viernes, septiembre 14, 2012

El vidrio de la Librería Nacional

La Librería Nacional es uno de los puntos de venta que sirve de referencia para medir el posible éxito o fracaso de un libro nuevo en Colombia. Las editoriales calculan las posibilidades de éxito de una nueva publicación a partir del pedido que esta librería les haya hecho. Esta decisión es subjetiva y obedece, hasta donde sabemos, al olfato de su reponsable principal, Felipe Ossa, un librero con larga tradición, experto en el género del cómic, entre otros asuntos.

Probablemente ese gusto literario es el que se expresa en el vidrio de su librería en el aeropuerto del El Dorado, de Bogotá. En un viaje, hace un par de semanas, estuve un rato aguardando la hora de entrar a migración observando la vitrina de la librería y me llamó la atención la lista de los autores que habían ganado el raro privilegio de estar grabados en ese vidrio.

Por supuesto estaban los best sellers seguros, como Paulo Coelho, Dan Brown o J.J Benitez. Otros best sellers más respetables como Mario Vargas LLosa, Arturo Pérez Reverte e incluso Stephen King. Hay maestros que sobreviven a las periódicas olas del mercadeo literario como James Joyce, Tomas Mann, Edgar Allan Poe, Vladimir Nabokov o Franz Kafka. 

Entre los autores latinoamericanos se destacan Juan Rulfo, Ernesto Sábato y sorprende, en tan reducida lista, la presencia de Laura Esquivel, no tanto la de Isabel Allende, pero sí mucho la de Alfonsina Storni.

De los autores colombianos, aparte de García Márquez, solo alcancé a percibir a Walter Riso y a Plinio Apuleyo Mendoza, el primero un superventas de la autoayuda y por tanto de presencia obligada, el segundo seguramente un afecto personal de los responsables de la selección porque hasta donde sabemos sus ventas no son tan espectaculares. Entre los autores colombianos ya desaparecidos solo alcancé a ver a David Sánchez Juliao.

El vidrio de la Librería Nacioal no es un canon literario demasiado ortodoxo. Es una propuesta que ilustra un poco los criterios de funcionamiento de la librería. Una gran mesa de novedades y estantes dedicados a los éxitos de ventas garantizados. Pero de todos modos para los autores allí incluidos es algo así como que su nombre esté escrito en piedra. Esta vez escrito en vidrio.

viernes, agosto 24, 2012

Una de Hernándo Téllez

El patriotismo es el paraíso de los escritores mediocres, de los pintores y escultores insignificantes, de los críticos sin talento. Es el refugio natural y la natural defensa de quienes creen que una historia local, una geografía determinada, unas específicas instituciones políticas, un folclor acotado, pueden excusar toda insuficiencia en el arte. Pero desengañémonos no hay arte patriótico ni filantrópico, ni higiénico, sino arte, sencillamente arte.

(En Alquimia de Escritor

jueves, julio 12, 2012

Cuando el Rock era Blues


Hace cincuenta años, debutó una banda de Rythm and Blues en el Marquee, de Londres; un metedero donde los músicos blancos producían un sonido que hasta entonces solo se identificaba con el de los músicos negros. Esta banda se llamó y se sigue llamando The Rolling Stones.

The Rolling Stones
En ese tiempo irrumpía un nuevo sonido proveniente de Norteamérica, el Rock and Roll. Entre los interpretes de la nueva oleada de músicos había algunos que habían tomado las viejas tonadas de Memphis y las habían adaptado a sus voces y a su estilo. Uno de ellos y cabeza de playa de esa nueva generación, era Elvis Presley. Sin embargo, en inglaterra, los músicos blancos que interpretaban blues y jazz tenían ya algunos años trabajando; de hecho el cantante de The Rolling Stones, Mick Jagger trabajaba con Alexis Korner y su  banda de blues antes de formar su propia agrupación.

En Inglaterra, la lucha por los derechos civiles, el conflicto racial que por esos años hacía eclosión en Estados Unidos, no se vivía tan intensamente. Inglaterra, acostumbrada a sus dominios coloniales en el Pacífico Sur y en el Caribe, tenía muchos ciudadanos de origen afro y la segregación racial no existía, por lo menos tan marcadamente como en los EE UU durante los conservadores años sesenta.

Ian Stewart
La irrupción de una banda como The Rolling Stones, cambió el panorama musical, pero también influyó positivamente en la lucha por los derechos civiles de la población negra. Sin el Rock influenciado por el Jazz y por el Blues esto no hubiera sido posible tan rápidamente.

De la formación original de The Rolling Stones  en 1962, solo quedaron cuatro músicos, Keith Richards. Mick Jagger, Brian Jones y Ian Stewart. Posteriormente ingresarían Charlie Watts y Bill Wyman. Brian Jones fue asesinado por un albañil que hacía reparaciones en su casa, en 1969 y fue remplazado por varios guitarristas hasta que Ron Wood se quedó con su puesto. Bill Wyman se retiró hace unos pocos años y Ian Stewart, el llamado "sexto Rolling", nunca apareció en las fotos y videos, pero sí en los créditos de los conciertos y las grabaciones, hasta su muerte en 1985. Sin sus teclados el sonido de The Rolling Stones, durante estos cincuenta años, habría sido distinto.

martes, julio 10, 2012

Lady Gaga y el sudor

No es que sea muy juicioso, pero voy al gimnasio cada vez que puedo. Desde que entro hasta que salgo, suena una música trance o house, lo que se supone le sube a uno la adrenalina para hacer ejercicio. A veces hago spinning con un grupo de gente que pedalea conmigo como si se le fuera la vida en cada pedalazo y todo el tiempo estamos impulsados por el bom bom del equipo de sonido. Bueno, a mí me va muy bien hacer spinning. También subo a mi bicicleta normal y recorro calles con ella y como vivo en una falda de montaña el spinning me ha enseñado a trepar montaña aprovechando mejor mi energía. Pero en esta nota no se trata de que hable sobre las virtudes del deporte sino sobre la música que ponen en mi gimnasio (y por extensión, supongo) en todos los gimnasios.

