en concentrarse en la venta de libros dirigidos a las personas que no leen; que a lo sumo ojean los libros y en todo caso les interesan unos temas que están más cerca del periodismo basura que de la literatura y las bellas letras. Son los libros de famosos y sobre famosos. Que son famosos porque aparecen en las revistas y porque escriben libros sobre ellos mismos, en una suerte de endogamia mediática, de modo que ellos mismos terminan siendo el mensaje.
El retrato robot de un autor de estos es más o menos así. Una periodista que transmite noticias gana notoriedad por su voz y su figura. Gracias a esa condición se convierte en candidata a escribir un libro, no importa sobre qué, con tal de que ella lo firme. Y así se hace. El libro puede ser sobre sus experiencias románticas, sus mejores recetas de cocina o sus consejos de belleza. Publicar esta clase de libros siempre ha sido normal, lo anormal es que solo se publiquen este tipo de libros y que, además, cuando tienen algún rasgo imaginativo se nos quiera vender la idea de que son la "nueva" literatura.
Por fortuna a toda acción le surge una reacción. Los grandes grupos editores compiten entre sí por la venta del libro basura. Pero hay una opción, la del mercado que históricamente perteneció a la editoriales literarias, el de los lectores que leen los libros que compran. Esa franja está siendo ocupada por pequeños sellos independientes que están atendiendo el gusto y los deseos de los lectores reales. André Shifrrin en Estados Unidos dirige uno de estos. En España también se han fundado algunos. Los autores de prestigio poco a poco comienzan a migrar hacia ellos. Son empresas que funcionan bajo el principio básico con el cual funcionó la industria, que se puede vivir con utilidades marginales del 4 o del 8 por ciento para poder, de esta manera, arriesgarse a publicar libros que no siempre estén destinados a las superventas.
En Colombia el fenómeno de respuesta comienza echar raíces. Cada vez más las editoriales agrupadas alrededor de REIC son la semilla de una nueva industria editorial colombiana. Lejos, muy lejos de las premisas defendidads por los escualos empresariales comandados por Rupert Murdoch y que entre nosotros cuentan, para manejar el negocio, con algunas rémoras.
viernes, julio 22, 2011
Gentecita del montón por Esteban Carlos Mejía
Gentecita del montón es una obra irrepetible en (la historia de) la literatura colombiana. Retrata una época que, como tantas, ya no existe, y habla de un país que hace rato dejó de existir, y nos cuenta un mundo que dejó de ser ilusión para volverse recuerdo o ficción.
Escritos con todas las vísceras, repletos de pasión y método, estos textos relatan aventuras y desventuras sin sentido o, mejor, con un sentido oculto, con el errático sentido de la experiencia, de lo que vendrá, de lo que ha sido y no volverá a ser. Seres casi inmateriales (jipis, gringos marihuaneros, un par de lesbianas españolas, vagos al rebusque, fracasados, adolescentes en trance de inmortalidad) a los que la existencia zarandea no sin severidad, con injusta falta de equilibrio y de sosiego, logran sobrevivir, escapar y ser felices, a sabiendas de que la vida, al igual que las cosas, tampoco tiene sentido, es un túnel sin salida, un socavón a la nada. Por eso, sus historias nos resultan tan íntimas, tan cercanas, tan personales.
Estos cuentos son, qué duda cabe ahora, una anticipación de (la literatura de) otro Roberto, el entrañable Roberto Bolaño: engañosos y patéticos apocalipsis, uno encima de otro, narrados con talento y oficio en un álbum de “gente extemporánea” y de “tipos solitarios y perplejos.” En cada página de Gentecita del montón flota la punta de un iceberg, a lo Papá Hemingway, con elegancia y sobriedad, dejándonos ver apenas lo imprescindible, lo inevitable. Es, como ya dije, una obra que no se repetirá. Y que, por lo demás, no se olvidará.
Esteban Carlos Mejía
Escritos con todas las vísceras, repletos de pasión y método, estos textos relatan aventuras y desventuras sin sentido o, mejor, con un sentido oculto, con el errático sentido de la experiencia, de lo que vendrá, de lo que ha sido y no volverá a ser. Seres casi inmateriales (jipis, gringos marihuaneros, un par de lesbianas españolas, vagos al rebusque, fracasados, adolescentes en trance de inmortalidad) a los que la existencia zarandea no sin severidad, con injusta falta de equilibrio y de sosiego, logran sobrevivir, escapar y ser felices, a sabiendas de que la vida, al igual que las cosas, tampoco tiene sentido, es un túnel sin salida, un socavón a la nada. Por eso, sus historias nos resultan tan íntimas, tan cercanas, tan personales.
Estos cuentos son, qué duda cabe ahora, una anticipación de (la literatura de) otro Roberto, el entrañable Roberto Bolaño: engañosos y patéticos apocalipsis, uno encima de otro, narrados con talento y oficio en un álbum de “gente extemporánea” y de “tipos solitarios y perplejos.” En cada página de Gentecita del montón flota la punta de un iceberg, a lo Papá Hemingway, con elegancia y sobriedad, dejándonos ver apenas lo imprescindible, lo inevitable. Es, como ya dije, una obra que no se repetirá. Y que, por lo demás, no se olvidará.
Esteban Carlos Mejía
viernes, julio 15, 2011
Los cuentos de Julio Paredes
Julio Paredes ha publicado cuatro libros de cuentos y dos novelas. Es un excelente traductor y un tipo que piensa en su oficio. Es decir un escritor consciente de sus herramientas y de cómo usarlas. El mas reciente de sus libros, Artículos propios, resume ese oficio en doce cuentos que tienen varios aspectos en común.
Estos cuentos fueron escritos pensando en el conjunto del libro sin olvidarse de la calidad individual de cada uno. La colección está unificada con la idea de que cada cuento gire en torno a un objeto cotidiano, "personal". Sin embargo, puede decirse que este recurso es común a muchos libros de cuento. Lo que realmente crea la unidad de este libro es que es el producto de una voz narrativa reposada y que sabe lo que quiere. Son historias narradas bajo una perspectiva femenina. A veces la voz narradora es femenina y cuando esto no es así el centro de atención del cuento está puesto en una mujer. Esto es algo que el autor quiere hacer notar desde los epígrafes: son siete, firmados por autoras de diferentes épocas.
Pero hay otras conexiones subterráneas. Uno siente que estos cuentos dejan un sedimento fuerte e inexplicable. Es decir aunque son cuentos escritos con la experiencia y maestría de uno de los grandes cuentistas colombianos; aunque respetan el género del cuento como el que más, sus personajes y situaciones, precisamente por eso, esconden el contenido que podría dejar un relato de más largo aliento. Es decir nunca mejor dicho que todo lo que oculta un cuento bien logrado (contar más de lo que se incluye en el texto) se refleja en cada uno de estos doce cuentos. A ello contribuye en gran parte sus finales más o menos abiertos, más o menos sugerentes, que dejan latiendo el corazón de la historia mucho tiempo después de haber terminado su lectura.
Paredes violenta un poco la forma del cuento objeto para entregar una construcción con mayor profundidad; cada cuento deja la sensación que produce una buena novela. Así de intensas son sus historias.
Estos cuentos fueron escritos pensando en el conjunto del libro sin olvidarse de la calidad individual de cada uno. La colección está unificada con la idea de que cada cuento gire en torno a un objeto cotidiano, "personal". Sin embargo, puede decirse que este recurso es común a muchos libros de cuento. Lo que realmente crea la unidad de este libro es que es el producto de una voz narrativa reposada y que sabe lo que quiere. Son historias narradas bajo una perspectiva femenina. A veces la voz narradora es femenina y cuando esto no es así el centro de atención del cuento está puesto en una mujer. Esto es algo que el autor quiere hacer notar desde los epígrafes: son siete, firmados por autoras de diferentes épocas.
Pero hay otras conexiones subterráneas. Uno siente que estos cuentos dejan un sedimento fuerte e inexplicable. Es decir aunque son cuentos escritos con la experiencia y maestría de uno de los grandes cuentistas colombianos; aunque respetan el género del cuento como el que más, sus personajes y situaciones, precisamente por eso, esconden el contenido que podría dejar un relato de más largo aliento. Es decir nunca mejor dicho que todo lo que oculta un cuento bien logrado (contar más de lo que se incluye en el texto) se refleja en cada uno de estos doce cuentos. A ello contribuye en gran parte sus finales más o menos abiertos, más o menos sugerentes, que dejan latiendo el corazón de la historia mucho tiempo después de haber terminado su lectura.
Paredes violenta un poco la forma del cuento objeto para entregar una construcción con mayor profundidad; cada cuento deja la sensación que produce una buena novela. Así de intensas son sus historias.
lunes, junio 20, 2011
Una de Borges
No escribo para una minoría selecta que no me importa, ni para ese adulado ente platónico cuyo apodo es la masa. Descreo de ambas abstracciones caras al demagogo. Escribo para mí, para mis amigos y para atenuar el curso del tiempo.
Jorge Luis Borges
(Citado en Alquimia de escritor)
Jorge Luis Borges
(Citado en Alquimia de escritor)
jueves, junio 16, 2011
Una en contra del libro electrónico
Yo creo que lo del libro electrónico es una moda que va a durar poco, unos años nada más. Nadie quiere irse de vacaciones con 500 libros. Como mucho te llevas dos o tres. Yo lo veo útil para los escolares que se parten el espinazo acarreando mochilas y para profesionales que sí necesitan consultar muchos libros para su trabajo: periodistas, editores, investigadores... Para mí es un juguetito que debería venderse en las mismas tiendas donde se vende el cubo de Rubbick, los juegos de magia y todo eso...
Mario Muchnik (En entrrevista con El Cultural de España)
Mario Muchnik (En entrrevista con El Cultural de España)
miércoles, junio 15, 2011
Consejitos 4
La obligación del escritor es hacer su obra lo mejor que pueda hacerla, cualquier obligación que le quede después de eso, puede gastarla como le venga en gana. Yo por mi parte, estoy demasiado atareado para ocuparme del público. No tengo tiempo para pensar quien me lee. No me interesa la opinión de Juan lector sobre mi obra ni sobre la de cualquier otro escritor. La norma que tengo es cumplir mi norma.
William Faulkner
(Citado en Alquimia de escritor)
William Faulkner
(Citado en Alquimia de escritor)
lunes, junio 13, 2011
Bogotá a través de una ventanilla
La Bogotá de mi niñez era una ciudad silenciosa y de calles solitarias que yo miraba desde el otro lado del vidrio del bus del colegio; de los buses escolares de los muchos colegios en donde estuve. Las rutas de mis recorridos variaron permanentemente mientras hice la primaria y el bachillerato, lo cual me permitió observar esas calles de Bogotá desde diversos ángulos a medida que yo crecía y la ciudad se desbordaba. Me parecía que a esas calles les faltaba gente o que la gente miraba demasiado al piso.
El primero de esos recorridos me llevaba de la puerta de mi casa hacia el Parque Nacional, al Colegio de San Bartolomé de la Merced, donde inicié mis estudios; luego el punto de llegada fue el Instituto del Carmen, en la Soledad, muy cerca de la casa donde viví mi infancia; más adelante la ruta a recorrer terminaba en la puerta del colegio Agustiniano del centro, donde mi madre creyó equivocadamente que me enderezarían para siempre. Al final de tres años de permanencia allí, resultó ser solo un tropiezo más en mi difícil formación escolar.
El Agustiniano queda en una de las sedes del antiguo claustro de San Agustín, un edificio colonial de paredes gruesas y muchos patios. Allí, en esa especie de prisión para adolescentes vestidos con uniforme azul y un escudito en la solapa, escuchaba a mis compañeros de curso contar algunas de las historias recogidas por Cordovez Moure como si fueran episodios de Dimensión desconocida: leyendas urbanas sobre túneles que recorren el centro de la ciudad, cadáveres emparedados, monjas preñadas sepultadas en ignotos sótanos coloniales y otras leyendas de corte más contemporáneo, como los restos humanos en los embutidos de tienda.
Cuando yo cursaba la primaria todavía se hacía una pausa a medio día y nos mandaban a almorzar a la casa, por eso hacía cuatro recorridos en bus. Tenía por tanto mucho tiempo para mis pensamientos y para imaginar mis propias leyendas urbanas. Durante esas largas horas de melancolía infantil desarrollé una extraña relación de afecto y rechazo por cada edificio, cada parque y cada transeúnte que encontraba por el camino. Me parecía que Bogotá era un lugar con secretos antiguos que yo observaba con seguridad, desde el otro lado de la ventanilla. Un laberinto de calles y parques y fachadas, que me atemorizaban y cuyos secretos yo necesitaba desentrañar para poder ser feliz. O al menos eso creía. Quería revolcar en sus entrañas como si fuera el baúl de la tía para sacar a la luz viejos misterios y entenderlos. Quería historias para sentirme conectado con el mundo, como un niño campesino escucha cuentos de aparecidos junto a la fogata para olvidar el miedo y el frío.
