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domingo, agosto 08, 2021

Nueva Novela: Banzai

(De la contratapa)

Encuentro muchos significados para la palabra japonesa Banzai. Algunos la traducen como suicidio honroso, otros como diez mil años de larga vida o larga vida al emperador. La carga banzai era un ataque suicida que se asociócon los pilotos kamikazes durante la Segunda Guerra Mundial. Pero entre todas esas definiciones prefiero esta:
Banzai: estoy dispuesto a cambiar este momento por toda la eternidad.
 

Banzai es una novela sobre la corrupción, sobre esa plaga que en todos los ámbitos, públicos y privados, se ha vuelto la normalidad que los ciudadanos de a pie soportan con estoicismo; una novela que habla de personajes avariciosos que arrebatan las vidas y la tranquilidad de otros, con la misma frialdad con que saquean las finanzas públicas. Kamikazes que toman decisiones suicidas en las que mueren los demás, no ellos.
Por gente así es que Manuel y Mireia, los protagonistas de esta novela, se ven obligados a vivir un día, o más bien unas cuantas interminables horas, en el infierno, intentando sobrevivir, minuto a minuto, ese momento definitorio de su existencia.


Publicado por Panamericana Editorial. Disponible en librerías y ePub.

viernes, agosto 29, 2014

La ciudad de la furia

Este texto lo escribí para el libro !Fuera zapato viejo! una selección de textos sobre la historia de la salsa en Bogotá concebido por Mario Jursich (que fue su editor y promotor). Es una edición de Idartes, Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y la editorial de la revista el malpensante.


Yo crecí en una Bogotá donde todo lo que nos rodeaba era viejo. Donde las cosas y la gente estaban detenidas en el tiempo. Los jóvenes que yo veía en mi niñez se vestían como sus padres y sus abuelos. Solo circulaban carros viejos (lo que se denominaba un “último modelo” tenía cinco o siete años de salido del almacén); los buses eran viejos y todo el mundo parecía unificado en la misma edad. Bueno, cuando uno tiene diez años o menos, todos los demás seres humanos parecen demasiado grandes o demasiado pequeños. Pero, en todo caso nací, crecí y llegué a la adolescencia en una ciudad que básicamente era vetusta, anticuada y negada a los cambios, y mi tránsito hacia otra ciudad, más dinámica, o abierta a nuevas propuestas, tuvo una banda sonora que comenzó con el rock y terminó en la música del Caribe.

Para comienzos de los años sesenta el mundo y particularmente el mundo de la gente joven estaba cambiando, tanto en sus formas como en su participación política y por supuesto había un cambio en el paradigma musical. La juventud comenzaba a ser protagonista cultural en una sociedad que tanto en Europa 
como en Bogotá, había cambiado poco desde la segunda guerra mundial. 


Gaiteros de San Jacinto, en Bogotá en 1979. Foto: Roberto Rubiano
Mi familia, que como corresponde a esa ciudad vieja, era del viejo estilo, estaba formada por nueve hermanos. Esa multitud de hermanos incluía todos los gustos musicales. Los mayores, que me llevaban doce y catorce años, tenían su propia discoteca: Pacho Galán, Pérez Prado, Lucho Bermúdez. Mi papá escuchaba unas cosas raras que después descubrí que se llamaban zarzuelas, aunque escondía una colección de Jazz que nadie escuchaba. Ni yo, porque hasta los doce años no tuve ningún gusto musical en particular, pero a partir de allí mi educación formal se confundió con mi educación musical y esta con mi educación sentimental. No sé si por influencias de una en la otra comenzaron a echarme de los colegios respetables donde se iba de uniforme y pasé a estudiar en colegios de garaje donde se refugiaban los músicos de Rock de las nuevas bandas que tocaban  en las discotecas de Bogotá. Lo cual, en todo caso, fue un golpe de fortuna.

Yo me for
mé en la música g
racias a algunos de esos momentos significativos. Mi hermana mayor vivió en Inglaterra a mediados de los años sesenta y cuando volvió, para la navidad de 1964, me regaló dos discos de un nuevo grupo que todavía no sonaba mucho en Bogotá. Era un Long Play titulado simplemente The Beatles (con la famosa foto del cuarteto tomada en contrapicado) y un Cuarenta y cinco con dos temas, Love me do y Can’t buy my love. Tuve que escucharlos durante veinticuatro horas seguidas (mi hermana asegura que así fue), para entender esa música, pero sobre todo para formarme mi primer gusto musical. A partir de esos discos de The Beatles algo me gustaba, algo me conmovía.

Un par de años más tarde, mi papá decidió sacarnos del barrio de la Soledad donde había pasado mi niñez y nos trasladó a San José de Bavaria donde la vida se parecía más a la de un pueblo que a la de una ciudad. Era, si cabe, un mundo aún más viejo, pero ofrecía mucho espacio para andar en bicicleta y correr por los potreros gracias a que era un barrio casi sin construír donde vivíamos poco menos de veinte familias. Allí hice un amigo medio nerd, con el cual aguardábamos la aparición de ovnis sobre las verdes colinas de Suba y discutíamos acerca de los arcanos conocimientos de la enciclopedia Planeta; pero lo más importante es que él y su hermana eran dueños de una completa discoteca de “música moderna” como se la llamaba entonces. El papá de mi amigo viajaba una vez al mes a Miami y le traía lo último que había salido en las tiendas de discos del aeropuerto. Gracias a esas encomiendas descubrí el amplio mundo de la “música ye ye” (como también se la llamó) y que ue poco a poco se terminó por denominar simplemente: Rock.

En ese barrio campestre o campechano, donde pasé mi adolescencia, si uno quería tener alguna oportunidad con una quinceañera había que ir a las fiestas navideñas de ron con Cocacola, empanaditas y música de chucuchucu, en las cuales el rock no era de buen recibo. El chucuchucu era la música del mundo viejo y el rock la del mundo nuevo. Pero las chicas estaban en el mundo viejo y no el mundo nerd donde yo vivía. Así que en las mañanas de diciembre escuchábamos a Beach Boys, Rolling Stones, Animals, y en las noches hágale a bailar chucuchucu con Los graduados, en una suerte de esquizofrenia musical muy apropiada para esa ciudad vieja en la que todo comenzaba a cambiar con lentitud, como una serpiente de invierno despellejándose con lentitud.

Mi primer contacto con la música del Caribe lo tuve en 1969, durante una conversación en el colegio de garaje donde estudié el bachillerato. Estaba con un compañero que tocaba con una banda de Rock, no recuerdo cual, tal vez La Banda de Marciano, o Glass Onion y me habló de un músico llamado Carlos Santana. Todavía faltaba tiempo para que llegara a los cines de Bogotá el documental sobre el Festival de Woodstock. Recuerdo casi al pie de la letra sus palabras; “este tipo combina el Rock con la música cubana y ha adaptado temas de Tito Puente”. Yo me quedé en babia, no tenía ni idea qué era la música cubana ni quien era Tito Puente. Aunque seguramente los había escuchado sin saberlo, en las fiestas de mis hermanos mayores. Por eso cuando vi, dos años más tarde, el documental sobre Woodstock, en un teatro del centro de Bogotá, con pepos que bailaban contra la pantalla y mucha marihuana en el ambiente, descubrí de qué hablaba mi compañero de colegio. Ese latin beat que inicia aquel tema famoso, Soul Sacrifice de Santana, fue una revelación absoluta. El sonido de la guitarra eléctrica y el órgano Hammond iba muy bien con la percusión latina de congas, timbales y maracas, propios de la música cubana. Un bombillito se encendió en el panel de mis gustos musicales. “Ladies and gentlemen, Santana…”

Todo ser humano repite en sí mismo a escala los fenómenos de su tiempo. Pero no se da cuenta. Necesita que otros lo confirmen para asegurarse de ello. En mi caso la experiencia iniciada con la música popular de origen británico iba a repetir dentro de mí, el mismo proceso de influencias que afectó a toda la música popular desde 1960, o incluso antes. Es decir, así como el jazz y el naciente rock afectaron positivamente la música cubana hasta conformar el sonido de la salsa, de la misma manera mi formación musical a partir del rock me llevaría más tarde al jazz y a la salsa, en un proceso natural de aprendizaje musical.

Recuerdo que los primeros temas afrocubanos que escuché por mi propio gusto fueros los interpretados por un dueto cubano. Era 1972 y mi novia de entonces y su hermano menor tenían varios casetes de Celina y Reutilio. Allí escuché por primera vez esas composiciones legendarias como Qué viva Changó, A Santa Bárbara, o El punto cubano; canciones que todavía resuenan en mi memoria y acompañan los recuerdos sentimentales de mis veinte años. Alma, como se llamaba mi novia, tenía una personalidad un poquito autosuficiente. Superalma, la llamaron más tarde en homenaje a un personaje de Vanishing Point, la película con guión de Guillermo Cabrera Infante, un escritor que también me acompañaría en los senderos de la música cubana. Alma creía que estaba de regreso de todo y que sabía más sobre todas las cosas que los demás seres humanos. Tenía amigos más grandes que hacían cine y televisión, y ella misma era actriz de televisión; por eso creía ser experta en música cubana, y claro, comparada conmigo, lo era. Con ella pasaba muchas noches escuchando Celina y Reutilio y tomando té con limón, que era una costumbre nueva en una ciudad con demasiadas costumbres viejas. Así, poco a poco, inicié mi trasteo musical hacia el Caribe.

Parte de las razones que me habían convertido en un mutante de esa ciudad vieja se debían a que comenzaba a moverme en grupos sociales diferentes. Mi esquizofrenia musical me llevaba a divertirme por temporadas con mis amigos de San José de Bavaria o con los rockeros que tocaban en el Parque Nacional y en Lijacá. Pero poco después, en la casa de Suba de la pintora Margarita Monsalve, hice otros amigos: Antonio Morales, Marcos Roda y todos aquellos que siguen siendo mis amigos. Vivíamos las fiestas a punta de Moustaki y Paco Ibañez pero comenzábamos a apreciar otra música para acompañar la noche. Allí escuché los dos primeros discos que me sirvieron como puerto de entrada a eso que después conoceríamos como salsa. Uno fue la primera grabación de Patato y Totico y que se llamaba así, simplemente: Patato y Totico, el otro era el tercer disco editado de Willie Colón, Cosa nuestra. Una pequeña selección que no estaba mal para comenzar. En Patato y Totico tocaban grandes músicos. Estaba Arsenio Rodríguez y Cachao. Y en el de Wilie Colón ya estaba una figura legendaria y fulminada: Hector Lavoe, que al decir de Eduardo Arias fue lo más cercano a un Rock Star que produjo la salsa. Tostado a punta de perica y trago. En el índice de ese disco se destacaban Che che colé y Juana Peña, dos temas que iban a ser parte fundamental de la banda sonora de la Bogotá de la furia salsera.

Por esos días, uno de esos amigos de mi novia Alma, un cineasta que solo hizo un par de cortometrajes del llamado sobreprecio del cine colombiano, fue quien nos llevó a descubrir uno de los santuarios famosos de la salsa en Bogotá. La jirafa roja
, un lugar con más aire de prostíbulo que de rumbeadero, o de lugar mítico de la salsa como se la considera ahora. Pero lo era. Quedaba en los altos del teatro Mogador de la calle 23. Tengo la borrosa visión de una pista con luces de colores y piso sintético. Pero sobre todo recuerdo que sonaban bandas como las de Richie Rey y Nelson y sus estrellas. Llegar en ese momento a La jirafa roja era como cumplir un paso más en un ritual para conocedores que incluía algunos otros retos, como ir a tomar cerveza al Tunjo de oro, para conocer la música de la Sonora Matancera, o saber bailar al ritmo de Amparo arrebato. Ser un salsero, en 1974, en Bogotá, era un título honorífico que pocos tenían y muchos deseábamos. Además, al igual que toda especialización, la salsa en aquel tiempo era una conjura contra los neófitos. Los que sabían de salsa, habituales de aquellos lugares, nos miraban a los recién aparecidos con un desprecio infinito. Se trenzaban en conversaciones eruditas acerca de tal o cual interprete, que a los espectadores nos parecían física cuántica.

Como todo centro de reunión de aquella época sin redes sociales, los bares cumplían una función esencial de unir el espíritu de los diversos ghetos. Los estudiantes de Buenaventura y de Cali, los estudiantes de la costa Caribe, encontraban en esos bares refugio para afrontar el frío y la soledad de las calles de esa ciudad vieja y triste que continuaba siendo Bogotá a mediados de la década del setenta.