 Yo no sé si es que no conozco lo suficiente de música house o trance, o lo que sea el sonido típico de la discoteca actual, pero me parece que el ochenta por ciento de la música que escucho en el gimnasio es interpretada por Lady Gaga. Y la que no es interpreptada por ella está llena de efectos discotequeros. Un bajo que retumba por todas las venas mientras uno suda y da pedalazos o trota en la cinta, o patonea en las escaladoras. Son mezclas caprichosas con las cuales los instructores marcan los ritmos del ejercicio. Dos minutos de Lady Gaga para subir, tres minutos de Lady Gaga para hacer fondo. Cuatro minutos de música indefinida para descansar.

Estos gustos musicales de los intructores de gimnasio están creando una extraña deformación en mi personalidad. Me han llevado a identificar el ejercicio con lentejuelas y zapatos de tacón extragrande.  Por eso, a veces, veo fotos de Lady Gaga y, como un ratoncito de laboratorio, ya me dan ganas de comenzar a correr en la cinta de ejercicio.

domingo, junio 10, 2012

Los cuentos de García Márquez

-->
-->
-->
Acaba de aparecer una edición de los cuentos completos de Gabriel García Márquez. Pareciera que a esta altura de la vida decir algo sobre esta obra es superfluo, y quizá lo sea; sin embargo, no puedo evitar una reflexión sobre estas piezas maestras de nuestro más conocido escritor.

En medio de tanta maravilla narrativa: Cien años de Soledad, El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera, etc, se puede olvidar que la obra cuentística de García Márquez es excepcional.

Gracias a algunos de sus cuentos, los del período reunido en Ojos de perro azul, García Márquez se dio a conocer ante el gran novelista y periodista Eduardo Zalamea Borda, quien como responsable de la página cultural de El Espectador fue el primero en publicarlos. En estos cuentos ya se anunciaban algunos de los temas y maneras de contar que GGM frecuentaría más adelante. Luego vendría un periodo de maduración en el cual se sentiría mucho la influencia de los autores norteamericanos. Son aquellos cuentos de  Los funerales de la Mama grande (1962). Este es el que yo llamaría su período anglosajón, la segunda etapa en su proceso personal. El registro de estos cuentos es muy diferente al de los primeros y también distinto al de La hojarasca (1955) y al Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, un texto que se desprendió de aquella novela y que fue rescatado por la revista MITO. Con estos cuentos y con El Coronel no tiene quien le  escriba (1961), GGM logró transmitir su mundo con esa sobriedad aprendida a Hemingway y a Fitzgerald, pero también al Faulkner cuentista. Asimiló todo lo que había que aprender sobre cómo componer un cuento leyendo a los grandes maestros de idioma inglés, que, hasta ese momento, eran los mejores exponentes del cuento moderno.

Pasaría un tiempo, una novela escrita también bajo esta influencia, La mala hora (1964), hasta que pudo encontrar su voz definitiva en Cien años de soledad (1967). Posteriormente haría unos cuentos de nuevo registro, muy personales en su tono de voz, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972). Este es el que podemos considerar su tercer momento como cuentista. Aquí todavía el mundo desbordado de Cien años de soledad está presente. La voz que se alza es la de un narrador en proceso de surgimiento que se expresará con toda su fuerza en  El otoño del patriarca.

El cuarto momento de las búsquedas de GGM en el cuento lo encontramos con sus Doce cuentos peregrinos (1992). En estos hay una libertad enorme al momento de componer esos relatos que narran otros mundos diferentes al del Caribe. Algunos incluso se expresaron primero como notas de prensa (o guiones) antes de encontrar su envoltura bajo la forma del cuento.

En estos cuatro momentos de la obra del GGM cuentista podemos encontrar o visualizar una búsqueda exigente. Una exploración sobre la manera de contar que nunca se conformó con los logros alcanzados y nunca se repitió ni se propuso escribir utilizando los descubrimientos hechos como una fórmula garantizada.

García Márquez siempre supo cual era el oficio fundamental del escritor: encontrar la forma perfecta de echar el cuento.

lunes, mayo 07, 2012

Escribir y correr




Haruki Murakami además de escribir novelas es un corredor de Maratón. Producto de sus reflexiones como escritor y atleta, es su libro De que hablo cuando hablo de correr (homenaje nada velado a Raymond Carver). De ese texto escogí el fragmento que incluyo a continuación.


"Soy consciente de que escribir novelas largas es básicamente una labor física. Tal vez el hecho de escribir sea, en sí mismo, una labor intelectual. Pero terminar de escribir un libro se parece más al trabajo físico. Por supuesto que, para escribir un libro, no es necesario levantar grandes pesos, ni correr muy rápido, ni volar muy alto. Por eso, la mayoría de la gente, que solo ve el exterior, cree que el trabajo del novelista es una tranquila labor intelectual de despacho. Tal vez piensen que, con tal de tener la fuerza suficiente para poder levantar la taza de café, se pueden escribir novelas. Pero, si probaran de veras a hacerlo, estoy seguro de que enseguida me comprenderían y se darían cuenta de que escribir novelas no es un trabajo tan apacible. Es sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentidos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación a partir de un horizonte vacío y crear historias, seleccionando una a una las palabras adecuadas y logrando mantener todos los flujos de la historia en el cauce por el que deben discurrir. Y para este tipo de labores se requiere una cantidad de energía a largo plazo mucho mayor de la que generalmente se cree. Y es que, aunque realmente el cuerpo no se mueva, en su interior está desarrollándose una frenética actividad que lo deja extenuado. Por supuesto, la que piensa es la cabeza, la mente. Pero los novelistas, envueltos en el ropaje de nuestras “historias”, pensamos con todo el cuerpo, y esa tarea requiere que el escritor use –en muchos casos que abuse– todas sus capacidades físicas por igual."

