jueves, mayo 05, 2011

Una vieja novedad en la feria

El sábado 7 de mayo se presentó en la Feria del Libro de Bogotá una colección llamada Voces de Fuego, de la editorial Pluma de Mompox. Son 65 libros publicados de un solo golpe. Un esfuerzo raro en un medio como el nuestro. La colección ofrece espacio a muchos nuevos autores (dos terceras partes de la lista más o menos), algunos con su primer libro; e incluye a autores con una trayectoria un poco más larga. Yo soy uno de ellos. Allí aparece el primer libro de narrativa publicado por mí: Gentecita del Montón. Este es el texto o "Nota Bene" que escribí para esta edición.

La primera edición de este libro fue publicada por Carlos Valencia Editores en 1981, hace treinta años y por tanto esta segunda edición resulta ser una especie de celebración de aniversario.

Revisé algunos aspectos formales de estos cuentos para superar torpezas narrativas propias de un primer libro; así mismo reintegré dos de los cuentos que fueron parte del original que ganó el Premio Nacional para libro de cuentos ofrecido por la Fundación Guberek y Carlos Valencia Editores en aquel año, y que por diversas razones fueron suprimidos. Un par de ellos por sugerencia del editor y algún otro que censuré por razones personales.

Por otros motivos (sobre todo porque ya no me gustan), suprimí dos de los cuentos de la edición original; todo esto para que esta versión de Gen- tecita del Montón no sea una curiosidad bibliográfica sino una colección que recupere el espíritu y la frescura de cuando estos cuentos fueron escritos y publicados en los años setenta y ochenta.

Por último, no he cambiado la dedicatoria (este libro sigue siendo para Alma), pero también quisiera hacer explícito mi reconocimiento –por el aprendizaje recibido– al editor de la primera edición de este libro, Carlos Valencia Goelkel. Con mi admiración y respeto.

lunes, mayo 02, 2011

Una de Sábato

Que yo sepa, escritores como Sófocles, Dante y Shakespeare no se propusieron la belleza como fin, sino el examen de nuestra condición humana, la exploración de sus abismos y límites. Es claro que en este trabajo se encuentra la belleza, pero no aquella que se logra cuando se la busca por sí misma, sino otra: grande y trágica, desgarrada por la disonancia y el horror. Todas las tragedias escritas por el hombre, desde la que cuenta el destino de Edipo hasta la que narra la muerte de Ivan Ylich muestran esa belleza de los abismos.

Ernesto Sábato

(Citado en Alquimia de Escritor)

Y otra de Sábato


Si nos llega dinero por nuestra obra, está bien. Pero escribir para ganar dinero es una abominación. Esa abominación se paga con el abominable producto que así se engendra.
(…)
Pero ¿Cómo vivir? De cualquier modo que la creación no sea manoseada, bastardeada, abaratada: poniendo un tallercito mecánico, trabajando de empleado en un banco, vendiendo baratijas en la calle, asaltando un banco.

Ernesto Sábato

(Citado en Alquimia de Escritor)

sábado, abril 30, 2011

Separados por una línea imaginaria

En el siglo XVI, durante la conquista española, se tenia la noción de que la línea equinoccial que divide los dos hemisferios y cruza el país del Ecuador, era la frontera entre las riquezas. Al norte, debido al clima cálido, se creía que el oro fluía de las raíces de los arboles del rio Meta bajo la forma de arroyos con oro en polvo. Al sur, se consideraba que el frío austral era el clima propicio para la plata. Mitos de la conquista que fueron creando leyendas territoriales que algunos todavía creen; aquellos que piensan que los colombianos somos los colosos del norte o que los ecuatorianos son pastusos con valium. De hecho, para controvertir la leyenda del siglo XVI basta mencionar que el Museo del Banco Central del Ecuador tiene máscaras de oro y platino que hacen ver pobre al Museo del oro de Bogotá.

Soy parte de una familia ecuatoriano colombiana. Tengo muchos parientes políticos en ese país. Viví en él por décadas (todavía tengo casa allí) y creo que lo conozco. A mi llegada, en 1983, el colombiano era visto con esa mezcla de admiración y desconfianza que causa un hermano mayor un poco matón. Es que por nuestra forma de hablar los colombianos generamos atracción y molestia; somos o parecemos eficientes, pero también latosos y demasiado sobrados para un medio donde se habla con un tono dulce y gentil.

Si aceptamos con Mircea Eliade que la patria del escritor es su lengua, entonces podríamos decir que a los colombianos y a los ecuatorianos nos separa el mismo idioma. Como si habláramos separados por el vidrio de un acuario. Porque no existe ningún diálogo cultural significativo.

Será por eso que estando tan cerca los colombianos estamos tan lejos de los ecuatorianos. O tal vez no tanto los colombianos, así en general; tal vez solo los intelectuales. Porque hay colombianos apreciados como los futbolistas, algunos empresarios y los famosos como Bolillo Gómez, Shakira, o Gabriel García Márquez.

Sin embargo los escritores que no están cubiertos por el halo de prestigio de un Nobel o del escandalo por sus declaraciones mediáticas, como Fernando Vallejo, no tienen tanto recibo. Un autor colombiano va a Quito, presenta su libro, recibe prensa, televisión y radio durante tres días. Al final de su visita habrá vendido entre cincuenta y cien ejemplares (datos de un editor), si tiene suerte.

Hay un enorme desinterés de uno y otro lado. Se dirá que esta condición balcánica es propia de todo el continente, pero resulta chocante entre dos países que fueron el mismo.

Jorge Icaza fue un autor ecuatoriano muy conocido en Colombia. Era lectura obligatoria en los colegios hace tres o cuatro generaciones (digamos treinta años). En ese momento había referencias sobre los novelistas sociales de la década del treinta, hoy no se sabe mucho del universo literario del Ecuador. Solo gracias al proyecto Bogotá treinta y nueve vinieron dos autores relativamente nuevos: Leonardo Valencia y Gabriela Alemán. Pero la invisibilidad es la regla.

Habitualmente la insularidad literaria en América Latina es superada gracias a algunos nombres que fungen de cabezas de playa para las literaturas regionales (los Cortázar, los Onetti), o por acontecimientos mediáticos (como el premio Nobel) que abren camino a sus nuevos escritores. Los lectores promedio en Colombia pueden identificar a dos o tres grandes escritores peruanos, cuatro o cinco argentinos, algún venezolano y al menos dos mexicanos, pero es probable que a ningún ecuatoriano. Y el lector ecuatoriano difícilmente logra recordar a más de tres autores colombianos.