Poco a poco los metederos tradicionales (El paladium, La jirafa roja, El tunjo de oro) se fueron apagando y cediendo su espacio a los nuevos bares. La música afrocubana ya no era de uso exclusivo de Cali o de Barranquilla, sino una consigna que los estudiantes bogotanos, los periodistas, los intelectuales, los activistas de izquierda o simplemente los costeños de nuestras dos costas, compartíamos. Una verdadera furia musical que estaba transformando algo más que la forma de bailar de los bogotanos.

La fundación de bares con un nuevo estilo, como fue El Goce Pagano, Casa Colombia, La teja corrida y los que vinieron después, fue muy importante en ese proceso de reconocimiento social. En ese proceso que llevó a una sociedad que no dialogaba consigo misma, a transformarse en una nueva sociedad que se identificaba con nuevos códigos de interacción personal. Para las mujeres bailar con desconocidos en esos nuevos bares, sin que las manosearan, resultó ser una liberación. Podían conversar con esos mismos desconocidos sin que estos creyeran que le estaban ofreciendo sexo, necesariamente. Aunque, por supuesto, la nueva noche bogotana fue muy libre en sus hábitos sexuales. Puso en escena la consigna del amor libre pregonada por los hippies de la calle sesenta. La ciudad vieja se transformó en la ciudad de la furia salsera, aunque sus espacios continuaran siendo poco coloridos, fundamentalmente porque los bares donde la salsa creció eran poco más que tiendas remodeladas, sin mayor iniciativa en su decoración y esa fue una constante hasta la llegada de Casa Colombia y La teja corrida.

A fines de los setenta las salsotecas, casi por rebeldía contra la imagen de la clásica discoteca de espejos, terciopelos y luces dirigidas, eran más bien huecos con aspecto de bar de mala muerte donde sonaba salsa. No eran muchas, El goce, El caño de la 53, Los nuevos goces, todos eran más o menos del mismo corte: lugares mal decorados, mal ventilados y con sillas incómodas, pero con buenos pincha discos y un ambiente relajado y amable. El cambio en este estilo de bar fue sin duda La teja corrida, que nació junto a Casa Colombia, en el local que le había pertenecido al Café de los poetas. Ese lugar añadió algo que ya Casa Colombia había logrado dentro de su propuesta, tener un poco de armonía estética en sus ambientaciones. Casa Colombia y La teja corrida fueron los primeros lugares en tener una atmósfera con diseño para la rumba, evitando de paso el paradigma discotequero. Con obras de arte en las paredes y una galería permanente. Casa Colombia, por ejemplo, tuvo como primera curadora de su galería a Paulina Ponce de León. Su influencia se notó en el segundo Goce Pagano, el de la veintiséis con quinta, que era de lejos más bonito que el de la veinticuatro, aunque este desde entonces sea el “hueco” por excelencia. Una pieza de museo.

Pero Casa Colombia no solo fue importante centro del frenesí rumbero. Ellos propusieron una nueva dimensión de la música colombiana emparentada con la salsa. Los dueños del lugar, como Ios (Juan Luis Vieira) o Gustavo Bejarano, eran del grupo de hippies que había colonizado Taganga y tenían una relación con la música de la costa muy diferente a la de cualquier bogotano. Parte del encanto de Casa Colombia, fue combinar las experiencias rumberas propias de la salsa emergente con los de la curramba costeña. Los bogotanos, con dificultad, comenzaron a bailar cumbia descaderada, a gritar y a gozar con los últimos Gaiteros que quedaban sobre la tierra y que gracias a Casa Colombia encontraron una nueva oportunidad sobre la tierra, como hubiera dicho su coterráneo de Macondo.

La aparición de estos grupos colombianos en los escenarios de la salsa bogotana fue un cambio significativo en la manera de apreciar nuestra herencia musical. El chucuchucu paisa había acabado con los ritmos tradicionales y había marginado a las grandes bandas de música colombiana. Los porros, los merecumbés, todos esos aportes de Lucho Bermúdez y Pacho Galán habían sido simplificados para disfrute de la clase media con unas melodías pegajosas que les habían quitado los dientes a esas composiciones poderosas, diseñadas para orquestas que eran verdaderas Big Bands a la manera cubana y habían reducido sus melodías a unas escuálidas orquestaciones fáciles al oído de los bailadores sin ritmo. Porque la cumbia, el currulao y el guaguancó no eran ritmos apropiados para oídos patrioteros deseosos de escuchar a la Tuna javeriana y bailar después cumbias descafeinadas grabadas en los estudios Sonolux.

Con Los gaiteros de San Jacinto llegó a Casa Colombia un vendaval musical desconocido. Los salseros comenzaron a entender que la música de nuestras costas era parte de la tradición musical afrocubana. Este antecedente es importante mencionarlo porque hoy la gaita sanjacintera o la percusión del currulao es una instrumentación obligada en el movimiento de las nuevas músicas colombianas. Los gaiteros de San Jacinto recuperaron en la fría Bogotá de fines de los setenta su tradición y hoy todos los días sale un nuevo maestro de la gaita, para fortuna nuestra.

La música colombiana comenzó a cohabitar con las bandas de salsa que se estaban formando en Bogotá, como el grupo del percusionista Pantera García y Cañabrava. Los grupos vallenatos bajaron de Valledupar a la pista de Casa Colombia décadas antes de la actual explosión comercial del vallenato devenido en un remedo de sí mismo. En la actualidad hay muy buenas bandas de jazz y ritmos colombianos y de salsa que jamás hubieran existido de no haber llegado a la noche bogotana, en el momento preciso, el vallenato, el currulao del pacífico y la gaita sanjacintera.

Esa combinación musical comenzó a hacer más civilizada esta ciudad que poco a poco dejaba atrás sus viejos hábitos y comenzaba a definir una personalidad por lo menos en cuanto a la manera de divertirse, una personalidad musical enraizada en nuestras mejores tradiciones. Y apropiándose, al mismo tiempo, de las virtudes de la música cubana y boricua. Un cierto sincretismo musical bogotano que hoy se expresa en un catálogo amplio y diverso de nuevos músicos.

Obviamente, en estos bares, fueron surgiendo nuevos especialistas. Conjurados de la nueva iglesia musical. En esas noches paganas bogotanas, comenzaron a aparecer los bailarines caleños o costeños, que movían el pie con más gracia que los pobres rolos. También se multiplicaron los conocedores, los que se sabían de memoria el origen del término salsa (hoy todavía uno puede escuchar largas disquisiciones acerca de cómo y cuando se bautizó al nuevo movimiento musical); que recitaban de memoria las fichas técnicas de las grabaciones; que conocían los intríngulis del negocio de la Fania, de cómo un sello había sido absorbido por otro; de cómo había comenzado tal o cual cantante. Lo dicho, la salsa generó incluso su propio universo intelectual; una nueva conjura de especialistas en contra de los iniciados.

Pero lo fundamental es que la experiencia de la salsa cambió para siempre a la ciudad que conocíamos hasta entonces. La ciudad vieja, que ya estaba amoblada de Renaults y Mazdas que renovaron el parque automotor, estaba cambiando en aspectos mas profundos. Se generó algo que podríamos llamar frescura para compartir los espacios sociales. Los bares se convirtieron en el santo y seña de una nueva forma de convivencia. Si uno estaba desparchado un lunes, podía ir al Goce Pagano a ver una película y ver con quien se encontraba para echar carreta, o el viernes a Casa Colombia a brincar con Los gaiteros de San Jacinto, o bailar apretado con la banda vallenata. Allí uno veía conspirar a la guerrilla urbana en una mesa y por otro lado a un columnista de El Tiempo; una mesa de gente de teatro junto a un grupo de pelados de la Distrital. Puede decirse que la salsa rompió fronteras sociales y culturales. Fue algo mas que una moda musical. Así como en Nueva York sirvió como identidad cultural para los migrantes latinos, aquí nos ayudó a encontrar los cabos sueltos de nuestra riqueza musical extraviados en los vericuetos del chucuchucu que había dominado la noche bogotana en los años sesenta.

Podría alegarse que tal cambio afectó solamente a una pequeña zona social, pero también hay que mencionar que todo cambio comienza con unos cuantos inconformes. Después de aquellos primeros bares surgió El Quiebracanto, Los Café Libro, la zona rumbera de la Primero de Mayo. En fin, una actitud más relajada a la hora de divertirse se esparció, como un virus, por toda la ciudad. Una nueva forma de entender la fiesta se aposentó entre nosotros. Y eso no hubiera sido posible sin la salsa, ese goce pagano como lo bautizó nuestro querido César Villegas.

Entre 1983 y 1984 mi relación con Bogotá entró en una nueva etapa, comencé a marcharme lentamente a vivir a Quito. Al principio unos meses aquí, otros meses allá, hasta que terminé por fundar allá un bar de salsa en el que que reuní las experiencias vividas en los lugares donde había vivido la salsa en Bogotá. El nombre de mi bar, Seseribó, surgió de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. En ese bar de nombre literario pasé casi veinte años programando música, haciendo bailar que no es lo mismo que hacer escuchar. Seseribó fue el final de mi aprendizaje con la salsa. Ya los especialistas no me intimidaron más. Pero también descubrí que la salsa era para gozarla no para intelectualizarla. Y también descubrí que Quito, como Bogotá en su momento, se salsificó. Se contagió de ese extraño virus de la alegría.

Pero esa es otra historia.




domingo, noviembre 25, 2012

Un cuento de Gentecita del montón

Este cuento forma parte de Gentecita del montón, mi primer libro de cuentos. Fue escrito hace más de treinta años. Todavía me reconozco en él.



Ilustración de Marcos Roda para la portada de 1981
Un domingo antes del fin del mundo

Para Morales


Heinz miró por la ventana sin decir nada. El trasteo estaba listo. Las cajas, los muebles, las maletas bien amarradas se acumulaban en todos los rincones de la casa. Salió al antejardín y se sentó en la barda, pensativo. Dio una última mirada al vecindario. Observó las ramas de los urapanes y los gorriones que volaban sobre el Parque Nacional. Todos salimos y lo acompañamos en su espera sin decir palabra. Acostumbrados a sus actitudes inexplicables mirábamos hacia donde él miraba, aguardando alguna revelación de despedida. Tal vez un mensaje final. Sentíamos cierta nostalgia anticipada al saber que Heinz ya no estaría más entre nosotros. Que la larga temporada que vivimos en su alucinante compañía terminaba para siempre. Sin embargo, colaborábamos solidarios a su precipitada fuga. Sabíamos, porque él mismo nos lo había dicho, que este día llegaría y no podíamos evitarlo.


Un camión de Rojas Trasteos dobló en la esquina mientras observábamos el viento convertirse en pájaros que se perdían entre los árboles. Nuestro tiempo compartido terminaba en ese momento. La agonía de nuestra relación se precipitó con la llegada del vehículo. Las manos me sudaban en los bolsillos del bluyín.

–Bueno jóvenes –dijo Heinz con la amable autoridad que caracterizó siempre su forma de tratarnos. –Si vinieron a colaborar empiecen a meter mano.

Los ayudantes del camión prepararon las mantas y colchonetas que protegerían su herencia: los muebles tallados a mano, el piano, los libros coleccionados en sus treinta y cinco años de vida. Las cajas con instrumentos eléctricos, dos arrobas de plomo e innumerables frascos con conservas de vegetales y frutas.

Vestido con corbata y chaleco de lana, Heinz daba meticulosas instrucciones acerca del orden en el que debíamos cargar las cosas en el camión. Esa caja todavía no, las mesas al fondo, hay que hacer rendir el espacio, decía mientras el chofer y sus ayudantes lo miraban de medio lado y escupían en el piso, con desprecio.

El Negro, Joaquín, Toño y yo nos distraíamos a cada momento. Encontrábamos notas bajo las cajas que no podíamos evitar leer. O pequeños juguetes, astrolabios y giróscopos de fabricación casera. Heinz molesto nos presionaba para que continuáramos cargando las cosas.

Él siempre había sido así y nosotros lo entendíamos. Nadie puede evitar que su temperamento sea al mismo tiempo su destino, y el de Heinz ya no nos sorprendía. Era alguien que sabía de dónde venía y para dónde iba. Por eso aceptábamos su manera de comportarse: directa, sin malabarismos de cortesía social.

En cambio, en la época en que lo conocimos muchos de nuestros amigos se espantaron con él. Veníamos de una adolescencia sufrida en colegios de altas paredes de ladrillo y canchas de baloncesto donde jugaban los futuros ejecutivos de algo. Éramos niños felices de los barrios del norte de Bogotá y comenzábamos a formar parte de las estadísticas de bachilleres sin universidad y desempleados clase media. Ahí fue cuando conocimos a Heinz.