Haruki Murakami

martes, abril 24, 2012

Gira

Estoy en medio de una experiencia nueva para mí. La de recorrer colegios por todo el país promoviendo mis libros. Yo sabía que la editorial hacia estas cosas pero nunca lo había hecho con mi participación. Hoy estoy en Pereira, ayer estuve en Manizales y mañana estaré en Armenia. En total once colegios, conversaciones con más o menos mil o mil doscientos estudiantes y cuarenta o cincuenta educadores. Dos reimpresiones en camino esta semana. Acercamiento con algunos escritores de edades entre los once y los diecisiete. Hoy me abordó una pelada de quince que acaba de publicar cinco libros, me invitó a su presentación el sábado próximo en la feria del libro. Todo muy raro, todo muy divertido.

jueves, abril 19, 2012

Yankee go home

Esta mañana, al entrar a clase en uno de los edificios del Universidad Nacional de Colombia reparé en una de esas grandes pintadas que los organismos herméticos del activismo estudiantil pinta todos los días en los muros de la Universidad. Era un graffitti con una consigna, muy poco original, pero perentoria:

Fuera yankys de Colombia y todo el mundo

Debido a que iba a una reunión con mis colegas y con los estudiantes de la Maestría en escrituras creativas, venía pensando en uno de esos temas que nos da vueltas en la cabeza durante estas charlas. Digamos en la precisión del lenguaje como una de las virtudes de una buena prosa. Por eso la consigna escrita en la pared atrajo mi atención.

Tal como está redactada, es una frase completamente surreal. De dónde se van los Yankys: ¿de Colombia y de todo el mundo? ¿De Estados Unidos inclusive? O solo de Texas. O también de Nueva York. O querían decir que se fueran de Afganistan y ese largo etcétera de países y lugares donde tienen tropas y portaviones. En ese caso faltó la preposición "de" al final de la consigna.

O tal vez, el anonimo grafittero quiso decir: váyanse todos de Colombia, Yankys incluidos. Y por tanto los únicos que se quedarían serían los conmilitones del grupo que firma la consigna. En ese caso faltó la palabra "también" al final de la consigna.

Tiembla uno al pensar si uno de estos grupos, cual sendero luminoso, un día logra gobernar el país. ¿Cómo serían sus decretos? Donde digan "suprimase el hambre" algún ciego seguidor de estas consignas podría creer que se trata de suprimir a los hambrientos y entonces... como diría Joseph Conrad: el horror, el horror.

domingo, abril 15, 2012

Un cronista con los tenis puestos

Escribí esta nota como prólogo al libro Antoniología de Antonio Morales Riveira, que recoge una buena muestra de su oficio como cronista. Es una publicación de Icono Editorial. El libro será lanzado en estos días, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Cuando pienso en el pasado que hemos compartido con Antonio, lo recuerdo como alguien que siempre estaba ejerciendo de periodista. Me vienen a la memoria pasajes diversos desde la época del colegio, cuando Antonio intentaba hacer teatro (de lo cual le quedó alguna faceta histriónica) y de la Universidad, cuando estudiaba Antropología (lo que reafirmó su compromiso con las causas humanitarias), siempre relacionados con una sala de redacción. Antes de terminar el bachillerato Antonio pasaba sus vacaciones de mitad de año haciendo prácticas en El Espectador. Luego, mientras estudiaba en la Universidad ya trabajaba haciendo noticias, escribiendo reportajes y haciendo crónicas. De ahí en más, siempre lo he visto escribiendo o dirigiendo revistas o noticieros de televisión. Siempre en el frente de la información; incluso cuando estaba en el campo del periodismo crítico con humor, que inició con Quac el Noticero y donde está todavía torciéndole el pescuezo a la seriedad de las noticias.

Por supuesto que el pasado de Antonio es mucho más diverso que el párrafo anterior, pero es que no voy a escribir sobre el amigo, ni sobre el escritor, ni sobre el entusiasta de las causas justas y por tanto perdidas de antemano, ni sobre el demente rumbero que tanto nos divierte a los demás, sino simplemente sobre su oficio de periodista.

Leer estas crónicas de Antoniología nos pone en sintonía con uno de los muchos países que conviven en Colombia: el de la gozadera, el que pone en tela de juicio al poder. Porque cómo dice él en su crónica sobre Fanny Mickey: ahora vivimos en un país cada vez menos prejuiciado, que podemos gozar del mínimo de libertad y a veces llamar las cosas por su nombre y no ser una especie de apéndice colonial de la moral monacal.

Claro que estas crónicas no solo hablan de Colombia, también de otras personas y lugares. En ellas hay dirigentes políticos o músicos o santas como la señora de Calcuta. Pero lo importante es que siempre hay una presencia perturbadora y singular atravesando el meridiano de los hechos, o la geografía de los lugares.

Y menciono la geografía porque esta es la asignatura en la que Antonio ha aprobado siempre con excelencia. Aunque más que la geografía tal vez sería mejor precisar que es la “dromomanía”, o sea el vicio de andar para arriba y para abajo, que lo ha llevado a recorrer el mundo y muchas de las infinitas veredas que forman esta tierrita llamada Colombia.