Una posible razón es que Ecuador no tuvo un autor en ese club imaginario llamado el boom de la novela latinoamericana. En esa época un poco iconoclasta y que puso distancia con los llamados autores indigenistas y sociales, se rompió la continuidad que le daba presencia, en el concierto latinoamericano, a los autores ecuatorianos.

Hoy los nuevos escritores del Ecuador miran cada vez más hacia otras lecturas y otras literaturas. A mediados de los ochenta sus escritores eran como los paisas, solipsistas, ensimismados en sus discusiones acerca de la identidad y en busca de una tradición localista. Hoy, como en el resto de América Latina, los nuevos escritores ecuatorianos ya no se preocupan tanto por tener un lugar en la patria sino por buscar un lugar en la gran tradición literaria. Son pocos, no hay mayores estímulos, pero ahí van. En ese aspecto, el ambiente literario ecuatoriano no se distancia mucho del colombiano, las diferencias son proporcionales al tamaño de la sociedad. Allá son doce millones y aquí cuarenta y cuatro, en esa relación de población está la diferencia en cuanto a cantidad de escritores y libros publicados.

Casi no hay revistas de divulgación cultural. Prácticamente no hay editoriales locales (hay dos o tres pero son más de autoedición que otra cosa), Planeta y Alfaguara algo publican. Abrirse camino (como en Colombia) exige una voluntad a toda prueba. Hay destacados autores de literatura infantil y varios grandes poetas. El narrador mas importante, Javier Vásconez, lo es porque ha pasado largas temporadas fuera de Ecuador y sus libros se venden mas en España que en su propio país. Obviamente, era invisible también a este lado de la línea imaginaria, hasta hace pocos meses cuando publicaron en Colombia su mas reciente novela. En ese momento, junto con otras personas, tuve el gusto de presentarlo en esos pequeños espacios que permite esta ciudad. Su editorial hizo lo habitual. Organizó un almuerzo con libreros para que lo conocieran y le consiguió algo de prensa. La tarea se cumplió, hay que decir que Javier se sintió bien recibido, pero, como ocurre con los autores colombianos allá, al no existir una dinámica permanente todo queda en un juramento a la bandera y los ecuatorianos siguen tan invisibles aquí como los colombianos allá.

Sin embargo, seamos optimistas y pensemos que este encuentro en la próxima Feria del Libro podrá servir para que alguien pueda encontrar alguna máscara de oro y platino escondida por ahí, entre los libros exhibidos en el pabellón del Ecuador.

(Publicado en Arcadia #67, abril de 2011)

jueves, abril 21, 2011

El precio de los libros... y el golf

Es el día del libro y ya viene la Feria del libro y los libros se ponen de moda por una corta temporada al año. La gente que normalmente no entra a una librería va a la feria y entra a las librerías. Es una época alta en la venta de libros. Hay familias que hacen su mercado anual bien sea comprando novedades, ediciones raras o simplemente buscando ofertas en los pabellones de descuento.
Pero, ¿es caro el libro en Colombia? Esta es una pregunta habitual en esta época. Y la respuesta corta es sí, por supuesto que los libros son caros en Colombia. Una edición nacional cuesta entre treinta mil y cuarenta mil pesos. O sea entre doce y dieciseis euros. Un librero español diría que no son tan caros, ya que en España cuestan entre quince y treinta. Pero el ingreso de un sin empleo en Madrid es de mil euros (pago por el paro) y el ingreso de un empleado de oficina en Bogotá puede ser quinientos, si le va bien. Entonces en esos términos absolutos y comparativos, el libro es caro.

Sin embargo.

Aceptemos el hecho de que los compradores de libros no son los mismos lectores de libros. Para leer libros solo hay que tener ganas. En Colombia contamos con una biblioteca muy buena llamada Luis Angel Arango y para leer solo hay que visitarla, o tener un carnet y pedirlos por correo. En cambio para coleccionar libros, que es lo que hacen (hacemos) los compradores, hace falta dinero. Un poco al menos. Y aquí entonces si tiene sentido hablar del precio de los libros.

Los compradores de libros, habitualmente, se encuentran en los sectores de clase media y media alta que pueden darse el lujo de ir de rumba los viernes y de vez en cuando entrar a un restaurante; gustos efímeros que cuestan mas que un libro, y el placer que produce el libro dura mas que un whisky o un plato de sushi. En ese punto es que las cosas se relativizan. ¿Los libros son caros respecto a qué? ¿Al pago del arriendo? ¿Al costo del mercado? Entonces surge otra respuesta corta: los libros son caros para el que no los usa.

Siempre tengo a la vista una pelota de golf que recogí donde un amigo que vive en medio de un campo de golf. Una pelota de esas creo que cuesta como dos mil pesos, un precio que no le hace mella a esos jugadores que pierden bolas en el patio de mi amigo (tiene una canasta como con quinientas que les ha secuestrado), ellos pueden comprar todas las que necesiten y ni siquiera se preguntan por su precio. En todo caso es poco dinero, sin embargo para mí es el producto más caro que existe, simplemente porque ni juego ni me interesa el golf. En cambio, un libro de treinta y dos mil pesos que tenga muchas ganas de leer no resulta caro, porque lo voy a usar y disfrutar durante unos días y guardarlo y volverlo a ver y consultar.

Los libros son caros para aquellos a los que no les interesa leer. Aunque se los vendieran a dos mil pesos les seguirían pareciendo caros. Como a mí la pelota de golf.

lunes, abril 18, 2011

Grafías americanas

Ilustración de Wilo

El español como lengua escrita tiene mil años de existencia. Durante la conquista española de América –1492 a 1560 aproximadamente–, el castellano apenas tenía 500 años de existencia. En nuestra región, la que va del norte del Perú hasta la Guajira se hablaban centenares de lenguas que pertenecían a cuatro troncos principales: quichua, arawak, caribe y chibcha. Ninguna de ellas se escribía.