Fue al final del desastroso concierto del parque nacional. Grupos de hippies con sombreros de paja y ruanas guambianas aplaudían con entusiasmo a los grupos de rock de los años setenta. Limón y medio, Siglo Cero, La banda de Marciano. Pasamos toda la tarde con nuestros rocanrroleros del subdesarrollo –torpes guitarristas y amplificadores en cortocircuito–, hasta que se acabó la vareta y despertamos. Bajamos la loma del parque, pisando las hojas secas de eucalipto, guiados por el comportamiento alucinado del público, hasta que encontramos un pequeño grupo de gente reunida alrededor de un tipo barbudo y medio calvo. Era Heinz que aprovechaba la efervescencia del rock para invitar a un congreso de la ciencia hermética.

El embeleco fracasó por falta de público. Tiempo después se lamentaría por no haber propuesto mejor una orgía de cacao sabanero o algo más acorde con la época. Le habría ido mejor, porque la única gente que consiguió fuimos nosotros. Gente extemporánea como él. Lectores de El retorno de los brujos y de los libros de Fulcanelli; y enemigos, como él, de la compañía femenina. Tipos solitarios y perplejos ante la vida.

Al día siguiente nos puso cita, nuevamente, en el Parque Nacional. Ahí, frente a las aguas oxidadas que rodean el monumento a mi general Uribe Uribe, nos hizo un recorrido por el monumento secreto que se ocultaba en los jardines del parque.

Mientras caminábamos por los senderos de cemento, entre las rotondas y las glorietas de pinos, nos explicaba el sentido oculto de una serie de monumentos esotéricos enclavados en diferentes lugares del parque. Sabía, por buena fuente, que los masones venían a fotografiarse en lugares escogidos. Nos hizo comprender, extasiados con su charla lenta y mimética, el sentido ceremonial del templo del jaguar: una rotonda sucia de mierda de gamín y envolturas de chicle, decorada con baldosas pintadas con símbolos medievales que enmarcaban los largos bigotes del felino. Mestizaje del siglo once con las deidades chibchas. Nos hizo reparar en la simetría del parque. Forma de cruz orientada hacia el cerro de Monserrate. Lugar de rituales clandestinos planificado por constructores fantasmas cuya identidad estaba perdida en los archivos del distrito.

Después de ese segundo encuentro, nuestra relación quedó sellada para siempre en una complicidad de sociedad hermética. Comenzamos a frecuentar su casa situada a dos cuadras del parque nacional. A leer sus libros y apuntes y a participar en sus empresas inútiles que en algún momento nos hicieron dudar en su cordura. Llegamos a creer que era uno de esos aficionados a mecánica Popular que desbaratan cerraduras y relojes de pared. Nos ponía a fabricar brújulas, elaborar papel con trapos viejos y a aprender a generar electricidad mediante el uso de guayabas y tomates. Con el paso del tiempo comprendimos que Heinz simplemente trataba de iniciarnos en la sabiduría que genera la necesidad. Quería prepararnos para un futuro de carencias. Un futuro en el que la civilización nacería de la nada.

En esos tiempos mucha gente visitaba su casa. Hippies que venían de paso y se comían cuanto encontraban en la despensa. Un grupo de paisas zurumbáticos practicantes del zen y hasta gamines encontraba uno durmiendo sobre los cojines de la sala.

Los padres de Heinz habían muerto hacía poco y la casa era parte de su herencia. Paseaba por los corredores de la segunda planta regando los materos que su madre cuidaba. Lo seguíamos mientras revisaba las goteras que caían en la buhardilla, o contrataba con jardineros ambulantes la poda del jardín cada vez que el césped crecía más arriba de la rodilla. Desempolvaba los libros de su padre, guardados en una biblioteca con puertas de vidrio. Ahí veíamos libros en alemán y en francés. Alguna vez, Toño, al que le gustaba esculcar, encontró una foto de un grupo de masones en el Parque Nacional. Era un grupo de señores serios, con corbata y traje de paño y un delantal de cocinera. Uno de ellos era el padre de Heinz. Pero ninguno hizo preguntas.

La gente que venía se aprovechaba de su ingenua hospitalidad, como hizo un tipo flaco y desencajado que decía ser pintor. Se instaló seis meses en uno de las habitaciones de la casa con la excusa de que estaba haciendo el retrato de Dios.

Sin embargo, poco a poco la gente se fue aburriendo de él y él aburriéndose de la gente, hasta que solo quedamos nosotros cuatro atendiendo sus conferencias informales. Sentados en la sala de la casa, acomodados sobre cojines y la espalda contra la pared seguíamos sus explicaciones in quitarle la vista de encima. Sus charlas podían tratar sobre los conocimientos de Hermes Trimegisto o sobre los recursos medicinales de la hierbabuena y la albahaca.

Él no pretendía ser líder de nada ni oficiante de secta religiosa o política. Era alguien poco dado al gregarismo fácil. Prefería la soledad de sus investigaciones, que ni siquiera nosotros, a lo largo de los años, pudimos comprender muy bien. Su obsesión más recurrente era comprender los hilos del poder mundial. Porque conociéndolos, decía, podremos conocer con anticipación el momento exacto de escondernos antes de que el dedo de un fanático en algún palacio, oprima el botón que destruirá el mundo.

Por esos sus investigaciones tenían las más caprichosas direcciones. Leía los libros sobre la CIA que publicaban las editoriales de izquierda en Medellín. Se detenía a conversar en la carrera séptima con los seguidores del gurú Maharshi Ji. Nos enseñaba a interpretar los despachos de prensa de la UPI. Leía con detenimiento las revistas soviéticas que vendían los militantes de la Juco y las revistas gringas que conseguía en la secretaría de prensa de la embajada norteamericana. Coleccionaba los folletos de los Hijos de dios. Y con toda esa información clasificada de manera aleatoria concluyó: el enfrentamiento entre Rusia y los Estados Unidos se iniciaría con un cruce de misiles sobre el Atlántico. Al brillo de la primera explosión sobre el océano, seguiría la destrucción metódica de todos los objetos y construcciones elaboradas por el hombre, ubicadas en el hemisferio norte.

Las Ojivas nucleares –según su interpretación– no tocarían ningún punto sobre Latinoamérica. Pero la nube radioactiva destrozaría toda forma viviente. Acabaría con la verde jungla del Amazonas. Terminaría con las cristalinas aguas que bajan de los Andes. Infestaría con su energía letal los cultivos de maíz. Por eso debíamos prepararnos con tiempo. Construir tanques de plomo para preservar el agua. Elaborar alimentos encurtidos y frutas en conserva. Conciliar la sabiduría del Tao con la artesanía del albañil para revivir la civilización. Así que nos puso a coleccionar pilas viejas de linterna y objetos de plomo que depositábamos en una caneca de transportar petróleo. A diseñar fraguas manuales y estudiar atentamente la geografía y las corrientes atmosféricas para encontrar el lugar propicio donde fundar la primera colonia colombiana de sobrevivientes del fin del mundo.

El peligro fundamental no será la explosión de la bomba –decía mirando las telarañas del cielorraso, fumando sus inacabables cigarrillos sin filtro–, sino la nube radioactiva que destruirá toda posibilidad de alimentación. La única forma de proteger nuestra comida será con un fusil. Habrá que luchar con veinticinco millones de colombianos hambrientos.

Percibíamos el horror dibujado en la precisión de sus palabras. Yermas extensiones de tierra sobre la que se arrastrarían hombres y mujeres cuya piel se caería en tiras debido a la radiación y a la verde lluvia envenenada. Nosotros, los sobrevivientes, estaríamos encerrados en cuevas de cemento o piedra natural, con un barril de agua y pocos alimentos. Dormiríamos en el suelo, protegidos por capas de plomo en el techo y en las paredes. Nuestros labios se cuartearían por la sed y nuestro cuerpo se reduciría a piltrafas, por la falta de proteínas. No tendríamos a dónde ir. Pasarían años antes de que existiera una hectárea cultivable. Nos enfrentaríamos a bogotanos hambrientos dispuestos a matar por un sorbo de agua. Fieras humanas en harapos, a las que tendríamos que matar a tiros porque el precio de nuestra vida sería la de ellos.

Sin embargo, pese a sus temibles vaticinios, nuestra vida cotidiana de aquellos años continuó igual. Poco a poco tuvimos que escoger oficios para vivir. Toño redactaba horóscopos para un programa de televisión. El Negro era profesor de castellano en un colegio de revalidación del bachillerato para adultos. Yo vivía a la expectativa de una beca para estudiar antropología en México y Joaquín entró a la Universidad nacional. Allí lo sorprendió la masacre estudiantil de 1971, a través de un escueto comunicado que algún activista leyó interrumpiendo la clase de lógica matemática. A partir de ese momento y durante muchas semanas, su horizonte fue piedra en las calles y el humo de las molotovs ardiendo sobre los Mercedes Benz de los funcionarios del gobierno. Pero después de las pedreas y los vidrios regados sobre el pavimento, regresaba a la casa del Parque Nacional, como un fiel iniciado.

Pero hasta esos asuntos de nuestra vida cotidiana le servían a Heinz para sistematizar sus teorías sobre el fin del mundo. La lucha estudiantil que tanto entusiasmaba a Joaquín, para él solo era otra manera de establecer el acercamiento de la hora final. Eran signos de descomposición, junto con las huelgas y peloteras que sacudían todos los municipios del país. Él las enlazaba con los conflictos geopolíticos que ubicaba con manchas de tinta roja sobre un cicatrizado mapamundi llenos de flechas e indicaciones que solo comprendía él. Allí buscaba la fisura por la cual reventaría el planeta. Al mismo tiempo continuaba su infatigable labor de aprendizaje de las más insólitas ciencias. Heinz, hidra de las mil cabezas, no aceptaba la sobrevivencia como un ejercicio animal. Él creía que debíamos recuperar el conocimiento humano en todas sus formas. Einstein era apenas una opción racionalista incomparable al conocimiento de Hermes Trimegisto, o al cifrado mensaje que nos enviaba el ubicuo Fulcanelli. A veces a alguno de nosotros le asaltaba la duda y trataba de contradecirlo. Pero él siempre tenía una respuesta disponible, hidra de las mil respuestas. El siempre supo que éramos incrédulos pero igual nos tuvo paciencia.

Con él descubrimos la localización exacta de las pirámides chibchas de la sabana de Bogotá. Nos enseñó a detectar el fluir de los manantiales subterráneos. A predecir terremotos en la quietud del alba según la actividad de las cucarachas.

Pero más que todo eso, fue un amigo leal. Alguien que nos ayudó a superar el duro tránsito de la adolescencia a las responsabilidades. Cuando nos recibía vestido con unos pantalones anchos, el faldón de la camisa por fueras del chaleco de lana y unas pantuflas despanchurradas, su mirada se iluminaba bajo las breves hebras de cabello que chorreaban por su cráneo pelado de calavera de mono. Era feliz porque nosotros aprendimos la sentencia: hay que ser fiel hasta la muerte. Sin embargo, pese a que él nos dio los sentidos para continuar viviendo, a veces preferíamos la felicidad de la ignorancia.

Por eso continuamos llevando esa doble vida en la que permaneceremos hasta el minuto final del horror. Buscando puestos de trabajo en redacciones de periódico y agencias de publicidad o colegios de secundaria o condenados a estudiantes eternos de la Universidad nacional. Mientras tanto, Heinz correrá a evitar el tumulto nuclear. Mientras nosotros perdemos el tiempo, él estará creando el mundo a partir de arena seca.

Porqué desde siempre tuvo la idea fija en su mente: ir lejos para poder salvarse. El lugar idea, retirado de la lluvias radioactivas, tenía que ser seco, alejado de las corrientes del Golfo de México y de ser posible protegido por las cordilleras. Decidió irse al Huila, a un lugar que jamás quiso (o pudo) determinarnos con exactitud, ya que pertenecía al universo de sus recuerdos infantiles. Un lugar que visitó alguna vez, durante una excursión familiar.

Vendió la casa pero conservó los muebles,. En una bodega, por superstición atávica. Decidió irse para Neiva. Desde allí organizaría el paso final del renacer humano. Buscaría pacientemente el lugar de sus sueños infantiles, conseguiría tierra como colono y empezaría a forjar la primera colonia colombiana de sobrevivientes del fin del mundo.

Ese domingo de trasteo, mientras movilizábamos cajas y muebles, el aire estaba cargado de palabras y preguntas que ya nunca haríamos. Ninguno de nosotros, ni Toña, ni el Negro, ni Joaquín ni yo, expresamos nuestro deseo de partir con él. Tal vez eso explicaba su actitud hostil y sus escuetas órdenes.