Para quienes sufrimos de la enfermedad de la dromomanía, –escribe él en alguna de sus crónicas– esa terrible pero al mismo tiempo maravillosa compulsión que nos obliga a viajar permanentemente para aquietar el alma errante, la invención del avión y el desarrollo de la aviación han sido dos elementos fundamentales que nos han permitido no solo aliviar la tensión de sentirnos presos en la insoportable quietud, sino de realizar nuestros sueños y deseos de salir corriendo. O sea, volando. Y en otra, sobre Pompeya, vuelve y lo menciona: Paso a paso veo sobre sus adoquines mis botas que me acompañan en mi “dromomanía”, esa manía del dromedario que nunca quiere dejar de andar.

Antonio sufre del mal de los tenis puestos. Ese que comparte con las personas que siempre están saliéndose de las fiestas en busca de otra mejor. Tal vez esa manía no sea buena para disfrutar las fiestas pero si es buena para un observador de la realidad noticiosa. Esa realidad tan cambiante y al mismo tiempo tan perecedera. Porque como decía Jorge Luis Borges: No vale la pena interesarse en el periodismo, pues está destinado a desaparecer. Bastaría con un periódico bimensual, ya que todos los días no se producen hechos sensacionales.

Tal vez por eso, lo fundamental de estas páginas no esté en la pertinencia de los temas, sino en la manera como son enfrentados por Antonio el periodista. Su importancia no radica o en lo sensacional que pudieron haber sido en su momento, sino en lo sensacional que los convirtió la escritura de Antonio. La manera como le da vueltas y vueltas a los temas hasta convertirlos en algo menos perecedero. Y lo que es más importante, lo suficientemente atractivos como para que sigan siendo leídos ahora; muchos años después de cuando fueron escritos y publicados al ritmo trepidante de las rotativas.

Eso tal vez explica que escriba sobre el reinado de belleza de Cartagena evitando los lugares comunes sobre él. Dice nuestro Antonio: Es el reino de la organza atravesada en cuanto vestido puede imaginar la mente truculenta de los diseñadores, un reino donde existe inclusive el color hielo, el fucsia degradé y otros inventos mucho más osados. Sí señor, realismo, el de las Paolas y las Zoraidas y cuantos nombres compuestos le disparan a sus bellas hijas las madres colombianas de las cuatro esquinas de la geografía nacional.

Ese escribir con los tenis puestos hace que sus crónicas y reportajes estén cargadas por la observación sagaz. Una mirada desenfadada sobre las personas que describe, sobre los hechos que observa o sobre los lugares que visita. Hay en estas crónicas una voz personal y definida. A veces, también aparece él mismo como personaje de sus propias crónicas, muy a la manera del Nuevo periodismo pregonado por don Tom Wolfe, ofreciendo opiniones o mezclando sus gustos en los más diversos aspectos de su trabajo. Una pista: El “Godofredo” que actualmente usa en sus parodias publicadas en KienyKe, originalmente era el nombre de un equipo de sonido donde escuchábamos discos de Thelonius Monk y de Bola de Nieve, heredados de su padre, el novelista Prospero Morales Pradilla.

Obviamente entre sus gustos personales está el viajar del dromedario, esa manera de recorrer el mundo posando su rápida mirada sobre las ciudades que visita: Desde Mid Town se ven las dos caras de Nueva York: la maquillada para el turista y la llena de viruela y pústulas. Ambas en verano son alegres. En una y otra el grupo familiar de jazzistas del sur del Bronx esta en el parque, en el zaguán tocando el mejor jazz del mundo, el que se cuece a 40 grados entre latas de cerveza y palmoteo desaforado de transeúntes despreocupados. O esta otra mirada sobre la India que al mismo tiempo que hace una descripción turística la convierte en un comentario más significativo: Vamos hacia Hampi, en la India profunda en el estado de Karnataka en pleno corazón del subcontinente. Un bus destartalado como todos y que funciona gracias a esa tecnología del remiendo tan propia de la pobreza, avanza. Las carreteras en la India, salvo una o dos autopistas de locura, son de un solo carril. El mismo de ida y el mismo de vuelta, quizás para señalar que por las leyes del Karma arriba es como abajo, porque el péndulo de la historia puede ir y venir y da lo mismo.

Nada envejece más rápido que la noticia. Por eso en el periodismo surgieron la crónica y el reportaje, esos formatos periodísticos que ofrecen contexto y profundidad a la mercancía mediática y libertad a los periodistas.

Por eso, en algunos casos, muchos, tal vez, Antonio no obedeció al mandato de la mercancía periodística. Más bien él se empeño en proponer temas que normalmente no hubieran sido considerados destacables. Tal vez dentro de estos se puedan incluir retratos como el que, muy temprano en la carrera de ambos, hizo sobre la gran pianista Teresita Gómez, o sus crónicas sobre los mercados de Bogotá, o su profunda observación al mundo del bazuco cuando esta plaga social apenas comenzaba a descubrirse en la prensa colombiana (1983) y que nos costó la vida de uno de nuestros mejores amigos.