Este fue uno de los factores que les sirvió a los invasores para autoafirmar su superioridad cultural. La conquista se hizo a nombre de un libro, la Biblia, y a nombre del emperador romano que autorizaba el usufructo de tierras que nunca pisó. En esa época, el alfabeto era sinónimo de ser letrado, civilizado, la élite podía leer, en cambio los ignorantes eran educados mediante imágenes; por esa razón la eclosión del arte religioso del renacimiento: esa maravillosa pintura y escultura. Las imágenes eran el lenguaje para darles a conocer a los ignorantes la sabiduría de Dios, el temor al pecado (por ejemplo en los cuadros de El Bosco), el infierno y el paraíso.

Por eso, los civilizados conquistadores entre los cuales –a propósito–, sólo leían y escribían más o menos la mitad, consideraron a estas sociedades inferiores por no tener una escritura basada en el alfabeto. Era tal la importancia que daba la Corona castellana a la memoria escrita que en toda expedición iba un escribano que anotaba la bitácora del viaje y junto con el tesorero daba cuenta de los resultados económicos, culturales y geográficos de la expedición.

Sin embargo en América si había maneras de memorizar la vida espiritual de los pueblos. Se guardaba mediante grafismos, pinturas en tela, en cerámica, como figuras en oro y en algunas sociedades de recursos más complejos, mediante los códices aztecas y mayas y los tocapus incas que constituían una primera expresión gráfica en camino de convertirse en un lenguaje escrito.

Los dominadores y sus celebrantes ocultaron esto, destruyeron sus vestigios, los negaron porque era más cómodo construir una versión del salvaje que no sabía lo que tenía y por tanto era más fácil despojar. Entonces, la escritura se convirtió en una ventaja cultural, una diferencia entre lo salvaje y lo civilizado. Y esa ventaja cultural fue definitiva para consolidar el proceso de conquista y legitimación de lo conquistado.

El castellano no sólo sirvió para escribir El Quijote (a comienzos del siglo XVII), sino también para justificar, reafirmar y esconder las iniquidades cometidas durante el siglo XVI.

Sobre este y otros temas que ya he mencionado y voy a seguir mencionando en este blog, estamos trabajando con un equipo muy amplio en Colombia y Ecuador. Entre todos los que estamos ahí estamos preparando una serie de televisión de doce horas de duración titulada: A la conquista de la historia. Una serie en la que un equipo de rodaje adopta la forma y los compromisos de una expedición que se adentra en la jungla de las interpretaciones históricas, el diálogo con los especialistas, las dificultades económicas, los odios y los afectos que un proyecto como este suscita.

jueves, abril 14, 2011

Consejitos 2

Las obras de imaginación sobresalen por su fascinación y deleite; por su capacidad de atraer y conservar la atención. Es un libro bueno en vano aquel que el lector abandona. Solo es maestro aquel que mantiene la mente en complaciente cautiverio; cuyas páginas se leen atentamente y con fruición y que se vuelven a leer con la esperanza de un renovado placer; y cuya conclusión se anticipa con la tristeza con la que el viajero mira hacia el día de la partida.

Samuel Johnson

(Incluido en Alquimia de Escritor)

martes, abril 12, 2011

Matones en red

Algunos columnistas de la prensa colombiana se han referido al tema en muchas ocasiones: los anónimos comentaristas de la opinión periodística. Aquellos que firman como RVGz5 o cualquier seudónimo pensado para ser lo mas anónimo posible (como si no bastara).

Estos comentaristas son básicamente intolerantes con la opinión de la persona que firma la columna y con los otros comentaristas. Son como barras bravas virtuales que se agreden entre si.

Sin embargo, hay otros comentaristas que parecen obedecer a la misma mano que redacta pero que se presenta bajo diferentes seudónimos, muchas veces con un nombre reconocible, como para hacer creer que son muchas personas las que están en desacuerdo con el columnista cuando en realidad es la misma siempre. Para que su existencia sea posible, existen programas que facilitan la actividad de influir en la opinión pública.

Se trata de los programas de manejo de perfiles personales. Existen de muchos modelos y servicios, pero todos sirven para lo mismo. Ayudan a crear perfiles creíbles. Con estos programas una sola persona puede bombardear los foros de opinión, los periódicos en red, defender una gestión política o proteger la imagen de una empresa comercial, y dar la impresión de que se trata de muchas personas desde diferentes direcciones electrónicas.

Para los lectores habituales de columnas (soy uno de esos) en la prensa colombiana, es evidente que los columnistas, por inmensa mayoría están peleados con el legado del expresidente Uribe (falsos positivos, corrupción, chuzadas, y un largo eccétera); por eso cada columna de estas que navega como un pequeño tiburón en las aguas infestadas de orcas, lleva prendidas una serie de rémoras opinadoras que atacan con beligerancia las opiniones del columnista de turno.

A mitad del segundo mandato del ex presidente Uribe surgió una información que pronto fue diluida, pero que mencionaba la existencia de una oficina para manejar opinión publica. Esta oficina habría estado formada, en aquel entonces, por una empresa de comunicación de otro país, la Vicepresidencia de la República y un organismo con sede en Washington. ¿Su función? Generar rumores y ofrecer apoyo a la gestión de gobierno a través de la manipulación de encuestas, rumores, y opinión guerrilla. Es decir, me subo a un taxi y dejo caer una opinión de apoyo mas o menos razonada, el taxista la repite y así. Lo mismo con las columnas de opinión. Ya que los columnistas a favor son pocos mandemos un comando virtual que responda bajo la premisa de la promesa única: seguridad democrática y hay que acabar a la far, todo lo demás son detalles. Para lograrlo no se necesita un ejercito de empleados; con veinte personas circulando rumores como oficio ocho horas al día y salario mínimo es suficiente.

En la red es probable que una cantidad similar de comentaristas de pie de columna, con recursos informáticos adecuados que les permitan sortear los filtros de identificación IP, sean suficientes para hacer creer que existe un ejercito intelectual (es una manera de decirlo, porque el lenguaje que usan ofendería a un atracador callejero) defendiendo la causa del “presidente mas popular de todos los tiempos”, como les gusta repetir a estos matones virtuales.

Ahí están. Basta leer una columna que ponga en duda alguno de los muchos aspectos oscuros de los ocho años del “uribato” y verán surgir como fieras las palabras de estos comentaristas. El problema es que los programas de manejo de perfil solo pueden esconder el origen IP de los correos; pero la sintaxis los delata: no son muchos pero sí muy violentos.

lunes, abril 04, 2011

A propósito del Ecuador

(Y a propósito de la Feria del Libro de Bogotá, en la cual Ecuador es país invitado)

Entre las muchas influencias que me quedaron del Ecuador está mi interés por su cultura mestiza y la escultura quiteña. Sobre ella surgió un día este cuento, publicado en mi libro Cincuenta agujeros negros.