Tendrían que pasar muchos recorridos en bus (tres colegios más, en el norte de Bogotá) para que comenzara a escribir textos de ficción en los cuadernos de trigonometría o de química. Eran textos que se ocupaban de lugares míticos y personajes improbables, pues cuando comencé a escribir me parecía que la vida que yo vivía no se prestaba para fabricar historias que le interesaran a alguien. Buscaba el oro en yacimientos lejanos.
Entonces ocurrió un accidente afortunado. Alguna mañana dejé abandonada mi mochila en el muro de un jardín donde me detuve a fumar un cigarrillo mientras conversaba con un par de amigos. La eché de menos cuadras después y cuando regresé a recuperarla ya no estaba. Dentro de ella había un sánduche que me había preparado mi mamá antes de salir para el colegio; dos libros: El retorno de los brujos y El siglo de las luces y dos cuadernos con mis primeros cuentos. De todo eso lo que más extrañé fue el sánduche de mi mamá. Los cuentos por supuesto no los extrañé, solo fueron lastre literario que una vez olvidado me permitió comenzar a crear historias acerca de lo que pasaba en mi entorno.
Empecé a escribir sobre un mundo que se iba de mis manos mientras lo vivía; el mundo de mi adolescencia de barrio, el mundo de las primeras mujeres que amé. Comencé a crear una ciudad literaria paralela a la ciudad real. Poco a poco me di cuenta que el lugar mítico que yo pretendía construir era la ciudad que ya visitaba desde la infancia, que había visto una y otra vez a través de la ventanilla del bus escolar.
Esa ciudad literaria se parece a la capital de Colombia en algunos aspectos. Comparten el nombre de algunas calles y de algunos barrios; pero la ciudad literaria es un gran monstruo del doctor Frankenstein formado por capas de diversos periodos y recuerdos. Por el rostro de muchas mujeres y unos pocos buenos amigos. Un monstruo de la nostalgia que se levanta permanentemente en mi escritura y que provocó que algún personaje de mi novela El anarquista jubilado la describiera así, en tres fragmentos distintos:
“Durante el fin de semana Bogotá es una ciudad soleada, habitada por deportistas y gente que se divierte lavando el auto. La ciudad Jekyl se transforma en la ciudad Hyde. En la noche del viernes se escuchan disparos, los gritos de los borrachos que amanecen heridos en los portales de los edificios y en la mañana del domingo es una ciudad diáfana en la que se escucha a lo lejos el tañido de las campanas llamando a misa y los deportistas en la ciclovía pisan los charcos de sangre de las muertes nocturnas.”
“Yo amo Bogotá. Amo sus deformidades. Amo a sus atracadores. Y los urapanes de la avenida veintiocho. Amo sus huecos en el asfalto porque siempre he caído en ellos, en el bus del colegio, en la bicicleta de mi adolescencia, en mis patines o en el carro de mi papá.”
“Bogotá es una ciudad monstruosa, pesada, agobiante. Las calles siempre están cubiertas del barro de la última lluvia, siempre hay una lluvia que acaba de caer, y uno resbala en ella. Esta ciudad hay que enfrentarla como los caballeros del grial enfrentaban a los dragones. Protegidos por armaduras. Hay que subirse a un carro, o a un taxi, o al menos a un bus. Entonces uno se siente seguro hasta la siguiente parada, hasta el siguiente andén, hasta la siguiente caminata bajo la llovizna. Hasta la siguiente batalla contra el monstruo.”
Bogotá: esta ciudad que camino y recorro desde niño es la gran protagonista de mis cuentos y novelas. Incluso, mientras viví fuera de Colombia la visitaba dos o tres veces al año porque necesitaba respirar su pesada atmósfera y escuchar el ruido de los disparos en las avenidas. Necesitaba observarla en directo para compararla con la ciudad literaria que me acompañaba y me acompaña, cuando estoy en mi escritorio.
Ahora, ya de regreso a este país natal, a veces, cuando voy en un taxi, miro las calles que siguen proponiéndome enigmas de vida; me vuelven a asaltar aquellos sentimientos de infancia acerca de las historias que laten tras los muros y las fachadas de estos edificios que me hablan de diversos momentos de mi vida. Y vuelvo a sentir a Bogotá como la sentí siempre, como una ciudad que amo y rechazo con la misma vehemencia.
***
Escribí este texto para el libro Palabra Capital que hizo Mondadori con la Cámara del Libro en 2007. Lo encontré en un carpeta mientras revolcaba en mi computador en busca de otro texto y me pareció que podía rescatarlo para este blog que es mi cajón de sastre personal.
El primero de esos recorridos me llevaba de la puerta de mi casa hacia el Parque Nacional, al Colegio de San Bartolomé de la Merced, donde inicié mis estudios; luego el punto de llegada fue el Instituto del Carmen, en la Soledad, muy cerca de la casa donde viví mi infancia; más adelante la ruta a recorrer terminaba en la puerta del colegio Agustiniano del centro, donde mi madre creyó equivocadamente que me enderezarían para siempre. Al final de tres años de permanencia allí, resultó ser solo un tropiezo más en mi difícil formación escolar.
El Agustiniano queda en una de las sedes del antiguo claustro de San Agustín, un edificio colonial de paredes gruesas y muchos patios. Allí, en esa especie de prisión para adolescentes vestidos con uniforme azul y un escudito en la solapa, escuchaba a mis compañeros de curso contar algunas de las historias recogidas por Cordovez Moure como si fueran episodios de Dimensión desconocida: leyendas urbanas sobre túneles que recorren el centro de la ciudad, cadáveres emparedados, monjas preñadas sepultadas en ignotos sótanos coloniales y otras leyendas de corte más contemporáneo, como los restos humanos en los embutidos de tienda.
Cuando yo cursaba la primaria todavía se hacía una pausa a medio día y nos mandaban a almorzar a la casa, por eso hacía cuatro recorridos en bus. Tenía por tanto mucho tiempo para mis pensamientos y para imaginar mis propias leyendas urbanas. Durante esas largas horas de melancolía infantil desarrollé una extraña relación de afecto y rechazo por cada edificio, cada parque y cada transeúnte que encontraba por el camino. Me parecía que Bogotá era un lugar con secretos antiguos que yo observaba con seguridad, desde el otro lado de la ventanilla. Un laberinto de calles y parques y fachadas, que me atemorizaban y cuyos secretos yo necesitaba desentrañar para poder ser feliz. O al menos eso creía. Quería revolcar en sus entrañas como si fuera el baúl de la tía para sacar a la luz viejos misterios y entenderlos. Quería historias para sentirme conectado con el mundo, como un niño campesino escucha cuentos de aparecidos junto a la fogata para olvidar el miedo y el frío.
Tendrían que pasar muchos recorridos en bus (tres colegios más, en el norte de Bogotá) para que comenzara a escribir textos de ficción en los cuadernos de trigonometría o de química. Eran textos que se ocupaban de lugares míticos y personajes improbables, pues cuando comencé a escribir me parecía que la vida que yo vivía no se prestaba para fabricar historias que le interesaran a alguien. Buscaba el oro en yacimientos lejanos.
Entonces ocurrió un accidente afortunado. Alguna mañana dejé abandonada mi mochila en el muro de un jardín donde me detuve a fumar un cigarrillo mientras conversaba con un par de amigos. La eché de menos cuadras después y cuando regresé a recuperarla ya no estaba. Dentro de ella había un sánduche que me había preparado mi mamá antes de salir para el colegio; dos libros: El retorno de los brujos y El siglo de las luces y dos cuadernos con mis primeros cuentos. De todo eso lo que más extrañé fue el sánduche de mi mamá. Los cuentos por supuesto no los extrañé, solo fueron lastre literario que una vez olvidado me permitió comenzar a crear historias acerca de lo que pasaba en mi entorno.
Empecé a escribir sobre un mundo que se iba de mis manos mientras lo vivía; el mundo de mi adolescencia de barrio, el mundo de las primeras mujeres que amé. Comencé a crear una ciudad literaria paralela a la ciudad real. Poco a poco me di cuenta que el lugar mítico que yo pretendía construir era la ciudad que ya visitaba desde la infancia, que había visto una y otra vez a través de la ventanilla del bus escolar.
Esa ciudad literaria se parece a la capital de Colombia en algunos aspectos. Comparten el nombre de algunas calles y de algunos barrios; pero la ciudad literaria es un gran monstruo del doctor Frankenstein formado por capas de diversos periodos y recuerdos. Por el rostro de muchas mujeres y unos pocos buenos amigos. Un monstruo de la nostalgia que se levanta permanentemente en mi escritura y que provocó que algún personaje de mi novela El anarquista jubilado la describiera así, en tres fragmentos distintos:
“Durante el fin de semana Bogotá es una ciudad soleada, habitada por deportistas y gente que se divierte lavando el auto. La ciudad Jekyl se transforma en la ciudad Hyde. En la noche del viernes se escuchan disparos, los gritos de los borrachos que amanecen heridos en los portales de los edificios y en la mañana del domingo es una ciudad diáfana en la que se escucha a lo lejos el tañido de las campanas llamando a misa y los deportistas en la ciclovía pisan los charcos de sangre de las muertes nocturnas.”
“Yo amo Bogotá. Amo sus deformidades. Amo a sus atracadores. Y los urapanes de la avenida veintiocho. Amo sus huecos en el asfalto porque siempre he caído en ellos, en el bus del colegio, en la bicicleta de mi adolescencia, en mis patines o en el carro de mi papá.”
“Bogotá es una ciudad monstruosa, pesada, agobiante. Las calles siempre están cubiertas del barro de la última lluvia, siempre hay una lluvia que acaba de caer, y uno resbala en ella. Esta ciudad hay que enfrentarla como los caballeros del grial enfrentaban a los dragones. Protegidos por armaduras. Hay que subirse a un carro, o a un taxi, o al menos a un bus. Entonces uno se siente seguro hasta la siguiente parada, hasta el siguiente andén, hasta la siguiente caminata bajo la llovizna. Hasta la siguiente batalla contra el monstruo.”
Bogotá: esta ciudad que camino y recorro desde niño es la gran protagonista de mis cuentos y novelas. Incluso, mientras viví fuera de Colombia la visitaba dos o tres veces al año porque necesitaba respirar su pesada atmósfera y escuchar el ruido de los disparos en las avenidas. Necesitaba observarla en directo para compararla con la ciudad literaria que me acompañaba y me acompaña, cuando estoy en mi escritorio.
Ahora, ya de regreso a este país natal, a veces, cuando voy en un taxi, miro las calles que siguen proponiéndome enigmas de vida; me vuelven a asaltar aquellos sentimientos de infancia acerca de las historias que laten tras los muros y las fachadas de estos edificios que me hablan de diversos momentos de mi vida. Y vuelvo a sentir a Bogotá como la sentí siempre, como una ciudad que amo y rechazo con la misma vehemencia.
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Escribí este texto para el libro Palabra Capital que hizo Mondadori con la Cámara del Libro en 2007. Lo encontré en un carpeta mientras revolcaba en mi computador en busca de otro texto y me pareció que podía rescatarlo para este blog que es mi cajón de sastre personal.
sábado, junio 11, 2011
Las palabras y la calle
El español que yo leía cuando comencé a escribir a los diecisiete años era diferente al que escuchaba en mi vida cotidiana. Las traducciones españolas de Jack London, por ejemplo, convertían las english profanities pronunciadas por personajes como Smoke Bellew en exclamaciones españolas cuyas definiciones me eran tan ajenas como si estuvieran escritas en noruego; era un lenguaje que no se parecía en nada al habla bogotana que escuchaba en la calle o en el bus del colegio, un habla intoxicada de rock, cine y cómic, un lenguaje asediado por los anglicismos y comodines de la época, como “fresco”, “safa” y “pinta”.
Armado con tan confusos recursos verbales me inicié en la briega de una escritura literaria que intentaba reflejar la vida de la gente que hablaba con esas palabras en la calle. Tenía en mi haber un español determinado por los criterios docentes y los recursos tecnológicos de una época cambiante. Había aprendido a leer las vocales en La alegría de leer y a escribir mis primeras oraciones con caligrafía Palmer. Para redactar mis primeras ficciones utilicé una Olivetti que imprimía cada letra como si fuera un disparo. Corregí mis primeras revistas literarias en galeras enceradas aunque todavía existían (y existen) imprentas de tipos móviles y linotipos. Finalmente, me inicié en la escritura digital ante una pantalla oscura que escribía unas titilantes letras verdes, pero después de veintitantos años de experiencia con los computadores redacto estas palabras en un Apple MacBook Pro cuya pantalla es tan limpia como el papel de una libreta.