Las informaciones que sirvieron para provocar estas crónicas estuvieron destinadas a desaparecer. Las noticias que les dieron origen ya son periódicos de ayer, olvidados como la memoria de Hector Lavoe, sin embargo, gracias a la justicia poética del periodismo, siguen existiendo gracias a que Antonio las tomó a su cargo; les dio ese toque que las sacó del olvido y las convirtió en piezas de lectura vigente. En cierta forma, las volvió literatura. Algo que Antonio estaba lejos de desear mientras las componía. Él solo hacía su oficio con honestidad. Pero lo hizo tan bien que ahora son la muestra de un excepcional narrador de historias.

domingo, abril 08, 2012

Leer y de qué manera

Hace unos días en Medellín, la bibliotecaria de un colegio, en presencia de muchos niños y adolescentes me preguntó a quemarropa qué opinaba yo sobre la lectura en pantalla versus la lectura en papel. Obviamente en la pregunta había un interés profesional, ella es la persona que gestiona la biblioteca y para que ese lugar siga teniendo importancia se necesitan clientes, lectores. Los escritores también necesitamos clientes. También nos la pasamos en busca de lectores. De hecho, mi presencia en esa biblioteca obedecía a una, de una serie de visitas que mi editorial viene programando en colegios de diversas ciudades del país para promover algunos de mis libros, así que ese era mi oficio, buscar clientes, lectores.

Sin embargo, mi respuesta fue directa y sencilla. Busqué en mi mochila y exhibí un tableta y dos libros en papel. Leo en cualquier formato. Leo en el computador y leo en papel, en revistas impresas o en revistas electrónicas en la pantalla del Ipad, por tanto no encuentro diferencias fundamentales entre una cosa y otra. Aunque las hay, por supuesto.

Sobre este tema el blog de la revista NYRB (New York Review of Books) trae un artículo de Tim Parks, ¿Necesitamos cuentos?, en el cual reflexiona sobre la lectura de cuentos “complejos”, como la llama Jonathan Frantzen en una entrevista citada por el artículo, versus la lectura distraída que incluye consultas al Twitter y al FaceBook. En la próxima entrada me referiré con mayor atención a este artículo que pone en tela de juicio algunas opiniones “políticamente correctas” sobre la lectura.

En todo caso, en mi respuesta a la bibliotecaria había muchas zonas oscuras. Mencioné esa mañana que el riesgo que existe en la lectura en pantalla es la distracción. Uno puede concentrarse en un libro electrónico durante algunas horas y de repente sentir la necesidad de consultar el correo a ver quien escribió, o buscar información sobre un tema mencionado en el libro y entonces abre el navegador y ahí la concentración en el “cuento complejo” se acaba y caemos en esa lectura ligera que propicia la red y, en general, la pantalla.

Leer en pantalla ha beneficiado la lectura, aunque ha degradado la calidad de lo que se lee. Se lee mucho, pero se lee superficialmente, saltando de un tema a otro. De una revista electrónica a un blog, del blog al Facebook y de este a las frasesitas de Twitter en las cuales todo el mundo consigna sus pensamientos en ciento cuarenta caracteres.

El tema sigue pendiente. El problema es que yo siento que se lee menos. Uno de los libros que este año promueve mi editorial es una novela para lector juvenil titulada Una aventura en el papel. Ese libro lleva veinticuatro años circulando. Sus derechos han sido gestionados por tres editoriales distintas y la actual es la edición número tres (cada una con diseño e ilustración distinta) para no mencionar las reimpresiones. Digo esto para señalar que es un tíulo que se ha enfrentado a varias generaciones de lectores. Y siento que después de estos veinticuatro años los niños entre ocho y catorce años que me encuentro en estas charlas demuestran menos interés por la lectura convencional que los primeros que leyeron mi libro hace veinticuatro años.

A primera vista esto podría implicar que se lee menos. Que los proyectos de incentivo a la lectura han fracasado. Que los clientes de las bibliotecas y de los escritores están en retirada. Sí, todo eso se podría pensar, pero en realidad todos los niños que estaban en esa biblioteca leen en pantalla. Leen mensajes en Twitter y comentarios en Facebook. Leen instrucciones y seguramente piratean tareas de lenguaje en el rincón del vago punto com. Y eso es algo que no puede desconocerse.

Entonces la pregunta a resolver no es qué resulta mejor, si leer en pantalla o en papel. Yo creo que más bien hay que responder cómo o de qué manera canalizar la “lectura dispersa” de la pantalla como complemento de la “lectura compleja”. En un método de acompañamiento a la lectura que resuelva este tema, sin duda está el futuro de la lectura.

domingo, marzo 25, 2012

Lenguaje y género

Una lengua se construye en los caminos, en los mercados, en los lugares donde las personas socializan. Después, los escritores recogen esas palabras y las ponen en los libros, luego las palabras son recogidas por la real academia de la lengua y luego le dan una dimensión superior y las incluyen en el diccionario. Pero los diccionarios siempre están atrasados, las palabras andan por la calle mucho antes de llegar a sus páginas.

Tal vez por eso, las lenguas reflejan las sociedades donde se desarrollan, donde se alimentan de conceptos que las palabras condensan y definen. Si la sociedad es de guerreros ya su lenguaje estará lleno de enfrentamientos, si es machista lo mismo sucederá, o mas buen, lo mismo ha sucedido, porque al menos el castellano es un lenguaje machista, o por lo menos sexista. La academia siempre resolvió el tema con el expediente de que si bien tal o cual adjetivo es masculino, por extensión se entiende que es para los dos sexos. Lo cual mirado desde la perspectiva contemporánea no deja de ser una salida cómoda, tan cómodo como el recurso pueril de algunas instituciones al utilizar la arroba para referirse a los dos sexos: l@s niñ@s, l@s alumn@s, etc, para posar de políticamente correctos.