El imaginero

El taller del indio Quishpe era el centro de atención de los transeúntes que recorrían la Plaza de San Francisco. De allí salían las imágenes más piadosas, los gestos más realistas, las miradas más dulces, las vírgenes más perfectas.

El Indio Quishpe era mal querido entre los demás maestros artesanos e imagineros. Una leyenda, conocida desde Lima hasta Santa Fe, se había forjado alrededor de su nombre. Decían que atormentaba a sus modelos humanos para tallar el gesto de dolor de los crucificados. Que seducía a las mujeres para conseguir el éxtasis en las imágenes de santas y beatas.

El Indio no hacía caso a las habladurías y se dedicaba a su trabajo de manera obsesiva. Sin embargo su gesto cada vez era más adusto y amargo. Como si la belleza se escurriera de sus manos. Como si un gran peso le oprimiera el alma.

Entonces fue cuando el Santo Oficio me ordenó que llevara a cabo una investigación preliminar.

Me acerqué a su taller una tarde y lo sorprendí con la gubia en las manos, una escultura del Nazareno recién terminada en madera y su rostro cubierto de lágrimas. La actitud adolorida del indio Quishpe me recordó las inútiles discusiones que aún se daban en algunas facultades de teología en Europa acerca de si los habitantes del Nuevo Mundo tenían o no tenían alma.

El indio Quishpe reconoció en mi hábito y en mi actitud, la autoridad del Santo Oficio. Asunto que lo hizo temblar aterrorizado mientras se inclinaba ante mí.

Creo que mi decisión fue correcta. Mientras veía su cuerpo arder en lo alto del mástil cubierto con sebo de animal, mientras veía achicharrar sus carnes sin que saliera de sus labios una sola palabra de arrepentimiento, pensaba en que la razón estaba de mi lado.

El suyo era un caso asimilable a la brujería.

El Indio Quishpe hacía sus esculturas tan perfectas que estas cobraban vida y se veía obligado a matarlas para poder colgarlas en las iglesias.

sábado, abril 02, 2011

Una revista en Ecuador

Llegué a Ecuador en 1982 con una esposa ecuatoriana y tres hijos colombianos. Iba a quedarme un año o dos a lo sumo y me quedé veintidós. Mis hijos se hicieron más ecuatorianos que colombianos aunque todavía sufren con el pasaporte colombiano (la mayor no, porque ahora es austriaca). Llegué allá por culpa del amor y un poco cansado de las envidias de algunos escritores colombianos que me habían atacado un año antes por haber ganado un importante (para aquella época) premio para libro de cuentos. Iba dispuesto a quedarme hasta que terminara mi siguiente libro, pero tuvieron que pasar casi siete libros antes de que pudiera regresar (hace siete años).
Cuando llegué a Quito, me llamó la atención el solipsismo de los escritores ecuatorianos. El mundo, para bien y para mal, terminaba en sus fronteras. Pocos eran conocidos fuera de su país (y casi que de sus ciudades) salvo por la revista Casa de la Américas o una que otra traducción en Europa. Sus referencias tampoco eran frescas. Seguían hablando de los autores que habían leído en la Universidad en la década del sesenta y parecían poco atentos a lo que pasaba en el mundo.

Todo esto lo supe porque otro colombiano, Jaime Zalamea, había recibido el encargo de hacer la revista dominical del nuevo diario HOY de Quito. Me llamó y durante casi tres años tuvimos un tren eléctrico con el que nos divertimos haciendo lo que nos daba la gana (en términos editoriales). En ella escribí bajo al menos cinco seudónimos diferentes incluyendo uno de mujer que llegó a tener cierta trascendencia: Patricia Campbell.

Escribía bajo tantos seudónimos porque los escritores ecuatorianos colaboraban muy poco con la revista. Les fastidiaba que un par de colombianos la hicieran y no la hicieran tan mal después de todo. No nos despreciaban, simplemente éramos invisibles para ellos. Nuestro trabajo no tenía importancia porque de cierta forma provenía de fuera, del más allá de los barrios de Quito. Era la primera revista dominical de un periódico que asumía la modernidad intelectual. Con una mirada puesta sobre lo que ocurría en el mundo a una velocidad que solo más tarde permitiría el Internet. ¿El secreto? Mi familia y mis amigos que me mandaban cumplidamente revistas de cine inglesas y norteamericanas, revistas literarias francesas y sobre todo el ojo que teníamos con Jaime para encontrar temas y textos en los rincones de los libros que leíamos, en los rincones de la prensa que revisábamos.

Al cabo de los años (tres o cuatro) nos cansamos y dejamos el espacio para que viniera un grupo de escritores locales que hicieron un proyecto diferente pero también muy atractivo, La liebre ilustrada.

En todo caso esa fue la primera de varias experiencias culturales que llevé a cabo en Ecuador.

Durante los muchos años en que viví allí hice programas de radio, películas y videos, organicé conciertos, fundé un bar de salsa (Seseribó) junto con mi mujer y un par de amigos; realicé exposiciones, presenté mis libros al honorable público local cada vez que fueron editados en Colombia. Hice, o participé, al menos en otras cuatro revistas. Al mismo tiempo mantuve el bar o el bar me sostuvo a mí y a muchos de mis proyectos culturales; experiencias aprendidas al estado cantinero latinoamericano que paga con los impuestos al alcohol gran parte de los presupuestos de educación. Tal vez por eso resulta irónico que el bar todavía exista, en cambio las revistas no.

miércoles, marzo 30, 2011

Novelas de Caballería y novelas de conquistadores

Los primeros cincuenta años de la conquista española fijaron para siempre un imaginario histórico: el de unos caballeros en armadura que surgían de la selva con la barba poblada de piojos y una espada inoxidable con la cual degollaban a diez mil indios antes de hacer una fogata y poner a asar a un venado recién cazado.
Este imaginario se construyó a través de las narraciones de los propios caballeros y aventureros. Esos documentos, llamados probanzas, eran la crónica de sus actos aguerridos en favor de la corona y se dirigían al rey. En ellas la palabra más utilizada era pacificar la tierra. Es decir, hacerla obediente a su majestad y para pacificarla había que matar muchos habitantes nativos, o tomarlos prisioneros, o violar a las mujeres o casarse con ellas, o negociar con las capas altas, lo que fuera necesario con tal de demostrar resultados que impresionaran al ubicuo lector de probanzas.