El camión fue cargado hasta los topes. Las National Geographic estaban bien acomodadas. El piano bien amarrado y las maletas de ropa encima de todo. La casa era un eco repetido que dejábamos atrás con nostalgia anticipada.

Esperamos a que Heinz aclarara sus últimos asuntos con el chofer y nos sentamos en el muro del antejardín. La tarde estaba fresca y los árboles del Parque Nacional se deshojaban uno a uno.

–Bueno jóvenes– dijo Heinz sacudiéndose el polvo de las manos. –El entierro terminó.

Alguno alcanzó a balbucir.

–¿Y qué Heinz, va a escribirnos?

–No, qué va. Si deciden irse, allá nos vemos.

–¿Y si no lo encontramos?

–Es porque no lo merecen.

Continuamos conversando mientras caminábamos hacia la séptima. Nos detuvimos al borde del andén. Nadie sabía qué aguardábamos, pero cuando vimos que Heinz alargó el brazo para detener un taxi, nos dimos cuenta de que todo había terminado. Permanecimos inmóviles mientras el carro se detuvo. Era un aparato viejo. Un Dodge del 54. Heinz subió sin mayor ceremonia. Desde la ventanilla se despidió con un gesto cabalístico que ninguno reconoció. Sin hacer casi ruido, el taxi desapareció en el fondo gris de la carrera séptima. Entonces quedamos solos frente al atardecer, un domingo antes del fin del mundo.

miércoles, noviembre 21, 2012

Lectura de Los ejércitos, de Evelio Rosero



Por razones de trabajo, con mis estudiantes, leí hace poco Los ejércitos de Evelio Rosero. Fue una nueva lectura de esta novela (que había leído hace cinco años, cuando salió) pero que volvió a generar en mí la misma inquietud. La sensación de que es la primera novela moderna sobre la mal llamada "literatura de la violencia colombiana".

En esta literatura sobre la violencia se reconoce un primer periodo  que cubre las obras que se intentaron desde la década de 1940, hasta la década de 1970, más o menos. (Según algunos analistas literarios son 74 novelas). Entre ellas se destacan El cristo de espaldas, de Eduardo Caballero Calderón, El día señalado, de Manuel Mejía Vallejo, algunos de los cuentos de Hernando Téllez, La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio y muchas novelas inanes e intrascendentes que contrastaban con los cuentos de Gabriel García Márquez en Los Funerales de la Mama Grande y su novela La mala hora. En menor medida, pero también enmarcable en ese grupo de novelas sobre la violencia se podría incluir El Coronel no tiene quien le escriba, novela en la cual la violencia de la guerra de los mil días está ligada a la violencia por la tierra de los años cuarenta del siglo XX.

Este pequeño grupo de novelas, de todos modos no impidió que el mismo García Márquez, al hacer un balance sobre este periodo de la literatura colombiana, la definiera como un simple “inventario de muertos”.

Hacia 1970, gracias a la influencia de este autor, surge una nueva y amplia generación de escritores colombianos, entre los cuales todavía hay varios activos, como Oscar Collazos, o Miguel Torres que escriben sobre el tema de la violencia urbana. Sin embargo la mayoría de escritores de aquella generación fue un poco ingenua, fue muy influida por la militancia política y su obra se diluyó en gran parte, en buenas intenciones.

La violencia rural se convirtió primero en una imposibilidad. Ningún escritor lograba un acercamiento vivo al tema. Pesaba mucho García Márquez y su llameante y crítica opinión sobre el inventario de muertos.

Hoy existe un amplio espectro de novelas sobre el conflicto colombiano. Pero prácticamente ningún escritor importante había vuelto a intentar un retrato de la violencia rural, hasta la llegada de Los ejércitos, de Evelio Rosero.

La violencia rural contemporánea ha sido contada más por sus protagonistas, a través de libros testimoniales, los paramilitares, los secuestrados, los militares, que por la literatura. Abundan los libros testimoniales donde secuestrados, o secuestradores cuentan su versión, unos desde la libertad los otros desde la cárcel. Es casi un género literario, “el libro de delincuente” y “el libro de secuestrador”. Hay por supuesto un proyecto que reina sobre todos estos textos oportunos y oportunistas, es ese monumento llamado Memoria Histórica, el proyecto dirigido por el historiador Gonzalo Sánchez. Gracias a este trabajo de investigación se ha recuperado la memoria de las víctimas, se ha cuantificado el alcance del delito paramilitar, se conocen los móviles (los mezquinos móviles) de los usurpadores de tierras y en general es una pequeña biblioteca que ilustra claramente cómo es el conflicto colombiano. Sin embargo, este trabajo hecho desde las ciencias sociales, aún no encuentra su equivalente en la literatura del conflicto. A excepción, claro, del libro de Evelio.

Pero, ¿qué hace diferente a Los ejércitos?

Obviamente, 


La forma. El narrador. La voz narradora es la de alguien camino del patíbulo. No es un relato que narra en retrospectiva sino que avanza con el personaje hacia su destino. Hace remembranzas sí, pero siempre el tiempo de la novela nos va llevando de un estado de terror a otro estado de terror y destrucción.


El argumento. Que recoge un inventario del conflicto y lo supera. Pese a que el pueblo donde se desarrolla la historia es un lugar genérico (Rosero habla que se inspiró en muchos pueblos de cordillera de Nariño donde pasó su adolescencia), la novela también muestra los fenómenos de la ciudad. Ya no es un pueblo incomunicado (como los descritos por las 74 novelas de la violencia), los medios de comunicación notan que el pueblo existe, por lo menos cuando un cilindro bomba destruye la iglesia, o cuando hay una masacre.

La atmósfera. Es un acercamiento intimista a la violencia. Incluye, de hecho,  elementos ya tratados en novelas como El día señalado o La mala hora. Pero los lleva más lejos: los sustrae del estereotipo. El retrato del cura del pueblo es preciso e implacable. La historia del cura con mujer, servidor de dios y de los hombres.

Los ricos del pueblo se muestran como son, sin necesidad de ser calificados como tales. Casi sin darnos cuenta nos vamos enterando de quienes son los gamonales, aunque nunca son definidos así. En cierta forma, ellos son tan víctimas como cualquier otro. Los ejércitos solos se bastan a sí mismos, los civiles solo están a su servicio.

Es un retrato de los señores de la guerra. Aunque apenas vemos sus rostros lejanos: el del comandante enfermo que desprecia al curandero, el del capitán del ejército que asesina a tres civiles sin ninguna razón, el del guerrillero que le lanza una granada al protagonista, a través de ellos distinguimos con claridad las muchas cabezas de la hidra de la guerra.

Las desapariciones. Son casi de película de horror, propias del terror fantástico. La violencia es tan demencial, como dice Rosero, que resulta irreal.
El terror va cercando al hedonista maestro que narra la novela, hasta que descubre junto a él al anónimo combatiente que se apresta a asesinarlo.

Por todo esto, y muchos otros detalles que me quedan sueltos, Los ejércitos es una novela excepcional.

lunes, junio 13, 2011

Bogotá a través de una ventanilla

La Bogotá de mi niñez era una ciudad silenciosa y de calles solitarias que yo miraba desde el otro lado del vidrio del bus del colegio; de los buses escolares de los muchos colegios en donde estuve. Las rutas de mis recorridos variaron permanentemente mientras hice la primaria y el bachillerato, lo cual me permitió observar esas calles de Bogotá desde diversos ángulos a medida que yo crecía y la ciudad se desbordaba. Me parecía que a esas calles les faltaba gente o que la gente miraba demasiado al piso.

El primero de esos recorridos me llevaba de la puerta de mi casa hacia el Parque Nacional, al Colegio de San Bartolomé de la Merced, donde inicié mis estudios; luego el punto de llegada fue el Instituto del Carmen, en la Soledad, muy cerca de la casa donde viví mi infancia; más adelante la ruta a recorrer terminaba en la puerta del colegio Agustiniano del centro, donde mi madre creyó equivocadamente que me enderezarían para siempre. Al final de tres años de permanencia allí, resultó ser solo un tropiezo más en mi difícil formación escolar.

El Agustiniano queda en una de las sedes del antiguo claustro de San Agustín, un edificio colonial de paredes gruesas y muchos patios. Allí, en esa especie de prisión para adolescentes vestidos con uniforme azul y un escudito en la solapa, escuchaba a mis compañeros de curso contar algunas de las historias recogidas por Cordovez Moure como si fueran episodios de Dimensión desconocida: leyendas urbanas sobre túneles que recorren el centro de la ciudad, cadáveres emparedados, monjas preñadas sepultadas en ignotos sótanos coloniales y otras leyendas de corte más contemporáneo, como los restos humanos en los embutidos de tienda.

Cuando yo cursaba la primaria todavía se hacía una pausa a medio día y nos mandaban a almorzar a la casa, por eso hacía cuatro recorridos en bus. Tenía por tanto mucho tiempo para mis pensamientos y para imaginar mis propias leyendas urbanas. Durante esas largas horas de melancolía infantil desarrollé una extraña relación de afecto y rechazo por cada edificio, cada parque y cada transeúnte que encontraba por el camino. Me parecía que Bogotá era un lugar con secretos antiguos que yo observaba con seguridad, desde el otro lado de la ventanilla. Un laberinto de calles y parques y fachadas, que me atemorizaban y cuyos secretos yo necesitaba desentrañar para poder ser feliz. O al menos eso creía. Quería revolcar en sus entrañas como si fuera el baúl de la tía para sacar a la luz viejos misterios y entenderlos. Quería historias para sentirme conectado con el mundo, como un niño campesino escucha cuentos de aparecidos junto a la fogata para olvidar el miedo y el frío.

Tendrían que pasar muchos recorridos en bus (tres colegios más, en el norte de Bogotá) para que comenzara a escribir textos de ficción en los cuadernos de trigonometría o de química. Eran textos que se ocupaban de lugares míticos y personajes improbables, pues cuando comencé a escribir me parecía que la vida que yo vivía no se prestaba para fabricar historias que le interesaran a alguien. Buscaba el oro en yacimientos lejanos.

Entonces ocurrió un accidente afortunado. Alguna mañana dejé abandonada mi mochila en el muro de un jardín donde me detuve a fumar un cigarrillo mientras conversaba con un par de amigos. La eché de menos cuadras después y cuando regresé a recuperarla ya no estaba. Dentro de ella había un sánduche que me había preparado mi mamá antes de salir para el colegio; dos libros: El retorno de los brujos y El siglo de las luces y dos cuadernos con mis primeros cuentos. De todo eso lo que más extrañé fue el sánduche de mi mamá. Los cuentos por supuesto no los extrañé, solo fueron lastre literario que una vez olvidado me permitió comenzar a crear historias acerca de lo que pasaba en mi entorno.

Empecé a escribir sobre un mundo que se iba de mis manos mientras lo vivía; el mundo de mi adolescencia de barrio, el mundo de las primeras mujeres que amé. Comencé a crear una ciudad literaria paralela a la ciudad real. Poco a poco me di cuenta que el lugar mítico que yo pretendía construir era la ciudad que ya visitaba desde la infancia, que había visto una y otra vez a través de la ventanilla del bus escolar.

Esa ciudad literaria se parece a la capital de Colombia en algunos aspectos. Comparten el nombre de algunas calles y de algunos barrios; pero la ciudad literaria es un gran monstruo del doctor Frankenstein formado por capas de diversos periodos y recuerdos. Por el rostro de muchas mujeres y unos pocos buenos amigos. Un monstruo de la nostalgia que se levanta permanentemente en mi escritura y que provocó que algún personaje de mi novela El anarquista jubilado la describiera así, en tres fragmentos distintos:

“Durante el fin de semana Bogotá es una ciudad soleada, habitada por deportistas y gente que se divierte lavando el auto. La ciudad Jekyl se transforma en la ciudad Hyde. En la noche del viernes se escuchan disparos, los gritos de los borrachos que amanecen heridos en los portales de los edificios y en la mañana del domingo es una ciudad diáfana en la que se escucha a lo lejos el tañido de las campanas llamando a misa y los deportistas en la ciclovía pisan los charcos de sangre de las muertes nocturnas.”

“Yo amo Bogotá. Amo sus deformidades. Amo a sus atracadores. Y los urapanes de la avenida veintiocho. Amo sus huecos en el asfalto porque siempre he caído en ellos, en el bus del colegio, en la bicicleta de mi adolescencia, en mis patines o en el carro de mi papá.”

“Bogotá es una ciudad monstruosa, pesada, agobiante. Las calles siempre están cubiertas del barro de la última lluvia, siempre hay una lluvia que acaba de caer, y uno resbala en ella. Esta ciudad hay que enfrentarla como los caballeros del grial enfrentaban a los dragones. Protegidos por armaduras. Hay que subirse a un carro, o a un taxi, o al menos a un bus. Entonces uno se siente seguro hasta la siguiente parada, hasta el siguiente andén, hasta la siguiente caminata bajo la llovizna. Hasta la siguiente batalla contra el monstruo.”