En un debate sobre el sexismo en la lengua castellana, motivado por el documento publicado por la RAE sobre el tema, el escritor mexicano Jorge Volpi señalaba: Un debate así es necesario porque tenemos la sensación de que la lengua nos viene dada, como si nos sumergiéramos en una que ya existe y que apenas podemos modificar. Ninguna lengua es inocente. La española, como otras, tiene un matiz sexista inevitable, que está en el centro mismo de las estructuras gramaticales, sintácticas y también en muchos usos de la lengua. A partir de tener conciencia de que la lengua que utilizamos tiene muchos usos sexistas, viene la siguiente cuestión: ¿de estos, cuáles son modificables y cuáles no y cómo podemos avanzar para tener una lengua menos sexista?

Este es el trabajo que por ahora pocos estamentos parecen dispuestos a resolver. Algún colectivo feminista por acá, alguna oficina pública por allá. Los manuales de buen comportamiento lingüístico analizados recientemente por la RAE, y así.

Mas adelante otro participante, Pedro Álvarez de Miranda decía: Tengo que disentir de la afirmación (…) de que la RAE sea el órgano regulador de la lengua. Estoy más de acuerdo con que las lenguas son instituciones absolutamente democráticas en las que no pueden intervenir poderes legislativos. Es el cuerpo social el que acaba saliéndose con la suya, excepto en un terreno, que es el ortográfico. Ahí conviene que haya un juez o un árbitro. En el terreno gramatical y léxico los hablantes son soberanos y, a la larga, acaban haciendo lo que los hablantes quieren, le guste o no a la Academia. La lengua cambia al hilo de la sociedad.

Estas dos afirmaciones estaban en el centro del debate. De todos modos tan impositivo como el sexismo criticado por los manuales de buen comportamiento lexicográfico, a veces resultan también estos manuales, o estas imposiciones lingüísticas. Por ejemplo, “lideresa”. Aunque aceptado por la última edición del diccionario de la RAE, no pasa de ser un invento forzado por los colectivos de mujeres que en su afán por combatir la discriminación caen en un exceso sexista al revés. En este caso, el término “líder” claramente no tiene connotación sexista. Diferente a la palabra “director”, ya que no se podría decir, “señora director”, sino “señora directora”. Pero en cambio puede decirse que “ella era una líder natural”, así como “él es un líder natural”.

Otro caso interesante es el de poeta y poetisa. La palabra poeta, que viene del griego al latín y del latín al español designa a la persona, hombre o mujer, que escribe poesía. No exclusivamente al hombre poeta. Sin embargo ya el latín había adoptado la palabra “poetissa” y en español se conoce desde 1508 el término “poetisa”. Pero cuan pocas mujeres poetas aceptan para sí misma el término pues, tal vez por la crítica sexista, “poetisa” se convirtió en sinónimo de diletante. A tal punto que nunca han faltado las menciones a malos poetas como “poetisos”.

Pero lo dicho. Los cambios en el lenguaje de una sociedad deben reflejar las transformaciones sociales, no al revés. Si no, terminaremos creyendo que el uso políticamente correcto de las palabras nos vuelve correctos, cuando a lo sumo, nos hace prudentes, nada más; decentes en la forma no en el comportamiento.

domingo, marzo 04, 2012

Una de Julio Ramón Ribeyro

Yo he creído siempre que el escritor verdaderamente genial es el que escribe no importa qué, olvidándose de sus propias experiencias, de su propia vida. Qué le puedo decir: sobre las cruzadas, sobre Platón, de algo que pasó en Afganistán o en Japón. Ese es el escritor verdaderamente épico, que inventa, que saca todo de la nada. Mientras que el tipo que está sacando cosas del interior, de su propia vida, de su propia experiencia es un escritor lírico, menor, ¿no?. Pero al mismo tiempo —como todo tiene su contraparte, como todo argumento tiene su contrargumento— hay grandes escritores que han tratado íntegramente sobre su propia vida, que es el caso de Proust. Efectivamente, Proust no ha hecho sino escribir sobre él mismo, desde la primera hasta la última línea.

(En Alquimia de Escritor)

martes, febrero 28, 2012

Una de Andrés Trapiello

Reproduzco esta nota de Andrés Trapiello, publicada originalmente en el Magazine de La Vanguardia el 22 de enero de 2012, y reproducida en su excelente Blog, Hemeroflexia. Es una sensata reflexión sobre la red y los derechos de autor. Sobre la defensa del creador frente a las propuestas de los delirantes adalides de la libertad en línea dígital.

NI TUYO NI MÍO

Siempre le hizo a uno muchísima gracia el modo en que el padre de mi tío Vitalino, marido de Estilita, hermana a su vez de Porfirio y Presvinda, le explicaba a su mujer, Basilisa (en León nos las gastamos así con los nombres propios), lo que iba a significar la República, que acababa de ser proclamada en 1931: “Será algo muy bueno: entre lo que tenemos y lo que nos toque del reparto, estaremos mucho mejor”. El hombre consideraba que lo suyo era suyo, y lo de los demás, de todos.

Es más o menos lo que piensan de la llamada propiedad intelectual algunas gentes, negándola sin rebozo después de vestirla con una palabra que suena enteramente altruista: el procomún. Sus argumentos, si no los ha comprendido uno mal, son los siguientes: hay bienes que son de todos: el agua, el aire, el conocimiento científico, el software y, también, las obras culturales. En el caso de los creadores, como ellos no crean de la nada, sino que son parte de una cadena de cientos, de miles de años, deben devolver su obra a los demás, en lo que han denominado retorno social. Leo en un periódico a uno de los defensores del procomún: “Para que a alguien creativo se le ocurra algo, ha tenido antes que leer un montón de cosas (...) y ha necesitado una infraestructura, bibliotecas, transportes, canales de acceso... Hay una dimensión en la creación que es procomunal: por eso es un absurdo que a alguien al que se le ocurre algo le den la propiedad en exclusiva por ni se sabe cuántos años”. Sí se saben los años, ochenta. Muchos o pocos, según se mire. Pocos, por ejemplo, mientras al palacio de Liria, que es también una creación cultural, con todas las colecciones de arte que contiene, no se le aplique el concepto de retorno social, al igual que a todas las patentes de objetos en los que intervenga la rueda, que viene, como se sabe, de atrás, y sin la cual no habrían sido posibles.