Obviamente las probanzas eran como los blogs, solo muy pocas gozaban del favor de ser leídas por alguien y sobre todo muy escasas llegaban a los ojos del rey. Tal vez por esa dificultad es que sus autores magnificaban el tamaño de sus proezas.

En ese momento: comienzos del siglo XVI, todavía se leían con dedicación las novelas de caballerías. Eran textos populares en la corte y en los mercados. Se leían en la privacidad de los aposentos, como los de don Alonso Quijano, y en voz alta en los lugares públicos. Esas novelas están llenas de superlativos.

Yo, por suspuesto, solo he leído con cuidado la mejor de ellas, El tirante el blanco, pero me sirve para ilustrar mi punto. Los autores de las probanzas agrandaban el tamaño de sus gestas porque las novelas de caballerías hablaban de actos inauditos; el caballero blanco liquidaba en un solo día a diez mil sarracenos, se acostaba con varias doncellas y consumía un banquete que podía intoxicar a cien soldados. Claro que Tirante es una novela realista dentro del género. En general, la gran mayoría solo hablaba de gigantes y enormes ejércitos y monstruos y cosa extraña sin fin.

Por eso, tal vez, es que las probanzas sobre la conquista española están llenas de descripciones de batallas en las que veinte españoles pueden liquidar a diez mil indígenas, luego bautizar medio millón y de esta manera apoderarse de miles de hectáreas de tierra pacificada para su majestad. Este lenguaje se morigeraría con la llegada de la encomienda en la cual las probanzas debían dar explicaciones realistas sobre el destino de los indios a cargo.

Sin embargo, la historia de la conquista que se construyó a partir de las primeras probanzas está permeada por una gran cantidad de mitos. Novelas de caballerías en tierra americana.

martes, marzo 29, 2011

Un editor habla del libro en el mundo digital

Antoine es el tercer editor de la saga familiar de una marca legendaria, Gallimard. Esta editorial es famosa entre muchas otras razones (Gide, Proust, y un largo eccétera), por haber creado la serie negra, que a su vez casi bautizó el género negro policiaco y por haber absorbido una gran colección editorial: la Pléiade. Esta última es una creación del editor Jacques Shiffrin quien en 1933, ante una necesidad de crecimiento se la vendió al primer Gallimard, Gastón, quien lo mantuvo como director de la colección hasta que terminó por echarlo, durante la Segunda guerra mundial, para quedar bien con las autoridades nazis de ocupación. Pero bueno, así suele ser el lado oscuro de los grandes personajes y que los herederos nunca quieren recordar.
Hoy este tercer Gallimard, que considera que un editor se carateriza por la paciencia, responde a un largo cuestionario sobre la vida del libro en la era digital.
A continuación incluyo algunos fragmentos escogidos por mí (RRV) acerca del gran interrogante ¿Cómo ve un gran editor el porvenir del libro?




Jacques Shiffrin
Antoine Gallimard:
No me preocupa el lugar del libro en el futuro. Estoy seguro de que seguirá siendo extremadamente importante. El libro digital, lejos de suponer el fin del libro, es una nueva oportunidad para este. Un libro no es simplemente una alineación de caracteres, una maquetación, unos capítulos..., y el libro digital no hace más que añadir un cuerpo nuevo, un peso nuevo al libro tradicional. El libro digital, como la fotografía, permite una gran flexibilidad: diferentes formatos, reimpresiones limitadas. Por lo tanto, es una oportunidad para enriquecer el catálogo y mantener los libros vivos. Creo que el porvenir del libro depende a la vez de los editores y de los autores. Para ejercer este oficio no solo hay que amar la literatura, sino también a los escritores y a la gente, al público. Es un oficio que surge del afán de compartir, a través del libro, universos secretos.
(...)
La cuestión sería saber si nuestra civilización (...) va a sufrir una especie de regreso a la Edad Media y a convertirnos en monjes en sus monasterios o, al contrario, vamos a saber dirigirnos al gran público. No hay que temer la desaparición de un cierto tipo de lector: sigue habiendo escritores muy exigentes, como Javier Marías en España, con un gran éxito de ventas. Pero también ha habido una gran distancia entre escritores como Borges u Octavio Paz y la literatura que "llega" al gran público. No hay fatalidad en estas cosas. Podríamos preguntarnos si ese gran público va a dedicarse exclusivamente a Facebook o va a seguir leyendo. Yo estoy convencido de que seguirá habiendo lectores. La literatura siempre ha sido algo precioso: extremadamente frágil y, a la vez, asombrosamente resistente. No, no hay que temer su desaparición, ya la hemos visto sobrevivir al surgimiento de los nuevos medios de comunicación; pero tampoco debemos esperar que se extienda.
(...)
En el oficio de editor hay que saber amar, pero también hay que saber elegir. No hay que ponerle límites al gusto literario. Siempre hay que buscar, como busca un pescador, pero también hay que conocer y dejar que lleguen las mareas en lugar de intentar atraerlas.
(...)
La revolución digital es una revolución tecnológica, basada en la rapidez con la que podemos captar contenidos. Lo importante es saber si esta revolución va a transformar el comportamiento del lector o del imaginario del escritor. Yo no creo que eso suceda, del mismo modo que ni la radio ni la televisión transformaron nada en ese aspecto. El peligro no es lo digital: como dije antes, la edición digital es una oportunidad. El auténtico peligro es la gratuidad. No se trata de culpar a Internet sino a la piratería. Estamos trabajando en crear una colección digital que sea atractiva para los jóvenes, no demasiado cara. Gallimard ha entablado procesos judiciales contra servidores de acceso como Orange, para que dejen de alojar sitios en los que la gente sube ilegalmente libros de la editorial. Y hemos conseguido que se cierren esos portales, pero a la vez Orange nos ha atacado en nombre del libre acceso. Como presidente del SNE [Sindicato Nacional de la Edición], actualmente lucho por los derechos de la explotación digital y por conseguir una ley que asegure el control de precios del libro digital, tanto para preservar el valor del libro, de la creación y de la edición como para proteger a los libreros y a los escritores.
(...)
En Estados Unidos, el mercado digital empieza a ser importante. En Francia, por ahora, supone menos del 1%. Encontramos en él muy poca literatura, y apenas libros de arte. Sin embargo, hemos digitalizado nuestro catálogo para que las obras estén más disponibles, lo cual nos facilita también la capacidad de reacción a la hora de editar. En 2007 se instaló en Estados Unidos la primera máquina pública de "libro expreso", que permitía al usuario la impresión y encuadernación "a la carta" de un libro en cuestión de minutos. Sin duda, el libro digital facilita muchas cosas; por ejemplo, las devoluciones de las librerías suponen una gran dificultad para el editor, pero el libro digital soluciona el problema del almacenamiento.
(...)
El libro digital nos preocupa porque puede suponer, sobre todo, la desaparición de los intermediarios naturales entre el lector y el autor. Y se teme que esto arrastre toda una conmoción, un cambio radical en el mundo del libro. Que ya no haya necesidad de editores o de libreros. Yo creo, al contrario, que puede producirse un retorno a ciertos valores tradicionales, un rechazo a la idea de que nuestra vida gira en torno al dinero, del mismo modo que ya existen movimientos alternativos de reacción contra la comida rápida de mala calidad o contra el consumismo compulsivo, especialmente a raíz de la crisis económica. Esta es mi apuesta.