Bogotá: esta ciudad que camino y recorro desde niño es la gran protagonista de mis cuentos y novelas. Incluso, mientras viví fuera de Colombia la visitaba dos o tres veces al año porque necesitaba respirar su pesada atmósfera y escuchar el ruido de los disparos en las avenidas. Necesitaba observarla en directo para compararla con la ciudad literaria que me acompañaba y me acompaña, cuando estoy en mi escritorio.

Ahora, ya de regreso a este país natal, a veces, cuando voy en un taxi, miro las calles que siguen proponiéndome enigmas de vida; me vuelven a asaltar aquellos sentimientos de infancia acerca de las historias que laten tras los muros y las fachadas de estos edificios que me hablan de diversos momentos de mi vida. Y vuelvo a sentir a Bogotá como la sentí siempre, como una ciudad que amo y rechazo con la misma vehemencia.

***

Escribí este texto para el libro Palabra Capital que hizo Mondadori con la Cámara del Libro en 2007. Lo encontré en un carpeta mientras revolcaba en mi computador en busca de otro texto y me pareció que podía rescatarlo para este blog que es mi cajón de sastre personal.

jueves, mayo 05, 2011

Una vieja novedad en la feria

El sábado 7 de mayo se presentó en la Feria del Libro de Bogotá una colección llamada Voces de Fuego, de la editorial Pluma de Mompox. Son 65 libros publicados de un solo golpe. Un esfuerzo raro en un medio como el nuestro. La colección ofrece espacio a muchos nuevos autores (dos terceras partes de la lista más o menos), algunos con su primer libro; e incluye a autores con una trayectoria un poco más larga. Yo soy uno de ellos. Allí aparece el primer libro de narrativa publicado por mí: Gentecita del Montón. Este es el texto o "Nota Bene" que escribí para esta edición.

La primera edición de este libro fue publicada por Carlos Valencia Editores en 1981, hace treinta años y por tanto esta segunda edición resulta ser una especie de celebración de aniversario.

Revisé algunos aspectos formales de estos cuentos para superar torpezas narrativas propias de un primer libro; así mismo reintegré dos de los cuentos que fueron parte del original que ganó el Premio Nacional para libro de cuentos ofrecido por la Fundación Guberek y Carlos Valencia Editores en aquel año, y que por diversas razones fueron suprimidos. Un par de ellos por sugerencia del editor y algún otro que censuré por razones personales.

Por otros motivos (sobre todo porque ya no me gustan), suprimí dos de los cuentos de la edición original; todo esto para que esta versión de Gen- tecita del Montón no sea una curiosidad bibliográfica sino una colección que recupere el espíritu y la frescura de cuando estos cuentos fueron escritos y publicados en los años setenta y ochenta.

Por último, no he cambiado la dedicatoria (este libro sigue siendo para Alma), pero también quisiera hacer explícito mi reconocimiento –por el aprendizaje recibido– al editor de la primera edición de este libro, Carlos Valencia Goelkel. Con mi admiración y respeto.

lunes, abril 04, 2011

A propósito del Ecuador

(Y a propósito de la Feria del Libro de Bogotá, en la cual Ecuador es país invitado)

Entre las muchas influencias que me quedaron del Ecuador está mi interés por su cultura mestiza y la escultura quiteña. Sobre ella surgió un día este cuento, publicado en mi libro Cincuenta agujeros negros.

El imaginero

El taller del indio Quishpe era el centro de atención de los transeúntes que recorrían la Plaza de San Francisco. De allí salían las imágenes más piadosas, los gestos más realistas, las miradas más dulces, las vírgenes más perfectas.

El Indio Quishpe era mal querido entre los demás maestros artesanos e imagineros. Una leyenda, conocida desde Lima hasta Santa Fe, se había forjado alrededor de su nombre. Decían que atormentaba a sus modelos humanos para tallar el gesto de dolor de los crucificados. Que seducía a las mujeres para conseguir el éxtasis en las imágenes de santas y beatas.

El Indio no hacía caso a las habladurías y se dedicaba a su trabajo de manera obsesiva. Sin embargo su gesto cada vez era más adusto y amargo. Como si la belleza se escurriera de sus manos. Como si un gran peso le oprimiera el alma.

Entonces fue cuando el Santo Oficio me ordenó que llevara a cabo una investigación preliminar.

Me acerqué a su taller una tarde y lo sorprendí con la gubia en las manos, una escultura del Nazareno recién terminada en madera y su rostro cubierto de lágrimas. La actitud adolorida del indio Quishpe me recordó las inútiles discusiones que aún se daban en algunas facultades de teología en Europa acerca de si los habitantes del Nuevo Mundo tenían o no tenían alma.

El indio Quishpe reconoció en mi hábito y en mi actitud, la autoridad del Santo Oficio. Asunto que lo hizo temblar aterrorizado mientras se inclinaba ante mí.

Creo que mi decisión fue correcta. Mientras veía su cuerpo arder en lo alto del mástil cubierto con sebo de animal, mientras veía achicharrar sus carnes sin que saliera de sus labios una sola palabra de arrepentimiento, pensaba en que la razón estaba de mi lado.

El suyo era un caso asimilable a la brujería.

El Indio Quishpe hacía sus esculturas tan perfectas que estas cobraban vida y se veía obligado a matarlas para poder colgarlas en las iglesias.

lunes, marzo 07, 2005

3 Cuentos Cortos

Fiebre
Roberto Rubiano Vargas.


Todo comenzó con unos golpes a través de la pared. Creí que mi vecino estaría colgando cuadros o haciendo un mueble. Pero el ruido se prolongó durante días. Entonces salí al corredor, timbré en su departamento y le reclamé.
Cuando abrió la puerta vi al fondo un agujero en la pared. Mi vecino, vestido como minero, excavaba un túnel.
—¿Qué hace? —pregunté.
Por toda respuesta puso un dedo en sus labios pidiéndome silencio. Me tomó del brazo y cerró la puerta.
—Ya me temía esto —murmuró—. Necesito que guarde el secreto o vendrán otros.
—¿Qué sucede? —insistí.
—Oro —dijo enseñándome una pepita del tamaño de un grano de maíz.
La observé con cuidado. Brillaba y pesaba como el oro. Seguro era un recuerdo de familia. Luego miré el túnel. Por esa pared y en esa dirección lo más seguro es que saldría a la fachada del edificio. Entonces comprendí que mi vecino estaba loco. Excavaba una mina de oro, en el piso veinte de un edificio en condominio.
Pero también pensé que cada cual es dueño de su locura. Esta ciudad ha crecido demasiado en desmedro de la salud mental de sus habitantes. Así que me retiré discreto, prometiéndole que no iba a revelar el secreto a nadie. A fin de cuentas el apartamento era suyo y lo que hiciera allí era asunto personal.
Al otro día lo vi subir decenas de colchones, de manera que los ruidos desaparecieron por completo. No había razón para quejarme a la administración y olvidé el asunto.
No volví a saber de mi vecino hasta la semana pasada, cuando vinieron los bomberos. Salí cuando escuché que rompían la puerta.
Al entrar todos quedamos enmudecidos. Mi vecino había muerto de hambre, víctima de una versión contemporánea de la fiebre del oro que destruyó al general Johann Suter. El apartamento estaba lleno de cascajo, arena y tierra excavada. El agujero que había iniciado en la pared parecía no tener fin. Y ninguno tuvo el valor para entrar en él.
Pero lo que me estremeció, fueron los pequeños sacos de yute junto a su cadáver. Había por lo menos doscientos kilos en pepitas de oro. De excelente calidad.

(Del libro Cincuenta agujeros negros, Panamericana Editorial)

Für Elise
Roberto Rubiano Vargas.

Desde que bajé del autobús comencé a escuchar los acordes del piano. Los escuché mientras daba vuelta a la manzana buscando la entrada de la mansión.
En el sendero del jardín escuché, con mayor intensidad, los arpegios, las escalas y bemoles. Entonces vi por primera vez a la señora Elisa. Estaba de pie, junto a la puerta de la casa con los brazos cruzados. Parecía estar de mal humor por mi demora.
Me había contratado para que le hiciera un retrato al óleo. Mientras me conducía al estudio de pintura, pasamos por desolados aposentos recargados con adornos coloniales, utensilios de cerámica prehispánica, cuadros de pintores contemporáneos, bibliotecas con todas las partituras de Beethoven y los libros de la enciclopedia Británica. Sin embargo en ningún lugar había un ser humano. Ella parecía habitar solitaria ese extenso jardín que ningún pie hollaba, esa colección de muebles donde nadie descansaba, esos salones que permanecían vacíos. Entonces pasamos junto a la puerta de la sala de música. Me detuve un instante a ver al anónimo pianista que tocaba con los ojos cerrados, mientras deslizaba sus dedos por el teclado con una facilidad envidiable. El músico abrió los ojos y regresó a mirarme suplicante, como un condenado a muerte en espera de un milagro.
En ese instante la señora Elisa dio dos golpecitos en el piso con su zapato y me hizo seguirla hasta un estudio situado al norte de la casa donde me aguardaba el caballete. Era un lugar agradable con una claraboya por donde entraba la luz de la mañana. Abrí mi estuche con los óleos, los pinceles, la paleta y olvidé al pianista cuya música continuó sin interrupciones hasta el anochecer.
Trabajé todo el día en el retrato. Doña Elisa posaba frente a mí en silencio, cosa que agradecí, pero a medida que avanzaba, escrutar su impenetrable rostro resultaba cada vez más difícil.
No me dio respiro ni siquiera para comer y a las seis de la tarde me llevó al dormitorio de huéspedes. El pianista venía en ese momento por el corredor y escurrió un papel entre mi mano sin que la señora Elisa lo notara.
Sentado en la cama leí el mensaje. Era escueto y alarmante, contenía cinco palabras: Estoy atrapado, ayúdeme por favor.
A la mañana siguiente, mientras escuchaba la primera sonata del día, traté de encontrar algún sentido a esa nota de auxilio. Al poco rato vino la señora Elisa a buscarme para continuar mi labor.
Cuando pasamos frente a la sala de música, doña Elisa cerró la puerta. Me pareció escuchar un error en la interpretación, pero tal vez fue solo imaginación mía. En todo caso fue lo último que percibí antes de ser encerrado en el estudio de la torre norte, rodeado de pinceles, óleos y lienzos, bajo la hermosa claraboya por donde todas las mañanas entra la luz del sol.
Esto sucedió hace algunos años. Sin embargo lo recuerdo con toda nitidez porque desde entonces no he hecho otra cosa que intentar satisfacer a doña Elisa, sin éxito. Y pintar y pintar esclavo de este caballete, escuchando, a toda hora, una sonata de Beethoven interpretada por otro esclavo.
(para Felisberto Hernandez, i.m.)

(Del libro Cincuenta agujeros negros, Panamericana Editorial)

Nouvelle Cuisine
Roberto Rubiano Vargas.

El jueves en la noche decidí correr el riesgo de ir al Alonzo's Restaurant.
El maitre me vio venir desde su pequeño mostrador a la entrada del salón. Cuando pasé junto a él no pude evitar hacerle una reverencia. Analizó mi aspecto con displicencia. Con una seña me instaló en una mesa junto al estanque donde flotaban peces de colores. Un mesero silencioso y amargado retiró los tres platos sobrantes, las copas de cristal, los tenedores y cuchillos y me dejaron frente a una mesa desolada con servicio exclusivo para mí.