Jamás ha ocultado uno, al contrario, lo ha difundido desde hace años, este raro convencimiento, compartido, me consta, por otros creadores: la sensación de que los logros propios nos son ajenos, como si tal o cual página, tal o cual poema, nos lo hubiera dictado alguien mucho mejor que nosotros, en tanto que fracasos o errores los reconocemos de inmediato como propios. Por tanto, algo de lo que sostienen los defensores del procomún es cierto. Todo lo sabemos entre todos, decía Giner de los Ríos, quien lo había oído de un pastor soriano. Por eso no le importará a uno renunciar a sus derechos en favor del común: el día en que dejen entrar en el palacio de Liria a todo el mundo como en su propia casa, o llevarse de la tienda de Apple, sin pagar, naturalmente, el ipad con el que van a descargarse bienes del procomún, o engancharse gratuitamente a la red telefónica o, invocando al inventor de la rueda, hacer uso del primer coche que tenga a mano. Lucha uno por algo así desde que era joven, desde que pensó que el mundo sería mejor si lo compartíamos todo con todos, si seguíamos el principio clásico: trabajar cada cual según sus facultades y recibir según sus necesidades. A eso se le llama comunismo, pero se teme uno que nos lo están explicando como a la tía Basilisa. Ahora bien, si llega la cosa, ese día lo mío es de todos, y lo de todos, mío. O mejor aún: ni tuyo ni mío.

Entrevista

Esteban Dublin de la revista electrónica Internacional Microcuentista, me pidió que respondiera este cuestionario. Aquí lo copio.

Esteban Dublin: En tu blog personal, has escrito algunas notas con respecto a tu relación con el microrrelato. Cuéntanos de dónde salió tu gusto por el género y por qué...

RRV: Comencé a escribir cuentos (y novelas) desde que estaba en el colegio. Siempre fui un lector apasionado del cuento, Chéjov. London, Maupassant y ya en la universidad (comienzos de los setenta), se publicaban muchos cuentos de autores latinoamericanos. Parte de esta fiebre por el cuento produjo una gran revista mexicana dedicada al género: El cuento, dirigida por Edmundo Valadés. Esta revista publicaba en cada número algunos cuentos muy cortos, algunos de un párrafo, muy sorprendentes e ingeniosos. Entre sus autores se destacaba una autora argentina llamada Luisa Valenzuela y un venezolano, Luis Brito García. Al mismo tiempo conocí un par de antologías sobre el cuento fantástico hechas por Borges y Bioy Casares. En estas antología brillaban con especial incandescencia los cuentos cortos. Por tanto desde mis primeros tiempos como aprendiz de cuentista, le dediqué mucho tiempo al minicuento. Todavía me sigue interesando, mucho, como lector y como autor. Los disfruto mucho leyéndolos y cuando se me da, también escribiéndolos.

E.D: Sabemos que amas la fotografía. ¿Qué relación encuentras entre el microrrelato y tu otra pasión?

RRV: En realidad no estoy muy de acuerdo con aquella idea esbozada por Cortázar de que un cuento es como una foto y una novela como una película. Más bien estoy de acuerdo con el cuentista Octavio Escobar, quien dice que el cuento es lo que más se parece a un largometraje. La foto tiene una relación mucho más directa con la poesía. Actualmente mis fotografías son imágenes intervenidas de manera digital. Probablemente en una fotografía mía, una vez terminada de elaborar, se pueden encontrar cinco o seis negativos o tomas digitales (a veces más), pero aunque trato de sintetizar historias en ellas, creo que solo consigo lograr una impresión, una sensación sobre la realidad fotografiada. El microcuento, tal como yo lo entiendo, tiene más que ver con el hecho de contar que con la prosa poética, que abunda en la minificción. Por tanto no encuentro una relación evidente entre el microcuento y la fotografía. Supongo que muy profundamente mi actividad como escritor y como fotógrafo se nutren de la misma necesidad de expresión; pero me resulta difícil definir esa conexión.

E.D: Has sido premiado en diferentes certámenes nacionales de cuento. ¿A qué crees que se deba? ¿Qué le dirías a los escritores que se quieren dedicar a esto?

RRV: Gané algunos premios de cuento en diversas épocas de mi vida. Supongo que lo conseguí porque eran los cuentos que más impactaron al jurado. Hoy en día participo como jurado en muchos concursos y sé que los buenos cuentos se van imponiendo poco a poco. A medida que uno va leyendo –en medio de la avalancha de escritos–. Poco a poco, pero con firmeza, los mejores cuentos se van decantando por argumento, originalidad y escritura. Yo creo que los concursos son buenos para comenzar a difundir la obra de los autores novatos o simplemente de los escritores que buscan un poco de reconocimiento, y en algunos casos, algo de apoyo económico en un medio donde existe tan poco estímulo para los escritores. Para ganar hay que tener obra de calidad, pero también hay que contar con algo de suerte, y esa suerte es que el jurado realmente lea todo lo que llega. Un jurado descuidado (que no lea con juicio) le puede hacer daño a un escritor que ha trabajado con honestidad. A veces mis compañeros de jurado han tenido opiniones totalmente contrarias a las mías. He estado en situaciones donde yo propongo un ganador y mis compañeros de jurado no lo consideran ni como finalista (así de subjetiva puede ser la manera de juzgar en un jurado). Nunca hay que tomar el resultado de un concurso como una opinión definitiva sobre lo que uno escribe. Ni cuando se gana, ni cuando de pierde.