miércoles, marzo 23, 2011

Sensibilidad

Era el verano de 1978. Hacía sol y en el taller la Huella, un lugar para el desarrollo del arte gráfico, el tiempo se iba en volutas de humo de marihuana, largas partidas de ajedrez, y divertimentos con una cámara de video que un amigo venezolano nos había dejado a cambio de unos grabados. Aparte, claro está, hacíamos fotografías, pinturas, grabados y serigrafías. Tratábamos de ser artistas serios.

Aquel año se conmmoraba el quincuagésimo aniversario de la huelga de las bananeras y el Soldado Benavides, un compañero del Moir, apareció por el taller a ver en que podíamos aportar para la celebración. Rodrigo Arenas Betancur había ofrecido una escultura que se pondría en el centro de la plaza de Ciénaga, muchos artistas estaban preparando algo, según el Soldado; y ya saben, dijo, hasta García Márquez escribió sobre el asunto en Cien años de soledad: así que ustedes compañeros qué se ponen.

Los miembros del taller se miraron entre sí con gesto burlón, así que yo tomé la iniciativa y los convencí de que hiciéramos algo; que tal una valla de doce metros de ancho para poner en Ciénaga.

Poco a poco el grupo se entusiasmó y el soldado prometió conseguir ayuda. El sindicato de los empleados bancarios financió la lata y las pinturas y durante dos meses el taller trabajó más con la dedicación de pintor que con las técnicas industriales de las vallas publicitarias. Representaba a un grupo de trabajadores agrícolas enarbolando machetes y en actitud de rebeldía.El resultado fue un enorme cuadro hecho a muchas manos que al Soldado y al secretario de la mesa directiva del sindicato les pareció demasiado "artístico".

La mesa directiva del sindicato se dividió acerca del uso que debían darle a la valla, unos querían mandarla a Ciénega pero finalmente un sector (poco interesado en lo artístico) logró hacer que se quedara en la sede del sindicato, con el argumento que la lata era propiedad de todos los compañeros bancarios. Fue exhibida cuatro días, durante los actos de conmemoración de la masacre de las bananeras y al quinto día  fue mandada a cubrir de blanco y encima escribieron las siglas del sindicato, en letra muy grande y la leyenda "Por la unidad del trabajador bancario" o algo así.

sábado, marzo 19, 2011

El tesoro desaparecido

El término El Dorado es uno de los más manoseados en la cultura colombiana. Hasta el aeropuerto de Bogotá se llama así. Es un concepto sin contenido, asociado a la laguna de Guatavita, al oro de los muiscas (chibchas diría un ciudadano de a pie) y al imaginario de la conquista española, plagado de armaduras en la selva y caballos atropellando indios.

Llevo más o menos un año investigando y escribiendo una serie de televisión sobre la conquista en el siglo XVI en la región comprendida entre el imperio Inca (Quito) y la región Caribe (Gobernación de Santa Marta). Una de mis fuentes obligadas fue visitar al lugar donde los restos del posible El Dorado reposan: el Museo del Oro del Banco de la República. Hacía años que no lo visitaba, en parte por la remodelación, en parte porque uno cree que ya no hay nada que ver allí. Pero no es así; esta vez la experiencia, a la luz de mis lecturas recientes, fue enriquecedora (aunque la nueva museografía también ayudó).

Durante los primeros cincuenta años de conquista los aventureros castellanos que asolaron estas tierras se limitaron a recoger el oro de las tumbas, el de las ofrendas, el de los adornos de los jefes y shamanes. Salían daban una vuelta y volvían con tres mil pesos de oro fino y dos mil de oro bajo (Tumbaga). Lo mandaban fundir, lo marcaban y separaban la parte del emperador romano, lo echaban en el arca comunal y se lo repartían al final del recorrido.

Muchas piezas, adornos, fragmentos de oro fueron entregados como presentes respetuosos a los recien llegados. Eran costumbres civilizadas de atender a los inesperados (o no tan inesperados) visitantes. El resto fue arrebatado por los maleducados aventureros que donde había amabilidad veían sometimiento, donde había ofrendas veían derechos adquiridos. De hecho un conquistador famoso de nuestra historia, Nicolás Federman, creía que los habitantes americanos eran invasores y él un encargado de recuperar estas tierras a nombre de su verdadero dueño, el emperador romano.

Bajo esa perspectiva resulta insoportable pensar cuantas figuras primorosamente trabajadas desaparecieron en el crisol de la conquista. Cuantas máscaras, balsas muiscas, sapitos, pajaritos, y otras figuras votivas desaparecieron en las faltriqueras de los conquistadores. Entonces, bajo esta mirada, el museo deviene en testimonio de lo que no podemos ver, porque lo que quedó –lo que podemos ver– fueron las migas del banquete donde se festinó el lenguaje de una y muchas culturas.

martes, marzo 15, 2011

De Roberto Calasso...