Aquellos que nacimos en los años cincuenta y vivimos nuestra adolescencia en los setenta presenciamos más cambios tecnológicos que muchas generaciones anteriores a la nuestra. Desde la invención de la imprenta, la comunicación no había sufrido el impacto que vivimos nosotros: de la caligrafía Palmer a la red mundial. La confusión no se disipa: en un tiempo llamado a estar dominado por la imagen, la palabra se convirtió en protagonista. Las posibilidades de usarla se multiplicaron, pero también las oportunidades para deformarlas. Escribir un mensaje en un celular puede ser una pesadilla de signos que contribuya a la confusión verbal, o una de las muchas experiencias de uso del idioma a través de la cuales este evoluciona.
Cervantes dignificó el lenguaje que se utilizaba en las fondas y caminos de España. Incorporó palabras nuevas a un español necesitado de saltar del medioevo a la era moderna. La exigencia para un escritor de mi generación no es tan definitiva, pero sigue viva la necesidad de plasmar las conversaciones de carreteros en fondas del camino, que ahora son bares y son calles. Las palabras hoy brotan de películas y poemas de poetas ambulantes que escriben intoxicados de bareta (una palabra que ascendió de nuestra mano generacional al diccionario, junto con otras como rock o casete). Sigue viva la exigencia de domar esas jergas cambiantes que retan a la lengua pero también la nutren y la hacen crecer.
La lección aprendida es que la palabra que hoy nace en la calle, mañana estará en una novela, o en un verso de amor y más temprano que tarde ocupará un renglón en el diccionario.
(Publicado en el libro Colombia escribe en español de Fundación Santillana y Academia Colombiana de la Lengua. Bogotá, 2006)
Armado con tan confusos recursos verbales me inicié en la briega de una escritura literaria que intentaba reflejar la vida de la gente que hablaba con esas palabras en la calle. Tenía en mi haber un español determinado por los criterios docentes y los recursos tecnológicos de una época cambiante. Había aprendido a leer las vocales en La alegría de leer y a escribir mis primeras oraciones con caligrafía Palmer. Para redactar mis primeras ficciones utilicé una Olivetti que imprimía cada letra como si fuera un disparo. Corregí mis primeras revistas literarias en galeras enceradas aunque todavía existían (y existen) imprentas de tipos móviles y linotipos. Finalmente, me inicié en la escritura digital ante una pantalla oscura que escribía unas titilantes letras verdes, pero después de veintitantos años de experiencia con los computadores redacto estas palabras en un Apple MacBook Pro cuya pantalla es tan limpia como el papel de una libreta.
Aquellos que nacimos en los años cincuenta y vivimos nuestra adolescencia en los setenta presenciamos más cambios tecnológicos que muchas generaciones anteriores a la nuestra. Desde la invención de la imprenta, la comunicación no había sufrido el impacto que vivimos nosotros: de la caligrafía Palmer a la red mundial. La confusión no se disipa: en un tiempo llamado a estar dominado por la imagen, la palabra se convirtió en protagonista. Las posibilidades de usarla se multiplicaron, pero también las oportunidades para deformarlas. Escribir un mensaje en un celular puede ser una pesadilla de signos que contribuya a la confusión verbal, o una de las muchas experiencias de uso del idioma a través de la cuales este evoluciona.
Cervantes dignificó el lenguaje que se utilizaba en las fondas y caminos de España. Incorporó palabras nuevas a un español necesitado de saltar del medioevo a la era moderna. La exigencia para un escritor de mi generación no es tan definitiva, pero sigue viva la necesidad de plasmar las conversaciones de carreteros en fondas del camino, que ahora son bares y son calles. Las palabras hoy brotan de películas y poemas de poetas ambulantes que escriben intoxicados de bareta (una palabra que ascendió de nuestra mano generacional al diccionario, junto con otras como rock o casete). Sigue viva la exigencia de domar esas jergas cambiantes que retan a la lengua pero también la nutren y la hacen crecer.
La lección aprendida es que la palabra que hoy nace en la calle, mañana estará en una novela, o en un verso de amor y más temprano que tarde ocupará un renglón en el diccionario.
(Publicado en el libro Colombia escribe en español de Fundación Santillana y Academia Colombiana de la Lengua. Bogotá, 2006)
miércoles, junio 08, 2011
Las cifras de un traqueto promedio
Un traqueto vive mal hasta su adolescencia. Si hablamos de un traqueto promedio podemos imaginar que su vida habrá sido la de robar loncheras en el colegio, bicicletas en el parque y algún atraco por aquí y otro por allá hasta que por diversas razones, un amigo del colegio, un compañero del cuartel o del comando de policía, del parche del barrio o de la familia, le propone que se meta de campana, de raspachín o de soldado raso en una banda dedicada al narcotráfico. Entonces ingresa al fascinante mundo de la plata fácil. Antes de que ni él mismo se lo imagine estará donando una cancha de microfútbol al barrio donde nació.
Si es audaz y lo suficientemente falto de escrúpulos, ambicioso y fuerte, comenzará a escalar en el ambiente. Su vida útil dentro del negocio puede ser, calculando con generosidad, de quince años; contando el tiempo desde cuando surge su primera oportunidad y la última, cuando por culpa de un torcido, un colega lo tiende o lo manda tender, o cae preso y dependiendo del volumen de sus exportaciones vaya a templar al condado de Dade en la Florida, o a la Cárcel Distrital de Bogotá.
Durante esos quince años podrían pasar por sus manos varias toneladas de cocaína, digamos diez solo por establecer un promedio bajo. Para producir esa cocaína se necesitarán mil toneladas de hoja de coca. Un producto natural que no hace daño al medio ambiente, pero los productos para procesarla como cocaína o para erradicar la hoja, sí. La participación de nuestro traqueto promedio en la deforestación de bosque amazónico –que ha sido calculada en una media de cincuenta mil hectáreas anuales–, significa que al menos será causante de la eliminación de unas dos mil hectáreas de bosque irrecuperable.
Porque esas mil toneladas de hoja de coca pueden haber generado una aspersión de quince toneladas de Paraquat, o Glifosato. Defoliantes que no acaban con los cultivos de coca (porque cuando uno acaba otro crece a dos kilómetros del primero), pero sí acaba con la selva y con los cultivos de los colonos. Entonces, esas quince toneladas de defoliantes hacen desaparecer de la atmósfera unas veintitrés mil toneladas de oxígeno al año, varios milímetros de caudal de agua fresca para alimentar los ríos y produce la muerte de decenas de animales y plantas. Además, la gasolina y el ácido sulfúrico vertido para fabricar esas diez toneladas de cocaína exterminan otra cantidad de animales y plantas similar a la que acaban las avionetas de la DEA.
La contribución de este traqueto-retrato-robot a la economía también ofrece otras cifras. De una forma u otra habrá contribuido a engrosar las arcas y el ejército de algún jefe paramilitar que a su vez llenará algunas hectáreas (despojadas a campesinos que las cultivaban) con caballos y vacas que contribuirán al calentamiento global. La gasolina de sus cuatrimotos, sus Hummer y sus lanchas rápidas, pueden tasarse, con modestia, en unos mil galones al año. Ese es el combustible que necesitará para sus desplazamientos personales, si sumamos los de sus novias, esposas, amantes, hijos, asociados y guardaespaldas, tendremos que sumar otros veinte mil galones, lo que al cabo de quince años nos da la bonita suma de trescientos quince mil galones de gasolina quemada para mover autos con parlantes gigantes donde truenan rancheras, música norteña, algún vallenato y algo de salsa.
El narcotráfico es el combustible que alimenta el conflicto colombiano. Se calculaba (para el año 2011, mucho antes del acuerdo de paz), que entre el pago a los diferentes ejércitos, reposición de infraestructura volada por chantaje o por joder, daños físicos a la ciudadanía por minas quiebrapatas, rockets, atentados, masacres, ajuste de cuentas, gastos hospitalarios, pago de recompensas etc, etc, el conflicto absorbía casi el 25% del producto interno bruto colombiano. Y nuestro traqueto promedio participaba en él de manera significativa, ya que solo unas 300.000 personas, entre parapolíticos, paramilitares, guerrilleros y bandas criminales (entre las cuales podría estar nuestro traqueto) se beneficiaban (o benefician) del conflicto y absorben buena parte de ese producto interno bruto.
A la hora de su fallecimiento, su herencia será repartida con rapidez. Sus pequeñas caletas (digamos uno o dos millones de dólares) serán gastadas por familiares o antiguos asociados, en comprar algún departamento de lujo, otra cuatrimoto, otro Hummer. Después de pocos meses no habrá quedado ni rastro de esa fortuna sobre la tierra donde jugó su primer partido de fútbol.
No se puede cerrar el cómputo de estas cifras sin mencionar el costo de la posible ejecución de nuestro traqueto. A cincuenta centavos de dólar por cartucho para una nueve milímetros y considerando que sus adversarios serán generosos a la hora de las cuentas finales, podemos abonarle el valor de una carga completa de una pistola Glock. Catorce en el proveedor y una en la recámara nos dan la cifra final de $7,50 dólares. Su último aporte a la economía global.
Si es audaz y lo suficientemente falto de escrúpulos, ambicioso y fuerte, comenzará a escalar en el ambiente. Su vida útil dentro del negocio puede ser, calculando con generosidad, de quince años; contando el tiempo desde cuando surge su primera oportunidad y la última, cuando por culpa de un torcido, un colega lo tiende o lo manda tender, o cae preso y dependiendo del volumen de sus exportaciones vaya a templar al condado de Dade en la Florida, o a la Cárcel Distrital de Bogotá.
Durante esos quince años podrían pasar por sus manos varias toneladas de cocaína, digamos diez solo por establecer un promedio bajo. Para producir esa cocaína se necesitarán mil toneladas de hoja de coca. Un producto natural que no hace daño al medio ambiente, pero los productos para procesarla como cocaína o para erradicar la hoja, sí. La participación de nuestro traqueto promedio en la deforestación de bosque amazónico –que ha sido calculada en una media de cincuenta mil hectáreas anuales–, significa que al menos será causante de la eliminación de unas dos mil hectáreas de bosque irrecuperable.
Porque esas mil toneladas de hoja de coca pueden haber generado una aspersión de quince toneladas de Paraquat, o Glifosato. Defoliantes que no acaban con los cultivos de coca (porque cuando uno acaba otro crece a dos kilómetros del primero), pero sí acaba con la selva y con los cultivos de los colonos. Entonces, esas quince toneladas de defoliantes hacen desaparecer de la atmósfera unas veintitrés mil toneladas de oxígeno al año, varios milímetros de caudal de agua fresca para alimentar los ríos y produce la muerte de decenas de animales y plantas. Además, la gasolina y el ácido sulfúrico vertido para fabricar esas diez toneladas de cocaína exterminan otra cantidad de animales y plantas similar a la que acaban las avionetas de la DEA.
La contribución de este traqueto-retrato-robot a la economía también ofrece otras cifras. De una forma u otra habrá contribuido a engrosar las arcas y el ejército de algún jefe paramilitar que a su vez llenará algunas hectáreas (despojadas a campesinos que las cultivaban) con caballos y vacas que contribuirán al calentamiento global. La gasolina de sus cuatrimotos, sus Hummer y sus lanchas rápidas, pueden tasarse, con modestia, en unos mil galones al año. Ese es el combustible que necesitará para sus desplazamientos personales, si sumamos los de sus novias, esposas, amantes, hijos, asociados y guardaespaldas, tendremos que sumar otros veinte mil galones, lo que al cabo de quince años nos da la bonita suma de trescientos quince mil galones de gasolina quemada para mover autos con parlantes gigantes donde truenan rancheras, música norteña, algún vallenato y algo de salsa.
El narcotráfico es el combustible que alimenta el conflicto colombiano. Se calculaba (para el año 2011, mucho antes del acuerdo de paz), que entre el pago a los diferentes ejércitos, reposición de infraestructura volada por chantaje o por joder, daños físicos a la ciudadanía por minas quiebrapatas, rockets, atentados, masacres, ajuste de cuentas, gastos hospitalarios, pago de recompensas etc, etc, el conflicto absorbía casi el 25% del producto interno bruto colombiano. Y nuestro traqueto promedio participaba en él de manera significativa, ya que solo unas 300.000 personas, entre parapolíticos, paramilitares, guerrilleros y bandas criminales (entre las cuales podría estar nuestro traqueto) se beneficiaban (o benefician) del conflicto y absorben buena parte de ese producto interno bruto.