Mientras esperaba observé a los demás comensales. Todos parecían tristes, era una noche fría y llovía.
Entonces ocurrió el primer escándalo. Alcancé a ver a la pareja de la mesa doce. Un gesto de terror se dibujó en sus rostros antes de que los atraparan con una soga de nudo corredizo y desaparecieran por la puerta que llevaba a la cocina. Todos regresaron hacia sus platos y continuaron comiendo. Yo demore un par de segundos en bajar la vista. Entonces sentí una sombra junto a mí.
—¿Sucede algo señor, algo no le satisface? ¿Podemos mejorar nuestro servicio?
Era el Maitre que con su carta forrada en cuero en la mano me miraba con desprecio.
—No nada. Todo está muy bien —dije bajando la vista.
Entonces puso frente a mí un vaso de cristal.
—Haga el favor, la propina para el pianista.
Regresé a mirarlo pero solo al ver su rostro supe que no podría negarme. Dejé caer una gruesa suma de dinero dentro del vaso.
—Y también para el pianista del turno de mediodía.
—Pero...
Y no dije más porque su mano se apoyó en mi hombro con la fortaleza de una grúa industrial. Entonces busqué en mi billetera y puse más dinero en el vaso.
—Una donación al sindicato sería apropiada.
—Claro, ni más faltaba —dije, colocando más billetes en el insaciable vaso de cristal.
Entonces me dejó en paz.
Pasaron más de dos horas antes de que uno de los meseros aceptara tomar mi pedido. Como siempre, escuché rasgar la pluma contra el papel mientras él escogía lo más apropiado para un comensal como yo.
Tres horas más tarde sirvieron mi cena.
Era una estrella de mar, de color azul, que al reptar sobre el plato dejaba un rastro con textura de mantequilla. La pinché con el tenedor y la llevé a la boca. Pude sentirla revolcándose por mis entrañas hasta que sucedió el ataque en la mesa cinco. Era una pareja joven. Los arrastraron con la soga de nudo corredizo hasta la puerta de servicio, donde desaparecieron para siempre.
—¿Algún problema, señor? —preguntó el mesero.
La estrella de mar aún reptaba por mi estómago. Noté que ocultaba la soga en la espalda y tuve que hacer un esfuerzo muy grande para sonreír.
—Todo lo contrario. Estoy muy satisfecho.
—En ese caso... —dijo el mesero alargando el vaso de cristal.
Puse lo que quedaba en mi bolsillo y cancelé la abultada cuenta. Luego bebí un vaso de agua antes de levantarme y cruzar entre las mesas donde la gente se mantenía aferrada a los manteles con terror. Tuve la seguridad de que la mayoría hubiera querido levantarse y salir conmigo antes que les sucediera lo mismo que a los comensales desaparecidos. Pero nadie tuvo valor para semejante atrevimiento.
Cuando llegué a la calle respiré. Mi afición a la buena mesa no tiene límites. Por eso siempre vuelvo al Alonzo's Restaurant, a pesar de los riesgos que se corren.

(Del libro Cincuenta agujeros negros, Panamericana Editorial)

Los papeles de don Juan de la Cuesta (Cuento)