El mundo, en virtud de una especie de enorme alucinación, intoxicado por la telemática, se hace preguntas más bien vacuas acerca de la supervivencia del libro. Mientras el fenómeno grandioso que está frente a nosotros y que nadie menciona es de índole bien distinta: la alta, inédita concentración de potencias que se ha condensado, y se sigue condensando, en el acto de leer. Que frente a los ojos haya una pantalla o una página, que por ella discurran números, fórmulas o palabras, no modifica sustancialmente el hecho: se trata en todos los casos de lectura. El teatro de la mente parece haberse dilatado, para acoger prolíficas hileras de signos en espera, incorporados en esa prótesis que es el ordenador. Sin embargo, con supersticiosa seguridad, todos los sortilegios y todos los poderes son atribuidos a aquello que aparece sobre la pantalla, no a la mente que lo elabora y que, ante todo, lo lee.
(En Alquimia de escritor)

lunes, marzo 14, 2011

Consejitos 1

Creo que para escribir buena prosa hay que tener buen oído o, por lo menos, conocer las reglas de versificación, para evitar que se deslicen versos en la prosa. Porque surge un desagradable cambio de ritmo cuando en la prosa aparece un verso bien acentuado.

Adolfo Bioy Casares

domingo, marzo 13, 2011

El poder y la gramática

Cuenta Malcom Deas en su ensayo sobre el poder y la gramática, que Miguel Antonio Caro se burlaba de sus enemigos políticos por su forma de hablar y de escribir. El general Rafael Uribe Uribe, harto de esa prepotencia contrató a un profesor de latín que le ayudara a dominar el idioma. A los tres meses de su aprendizaje (era muy eficiente el General en sus tareas) durante un discurso en el congreso hizo una cita en latín. Obviamente el gramático Caro comentó de inmediato lo mal que pronunciaba las palabras el aprendiz de latinista y se burló jocosamente de su ignorancia acerca de dónde estaba el acento en el olvidado idioma.

Aquella forma de arrogancia que los gramáticos dejaron para la cultura política nacional era una forma de ejercer poder que hoy podríamos denominar "descrestar calentanos", pero al menos utilizaban el lenguaje con corrección en sus alegatos acerca de transformar un país con estructuras coloniales en una democracia moderna. Asunto que en medio de tanta retórica les quedó a medio hacer. Tal vez por eso, hoy la elocuencia parlamentaria resulta escasa como escasos son los congresistas que sepan leer y escribir algo más que pactos, micos y componendas. Esos cambalaches que sostienen los privilegios coloniales intactos: latifundio e inequidad.

La palabra era depositaria de poderes inconmovibles. La gramática se apoderó de la presidencia de Colombia durante casi cincuenta años y otro gramático le impuso al país una constitución que rigió durante 105 años. Nada mal para un grupo de intelectuales.

Ahora la gramática como arma política ha decaído hasta el asco. Ahora está en manos de tipos como el innombrable ex asesor (da mala suerte citar su nombre) y columnista defensor de la herencia uribista. Un tipo que exhibe un matonismo retórico con el que sueña liquidar moralmente a sus oponentes mientras trata de crear un pedestal a su vanidad.

Probablemente aquellos grámaticos nuestros del siglo XIX y comienzos del XX, a los que este año se les dedica un homenaje en cabeza del ilustre cervecero y filólogo Rufino José Cuervo, se estarán revolcando en las páginas de sus diccionarios al ver la triste sombra en que se convirtió su arrebatada retórica.

martes, marzo 08, 2011

Columnas frescas

Habitualmente, leo con sumo placer la columna de Antonio Muñoz Molina en Babelia. Este domingo (o sea hace varios domingos) escribe sobre pasados y presentes lejanos. Se trata de los diarios escritos por diversos autores, a lo largo de los últimos trescientos años. El motivo, o la suerte de encontrarlos reunidos, es una exposición en Nueva York sobre el tema: El diario, tres siglos de vidas privadas. The Morgan Library Museum.

Los columnistas que escriben sobre temas culturales o literarios son un descanso en la prensa, pero no abundan los que realmente lo hagan bien. Bueno, hay que decirlo, tampoco abundan los buenos columnistas que hablan de politica, o de deportes. La inteligencia en la prensa escasea; corrijo, no la inteligencia, sino la discreción, la pertinencia.

Mas allá de lo atractivo que resulta lo que escribe o sobre lo que escribe Muñoz Molina, surge una reflexión. A veces los comentaristas culturales tienden a caer en una suerte de endogamia, o casi autocanibalismo al escribir para la prensa. Son esos columnistas que terminan hablando de sus propios libros, de sus conferencias, de sus sus y sus, cosas. O sea de aquellos temas que interesan principalmente a ellos mismos. Ser impertinente es una condición del columnista vanidoso que habla mas de si mismo que del mundo que lo rodea. Por eso resulta reconfortante ese tipo de columnistas culturales que, como Muñoz Molina, pueden contarnos algo fresco cada domingo sin necesidad de mirarse el ombligo.

Puede jugar a su favor el hecho de que Muñoz Molina viva y escriba desde Nueva York, puede ser, o también que sea un buen lector, un lector curioso que persigue los secretos de la escritura en cuanto asunto lee.

Esa tal vez sea la razón de sus aciertos.

martes, marzo 01, 2011

El editor moderno y los autores no

Umberto Eco nos propone las cartas de rechazo que escribiría el editor moderno promedio ante la obra de cuatro libros y autores clásicos.


Umberto Eco: "lamentamos comunicarle que su libro…"


La Biblia
Debo decir que cuando comencé a leer el manuscrito, y durante las primeras cien páginas, me sentí entusiasmado. Es pura acción y tiene todo lo que el lector de hoy exige de un libro de evasión: sexo (muchísimo), con adulterios, sodomía, homicidios, incestos, guerras, desastres, etcétera.
El episodio de Sodoma y Gomorra, con los travestis que pretenden violar a los dos ángeles, es rabelesiano; las historias de Noé son el más puro Salgari; la fuga a Egipto es una historia que tarde o temprano acabará por ser llevada al cine… En suma, la verdadera novela-río, bien construida, que no ahorra efectos, plena de imaginación, con esa dosis de mesianismo que agrada, sin llegar a lo trágico.
Después, más adelante, advertí que se trata, en cambio, de una antología de varios autores, con muchos, demasiados, trozos de poesía, algunos francamente lamentables y aburridos, verdaderas jeremiadas sin pies ni cabeza.
Resulta así un engendro monstruoso que corre el riesgo de no gustar a nadie porque tiene de todo. Además, será un fastidio establecer los derechos de los distintos autores, a menos que el representante de todos ellos se encargue de eso. Pero el nombre de tal representante no lo encuentro ni siquiera en el índice, como si hubiera cierta reserva en nombrarlo.
Yo diría que hay que tratar de ver si se pueden publicar separadamente los primeros cinco libros. En tal caso marcharíamos sobre seguro. Con un título como "Los desesperados del Mar Rojo".