A la hora de su fallecimiento, su herencia será repartida con rapidez. Sus pequeñas caletas (digamos uno o dos millones de dólares) serán gastadas por familiares o antiguos asociados, en comprar algún departamento de lujo, otra cuatrimoto, otro Hummer. Después de pocos meses no habrá quedado ni rastro de esa fortuna sobre la tierra donde jugó su primer partido de fútbol.
No se puede cerrar el cómputo de estas cifras sin mencionar el costo de la posible ejecución de nuestro traqueto. A cincuenta centavos de dólar por cartucho para una nueve milímetros y considerando que sus adversarios serán generosos a la hora de las cuentas finales, podemos abonarle el valor de una carga completa de una pistola Glock. Catorce en el proveedor y una en la recámara nos dan la cifra final de $7,50 dólares. Su último aporte a la economía global.
domingo, mayo 29, 2011
Consejitos 3
Leer es traducir, pues no hay dos personas que compartan las mismas experiencias. Un mal lector es como un mal traductor: interpreta literalmente cuando debe parafrasear y parafrasea cuando debe interpretar literalmente. En el aprendizaje de la lectura la valiosa educación es sin embargo menos importante que el instinto; grandes eruditos han sido malos traductores.
W.H. Auden
(Citado en Alquimia de escritor)
W.H. Auden
(Citado en Alquimia de escritor)
viernes, mayo 27, 2011
Los escritores y la medicina
Acaba de pasar la Feria del Libro de Bogotá. Los escritores quedan cansados de hablar, de conversar, de ver gente, de tomar vino en los cocteles y de bailar en la fiesta de despedida (no fui, pero supongo que lo hicieron). Entonces el guayabo, la resaca, o el chuchaqui –como lo llaman los invitados ecuatorianos– que dejó la feria, es una buena circunstancia para recordar un texto sobre la salud y la vida del escritor.
En los últimos años han surgido, por aquí y por allá, informaciones sobre la relación entre la salud del cuerpo y el intelecto. Se insiste en que las personas con una actividad intelectual como la del escritor tienen la posibilidad de vivir más tiempo y con mejor calidad de vida. Quizá una prueba sea el poeta Gonzalo Rojas, quien murió a los 93 años y hasta no hace mucho seguía subido a los aviones y ofrecía recitales y charlas divertidas a donde quiera que lo invitaban. Estuvo en la Feria de Bogotá apenas hace cuatro años y habló, recitó y brindó y siguió como un pétalo.
Hay médicos escritores y escritores que además son médicos. Entre nosotros podemos citar a Manuel Zapata Olivella, ya fallecido y a Octavio Escobar que ejerce de escritor pero ya no más como médico. Hay novelas sobre médicos y textos sobre medicina y los médicos. Cuentos de médicos como los de Williams Carlos Williams o la novela Doctor Arrowsmith de Siclair Lewis, recién reeditada y con nueva traducción.
Pero lo que resulta más extraño es que haya existido un tratado sobre la salud de los escritores que data de 1768. Sabemos de él, o por lo menos yo lo sé, gracias a una nota de prensa escrita hace decenas de años por el escritor italiano Leonardo Sciacia, quien en 1967 recordaba la existencia de este libro cuyo titulo lo dice todo. Della preservazione della salute de´ letterati e della gente aplicata e sedentaria de Giuseppe Antonio Pujati, profesor de medicina práctica de la Universidad de Padua.
Dice –o decía– don Giuseppe que los literatos pertenecen a una categoría tan exclusiva que se disculpaba si algunas de las prescripciones propuestas por él le servían a los zapateros o a los carpinteros. En general don Giuseppe Pujati analizaba los efectos del movimiento o la falta de movimiento en el cuerpo. Era obvio que los escritores de la época (y también muchos de los actuales) eran poco dados al movimiento, al ejercicio, al baile al menos.
Por otro lado, ya en los oficios propios del literato, Pujati encuentra que estos se dividen en dos, los oficios severos y los amenos. Más saludables los segundos, entre los cuales se incluye la poética y la oratoria, y en los cuales "actúa mucho la fantasía, la mente se solaza y no se inmoviliza".
Por otro lado, los problemas vienen con aquellas disciplinas que “arruinan a los hombres, incluso de fuerte temperamento, son los estudiosos de meditación y raciocinio, justamente llamados severos”. Estas actividades relacionadas con los estudios severos hacen que “finalmente aquel pobre cerebro tan bien hecho y tan bien construido, comienza a hundirse, y si la apoplejía le perdona, memoria y raciocinio menguan, (los escritores) se hacen estúpidos y chochean”.
Una vez lograda la distinción entre los aplicados a los estudios amenos y aquellos dedicados a los estudios severos, el doctor Pujati señala que sus remedios y medicaciones serán de buen provecho para los que se dedican a los estudios amenos y en mucha menor medida para los que se dedican a los estudios severos.
La prescripción básica del doctor Pujati recomienda una moderada meditación. En segundo lugar recomienda procurarse “quilificación”, o sea una buena digestión mediante la tranquilidad y el reposo. La sobriedad debe ser la regla, porque hay alimentos que espesan la sangre, por ejemplo el cordero castrado, los macarrones, las lasagnas, la pastelería y las setas, la “fungosa malicia”. En cuanto a las bebidas, buena el agua, menos el té, siempre el café. El chocolate no es bueno para los coléricos. Por último, el gran secreto: dormir bien.
Otras prescripciones consisten en mantenerse en movimiento. Esto puede ser desde caminar hasta ir a bailar (cosa que los escritores de la Feria cumplieron con creces). El baile es “gran medicina, no solo contra los males físicos, sino siempre contra los tratamientos aburridos, a los que, desgraciadamente, además de los Estudiosos, siguen estando sujetos los Literatos”.
Otra actividades para mantenerse en movimiento son montar a caballo e ir en barca.
Finalmente recomienda nuestro buen doctor del siglo XVIII, que todo escritor debe practicar de manera cotidiana la declamación y la lectura en voz alta. Es saludable para los pulmones, el corazón y el estómago. En la misma medida, debe evitar las pasiones del alma.
Cosa extraña para un oficio que si de algo trata, es de las pasiones.
En los últimos años han surgido, por aquí y por allá, informaciones sobre la relación entre la salud del cuerpo y el intelecto. Se insiste en que las personas con una actividad intelectual como la del escritor tienen la posibilidad de vivir más tiempo y con mejor calidad de vida. Quizá una prueba sea el poeta Gonzalo Rojas, quien murió a los 93 años y hasta no hace mucho seguía subido a los aviones y ofrecía recitales y charlas divertidas a donde quiera que lo invitaban. Estuvo en la Feria de Bogotá apenas hace cuatro años y habló, recitó y brindó y siguió como un pétalo.
Hay médicos escritores y escritores que además son médicos. Entre nosotros podemos citar a Manuel Zapata Olivella, ya fallecido y a Octavio Escobar que ejerce de escritor pero ya no más como médico. Hay novelas sobre médicos y textos sobre medicina y los médicos. Cuentos de médicos como los de Williams Carlos Williams o la novela Doctor Arrowsmith de Siclair Lewis, recién reeditada y con nueva traducción.
Pero lo que resulta más extraño es que haya existido un tratado sobre la salud de los escritores que data de 1768. Sabemos de él, o por lo menos yo lo sé, gracias a una nota de prensa escrita hace decenas de años por el escritor italiano Leonardo Sciacia, quien en 1967 recordaba la existencia de este libro cuyo titulo lo dice todo. Della preservazione della salute de´ letterati e della gente aplicata e sedentaria de Giuseppe Antonio Pujati, profesor de medicina práctica de la Universidad de Padua.
Dice –o decía– don Giuseppe que los literatos pertenecen a una categoría tan exclusiva que se disculpaba si algunas de las prescripciones propuestas por él le servían a los zapateros o a los carpinteros. En general don Giuseppe Pujati analizaba los efectos del movimiento o la falta de movimiento en el cuerpo. Era obvio que los escritores de la época (y también muchos de los actuales) eran poco dados al movimiento, al ejercicio, al baile al menos.
Por otro lado, ya en los oficios propios del literato, Pujati encuentra que estos se dividen en dos, los oficios severos y los amenos. Más saludables los segundos, entre los cuales se incluye la poética y la oratoria, y en los cuales "actúa mucho la fantasía, la mente se solaza y no se inmoviliza".
Por otro lado, los problemas vienen con aquellas disciplinas que “arruinan a los hombres, incluso de fuerte temperamento, son los estudiosos de meditación y raciocinio, justamente llamados severos”. Estas actividades relacionadas con los estudios severos hacen que “finalmente aquel pobre cerebro tan bien hecho y tan bien construido, comienza a hundirse, y si la apoplejía le perdona, memoria y raciocinio menguan, (los escritores) se hacen estúpidos y chochean”.
Una vez lograda la distinción entre los aplicados a los estudios amenos y aquellos dedicados a los estudios severos, el doctor Pujati señala que sus remedios y medicaciones serán de buen provecho para los que se dedican a los estudios amenos y en mucha menor medida para los que se dedican a los estudios severos.
La prescripción básica del doctor Pujati recomienda una moderada meditación. En segundo lugar recomienda procurarse “quilificación”, o sea una buena digestión mediante la tranquilidad y el reposo. La sobriedad debe ser la regla, porque hay alimentos que espesan la sangre, por ejemplo el cordero castrado, los macarrones, las lasagnas, la pastelería y las setas, la “fungosa malicia”. En cuanto a las bebidas, buena el agua, menos el té, siempre el café. El chocolate no es bueno para los coléricos. Por último, el gran secreto: dormir bien.
Otras prescripciones consisten en mantenerse en movimiento. Esto puede ser desde caminar hasta ir a bailar (cosa que los escritores de la Feria cumplieron con creces). El baile es “gran medicina, no solo contra los males físicos, sino siempre contra los tratamientos aburridos, a los que, desgraciadamente, además de los Estudiosos, siguen estando sujetos los Literatos”.
Otra actividades para mantenerse en movimiento son montar a caballo e ir en barca.
Finalmente recomienda nuestro buen doctor del siglo XVIII, que todo escritor debe practicar de manera cotidiana la declamación y la lectura en voz alta. Es saludable para los pulmones, el corazón y el estómago. En la misma medida, debe evitar las pasiones del alma.
Cosa extraña para un oficio que si de algo trata, es de las pasiones.
martes, mayo 10, 2011
Gentecita del montón por Mario Mendoza
(Presentación del libro)
Leí Gentecita del montón, de Roberto Rubiano Vargas, en 1982, recién graduado del colegio. Recuerdo bien el impacto que me causó este libro de cuentos: descubrí esa tarde que el mundo cercano, el mío, era susceptible de convertirse en literatura. Hasta ese momento yo creía que el verdadero arte era algo lejano, elevado, aéreo, necesariamente sublimado. Había leído ya literatura de la contracultura, claro, pero no había visto aún en esas páginas el mundo próximo y atroz que nos rodeaba, su atmósfera pesada y gris, su desaliento, su impotencia. Por otro lado, en la literatura que nos proponían los representantes de la cultura oficial no aparecía el Parque Tayrona, las colinas de Suba o el parque de los hippies de Chapinero. Y por primera vez leía a un escritor que se adentraba en ese universo que a mis escasos 18 años ya me parecía asfixiante.
Unos años atrás yo había vivido en la casa de mi abuela en Palermo y varios primos mayores que yo, melenudos y rockeros, pasaban a veces con sus amigos a visitarla. Hablaban de hongos alucinógenos, de La Miel, de recorridos iniciáticos por Perú o México, lamentaban los suicidios de Hendrix, de Janis Joplin o de Morrison, e incluso algunos de ellos terminaron yéndose al monte a servir de carne de cañón en las huestes guerrilleras. Nosotros, los jóvenes de comienzos de los ochenta, no éramos muy distintos. Habíamos heredado esa desesperación intacta.
Esta colección de relatos ganó el Premio Nacional de Cuento en 1981 y desató una gran polémica. Ciertos funcionarios conservadores que posaban de intelectuales lo atacaron con ferocidad y se indignaron por el premio. Nosotros, los muchachos que recorríamos las calles con las manos entre los bolsillos, que nos sentíamos vacíos y a la deriva, no sólo lo defendíamos en nuestras largas conversaciones de adolescentes desocupados, sino que nos empezamos a pasar el voz a voz, lo empezamos a comprar y a recomendar. Lo sentimos como un símbolo propio, como una bandera que nos querían arrebatar, como un aullido de angustia (el nuestro) que querían acallar a toda costa.