a Coca Ponce

Así como los ingenuos necesitan de los pícaros y los inteligentes buscan a los estúpidos, a mí me tocó en suerte tropezar con Herr Ortmann, mi lamentable complemento.
Hasta el día en que lo conocí yo era una persona que aceptaba la circunferencia de la tierra a falta de mejores teorías, las mujeres no me hacían daño y aspiraba a una vejez tranquila dedicado a los estudios cervantinos. Herr Ortmann, en cambio, era un hombre con fe, un creyente, un hombre peligroso.
Sucedió hace unos años, al egresar de la Universidad. En ese entonces, al igual que ahora, había poco oficio para un abogado novato, y la única oferta de trabajo que me habían hecho era conduciendo un taxi en horario nocturno. Entonces fue cuando un pariente de mamá me ofreció la oficina.
Era en un edificio viejo, en el centro, cerca de la plaza de Bolívar. Tenía cuanto podía necesitar: un sofá tapizado en cuero, escritorio, teléfono, una máquina de escribir y un archivador.
El pariente de mamá no la utilizaba nunca y tampoco necesitaba el escaso valor de su arrendamiento. Me la ofreció como un auxilio familiar.
Llevé mis libros de derecho, el código, un grabado que me había regalado un amigo que estudia en la Nacional, algunas revistas para entretener a los hipotéticos clientes y una cafetera recién comprada en Unicentro por mi mamá.
Una vez allí me dediqué a explorar a Cervantes. Una deuda que tenía conmigo mismo desde la Universidad. Yo era fiel a aquella premisa que señala que detrás de todo abogado hay un poeta, un político o un ladrón. En mi caso pretendía solo cumplir la primera norma.
Los días pasaban tranquilos, porque una oficina vacía, cuando no se siente la frustración de estar cesante, es un buen lugar para ocultarse de los demás y así evitar las responsabilidades de la vida cotidiana.
Había hecho dibujar en el vidrio esmerilado de la puerta mi nombre y profesión con letras doradas. En medio de ellas observaba las siluetas borrosas que se escurrían taconeando por el corredor. Nadie se detenía frente a mi puerta, por lo que me dedicaba a leer a Cervantes sin incomodar a nadie. En las tardes venía Pilar, una amiga de la Universidad con la que hacíamos el amor sobre el sofá tapizado en cuero.
Los otros inquilinos de mi piso eran: una dermatóloga que hacía abortos clandestinos, un mercader de monedas raras, dos esmeralderos y Herr Ortmann. Entre todos no reunían ni diez clientes cada día.
Tampoco yo tuve muchos durante los dos años que permanecí allí. En cualquier caso no necesitaba ganar mucho dinero porque tenía una pequeña renta (soy huérfano de padre) y podía pagar mis cigarrillos y las libretas donde apuntaba los poemas que escribía cada tarde después del almuerzo.
A mis vecinos los fui conociendo de uno en uno, más por aburrimiento que por razones profesionales.
El numismático apareció un día con un tablero de ajedrez bajo el brazo.
—¿Juega? —preguntó a modo de saludo.
Yo asentí.
Instaló el tablero sobre mi escritorio y con amabilidad me ofreció las blancas. Jugamos diecisiete partidas sin cruzar palabra hasta que pude excusarme. Perdí dieciséis e hice tablas en una.
Nunca volvió. Supongo que debido a mi bajo nivel ajedrecístico.
Los esmeralderos vinieron para que les hiciera el papeleo de una compañía comercial. Pero cuando estaba todo listo y debían pagarme mis honorarios, los mataron en la carretera a Otanche.
Sucedió una noche, cuando regresaban de la finca. Venían en su Jeep Nissan de vidrios oscuros y calcomanías del Che Guevara adornando la defensa. Alguien llevaba una botella de aguardiente en la mano. En el tocacintas sonaban rancheras de José Alfredo Jimenez. Había un tronco atravesado en medio de la vía. Sonaron muchos disparos. No se salvó ninguno.
Eso fue todo.
Otro día vino la dermatóloga malhumorada porque le habían puesto una denuncia debido a sus abortos clandestinos. De muy mala manera me pidió que le escribiera unos memoriales y desapareció.
Nunca pagó mis servicios porque a los dos días la enviaron a la cárcel.
El único que no apareció por mi oficina fue Herr Ortmann, y, por esas simetrías que establece la vida, debido al caso Ponce de León, fui yo quien terminó por ir a visitarlo.
Todo se debió a una llamada de mamá. Ella si estaba muy preocupada por mi ausencia de clientes y me contactó con Javier Ponce de León, pariente lejano de una amiga suya. Un tipo raro y desocupado que necesitaba asesoría legal para tratar de vender una hacienda en el Cauca que estaba invadida por la guerrilla y las comunidades indígenas desde hacía años.
Un caso perdido.
El jueves por la tarde tomé un taxi y llegué al Antiguo Country. El número de la casa era apenas perceptible entre la hiedra que adornaba el muro de piedra que separaba el jardín de la calle.
Pulsé el timbre y aguardé. El mismo Ponce de León vino a abrir la puerta. Vestía una salida de cama que debió conocer mejores tiempos. Llevaba una taza en la mano y en su bolsillo se reconocía un libro de Octavio Paz. Me invitó a seguir a la sala y me ofreció té.
Mientras lo bebía lo observé de la misma manera que él a mí. No me hice muchas esperanzas sobre su personalidad, y lo más seguro es que él también pensó lo mismo sobre mí.
—Voy por los papeles —dijo después de un rato.
Trajo una cartera de cuero que abrió con ceremonia. Había un manojo de títulos de propiedad, preparados con engolada caligrafía, cuyo valor estribaba más en la antigüedad de su imprenta que en las devaluadas hectáreas de tierra representadas por ellos.
Le expliqué los pasos que debíamos dar para conocer las posibilidades de recuperar la hacienda y luego quedamos en silencio, sin saber qué otra formalidad añadir. Entonces (más por llenar el espacio, que por interés en la obra de Octavio Paz) le mencioné el libro que sobresalía de su levantadora.
Levantó la mirada.
—¿Le interesa la literatura?
—Un poco —dije haciéndome el modesto.
El resto de la tarde la pasamos hablando de libros y tomando un té de muy regular calidad. Al anochecer, aunque no habíamos agotado las razones de nuestra conversación, me despedí. Ponce de León me acompañó a la puerta, pero a mitad de camino se detuvo, me tomó del brazo y permaneció pensativo un instante. Entonces habló en voz baja.
—Voy a mostrarle algo que le puede interesar. En realidad a nadie se lo enseño jamás. Pero haré una excepción con usted. —Hizo una pausa y añadió—. Bueno, en realidad nunca viene nadie por aquí, así que tampoco tengo a quien enseñárselo.
Caminamos hasta el otro lado de la casa, en el ventanal de un corredor amoblado con desuetos muebles de veraneo se veía un jardín iluminado con reflectores halógenos que contrastaban con la antigüedad de todo cuanto había en esa casa. Al fondo del corredor Ponce abrió una puerta asegurada con dos cerraduras y encendió la luz.
El libro estaba bajo una campana de cristal, en medio de un amplio estudio decorado con muebles de caoba y cuero. Los costados estaban ocupados por una densa biblioteca de libros antiguos encuadernados en piel, cartón y pan de oro. También había algunas ediciones contemporáneas. En los escasos espacios vacíos de las paredes colgaban óleos coloniales de Vasquez, Legarda y muchos anónimos. El estudio estaba protegido con una alarma ultrasónica de uso doméstico y barras de hierro en las ventanas, pues en medio de esas cuatro paredes, había una fortuna en arte y libros de colección. Sin embargo, su seguridad real radicaba en que nadie conocía su existencia en Bogotá. Seguridad, claro, que empezaba a esfumarse al enterarse un chismoso como yo.
El libro bajo la campana de cristal era una copia de la primera edición de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Un pequeño libro encuadernado en cuero equivalente a un dieciséis corto de nuestra época. Había llegado al país hacía treinta años, cuando a poca gente le interesaban estas cosas y había permanecido alejado de la curiosidad pública porque el padre de Ponce de León lo había adquirido para su goce personal, no para hacerle un oscuro servicio a la cultura nacional. Aunque su valor ya era alto en los años cincuenta, hoy, debido a los coleccionistas japoneses que hacían saltar los remates en Sohetby o Christie’s, su precio resultaba incalculable.
Creo que enloquecí pero logré mantener la compostura.
—La edición de don Juan de la Cuesta de mil seiscientos cinco —exclamé deslumbrado.
—Corrección —dijo Ponce—. Mil seiscientos cuatro.
—No existe un solo ejemplar de esa edición —aduje—. Se supone que nunca existió.
—Si existe. Aunque es probable que no quede otro ejemplar más en el mundo.
—Si es así, esta es la copia del Quijote más valiosa que existe. Debería estar en un museo.
—Es más probable que termine en un remate. Si el asunto de la hacienda no prospera tendré que mandarlo a una casa de subastas. Creo que pueden venderlo en un par de millones.
—Ese libro vale mucho más— dije yo.
—En dólares hablaba.
—Ah.
Ponce de León dio una vuelta alrededor del atril donde descansaba el libro cubierto por la campana de cristal.
—Estaba pensando que tal vez podría ayudarme —dijo—. Necesito hacerle unas buenas fotografías para enviarlas a Nueva York.
—Conozco a un fotógrafo —dije refiriéndome a mi vecino de oficina.
—Pues hágame ese favor, arregle con él y que venga a hacer las fotos.
Yo regresé a mirar la campana de cristal bajo la cual reposaban las aventuras de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, tuve un estremecimiento interior, más parecido al amor que a la codicia, y asentí.
Cuando salí a la calle la noche estaba fría y caía una pelusa de agua que me empapó antes de que pudiera conseguir transporte para regresar a casa. Mientras caminaba pensé que debería haber aceptado el trabajo que me habían ofrecido manejando un taxi nocturno, de día abogado, de noche taxista. Así aseguraría mi futuro y mi forma de transporte.
Al otro día, en mi oficina no lograba sacar de mi cabeza la imagen del libro. Algo dentro de mí me dolía, el gusanito del egoísmo, de la envidia, de las bajas pasiones. Esa fiera que todos llevamos dentro y que muy pocos logran domesticar.
Yo tenía tres antiguos deseos a los que había renunciado casi al momento de formularlos: asistir a un concierto de los Rolling Stones, acostarme con Nastassia Kinski, y poseer un ejemplar de la primera edición de El Quijote. Ahora, uno de esos sueños imposibles se materializaba ante mí.
Mientras pensaba en ello, Pilar llegó de visita. Ella era un excelente sucedáneo de Nastassia Kinski. Tenía los ojos verdes y una boca enorme de gruesos labios que me encantaba morder mientras ceñía su coño sobre el sofá de cuero. Su pelo negro, largo, abundante y ensortijado olía a shampoo importado y su cuerpo a perfume de violetas. Era una mujer bella y agradable con la que cualquier hombre, podría haber sido feliz. Pero en ese tiempo yo era demasiado escéptico para creer en la felicidad, por eso la recibí con esa manera lejana que marcaba nuestra relación. No deseaba crear rutinas entre nosotros, evitaba que se acostumbrara demasiado a mí y de esa forma yo también evitaba acostumbrarme a ella.
—Voy a ver al fotógrafo —dije desprendiendo sus brazos de mi cuello. Arrancando sus labios de mis labios. Dejando atrás su aroma a perfume de violetas.
—Chévere, lo acompaño y así nos hacemos una foto juntos —dijo ella.
Moví la cabeza con un movimiento que recordaba lejanamente a una afirmación. La idea de hacernos retratar me seducía tanto como dormir con una pitón, pues la foto era un símbolo para formalizar nuestra relación, dejar atrás el tranquilo territorio del sexo sin afanes y entrar al de los afectos, los celos, el amor y otras complicaciones.
Nos dirigimos a la oficina del fotógrafo. Yo había pensado en él como la manera más cómoda de colaborar con Ponce de León. Jamás imaginé que esa sencilla decisión torcería el destino de mi vida, o al menos un fragmento de mi vida.
Herr Ortmann levantó la vista de su escritorio, sorprendido. No parecía esperar que nadie entrara a su taller. Era un hombre de una edad cercana a los cincuenta años, pero en sus rasgos se prefiguraba el anciano que sería en poco tiempo más. De sus labios colgaba un cigarrillo sin filtro que despedía una delgada columna azul. Sobre el escritorio tenía una colección de lupas de las más variadas graduaciones y gran cantidad de hojas de contacto con fotografías de callejones, fachadas de edificios y otros motivos que no alcancé a distinguir.
Me acerqué al escritorio y le dije a qué venía. Alrededor de su cabeza flotaba una tormenta tropical de humo de tabaco. Entretanto Pilar observaba, con esa atenta curiosidad que la caracterizaba, las fotografías expuestas en las paredes. Herr Ortmann tuvo un fuerte ataque de tos de fumador. Cuando se repuso guardó las hojas de contacto que tenía diseminadas frente a sí.
—Sí señor, en que puedo servirlo —dijo sin quitar el cigarrillo de sus labios. En ese momento me sorprendieron sus ojos azul claro. Eran los ojos de un profeta, o de un galeote con hambre.
—Necesito tomarle fotos a un libro —dije.
—¿Trajo el libro?
—No.
Tenemos que ir a una casa en el norte.
—Imposible —tosió de nuevo—. No hago trabajos a domicilio, estoy muy ocupado.
—Las necesito de urgencia.
Herr Ortmann sonrió dejando ver unos dientes manchados de tabaco como los de un delincuente de película serie B.
—Yo no lo puedo atender.
Solo entonces me di cuenta de que hablaba el español como un bogotano de Chapinero. Pensé que debía ser hijo de un oficial fugitivo de la Gestapo o las SS.
En ese momento tras una cortina negra, asomó el asistente del laboratorio, un joven con facciones de indígena Sibundoy, Herr Ortmann hizo un gesto autoritario y el muchacho volvió a esconderse tras la cortina.
—Bueno —le dije a Pilar—, entonces nos vamos.
Ella se encogió de hombros sin dejar de mirar las fotografías que colgaban de las paredes. Eran copias en tamaño mediano, secadas en esmaltadora. Estaban unidas unas con otras con cinta transparente y representaban la visión de 360 grados de varios callejones estirados sobre la pared como la piel de una serpiente en proceso de curtiembre.
—Aguarde un momento termino de ver estas fotos que están cheverísimas.
Herr Ortmann volteó a mirar a Pilar, entonces su expresión cambió, dejó de ser el gángster cinematográfico para convertirse en un fauno de mirada profunda y mejillas sin afeitar. Se levantó del escritorio y se acercó a ella. Le dio vuelta revisándola como quien compra un caballo.
Cuando Pilar se dio cuenta sonrió divertida.
—Qué le pasa maestro —dijo.
Herr Ortmann regresó a la realidad.
—No, no, nada.
—Bueno, en todo caso le agradezco mucho —dije despidiéndome, con esa altivez barata que usamos los bogotanos cuando alguien nos mama gallo.
Al otro día, mientras preparaba el café y Pilar terminaba de vestirse, escuchamos golpes en el vidrio esmerilado. Regresé a mirar a Pilar. Se la veía bella, su silueta recortada por la luz de la persiana como un thriller de Howard Hawks. Recogió el resto de la ropa y se encerró en el baño.
Abrí la puerta y encontré a Herr Ortmann vestido como si fuera a su primera comunión. Sus ojos de lunático parecían haber regresado a un estado de normalidad.
—Buenas tardes vecino —carraspeó mirando hacia el interior de mi oficina—. Venía a ofrecerle una disculpa y a invitarlo a mi estudio a tomar algo.
—En realidad acabo de preparar café en este instante.
—Magnífico, magnífico —dijo entrando sin que yo lo hubiera invitado. Traía una botella de brandy en la mano que me enseñó al pasar frente a mí—: así podemos añadirle esto.
Yo me hice a un lado y fui al baño a lavar una taza extra. Pilar aún estaba medio desnuda. Se colgó de mi cuello y subió una pierna mientras mordía una de mis orejas. A ella le excitaban esas situaciones, a mí en cambio me aburrían, por eso terminé de lavar la taza y salí antes de que me abriera la bragueta.
—Bonita oficina —dijo Herr Ortmann envuelto en el humo azul del cigarrillo que acababa de encender.
De mi boca salió un murmullo que ni yo mismo entendí. Gané tiempo dedicado a servir el café y cuando terminé Herr Ortmann destapó el frasco de Brandy que añadió de manera generosa en cada una de las tazas.
—¿Y la tercera, para quien es? —preguntó.
—Para mí —dijo Pilar haciendo una entrada a lo Lauren Bacall.
De ahí en adelante no tuve necesidad de hablar. El alemán estaba fascinado con Pilar. Pensé que debía llevar años acostándose con putas o masturbándose en un rincón de su cuarto oscuro, así que no le di importancia a la manera descarada como coqueteaba con mi novia y me dediqué a beber café con brandy, luego brandy con café y al final brandy con brandy. Antes de darme cuenta estaba borracho.
En medio de la borrasca en la que me debatía me di cuenta de que Pilar y el alemán se entendían como una pareja de antiguos amantes que se hubieran encontrado en un crucero por el Caribe. De su conversación entresaqué la historia de Herr Ortmann: Que era un fotógrafo de origen austríaco formado en la línea de los grandes maestros como Weston y Adams. Había realizado algunas exposiciones en Europa, fotografiaba callejones olvidados, sus muros rotos, los agujeros en el cemento, los charcos sobre el asfalto, en una frenética búsqueda estética cuyo objetivo final era elusivo, un arte imposible.