Kafka, Franz
El Proceso
No está mal el librito, es policial, con momentos al estilo de Hitchcock: por ejemplo, el homicidio final, que tendrá su público.
Sin embargo, parecería que el autor lo escribió bajo censura. ¿Qué significan esas alusiones imprecisas, esa falta de nombres de personas y de lugares? ¿Y por qué el protagonista está bajo proceso? Aclarando más tales puntos, ambientando en forma más concreta, dando hechos, hechos, hechos, la acción resultaría más límpida y más seguro el suspenso. Estos escritores jóvenes creen hacer "poesía" porque dicen "un hombre" en vez de decir "el señor Tal a tal hora en tal sitio". En síntesis: si se le puede meter mano bien; de lo contrario, devolver.

Proust, Marcel
En busca del tiempo perdido
Es, sin más ni más, una obra comprometida, quizá demasiado larga: pero puede venderse haciendo una serie de pocket. Tal como está no anda. Hace falta un vigoroso trabajo de editing. Por ejemplo, hay que revisar toda la puntuación. Los periodos son harto fatigantes, hay algunos que ocupan toda una página. Con un buen trabajo de redacción que los reduzca a dos o tres líneas cada uno, con una más frecuente utilización del punto y aparte, el trabajo seguramente mejoraría. Si el autor no estuviera de acuerdo, mejor será no editarlo. Tal como está, el libro resulta… ¿como diré?: bastante asmático.

Kant, Emanuel
Crítica de la razón práctica
Di a leer este libro a Vittorio Saltini, quien me informó que el tal Kant no vale gran cosa. De todos modos, yo también le eché un vistazo: un texto no muy voluminoso sobre moral podría andar en nuestra coleccioncita de filosofía, pues no es improbable que lo adopte alguna universidad. Pero sucede que el editor alemán nos ha comunicado que debemos comprometernos a publicar no solo la obra precedente, algo extensa (dos tomos por lo menos), sino también lo que Kant está preparando, no sé si sobre el arte o el juicio. Las tres llevan títulos muy parecidos: o se las vende en un estuchecito (a un precio inaccesible para el lector) o en las librerías las confundirán unas con otras y la gente dirá "Esto ya lo leí". Sucede como con la Summa de cierto dominico, que comenzamos a traducirla y después tuvimos que ceder los derechos porque costaba demasiado.
Y todavía hay más. El agente literario alemán me ha dicho que habría que comprometerse a publicar también las obras menores de Kant, que son unas cuantas y entre las cuales hasta hay algo de astronomía. Anteayer traté de comunicarme telefónicamente con Konisberg, para ver si se podría llegar a un acuerdo sobre un solo libro y la empleada por horas me respondió que el señor no estaba y que no telefoneara nunca entre las cinco y las seis porque a esa hora el señor salía a dar su paseíto y tampoco entre las tres y las cuatro, porque a esa hora el señor hacía la siesta, y así por el estilo. Yo no cerraría trato alguno con gente de esa calaña: las pilas de libros se nos van a dormir en el depósito.

domingo, febrero 27, 2011

Sobre chicos buenos y chicos malos

Publiqué esta nota en este blog hace algunos meses. La rescato hoy, cuando se confirma la muerte de Steve Jobs. Quisiera decir algo más, pero creo que con lo dicho es suficiente. Se fue el jefe de los chicos buenos.


Pertenezco a una secta, perdón, no; más bien a una religión integrada básicamente por chicos buenos llamada Apple, su máximo gurú se llama Steve Jobs y desde 1985, cuando compré mi primer Apple II no he dejado de tener sobre mi escritorio un aparato de escritura identificado con la manzanita. He visitado la famosa tienda de la Quinta Avenida, y al entrar bajo su pirámide de cristal lo he hecho como cualquier católico lo hace al entrar al Vaticano, con alegría y reverencia. Actualmente en mi casa hay tres portátiles, además hay un Ipod y un Ipad, todos ellos con el loguito de mi iglesia favorita.

Mi mujer –una conversa–, al principio se burlaba de mi fanatismo. Poco a poco fue inclinándose ante la realidad de la gran manzana y fue renegando de la secta presidida por el demonio de Bill Gates, el jefe de los chicos malos. También poco a poco y sin necesidad de mayor proselitismo logré convencerla de unirse a nuestra religión (que ahora es un asunto familiar); vamos el domingo al templo, lo que puede significar ver series de televisión juntos en la pantalla del Apple donde hemos trabajado toda la semana.

Ella a veces se molesta con los directores de arte de las películas, probablemente correligionarios, que consiguen que en los escritorios de los personajes inteligentes siempre haya un Apple, mientras que en los escritorios (más bien mesas de comedor cutres) de los personajes sórdidos a lo mucho haya un IBM. Esto que es un asunto de negocios (nada aparece en una película de alto presupuesto sin haber pagado una gruesa suma) de todos modos se reproduce en la realidad. Ya se sabe, la realidad puede que ya no imite al arte pero si imita al cine.

Una prueba: leo en El País una noticia sobre una banda de traficantes de sexo que usaban un completo sistema de ordenadores para controlar sus prostíbulos mediante cámaras activadas por Internet. Las fotos que ilustraban la noticia mostraban varios computadores portátiles en los cuales se veía la clásica imagen de las cámaras de vigilancia, con una pantalla dividida en cuatro que permitía observar la actividad de las habitaciones y salas de trabajo. Gracias a este centro de control los dueños de este ciberprostíbulo controlaban la facturación de las mujeres esclavizadas por ellos.

Obviamente los computadores que utilizaban estos chicos malos eran PC, con sistemas Windows y toda la tecnología que caracteriza a los chicos malos. Una prueba más de que Apple solo llega a las manos de gente buena, como los personajes de Stieg Larsson.