Ahora que lo pienso con cierta distancia, esa polémica ha estado siempre vigente en este país. La cultura oficial prefiere la literatura, el cine o la pintura que exalten una belleza ascendente, poco problemática, pacífica y contemplativa. Una cultura que deje el establecimiento en paz y que no ahonde mucho en nuestras miserias más íntimas. Rubiano, como un cirujano diestro, metía el bisturí allí donde el establecimiento sentía más miedo: en el vacío de varias generaciones en cadena que veían cómo la ilusión de un mundo mejor se desvanecía en medio del consumismo, la hipocresía de los políticos y la doble moral de una sociedad que permitía la corrupción y la codicia mientras pregonaba valores que jamás practicaría. Esas promesas de la Modernidad incumplida (justicia, equidad, solidaridad, fraternidad) estaban arrinconando a varios jóvenes que empezábamos ya a descubrir que la realidad era una trampa. Y los personajes de Rubiano eran como nosotros, estaban perdidos, callejeaban sin rumbo fijo, bebían o fumaban marihuana porque sentían la ciudad como un enorme desierto sin oasis a la vista. Y claro, esa escritura quirúrgica que abría heridas en cada relato era peligrosa, había que detenerla, prohibirla, descalificarla. Pero sobrevivió, y puedo decir con orgullo que sobrevivió gracias a nosotros, sus lectores.
Unos años después yo empezaría a calentar la mano en mis primeros cuentos, y no me sentí cómodo. Había entrado por la puerta de la literatura fantástica y descubrí que no era lo mío. Entonces volví a recorrer las calles por enésima vez, a buscar, a preguntarme dónde estaría mi verdadera voz como escritor. Una tarde recordé con cariño mi viejo ejemplar de Gentecita del montón, lo saqué de la biblioteca y lo releí. La revelación fue máxima. Ahí estaba la puerta abierta esperándome, el vacío, la decepción, el fracaso total, el rock, el nomadismo, nuestro extravío más profundo y sincero.
Por eso me gusta tanto ver a los jóvenes de hoy con los libros de Rubiano bajo el brazo. Porque en lugar de mejorar, la realidad ha empeorado notablemente. Aislamiento, depresión, desempleo, suicidio, corrupción, violencia física y psicológica, abatimiento, desmoralización, pesimismo, desarraigo, mentiras a diestra y siniestra, en fin, la lista de horrores es larga. La realidad continúa siendo una trampa y eso significa que, de alguna manera, Rubiano fue un precursor. Uno inmejorable.
Mario Mendoza 2011.
Leí Gentecita del montón, de Roberto Rubiano Vargas, en 1982, recién graduado del colegio. Recuerdo bien el impacto que me causó este libro de cuentos: descubrí esa tarde que el mundo cercano, el mío, era susceptible de convertirse en literatura. Hasta ese momento yo creía que el verdadero arte era algo lejano, elevado, aéreo, necesariamente sublimado. Había leído ya literatura de la contracultura, claro, pero no había visto aún en esas páginas el mundo próximo y atroz que nos rodeaba, su atmósfera pesada y gris, su desaliento, su impotencia. Por otro lado, en la literatura que nos proponían los representantes de la cultura oficial no aparecía el Parque Tayrona, las colinas de Suba o el parque de los hippies de Chapinero. Y por primera vez leía a un escritor que se adentraba en ese universo que a mis escasos 18 años ya me parecía asfixiante.
Unos años atrás yo había vivido en la casa de mi abuela en Palermo y varios primos mayores que yo, melenudos y rockeros, pasaban a veces con sus amigos a visitarla. Hablaban de hongos alucinógenos, de La Miel, de recorridos iniciáticos por Perú o México, lamentaban los suicidios de Hendrix, de Janis Joplin o de Morrison, e incluso algunos de ellos terminaron yéndose al monte a servir de carne de cañón en las huestes guerrilleras. Nosotros, los jóvenes de comienzos de los ochenta, no éramos muy distintos. Habíamos heredado esa desesperación intacta.
Esta colección de relatos ganó el Premio Nacional de Cuento en 1981 y desató una gran polémica. Ciertos funcionarios conservadores que posaban de intelectuales lo atacaron con ferocidad y se indignaron por el premio. Nosotros, los muchachos que recorríamos las calles con las manos entre los bolsillos, que nos sentíamos vacíos y a la deriva, no sólo lo defendíamos en nuestras largas conversaciones de adolescentes desocupados, sino que nos empezamos a pasar el voz a voz, lo empezamos a comprar y a recomendar. Lo sentimos como un símbolo propio, como una bandera que nos querían arrebatar, como un aullido de angustia (el nuestro) que querían acallar a toda costa.
Ahora que lo pienso con cierta distancia, esa polémica ha estado siempre vigente en este país. La cultura oficial prefiere la literatura, el cine o la pintura que exalten una belleza ascendente, poco problemática, pacífica y contemplativa. Una cultura que deje el establecimiento en paz y que no ahonde mucho en nuestras miserias más íntimas. Rubiano, como un cirujano diestro, metía el bisturí allí donde el establecimiento sentía más miedo: en el vacío de varias generaciones en cadena que veían cómo la ilusión de un mundo mejor se desvanecía en medio del consumismo, la hipocresía de los políticos y la doble moral de una sociedad que permitía la corrupción y la codicia mientras pregonaba valores que jamás practicaría. Esas promesas de la Modernidad incumplida (justicia, equidad, solidaridad, fraternidad) estaban arrinconando a varios jóvenes que empezábamos ya a descubrir que la realidad era una trampa. Y los personajes de Rubiano eran como nosotros, estaban perdidos, callejeaban sin rumbo fijo, bebían o fumaban marihuana porque sentían la ciudad como un enorme desierto sin oasis a la vista. Y claro, esa escritura quirúrgica que abría heridas en cada relato era peligrosa, había que detenerla, prohibirla, descalificarla. Pero sobrevivió, y puedo decir con orgullo que sobrevivió gracias a nosotros, sus lectores.
Unos años después yo empezaría a calentar la mano en mis primeros cuentos, y no me sentí cómodo. Había entrado por la puerta de la literatura fantástica y descubrí que no era lo mío. Entonces volví a recorrer las calles por enésima vez, a buscar, a preguntarme dónde estaría mi verdadera voz como escritor. Una tarde recordé con cariño mi viejo ejemplar de Gentecita del montón, lo saqué de la biblioteca y lo releí. La revelación fue máxima. Ahí estaba la puerta abierta esperándome, el vacío, la decepción, el fracaso total, el rock, el nomadismo, nuestro extravío más profundo y sincero.
Por eso me gusta tanto ver a los jóvenes de hoy con los libros de Rubiano bajo el brazo. Porque en lugar de mejorar, la realidad ha empeorado notablemente. Aislamiento, depresión, desempleo, suicidio, corrupción, violencia física y psicológica, abatimiento, desmoralización, pesimismo, desarraigo, mentiras a diestra y siniestra, en fin, la lista de horrores es larga. La realidad continúa siendo una trampa y eso significa que, de alguna manera, Rubiano fue un precursor. Uno inmejorable.
Mario Mendoza 2011.
jueves, mayo 05, 2011
Una vieja novedad en la feria
El sábado 7 de mayo se presentó en la Feria del Libro de Bogotá una colección llamada Voces de Fuego, de la editorial Pluma de Mompox. Son 65 libros publicados de un solo golpe. Un esfuerzo raro en un medio como el nuestro. La colección ofrece espacio a muchos nuevos autores (dos terceras partes de la lista más o menos), algunos con su primer libro; e incluye a autores con una trayectoria un poco más larga. Yo soy uno de ellos. Allí aparece el primer libro de narrativa publicado por mí: Gentecita del Montón. Este es el texto o "Nota Bene" que escribí para esta edición.
La primera edición de este libro fue publicada por Carlos Valencia Editores en 1981, hace treinta años y por tanto esta segunda edición resulta ser una especie de celebración de aniversario.
Revisé algunos aspectos formales de estos cuentos para superar torpezas narrativas propias de un primer libro; así mismo reintegré dos de los cuentos que fueron parte del original que ganó el Premio Nacional para libro de cuentos ofrecido por la Fundación Guberek y Carlos Valencia Editores en aquel año, y que por diversas razones fueron suprimidos. Un par de ellos por sugerencia del editor y algún otro que censuré por razones personales.
Por otros motivos (sobre todo porque ya no me gustan), suprimí dos de los cuentos de la edición original; todo esto para que esta versión de Gen- tecita del Montón no sea una curiosidad bibliográfica sino una colección que recupere el espíritu y la frescura de cuando estos cuentos fueron escritos y publicados en los años setenta y ochenta.
Por último, no he cambiado la dedicatoria (este libro sigue siendo para Alma), pero también quisiera hacer explícito mi reconocimiento –por el aprendizaje recibido– al editor de la primera edición de este libro, Carlos Valencia Goelkel. Con mi admiración y respeto.
La primera edición de este libro fue publicada por Carlos Valencia Editores en 1981, hace treinta años y por tanto esta segunda edición resulta ser una especie de celebración de aniversario.
Revisé algunos aspectos formales de estos cuentos para superar torpezas narrativas propias de un primer libro; así mismo reintegré dos de los cuentos que fueron parte del original que ganó el Premio Nacional para libro de cuentos ofrecido por la Fundación Guberek y Carlos Valencia Editores en aquel año, y que por diversas razones fueron suprimidos. Un par de ellos por sugerencia del editor y algún otro que censuré por razones personales.
Por otros motivos (sobre todo porque ya no me gustan), suprimí dos de los cuentos de la edición original; todo esto para que esta versión de Gen- tecita del Montón no sea una curiosidad bibliográfica sino una colección que recupere el espíritu y la frescura de cuando estos cuentos fueron escritos y publicados en los años setenta y ochenta.
Por último, no he cambiado la dedicatoria (este libro sigue siendo para Alma), pero también quisiera hacer explícito mi reconocimiento –por el aprendizaje recibido– al editor de la primera edición de este libro, Carlos Valencia Goelkel. Con mi admiración y respeto.
lunes, mayo 02, 2011
Una de Sábato
Que yo sepa, escritores como Sófocles, Dante y Shakespeare no se propusieron la belleza como fin, sino el examen de nuestra condición humana, la exploración de sus abismos y límites. Es claro que en este trabajo se encuentra la belleza, pero no aquella que se logra cuando se la busca por sí misma, sino otra: grande y trágica, desgarrada por la disonancia y el horror. Todas las tragedias escritas por el hombre, desde la que cuenta el destino de Edipo hasta la que narra la muerte de Ivan Ylich muestran esa belleza de los abismos.
Ernesto Sábato
(Citado en Alquimia de Escritor)
Ernesto Sábato
(Citado en Alquimia de Escritor)
Y otra de Sábato
Si nos llega dinero por nuestra obra, está bien. Pero escribir para ganar dinero es una abominación. Esa abominación se paga con el abominable producto que así se engendra.
(…)
Pero ¿Cómo vivir? De cualquier modo que la creación no sea manoseada, bastardeada, abaratada: poniendo un tallercito mecánico, trabajando de empleado en un banco, vendiendo baratijas en la calle, asaltando un banco.
Ernesto Sábato
(Citado en Alquimia de Escritor)
sábado, abril 30, 2011
Separados por una línea imaginaria
En el siglo XVI, durante la conquista española, se tenia la noción de que la línea equinoccial que divide los dos hemisferios y cruza el país del Ecuador, era la frontera entre las riquezas. Al norte, debido al clima cálido, se creía que el oro fluía de las raíces de los arboles del rio Meta bajo la forma de arroyos con oro en polvo. Al sur, se consideraba que el frío austral era el clima propicio para la plata. Mitos de la conquista que fueron creando leyendas territoriales que algunos todavía creen; aquellos que piensan que los colombianos somos los colosos del norte o que los ecuatorianos son pastusos con valium. De hecho, para controvertir la leyenda del siglo XVI basta mencionar que el Museo del Banco Central del Ecuador tiene máscaras de oro y platino que hacen ver pobre al Museo del oro de Bogotá.
Soy parte de una familia ecuatoriano colombiana. Tengo muchos parientes políticos en ese país. Viví en él por décadas (todavía tengo casa allí) y creo que lo conozco. A mi llegada, en 1983, el colombiano era visto con esa mezcla de admiración y desconfianza que causa un hermano mayor un poco matón. Es que por nuestra forma de hablar los colombianos generamos atracción y molestia; somos o parecemos eficientes, pero también latosos y demasiado sobrados para un medio donde se habla con un tono dulce y gentil.
Si aceptamos con Mircea Eliade que la patria del escritor es su lengua, entonces podríamos decir que a los colombianos y a los ecuatorianos nos separa el mismo idioma. Como si habláramos separados por el vidrio de un acuario. Porque no existe ningún diálogo cultural significativo.