La suya era una neurosis cósmica, una búsqueda del retrato de Dios. Sin embargo, esa tarde, por la manera como miraba a mi novia, Dios se había reducido a la modesta estatura del metro con sesenta y ocho centímetros que levantaba Pilar sin zapatos.
Ortmann había abandonado sus esfuerzos al comprender que su búsqueda estética apuntaba demasiado alto, entonces comenzó a alimentar un profundo rencor hacia el arte en todas sus manifestaciones. Dejó el atelier fotográfico que había rentado toda su vida cerca de la ciudad universitaria y arrendó el pulguero vecino al mío. Se dedicó a las reproducciones de arte (a fotografiar la pintura de pintores malos, decía) y años más tarde a las fotos de cédula y pasaporte. Trabajos ruines, apropiados para la expiación de un artista fracasado, como se consideraba a sí mismo.
Sin embargo, al final de esa borrachera había aceptado hacer el trabajo para Ponce de León. Dijo que sí mientras salía abrazado con Pilar y yo me desplomaba, víctima de intoxicación etílica, sobre el sofá de cuero.
Al otro día parqueamos el Renault 4 de Herr Ortmann frente al muro cubierto por la hiedra. Hasta ese momento yo no había mencionado qué tipo de libro íbamos a fotografiar. El alemán a lo largo de su vida profesional había fotografiado tantas sandeces que otra más lo tenía sin cuidado. Además en su cara se veían la huella de una resaca de alto nivel. Yo estaba por preguntarle donde había dejado a Pilar, pero me contuve. Eso era entrar en la paranoia de los celos, del amor, del sufrimiento, un territorio ajeno a mí personalidad.
—Bonita casa —dijo mientras su asistente, el indígena Sibundoy, bajaba las maletas con los flash, la caja con la Linhof, el maletín con las películas, el trípode, toda esa parafernalia que cargan los fotógrafos y que el pobre muchacho se puso a la espalda con habilidad. Traté de ayudarle pero Herr Ortmann, con un gesto, me lo impidió. El indígena ni siquiera regresó a verme, de hecho parecía aceptar sin problema que el alemán se portara igual que los viajeros británicos del siglo diecinueve que recorrían los Andes a lomo de indio.
Ponce de León estuvo muy amable esa mañana. De nuevo llevaba puesta su raída levantadora y comencé a sospechar que jamás se la quitaba.
Mientras Herr Ortmann organizaba la Linhof, parecía que el libro ejercía sobre él la misma fascinación que sobre mí. Lo observaba con ese amor que solo los iniciados podrían tener hacia un objeto así.
Yo evitaba hacer preguntas sobre el libro. Trataba de aparentar la indiferencia de un espectador aburrido viendo trabajar a otros. El objeto de la fotografía podía ser un frasco de mayonesa o una modelo bonita, a mí me debía dar igual. Herr Ortmann actuaba de la misma manera. Por eso ambos hubiéramos sido sospechosos para una persona más suspicaz que Ponce de León.
Mientras este hablaba con Herr Ortmann acerca de la calidad de las cámaras alemanas y el ayudante Lomo de Indio organizaba las luces, yo observaba el estudio y su sistema de seguridad. Sobre la puerta un sensor de alarma ultrasónica y en las ventanas unos barrotes que serían mantequilla para un ladrón experto.
Fuaf, fuaf, fuaf, sonaron los flash del alemán.
—Esa vaina le hace daño a las pinturas coloniales —dijo Ponce de León—. Por lo menos eso me han dicho los técnicos del Centro de Restauración de Colcultura.
—Es solo un ratico —dije tranquilizándole.
—A mí me han dicho que cada disparo de flash le hace tanto daño a una pintura colonial como dejarlo al sol durante un mes —insistió Ponce.
—Eso es pura paja —intervino Herr Ortmann. Sus ojos habían recuperado ese brillo de galeote con hambre. La idea de que sus luces dañaban esas pinturas, parecía agradarle en extremo.
Ponce de León no parecía muy seguro de nuestras aseveraciones, pero antes de que se preocupara demasiado, el trabajo estuvo concluido.
—Listos —dijo Ortmann comenzando a empacar el equipo.
Cuando salimos de la casa, mientras Lomo de Indio guardaba los cachivaches de fotografía en el auto, regresé a mirar hacia las ventanas cubiertas de hiedra. Tras la oscuridad de los visillos Ponce de León estuviese vigilándonos.
—Como le parece lo que hay dentro de esa casa abogado —dijo Herr Ortmann cuando entramos al auto—. Ese libro es un delito.
—¿Eh? ¿que? ¿Cómo así? —dije haciéndome el pendejo.
—Carajo, es ofensivo que en este país de gente muerta de hambre alguien guarde un tesoro como ese.
—Ah sí —dije, haciéndome el tarado— ¿qué tiene de malo?
—Es absurdo que alguien coleccione estupideces así. A los ricos hay que castigarlos por donde más les duele.
—Ese tipo no es rico —dije refiriéndome a Ponce— apenas tiene los blasones de la puerta. Está jodido.
No se me haga el pendejo, usted y yo sabemos que ese libro va a salir del país muy pronto. Estas fotos ayudarán a vendérselo a los gringos. Deberíamos recuperarlo y destruirlo. Así le haríamos un favor a la humanidad.
En realidad, solo en ese momento me di cuenta de que por culpa de Herr Ortmann yo debía apoderarme del libro.
Mis motivos para hacerlo eran similares a los que el padre de Ponce de León había tenido para esconder durante treinta años, en ese estudio oloroso a talabartería, un libro que debía estar en un museo: lo quería solo para mí. Como Sancho Panza obsesionado por cualquier imperio que don Quijote le pudiera ofrecer.
Herr Ortmann, en cambio, era un fanático, un desfacedor de entuertos. En su caso no era la lectura sino la fotografía la que había tostado su cerebro como si lo hubieran puesto bajo una máquina de planchado industrial. Necesitaba destruirlo para que su vida siguiera teniendo sentido. Eso se notaba en la manera neurótica como conducía su Renault en medio de taxistas provincianos extraviados en las calles de la ciudad de Bogotá.
Cuando llegamos al edificio en el centro de la ciudad Lomo de Indio cargó con todo el equipo fotográfico y subió por las escaleras mientras nosotros lo hacíamos por el ascensor. Entonces volví a tocar el tema del Quijote.
—Porqué quiere acabar con ese libro, Herr Ortmann —le pregunté.
Regresó a mirarme con sus ojos inyectados de sangre.
—Es una prueba de permanencia —dijo—. El arte es una forma de suplantar a Dios y tal soberbia hay que castigarla.
—Me parece que exagera.
—He cometido muchos errores a lo largo de mi vida —dijo Ortmann—. He visto demasiados objetos de arte guardados en lugares donde nadie los apreciaba, donde se los guardaba por codicia más que por amor a su materia. Si pudiera volver a esos lugares donde me recibieron durante tantos años para fotografiar la obra de malos pintores, con cafecito a las diez de la mañana y sonrisas al entregarme el cheque de las fotografías, los robaría y destruiría. Para contribuir a que la especie humana adquiriera un poco de humildad.
Hizo una pausa, como arrepentido por la confesión que acababa de hacer. Entonces me interrogó:
—¿Y a usted, por qué le atrae?
Medité un largo instante antes de responder.
—Me interesa su aspecto cósmico— dije. —Esa posibilidad de que esos papeles encuadernados en el taller de don Juan de la Cuesta fueron palpados por el autor del libro. Que ese ejemplar pudo ser regalado al rey bajo cuya licencia se imprimió, o que guarde entre sus pliegues las huellas de los artesanos que lo confeccionaron hace cuarenta generaciones. Que ese ejemplar influyó en alguien, que motivó los amores, los odios o la capacidad de trabajo de otro. Eso es lo que me interesa de él.
Cuando terminé el carretazo, me di cuenta de que como siempre, había hablado de más. Ortmann me miraba de la misma manera que yo a él. Descubriendo en mis ojos rastros de locura, de fanatismo.
Se despidió sin darme la mano.
Dos días después fui con Pilar a mirar las pruebas de las fotografías. Cuando entramos Herr Ortmann parecía nervioso. Había algo extraño en su comportamiento. Además no tenía el mismo interés que había demostrado la primera vez hacia Pilar. Ella, por su parte, hacía como que ni siquiera lo conocía. Para mí fue un soplo divino: esos dos se acostaban.
Cuanto terminamos de ver las pruebas salimos a la calle y caminamos un par de cuadras en silencio en busca de un lugar donde tomar café.
—¿Por qué lo hizo? —pregunté de pronto.
—Hice qué.
—Acostarse con el alemán.
Ella no regresó a mirar. Mordisqueó la uña de su pulgar dándole vueltas a una respuesta que ya conocía antes de que me la dijera.
—Necesitaba hacer el amor con alguien a quien yo le importara.
Entonces fui yo el que no pudo regresar a mirarla. Nos separamos en la puerta del café. Ella tomó un taxi y yo me quedé bebiendo un café de muy mal sabor.
Para ella su relación con el alemán era desafiante, algo que transgredía los límites de su vida cotidiana ampliando el horizonte de sus vivencias. Conmigo no tenía nada. Yo había preferido ese estatus de amante lejano, sin compromisos. No tenía ninguna potestad sobre su vida y lo que ella hiciera con su cuerpo a mí no me concernía. Sin embargo apenas la perdí de vista comencé a echar de menos la humedad de su coño sobre el sofá de cuero, el aroma a violetas que exhalaba su piel, la selva de su cabello ensortijado y la mirada triste de sus ojos verdes.
Los hombres somos seres de difícil satisfacción, sufrimos cuando tenemos y también cuando no tenemos amor. Por eso pasé bastante mal algunos días, encerrado en mi oficina, hasta que llegué a la última noche, o más bien a la noche del último encuentro que tuve en mi vida con Javier Ponce de León, con Pilar y con Herr Ortmann.
Llovía. Sobre el asfalto el espejo de agua reflejaba las luces de los automóviles. No había taxis y tuve que caminar hasta conseguir un bus que me llevara al norte. Mientras recorría calles cubiertas de gente con paraguas, ruido de agua bajo las ruedas y el tronar de la lluvia sobre el techo del bus, pensaba en lo que me había sucedido con Pilar. No estaba molesto con ella, tal vez podría sentirme un poco ofendido porque un hombre viejo me hubiera quitado a mi novia, nada más. Solo era una pequeña deuda con mi orgullo, o al menos eso quería creer.
Llegué empapado a la casa de la fachada cubierta de hiedra. Ponce de León salió con su levantadora deshilachada. Parecía más desaseado que de costumbre y olía a licor.
—El abogado poeta —dijo de buen humor—, bien venido a la guarida de Vlad el Empalador.
Sonreí de manera forzada. En realidad no estaba de humor para aguantarme al aristócrata de Popayán.
—¿Un traguito? —ofreció.
Asentí más por aburrimiento que por ganas.
Sonaba Malher en el equipo de sonido escondido en alguno de los baúles de madera que adornaban la sala. Mientras Ponce buscaba hielo y un vaso en la cocina yo busqué, sin resultado, el lugar de donde provenía la música.
—Estamos jodidos abogado —dijo Ponce entrando con una bandeja con vasos y hielo—. Yo porque no tengo plata y usted por tener que soportar un cliente que no le puede pagar.
Me encogí de hombros, acababa de descubrir los parlantes camuflados entre esa imaginería colonial robada en iglesias de provincia. Esa noche nuestras relaciones de trabajo terminaban y yo no sacaba ni para los gastos de transporte. Tal vez mi destino futuro estaba en el negocio del taxi nocturno, así al menos garantizaba que en noches como esta tendría cómo regresar a mi casa.
Le entregué los papeles a Ponce. Quedó hipnotizado, esas escrituras eran el raro testimonio de un tiempo en que los indios no pertenecían a ninguna guerrilla, sino se dedicaban a excavar oro arreados por el fuete de un conquistador español.
—Esto es todo lo que queda de la hacienda —dijo con amargura, acercándolos a la chimenea.
—Qué hace —pregunté alarmado.
—No vale la pena seguir alimentando esperanzas.
—Pero esos documentos valen mucho —dije—. Podemos conseguir un coleccionista.
—Ya estoy harto —dijo Ponce arrojándolos al fuego.
Una llamarada avivó la luz de la habitación cuando los papeles, guardados durante más de dos siglos en baúles de madera seca, ardieron como si estuvieran empapados con gasolina. Permanecimos en silencio mientras el último pedazo terminó de quemarse entre las brasas.
—Ahora me siento mejor. Creo que puedo emborracharme en paz —dijo Ponce.
Suspiré y me acomodé lo mejor que pude sobre la silla. Yo también me dediqué a beber. Durante dos horas lo escuché narrar incoherencias acerca de su familia de vampiros, mientras a mí me crecían unas ganas terribles de orinar. Pero cada vez que intentaba interrumpirlo, Ponce arreciaba en su cháchara con mayor vehemencia.
—Sabe qué, necesito ir al baño —logré decir por fin.
—Vaya, hombre, vaya.
—¿Dónde es?
Hizo un gesto vago indicando una ruta abstracta que llevaba al corredor con vista al jardín. No conocía lo suficiente esa casa como para guiarme por ella con tres whiskys en el estómago y me perdí. Observé el jardín iluminado con lámparas halógenas. Entre los árboles había una fuente con cuatro angelitos que escupían agua, una perrera vacía y la hierba muy alta. Parecía un decorado para Boris Karloff. Continué mi búsqueda pero no encontré ninguna puerta de baño así que me detuve junto a una ventana pensando orinar sobre las azaleas.
Entonces dos figuras emergieron en medio de la vegetación Me hice a un lado de la ventana aterrorizado. Podrían ser ladrones, guerrilleros, o demonios. Alguno de esos enemigos acumulados a lo largo de los siglos por la familia de Ponce de León. Sin embargo, era algo peor. Por la ventana emergió el rostro inconfundible de Herr Ortmann. Ambos nos hicimos hacia atrás como una pareja de cómicos jugando al espejo en una comedia barata. Luego, a través del vidrio, me hizo señas pidiendo que le abriera.
La ventana estaba trabada y me costó mucho esfuerzo abrirla.
—Qué hace aquí —pregunté.
—Déjeme pasar, estoy congelándome.
Cuando ingresó se formó alrededor suyo un charco del agua que escurría por el impermeable. Vi a Lomo de Indio bajo la lluvia. Le hice señas de que se acercara pero permaneció inmóvil, como otro angelito de la fuente del jardín.
—Qué pretende —pregunté.
—Vengo por el libro.
—Está loco.
En ese momento escuché los pasos de Ponce de León por el corredor.
—Escóndase, carajo —dije mientras salía al encuentro de mi anfitrión.
—Pensé que se había extraviado —dijo Ponce, tambaleante—. O que lo había atacado mi tío el vampiro. Esta casa está maldita, sabe usted.
—Tranquilo —dije.
Mientras regresábamos al salón yo trataba de encontrar alguna solución. Necesitaba ganar tiempo y Ponce ayudó.
—Ala, porque no te llamas un par de viejas y nos enrumbamos —propuso.
Por el tono de oficinista bogotano me di cuenta de que el alcohol estaba haciendo estragos en su follaje cerebral, así que continué con el juego. Hice un par de llamadas ficticias y, para cuando terminé la comedia, Ponce dormía sobre el sofá.
Me acerqué sin hacer ruido y lo sacudí. Estaba en otro siglo. Así que le acomodé un cojín bajo la cabeza y regresé al estudio a buscar al alemán.
Lomo de Indio estaba cortando los barrotes de la ventana para simular un robo desde el jardín. Ortmann ya había desactivado la alarma y estaba retirando la campana de cristal que protegía al libro. Sentí que aumentaba el caudal de sangre que circulaba por mis venas. Sin embargo, lo primero era lo primero. Fui al lado de la ventana y oriné sobre el charco de agua de lluvia.
Cuando regresé al estudio, Ortmann había empacado el libro en una bolsa de supermercado.
—No puede llevárselo —dije.
Pero no me respondió. De un salto buscó la ventana para salir al jardín. Yo corrí detrás, como se hace con una mujer que nos está abandonando y uno la sigue, aunque sabe que es inútil.
Trotamos bajo la lluvia por el sendero del jardín iluminado con lámparas halógenas. Pasamos junto a los angelitos que escupían agua. Corrimos en medio de las perreras vacías y cruzamos el seto mal recortado. No sabía muy bien qué hacer, cómo impedir que destruyera el libro. Cómo salvarlo para mí. Saltamos el muro del jardín, yo siempre corriendo tras él y nos acercamos a su auto. Allí, sentada en el puesto del conductor aguardaba Pilar. Me detuve en medio de la calle. Ortmann, junto al auto, regresó a mirarme.
Entonces alcancé a darme cuenta de que sí me importaba el amor de Pilar, de que sí quería tener una razón en la vida que me atara al mundo. Que sí debía luchar por las cosas. Hacer la revolución, fundar un orfelinato o irme a trabajar con la hermana Teresa de Calcuta. Por eso me abalancé sobre Ortmann dispuesto a quitarle el libro.
Mientras forcejeábamos el libro salió de la bolsa de supermercado y quedó expuesto a la lluvia. Junto al andén bajaba un arroyo que venía desde las montañas que rodean a Bogotá. Un enorme y sucio río de agua de lluvia donde flotaban hojas secas, cadáveres de ratón, sapos, preservativos usados, basura urbana.
Ortmann lanzó un golpe que me hizo caer sobre el césped. El libro rodó hasta el agua, se sumergió en el agua lodo y sus hojas abiertas se empaparon. Desde donde estaba yo no podía hacer nada porque en ese momento Herr Ortmann se abalanzó sobre mí inmovilizándome. Apenas pude, estiré el brazo tratando de alcanzar el libro, pero ya era tarde, el alemán de un puntapié lo despedazó. Hice un último esfuerzo pero fue inútil.
En ese momento los papeles impresos por don Juan de la Cuesta se iban navegando calle abajo, como barcos de papel, en el río que bajaba de las montañas arrastrando hojas secas, ratones muertos, preservativos usados, las palabras de don Miguel de Cervantes...