Será por eso que estando tan cerca los colombianos estamos tan lejos de los ecuatorianos. O tal vez no tanto los colombianos, así en general; tal vez solo los intelectuales. Porque hay colombianos apreciados como los futbolistas, algunos empresarios y los famosos como Bolillo Gómez, Shakira, o Gabriel García Márquez.
Sin embargo los escritores que no están cubiertos por el halo de prestigio de un Nobel o del escandalo por sus declaraciones mediáticas, como Fernando Vallejo, no tienen tanto recibo. Un autor colombiano va a Quito, presenta su libro, recibe prensa, televisión y radio durante tres días. Al final de su visita habrá vendido entre cincuenta y cien ejemplares (datos de un editor), si tiene suerte.
Hay un enorme desinterés de uno y otro lado. Se dirá que esta condición balcánica es propia de todo el continente, pero resulta chocante entre dos países que fueron el mismo.
Jorge Icaza fue un autor ecuatoriano muy conocido en Colombia. Era lectura obligatoria en los colegios hace tres o cuatro generaciones (digamos treinta años). En ese momento había referencias sobre los novelistas sociales de la década del treinta, hoy no se sabe mucho del universo literario del Ecuador. Solo gracias al proyecto Bogotá treinta y nueve vinieron dos autores relativamente nuevos: Leonardo Valencia y Gabriela Alemán. Pero la invisibilidad es la regla.
Habitualmente la insularidad literaria en América Latina es superada gracias a algunos nombres que fungen de cabezas de playa para las literaturas regionales (los Cortázar, los Onetti), o por acontecimientos mediáticos (como el premio Nobel) que abren camino a sus nuevos escritores. Los lectores promedio en Colombia pueden identificar a dos o tres grandes escritores peruanos, cuatro o cinco argentinos, algún venezolano y al menos dos mexicanos, pero es probable que a ningún ecuatoriano. Y el lector ecuatoriano difícilmente logra recordar a más de tres autores colombianos.
Una posible razón es que Ecuador no tuvo un autor en ese club imaginario llamado el boom de la novela latinoamericana. En esa época un poco iconoclasta y que puso distancia con los llamados autores indigenistas y sociales, se rompió la continuidad que le daba presencia, en el concierto latinoamericano, a los autores ecuatorianos.
Hoy los nuevos escritores del Ecuador miran cada vez más hacia otras lecturas y otras literaturas. A mediados de los ochenta sus escritores eran como los paisas, solipsistas, ensimismados en sus discusiones acerca de la identidad y en busca de una tradición localista. Hoy, como en el resto de América Latina, los nuevos escritores ecuatorianos ya no se preocupan tanto por tener un lugar en la patria sino por buscar un lugar en la gran tradición literaria. Son pocos, no hay mayores estímulos, pero ahí van. En ese aspecto, el ambiente literario ecuatoriano no se distancia mucho del colombiano, las diferencias son proporcionales al tamaño de la sociedad. Allá son doce millones y aquí cuarenta y cuatro, en esa relación de población está la diferencia en cuanto a cantidad de escritores y libros publicados.
Casi no hay revistas de divulgación cultural. Prácticamente no hay editoriales locales (hay dos o tres pero son más de autoedición que otra cosa), Planeta y Alfaguara algo publican. Abrirse camino (como en Colombia) exige una voluntad a toda prueba. Hay destacados autores de literatura infantil y varios grandes poetas. El narrador mas importante, Javier Vásconez, lo es porque ha pasado largas temporadas fuera de Ecuador y sus libros se venden mas en España que en su propio país. Obviamente, era invisible también a este lado de la línea imaginaria, hasta hace pocos meses cuando publicaron en Colombia su mas reciente novela. En ese momento, junto con otras personas, tuve el gusto de presentarlo en esos pequeños espacios que permite esta ciudad. Su editorial hizo lo habitual. Organizó un almuerzo con libreros para que lo conocieran y le consiguió algo de prensa. La tarea se cumplió, hay que decir que Javier se sintió bien recibido, pero, como ocurre con los autores colombianos allá, al no existir una dinámica permanente todo queda en un juramento a la bandera y los ecuatorianos siguen tan invisibles aquí como los colombianos allá.
Sin embargo, seamos optimistas y pensemos que este encuentro en la próxima Feria del Libro podrá servir para que alguien pueda encontrar alguna máscara de oro y platino escondida por ahí, entre los libros exhibidos en el pabellón del Ecuador.
(Publicado en Arcadia #67, abril de 2011)
Soy parte de una familia ecuatoriano colombiana. Tengo muchos parientes políticos en ese país. Viví en él por décadas (todavía tengo casa allí) y creo que lo conozco. A mi llegada, en 1983, el colombiano era visto con esa mezcla de admiración y desconfianza que causa un hermano mayor un poco matón. Es que por nuestra forma de hablar los colombianos generamos atracción y molestia; somos o parecemos eficientes, pero también latosos y demasiado sobrados para un medio donde se habla con un tono dulce y gentil.
Si aceptamos con Mircea Eliade que la patria del escritor es su lengua, entonces podríamos decir que a los colombianos y a los ecuatorianos nos separa el mismo idioma. Como si habláramos separados por el vidrio de un acuario. Porque no existe ningún diálogo cultural significativo.
Será por eso que estando tan cerca los colombianos estamos tan lejos de los ecuatorianos. O tal vez no tanto los colombianos, así en general; tal vez solo los intelectuales. Porque hay colombianos apreciados como los futbolistas, algunos empresarios y los famosos como Bolillo Gómez, Shakira, o Gabriel García Márquez.
Sin embargo los escritores que no están cubiertos por el halo de prestigio de un Nobel o del escandalo por sus declaraciones mediáticas, como Fernando Vallejo, no tienen tanto recibo. Un autor colombiano va a Quito, presenta su libro, recibe prensa, televisión y radio durante tres días. Al final de su visita habrá vendido entre cincuenta y cien ejemplares (datos de un editor), si tiene suerte.
Hay un enorme desinterés de uno y otro lado. Se dirá que esta condición balcánica es propia de todo el continente, pero resulta chocante entre dos países que fueron el mismo.
Jorge Icaza fue un autor ecuatoriano muy conocido en Colombia. Era lectura obligatoria en los colegios hace tres o cuatro generaciones (digamos treinta años). En ese momento había referencias sobre los novelistas sociales de la década del treinta, hoy no se sabe mucho del universo literario del Ecuador. Solo gracias al proyecto Bogotá treinta y nueve vinieron dos autores relativamente nuevos: Leonardo Valencia y Gabriela Alemán. Pero la invisibilidad es la regla.
Habitualmente la insularidad literaria en América Latina es superada gracias a algunos nombres que fungen de cabezas de playa para las literaturas regionales (los Cortázar, los Onetti), o por acontecimientos mediáticos (como el premio Nobel) que abren camino a sus nuevos escritores. Los lectores promedio en Colombia pueden identificar a dos o tres grandes escritores peruanos, cuatro o cinco argentinos, algún venezolano y al menos dos mexicanos, pero es probable que a ningún ecuatoriano. Y el lector ecuatoriano difícilmente logra recordar a más de tres autores colombianos.
Una posible razón es que Ecuador no tuvo un autor en ese club imaginario llamado el boom de la novela latinoamericana. En esa época un poco iconoclasta y que puso distancia con los llamados autores indigenistas y sociales, se rompió la continuidad que le daba presencia, en el concierto latinoamericano, a los autores ecuatorianos.
Hoy los nuevos escritores del Ecuador miran cada vez más hacia otras lecturas y otras literaturas. A mediados de los ochenta sus escritores eran como los paisas, solipsistas, ensimismados en sus discusiones acerca de la identidad y en busca de una tradición localista. Hoy, como en el resto de América Latina, los nuevos escritores ecuatorianos ya no se preocupan tanto por tener un lugar en la patria sino por buscar un lugar en la gran tradición literaria. Son pocos, no hay mayores estímulos, pero ahí van. En ese aspecto, el ambiente literario ecuatoriano no se distancia mucho del colombiano, las diferencias son proporcionales al tamaño de la sociedad. Allá son doce millones y aquí cuarenta y cuatro, en esa relación de población está la diferencia en cuanto a cantidad de escritores y libros publicados.
Casi no hay revistas de divulgación cultural. Prácticamente no hay editoriales locales (hay dos o tres pero son más de autoedición que otra cosa), Planeta y Alfaguara algo publican. Abrirse camino (como en Colombia) exige una voluntad a toda prueba. Hay destacados autores de literatura infantil y varios grandes poetas. El narrador mas importante, Javier Vásconez, lo es porque ha pasado largas temporadas fuera de Ecuador y sus libros se venden mas en España que en su propio país. Obviamente, era invisible también a este lado de la línea imaginaria, hasta hace pocos meses cuando publicaron en Colombia su mas reciente novela. En ese momento, junto con otras personas, tuve el gusto de presentarlo en esos pequeños espacios que permite esta ciudad. Su editorial hizo lo habitual. Organizó un almuerzo con libreros para que lo conocieran y le consiguió algo de prensa. La tarea se cumplió, hay que decir que Javier se sintió bien recibido, pero, como ocurre con los autores colombianos allá, al no existir una dinámica permanente todo queda en un juramento a la bandera y los ecuatorianos siguen tan invisibles aquí como los colombianos allá.
Sin embargo, seamos optimistas y pensemos que este encuentro en la próxima Feria del Libro podrá servir para que alguien pueda encontrar alguna máscara de oro y platino escondida por ahí, entre los libros exhibidos en el pabellón del Ecuador.
(Publicado en Arcadia #67, abril de 2011)
jueves, abril 21, 2011
El precio de los libros... y el golf
Es el día del libro y ya viene la Feria del libro y los libros se ponen de moda por una corta temporada al año. La gente que normalmente no entra a una librería va a la feria y entra a las librerías. Es una época alta en la venta de libros. Hay familias que hacen su mercado anual bien sea comprando novedades, ediciones raras o simplemente buscando ofertas en los pabellones de descuento.
Pero, ¿es caro el libro en Colombia? Esta es una pregunta habitual en esta época. Y la respuesta corta es sí, por supuesto que los libros son caros en Colombia. Una edición nacional cuesta entre treinta mil y cuarenta mil pesos. O sea entre doce y dieciseis euros. Un librero español diría que no son tan caros, ya que en España cuestan entre quince y treinta. Pero el ingreso de un sin empleo en Madrid es de mil euros (pago por el paro) y el ingreso de un empleado de oficina en Bogotá puede ser quinientos, si le va bien. Entonces en esos términos absolutos y comparativos, el libro es caro.
Sin embargo.
Aceptemos el hecho de que los compradores de libros no son los mismos lectores de libros. Para leer libros solo hay que tener ganas. En Colombia contamos con una biblioteca muy buena llamada Luis Angel Arango y para leer solo hay que visitarla, o tener un carnet y pedirlos por correo. En cambio para coleccionar libros, que es lo que hacen (hacemos) los compradores, hace falta dinero. Un poco al menos. Y aquí entonces si tiene sentido hablar del precio de los libros.
Los compradores de libros, habitualmente, se encuentran en los sectores de clase media y media alta que pueden darse el lujo de ir de rumba los viernes y de vez en cuando entrar a un restaurante; gustos efímeros que cuestan mas que un libro, y el placer que produce el libro dura mas que un whisky o un plato de sushi. En ese punto es que las cosas se relativizan. ¿Los libros son caros respecto a qué? ¿Al pago del arriendo? ¿Al costo del mercado? Entonces surge otra respuesta corta: los libros son caros para el que no los usa.
Siempre tengo a la vista una pelota de golf que recogí donde un amigo que vive en medio de un campo de golf. Una pelota de esas creo que cuesta como dos mil pesos, un precio que no le hace mella a esos jugadores que pierden bolas en el patio de mi amigo (tiene una canasta como con quinientas que les ha secuestrado), ellos pueden comprar todas las que necesiten y ni siquiera se preguntan por su precio. En todo caso es poco dinero, sin embargo para mí es el producto más caro que existe, simplemente porque ni juego ni me interesa el golf. En cambio, un libro de treinta y dos mil pesos que tenga muchas ganas de leer no resulta caro, porque lo voy a usar y disfrutar durante unos días y guardarlo y volverlo a ver y consultar.
Los libros son caros para aquellos a los que no les interesa leer. Aunque se los vendieran a dos mil pesos les seguirían pareciendo caros. Como a mí la pelota de golf.
Pero, ¿es caro el libro en Colombia? Esta es una pregunta habitual en esta época. Y la respuesta corta es sí, por supuesto que los libros son caros en Colombia. Una edición nacional cuesta entre treinta mil y cuarenta mil pesos. O sea entre doce y dieciseis euros. Un librero español diría que no son tan caros, ya que en España cuestan entre quince y treinta. Pero el ingreso de un sin empleo en Madrid es de mil euros (pago por el paro) y el ingreso de un empleado de oficina en Bogotá puede ser quinientos, si le va bien. Entonces en esos términos absolutos y comparativos, el libro es caro.
Sin embargo.
Aceptemos el hecho de que los compradores de libros no son los mismos lectores de libros. Para leer libros solo hay que tener ganas. En Colombia contamos con una biblioteca muy buena llamada Luis Angel Arango y para leer solo hay que visitarla, o tener un carnet y pedirlos por correo. En cambio para coleccionar libros, que es lo que hacen (hacemos) los compradores, hace falta dinero. Un poco al menos. Y aquí entonces si tiene sentido hablar del precio de los libros.
Los compradores de libros, habitualmente, se encuentran en los sectores de clase media y media alta que pueden darse el lujo de ir de rumba los viernes y de vez en cuando entrar a un restaurante; gustos efímeros que cuestan mas que un libro, y el placer que produce el libro dura mas que un whisky o un plato de sushi. En ese punto es que las cosas se relativizan. ¿Los libros son caros respecto a qué? ¿Al pago del arriendo? ¿Al costo del mercado? Entonces surge otra respuesta corta: los libros son caros para el que no los usa.
Siempre tengo a la vista una pelota de golf que recogí donde un amigo que vive en medio de un campo de golf. Una pelota de esas creo que cuesta como dos mil pesos, un precio que no le hace mella a esos jugadores que pierden bolas en el patio de mi amigo (tiene una canasta como con quinientas que les ha secuestrado), ellos pueden comprar todas las que necesiten y ni siquiera se preguntan por su precio. En todo caso es poco dinero, sin embargo para mí es el producto más caro que existe, simplemente porque ni juego ni me interesa el golf. En cambio, un libro de treinta y dos mil pesos que tenga muchas ganas de leer no resulta caro, porque lo voy a usar y disfrutar durante unos días y guardarlo y volverlo a ver y consultar.
Los libros son caros para aquellos a los que no les interesa leer. Aunque se los vendieran a dos mil pesos les seguirían pareciendo caros. Como a mí la pelota de golf.
lunes, abril 18, 2011
Grafías americanas
Ilustración de Wilo
El español como lengua escrita tiene mil años de existencia. Durante la conquista española de América –1492 a 1560 aproximadamente–, el castellano apenas tenía 500 años de existencia. En nuestra región, la que va del norte del Perú hasta la Guajira se hablaban centenares de lenguas que pertenecían a cuatro troncos principales: quichua, arawak, caribe y chibcha. Ninguna de ellas se escribía.
Este fue uno de los factores que les sirvió a los invasores para autoafirmar su superioridad cultural. La conquista se hizo a nombre de un libro, la Biblia, y a nombre del emperador romano que autorizaba el usufructo de tierras que nunca pisó. En esa época, el alfabeto era sinónimo de ser letrado, civilizado, la élite podía leer, en cambio los ignorantes eran educados mediante imágenes; por esa razón la eclosión del arte religioso del renacimiento: esa maravillosa pintura y escultura. Las imágenes eran el lenguaje para darles a conocer a los ignorantes la sabiduría de Dios, el temor al pecado (por ejemplo en los cuadros de El Bosco), el infierno y el paraíso.
Por eso, los civilizados conquistadores entre los cuales –a propósito–, sólo leían y escribían más o menos la mitad, consideraron a estas sociedades inferiores por no tener una escritura basada en el alfabeto. Era tal la importancia que daba la Corona castellana a la memoria escrita que en toda expedición iba un escribano que anotaba la bitácora del viaje y junto con el tesorero daba cuenta de los resultados económicos, culturales y geográficos de la expedición.
Sin embargo en América si había maneras de memorizar la vida espiritual de los pueblos. Se guardaba mediante grafismos, pinturas en tela, en cerámica, como figuras en oro y en algunas sociedades de recursos más complejos, mediante los códices aztecas y mayas y los tocapus incas que constituían una primera expresión gráfica en camino de convertirse en un lenguaje escrito.
Los dominadores y sus celebrantes ocultaron esto, destruyeron sus vestigios, los negaron porque era más cómodo construir una versión del salvaje que no sabía lo que tenía y por tanto era más fácil despojar. Entonces, la escritura se convirtió en una ventaja cultural, una diferencia entre lo salvaje y lo civilizado. Y esa ventaja cultural fue definitiva para consolidar el proceso de conquista y legitimación de lo conquistado.
El castellano no sólo sirvió para escribir El Quijote (a comienzos del siglo XVII), sino también para justificar, reafirmar y esconder las iniquidades cometidas durante el siglo XVI.
Sobre este y otros temas que ya he mencionado y voy a seguir mencionando en este blog, estamos trabajando con un equipo muy amplio en Colombia y Ecuador. Entre todos los que estamos ahí estamos preparando una serie de televisión de doce horas de duración titulada: A la conquista de la historia. Una serie en la que un equipo de rodaje adopta la forma y los compromisos de una expedición que se adentra en la jungla de las interpretaciones históricas, el diálogo con los especialistas, las dificultades económicas, los odios y los afectos que un proyecto como este suscita.
El español como lengua escrita tiene mil años de existencia. Durante la conquista española de América –1492 a 1560 aproximadamente–, el castellano apenas tenía 500 años de existencia. En nuestra región, la que va del norte del Perú hasta la Guajira se hablaban centenares de lenguas que pertenecían a cuatro troncos principales: quichua, arawak, caribe y chibcha. Ninguna de ellas se escribía.
Este fue uno de los factores que les sirvió a los invasores para autoafirmar su superioridad cultural. La conquista se hizo a nombre de un libro, la Biblia, y a nombre del emperador romano que autorizaba el usufructo de tierras que nunca pisó. En esa época, el alfabeto era sinónimo de ser letrado, civilizado, la élite podía leer, en cambio los ignorantes eran educados mediante imágenes; por esa razón la eclosión del arte religioso del renacimiento: esa maravillosa pintura y escultura. Las imágenes eran el lenguaje para darles a conocer a los ignorantes la sabiduría de Dios, el temor al pecado (por ejemplo en los cuadros de El Bosco), el infierno y el paraíso.
Por eso, los civilizados conquistadores entre los cuales –a propósito–, sólo leían y escribían más o menos la mitad, consideraron a estas sociedades inferiores por no tener una escritura basada en el alfabeto. Era tal la importancia que daba la Corona castellana a la memoria escrita que en toda expedición iba un escribano que anotaba la bitácora del viaje y junto con el tesorero daba cuenta de los resultados económicos, culturales y geográficos de la expedición.
Sin embargo en América si había maneras de memorizar la vida espiritual de los pueblos. Se guardaba mediante grafismos, pinturas en tela, en cerámica, como figuras en oro y en algunas sociedades de recursos más complejos, mediante los códices aztecas y mayas y los tocapus incas que constituían una primera expresión gráfica en camino de convertirse en un lenguaje escrito.
Los dominadores y sus celebrantes ocultaron esto, destruyeron sus vestigios, los negaron porque era más cómodo construir una versión del salvaje que no sabía lo que tenía y por tanto era más fácil despojar. Entonces, la escritura se convirtió en una ventaja cultural, una diferencia entre lo salvaje y lo civilizado. Y esa ventaja cultural fue definitiva para consolidar el proceso de conquista y legitimación de lo conquistado.
El castellano no sólo sirvió para escribir El Quijote (a comienzos del siglo XVII), sino también para justificar, reafirmar y esconder las iniquidades cometidas durante el siglo XVI.
Sobre este y otros temas que ya he mencionado y voy a seguir mencionando en este blog, estamos trabajando con un equipo muy amplio en Colombia y Ecuador. Entre todos los que estamos ahí estamos preparando una serie de televisión de doce horas de duración titulada: A la conquista de la historia. Una serie en la que un equipo de rodaje adopta la forma y los compromisos de una expedición que se adentra en la jungla de las interpretaciones históricas, el diálogo con los especialistas, las dificultades económicas, los odios y los afectos que un proyecto como este suscita.
jueves, abril 14, 2011
Consejitos 2
Las obras de imaginación sobresalen por su fascinación y deleite; por su capacidad de atraer y conservar la atención. Es un libro bueno en vano aquel que el lector abandona. Solo es maestro aquel que mantiene la mente en complaciente cautiverio; cuyas páginas se leen atentamente y con fruición y que se vuelven a leer con la esperanza de un renovado placer; y cuya conclusión se anticipa con la tristeza con la que el viajero mira hacia el día de la partida.
Samuel Johnson
(Incluido en Alquimia de Escritor)
Samuel Johnson
(Incluido en Alquimia de Escritor)
martes, abril 12, 2011
Matones en red
Algunos columnistas de la prensa colombiana se han referido al tema en muchas ocasiones: los anónimos comentaristas de la opinión periodística. Aquellos que firman como RVGz5 o cualquier seudónimo pensado para ser lo mas anónimo posible (como si no bastara).
Estos comentaristas son básicamente intolerantes con la opinión de la persona que firma la columna y con los otros comentaristas. Son como barras bravas virtuales que se agreden entre si.
Sin embargo, hay otros comentaristas que parecen obedecer a la misma mano que redacta pero que se presenta bajo diferentes seudónimos, muchas veces con un nombre reconocible, como para hacer creer que son muchas personas las que están en desacuerdo con el columnista cuando en realidad es la misma siempre. Para que su existencia sea posible, existen programas que facilitan la actividad de influir en la opinión pública.
Se trata de los programas de manejo de perfiles personales. Existen de muchos modelos y servicios, pero todos sirven para lo mismo. Ayudan a crear perfiles creíbles. Con estos programas una sola persona puede bombardear los foros de opinión, los periódicos en red, defender una gestión política o proteger la imagen de una empresa comercial, y dar la impresión de que se trata de muchas personas desde diferentes direcciones electrónicas.
Para los lectores habituales de columnas (soy uno de esos) en la prensa colombiana, es evidente que los columnistas, por inmensa mayoría están peleados con el legado del expresidente Uribe (falsos positivos, corrupción, chuzadas, y un largo eccétera); por eso cada columna de estas que navega como un pequeño tiburón en las aguas infestadas de orcas, lleva prendidas una serie de rémoras opinadoras que atacan con beligerancia las opiniones del columnista de turno.
A mitad del segundo mandato del ex presidente Uribe surgió una información que pronto fue diluida, pero que mencionaba la existencia de una oficina para manejar opinión publica. Esta oficina habría estado formada, en aquel entonces, por una empresa de comunicación de otro país, la Vicepresidencia de la República y un organismo con sede en Washington. ¿Su función? Generar rumores y ofrecer apoyo a la gestión de gobierno a través de la manipulación de encuestas, rumores, y opinión guerrilla. Es decir, me subo a un taxi y dejo caer una opinión de apoyo mas o menos razonada, el taxista la repite y así. Lo mismo con las columnas de opinión. Ya que los columnistas a favor son pocos mandemos un comando virtual que responda bajo la premisa de la promesa única: seguridad democrática y hay que acabar a la far, todo lo demás son detalles. Para lograrlo no se necesita un ejercito de empleados; con veinte personas circulando rumores como oficio ocho horas al día y salario mínimo es suficiente.
En la red es probable que una cantidad similar de comentaristas de pie de columna, con recursos informáticos adecuados que les permitan sortear los filtros de identificación IP, sean suficientes para hacer creer que existe un ejercito intelectual (es una manera de decirlo, porque el lenguaje que usan ofendería a un atracador callejero) defendiendo la causa del “presidente mas popular de todos los tiempos”, como les gusta repetir a estos matones virtuales.
Ahí están. Basta leer una columna que ponga en duda alguno de los muchos aspectos oscuros de los ocho años del “uribato” y verán surgir como fieras las palabras de estos comentaristas. El problema es que los programas de manejo de perfil solo pueden esconder el origen IP de los correos; pero la sintaxis los delata: no son muchos pero sí muy violentos.
Estos comentaristas son básicamente intolerantes con la opinión de la persona que firma la columna y con los otros comentaristas. Son como barras bravas virtuales que se agreden entre si.
Sin embargo, hay otros comentaristas que parecen obedecer a la misma mano que redacta pero que se presenta bajo diferentes seudónimos, muchas veces con un nombre reconocible, como para hacer creer que son muchas personas las que están en desacuerdo con el columnista cuando en realidad es la misma siempre. Para que su existencia sea posible, existen programas que facilitan la actividad de influir en la opinión pública.
Se trata de los programas de manejo de perfiles personales. Existen de muchos modelos y servicios, pero todos sirven para lo mismo. Ayudan a crear perfiles creíbles. Con estos programas una sola persona puede bombardear los foros de opinión, los periódicos en red, defender una gestión política o proteger la imagen de una empresa comercial, y dar la impresión de que se trata de muchas personas desde diferentes direcciones electrónicas.
Para los lectores habituales de columnas (soy uno de esos) en la prensa colombiana, es evidente que los columnistas, por inmensa mayoría están peleados con el legado del expresidente Uribe (falsos positivos, corrupción, chuzadas, y un largo eccétera); por eso cada columna de estas que navega como un pequeño tiburón en las aguas infestadas de orcas, lleva prendidas una serie de rémoras opinadoras que atacan con beligerancia las opiniones del columnista de turno.
A mitad del segundo mandato del ex presidente Uribe surgió una información que pronto fue diluida, pero que mencionaba la existencia de una oficina para manejar opinión publica. Esta oficina habría estado formada, en aquel entonces, por una empresa de comunicación de otro país, la Vicepresidencia de la República y un organismo con sede en Washington. ¿Su función? Generar rumores y ofrecer apoyo a la gestión de gobierno a través de la manipulación de encuestas, rumores, y opinión guerrilla. Es decir, me subo a un taxi y dejo caer una opinión de apoyo mas o menos razonada, el taxista la repite y así. Lo mismo con las columnas de opinión. Ya que los columnistas a favor son pocos mandemos un comando virtual que responda bajo la premisa de la promesa única: seguridad democrática y hay que acabar a la far, todo lo demás son detalles. Para lograrlo no se necesita un ejercito de empleados; con veinte personas circulando rumores como oficio ocho horas al día y salario mínimo es suficiente.
En la red es probable que una cantidad similar de comentaristas de pie de columna, con recursos informáticos adecuados que les permitan sortear los filtros de identificación IP, sean suficientes para hacer creer que existe un ejercito intelectual (es una manera de decirlo, porque el lenguaje que usan ofendería a un atracador callejero) defendiendo la causa del “presidente mas popular de todos los tiempos”, como les gusta repetir a estos matones virtuales.
Ahí están. Basta leer una columna que ponga en duda alguno de los muchos aspectos oscuros de los ocho años del “uribato” y verán surgir como fieras las palabras de estos comentaristas. El problema es que los programas de manejo de perfil solo pueden esconder el origen IP de los correos; pero la sintaxis los delata: no son muchos pero sí muy violentos.
lunes, abril 04, 2011
A propósito del Ecuador
(Y a propósito de la Feria del Libro de Bogotá, en la cual Ecuador es país invitado)
Entre las muchas influencias que me quedaron del Ecuador está mi interés por su cultura mestiza y la escultura quiteña. Sobre ella surgió un día este cuento, publicado en mi libro Cincuenta agujeros negros.
El imaginero
El taller del indio Quishpe era el centro de atención de los transeúntes que recorrían la Plaza de San Francisco. De allí salían las imágenes más piadosas, los gestos más realistas, las miradas más dulces, las vírgenes más perfectas.
El Indio Quishpe era mal querido entre los demás maestros artesanos e imagineros. Una leyenda, conocida desde Lima hasta Santa Fe, se había forjado alrededor de su nombre. Decían que atormentaba a sus modelos humanos para tallar el gesto de dolor de los crucificados. Que seducía a las mujeres para conseguir el éxtasis en las imágenes de santas y beatas.
El Indio no hacía caso a las habladurías y se dedicaba a su trabajo de manera obsesiva. Sin embargo su gesto cada vez era más adusto y amargo. Como si la belleza se escurriera de sus manos. Como si un gran peso le oprimiera el alma.
Entonces fue cuando el Santo Oficio me ordenó que llevara a cabo una investigación preliminar.
Me acerqué a su taller una tarde y lo sorprendí con la gubia en las manos, una escultura del Nazareno recién terminada en madera y su rostro cubierto de lágrimas. La actitud adolorida del indio Quishpe me recordó las inútiles discusiones que aún se daban en algunas facultades de teología en Europa acerca de si los habitantes del Nuevo Mundo tenían o no tenían alma.
El indio Quishpe reconoció en mi hábito y en mi actitud, la autoridad del Santo Oficio. Asunto que lo hizo temblar aterrorizado mientras se inclinaba ante mí.
Creo que mi decisión fue correcta. Mientras veía su cuerpo arder en lo alto del mástil cubierto con sebo de animal, mientras veía achicharrar sus carnes sin que saliera de sus labios una sola palabra de arrepentimiento, pensaba en que la razón estaba de mi lado.
El suyo era un caso asimilable a la brujería.
El Indio Quishpe hacía sus esculturas tan perfectas que estas cobraban vida y se veía obligado a matarlas para poder colgarlas en las iglesias.
Entre las muchas influencias que me quedaron del Ecuador está mi interés por su cultura mestiza y la escultura quiteña. Sobre ella surgió un día este cuento, publicado en mi libro Cincuenta agujeros negros.
El imaginero
El taller del indio Quishpe era el centro de atención de los transeúntes que recorrían la Plaza de San Francisco. De allí salían las imágenes más piadosas, los gestos más realistas, las miradas más dulces, las vírgenes más perfectas.
El Indio Quishpe era mal querido entre los demás maestros artesanos e imagineros. Una leyenda, conocida desde Lima hasta Santa Fe, se había forjado alrededor de su nombre. Decían que atormentaba a sus modelos humanos para tallar el gesto de dolor de los crucificados. Que seducía a las mujeres para conseguir el éxtasis en las imágenes de santas y beatas.
El Indio no hacía caso a las habladurías y se dedicaba a su trabajo de manera obsesiva. Sin embargo su gesto cada vez era más adusto y amargo. Como si la belleza se escurriera de sus manos. Como si un gran peso le oprimiera el alma.
Entonces fue cuando el Santo Oficio me ordenó que llevara a cabo una investigación preliminar.
Me acerqué a su taller una tarde y lo sorprendí con la gubia en las manos, una escultura del Nazareno recién terminada en madera y su rostro cubierto de lágrimas. La actitud adolorida del indio Quishpe me recordó las inútiles discusiones que aún se daban en algunas facultades de teología en Europa acerca de si los habitantes del Nuevo Mundo tenían o no tenían alma.
El indio Quishpe reconoció en mi hábito y en mi actitud, la autoridad del Santo Oficio. Asunto que lo hizo temblar aterrorizado mientras se inclinaba ante mí.
Creo que mi decisión fue correcta. Mientras veía su cuerpo arder en lo alto del mástil cubierto con sebo de animal, mientras veía achicharrar sus carnes sin que saliera de sus labios una sola palabra de arrepentimiento, pensaba en que la razón estaba de mi lado.
El suyo era un caso asimilable a la brujería.
El Indio Quishpe hacía sus esculturas tan perfectas que estas cobraban vida y se veía obligado a matarlas para poder colgarlas en las iglesias.
sábado, abril 02, 2011
Una revista en Ecuador
Llegué a Ecuador en 1982 con una esposa ecuatoriana y tres hijos colombianos. Iba a quedarme un año o dos a lo sumo y me quedé veintidós. Mis hijos se hicieron más ecuatorianos que colombianos aunque todavía sufren con el pasaporte colombiano (la mayor no, porque ahora es austriaca). Llegué allá por culpa del amor y un poco cansado de las envidias de algunos escritores colombianos que me habían atacado un año antes por haber ganado un importante (para aquella época) premio para libro de cuentos. Iba dispuesto a quedarme hasta que terminara mi siguiente libro, pero tuvieron que pasar casi siete libros antes de que pudiera regresar (hace siete años).
Cuando llegué a Quito, me llamó la atención el solipsismo de los escritores ecuatorianos. El mundo, para bien y para mal, terminaba en sus fronteras. Pocos eran conocidos fuera de su país (y casi que de sus ciudades) salvo por la revista Casa de la Américas o una que otra traducción en Europa. Sus referencias tampoco eran frescas. Seguían hablando de los autores que habían leído en la Universidad en la década del sesenta y parecían poco atentos a lo que pasaba en el mundo.
Todo esto lo supe porque otro colombiano, Jaime Zalamea, había recibido el encargo de hacer la revista dominical del nuevo diario HOY de Quito. Me llamó y durante casi tres años tuvimos un tren eléctrico con el que nos divertimos haciendo lo que nos daba la gana (en términos editoriales). En ella escribí bajo al menos cinco seudónimos diferentes incluyendo uno de mujer que llegó a tener cierta trascendencia: Patricia Campbell.
Escribía bajo tantos seudónimos porque los escritores ecuatorianos colaboraban muy poco con la revista. Les fastidiaba que un par de colombianos la hicieran y no la hicieran tan mal después de todo. No nos despreciaban, simplemente éramos invisibles para ellos. Nuestro trabajo no tenía importancia porque de cierta forma provenía de fuera, del más allá de los barrios de Quito. Era la primera revista dominical de un periódico que asumía la modernidad intelectual. Con una mirada puesta sobre lo que ocurría en el mundo a una velocidad que solo más tarde permitiría el Internet. ¿El secreto? Mi familia y mis amigos que me mandaban cumplidamente revistas de cine inglesas y norteamericanas, revistas literarias francesas y sobre todo el ojo que teníamos con Jaime para encontrar temas y textos en los rincones de los libros que leíamos, en los rincones de la prensa que revisábamos.
Al cabo de los años (tres o cuatro) nos cansamos y dejamos el espacio para que viniera un grupo de escritores locales que hicieron un proyecto diferente pero también muy atractivo, La liebre ilustrada.
En todo caso esa fue la primera de varias experiencias culturales que llevé a cabo en Ecuador.
Durante los muchos años en que viví allí hice programas de radio, películas y videos, organicé conciertos, fundé un bar de salsa (Seseribó) junto con mi mujer y un par de amigos; realicé exposiciones, presenté mis libros al honorable público local cada vez que fueron editados en Colombia. Hice, o participé, al menos en otras cuatro revistas. Al mismo tiempo mantuve el bar o el bar me sostuvo a mí y a muchos de mis proyectos culturales; experiencias aprendidas al estado cantinero latinoamericano que paga con los impuestos al alcohol gran parte de los presupuestos de educación. Tal vez por eso resulta irónico que el bar todavía exista, en cambio las revistas no.
Cuando llegué a Quito, me llamó la atención el solipsismo de los escritores ecuatorianos. El mundo, para bien y para mal, terminaba en sus fronteras. Pocos eran conocidos fuera de su país (y casi que de sus ciudades) salvo por la revista Casa de la Américas o una que otra traducción en Europa. Sus referencias tampoco eran frescas. Seguían hablando de los autores que habían leído en la Universidad en la década del sesenta y parecían poco atentos a lo que pasaba en el mundo.
Todo esto lo supe porque otro colombiano, Jaime Zalamea, había recibido el encargo de hacer la revista dominical del nuevo diario HOY de Quito. Me llamó y durante casi tres años tuvimos un tren eléctrico con el que nos divertimos haciendo lo que nos daba la gana (en términos editoriales). En ella escribí bajo al menos cinco seudónimos diferentes incluyendo uno de mujer que llegó a tener cierta trascendencia: Patricia Campbell.
Escribía bajo tantos seudónimos porque los escritores ecuatorianos colaboraban muy poco con la revista. Les fastidiaba que un par de colombianos la hicieran y no la hicieran tan mal después de todo. No nos despreciaban, simplemente éramos invisibles para ellos. Nuestro trabajo no tenía importancia porque de cierta forma provenía de fuera, del más allá de los barrios de Quito. Era la primera revista dominical de un periódico que asumía la modernidad intelectual. Con una mirada puesta sobre lo que ocurría en el mundo a una velocidad que solo más tarde permitiría el Internet. ¿El secreto? Mi familia y mis amigos que me mandaban cumplidamente revistas de cine inglesas y norteamericanas, revistas literarias francesas y sobre todo el ojo que teníamos con Jaime para encontrar temas y textos en los rincones de los libros que leíamos, en los rincones de la prensa que revisábamos.
Al cabo de los años (tres o cuatro) nos cansamos y dejamos el espacio para que viniera un grupo de escritores locales que hicieron un proyecto diferente pero también muy atractivo, La liebre ilustrada.
En todo caso esa fue la primera de varias experiencias culturales que llevé a cabo en Ecuador.
Durante los muchos años en que viví allí hice programas de radio, películas y videos, organicé conciertos, fundé un bar de salsa (Seseribó) junto con mi mujer y un par de amigos; realicé exposiciones, presenté mis libros al honorable público local cada vez que fueron editados en Colombia. Hice, o participé, al menos en otras cuatro revistas. Al mismo tiempo mantuve el bar o el bar me sostuvo a mí y a muchos de mis proyectos culturales; experiencias aprendidas al estado cantinero latinoamericano que paga con los impuestos al alcohol gran parte de los presupuestos de educación. Tal vez por eso resulta irónico que el bar todavía exista, en cambio las revistas no.
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