E.D: Háblanos de tu malestar con respecto al auge desmedido que ves con respecto a la minificción…

RRV: No tengo ninguna reserva, por principio, ante el minicuento o relato breve. Me preocupa que los nuevos escritores crean que es un camino de aprendizaje debido a la aparente facilidad que representa escribir un párrafo. Por ese camino se llega a creer que el cuento, en su versión habitual (2 a 20 páginas) solo es un camino para llegar a las ligas mayores representadas por la novela, lo cual no es cierto. El minicuento, el cuento y la novela son un destino en sí mismos. Hay escritores que desarrollan habilidad para uno de estos géneros y a veces no les alcanza la habilidad o la experiencia para dominar otras formas de narrar. Cada una de esta formas conlleva dificultades. Un buen minicuento es tan exigente como un buen cuento o como una novela. La narrativa se divide básicamente en dos. Las obras necesarias y las prescindibles. Las necesarias son aquellas que reflejan intereses reales, honestidad vivencial e intelectual, oficio y dedicación. Las prescindibles son las que se hacen por calentar la mano, entre estas probablemente está un alto porcentaje de eso que llamas el “auge desmedido de la minificción”.

E.D: ¿Hacia dónde crees que va el microrrelato en Colombia? ¿Crees que haya un futuro editorial?

RRV: Siempre hay futuro para los cuentos bien escritos. Lo que sucede es que los buenos cuentos son muy escasos. Yo solo tengo un libro de cuentos cortos (no creo que puedan considerarse minificcción) y no tuve problemas para publicarlo en una editorial que lo ofrece en Colombia y en otros países de América Latina. Editar en Colombia siempre ha sido difícil para el escritor que comienza. Las editoriales de origen español tienen poco interés en el cuento, en general y casi ninguno en el microcuento. Sus editores rinden pleitesía a la noción de que solo la novela vende. Sin embargo hay nuevas editoriales, tanto en España como en Colombia, que apuestan por nuevas opciones. Un buen conjunto de microcuentos siempre encontrará posibilidades de ser publicado en una de estas editoriales.

E.D: Aparte de la literatura y la fotografía, otras cosas deben apasionarte. ¿Cuáles son?

RRV: Cine, salsa, rock, jazz y la historia de América desde mucho antes de 1492.

Un libro: Tirante el Blanco de Joanot Martorell (y Martí Joan da Galba).
Una película: El filo del tiempo de Win Wenders.
Un autor: Mis preferencias varían constantemente, hoy es Cormac MacCarthy.
Un aroma: Tierra caliente.
Una comida: Mexicana y/o española.
Una foto: La secuencia Things are queer de Duane Michaels.
Un cliché: Ninguno.
Un dibujo animado: Fritz the cat, de Ralph Bakshi, basado en el cómic de Robert Crumb.
Una frivolidad: Todas.
Un secreto: No saber guardarlos.

El curioso lector y el libro nuevo

A veces abro libros que reposan en mi biblioteca desde hace varios años. Lecturas de otro tiempo que continúan ahí tal vez porque alguna vez los volveré a leer, o porque los colecciono, o por cualquier otra razón. A veces abro esos libros y leo pasajes que me recuerdan sensaciones que tuve cuando los leí; también hay ocasiones en que no recuerdo nada y me sorprendo de ellos. En esos casos termino leyéndolos de nuevo, como si fuera la primera vez.

Es el placer de los libros nuevos que a veces los libros viejos nos ofrecen. Algo así como el placer que deparan los libros publicados hace dos o tres siglos y cuya calidez sigue conmoviéndonos.

Durante esas lecturas curiosas a veces abro un libro y encuentro un párrafo, una frase subrayada que corresponde a sentimientos y curiosidades de otra epoca de mi vida. Que me recuerdan al lector curioso que era y que sigo siendo de otra manera.

En esos casos siento renovada mi fe en la lectura, en el placer de la lectura.

Aquí va uno de esos párrafos subrayados por mí en alguna lectura de hace muchos años. Lo encontré en el primer capítulo de una de las últimas novelas de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero (1979). En él habla de los libros nuevos.

Es un placer especial el que te proporciona el libro recien publicado, no es solo un libro lo que llevas contigo sino su novedad, que podría ser también sólo la del objeto salido ahora mismo de la fábrica, la belleza de la juventud con que también los libros se adornan, que dura hasta que la portada empieza a amarillear, un velo de smog a depositarse sobre el canto, el lomo a descoserse por las esquinas, en el rápido otoño de las bibliotecas. No, tú esperas siempre tropezar con una novedad auténtica, que habiendo sido novedad una vez, continúe siéndolo para siempre. Al haber leído el libro recién salido, te apropiarás de esta novedad desde el primer instante, sin tener después de perseguirla, acosarla. ¿Será esta la vez de veras? Nunca se sabe.

martes, febrero 14, 2012

¿Se pueden leer los clásicos?

A propósito de la entrada que publiqué sobre El conde de Montecristo, he tenido varias conversaciones con amigos y escritores interesados en leer a los llamados autores clásicos y de ahí me han surgido varias inquietudes.

Leer a los clásicos es una recomendación que suele caer en el vacío. Es una frase hueca que en realidad niega la lectura de esos libros. Es como la pregunta que suelen hacer los malos periodistas a los malos lectores, ¿Que libro tiene en la mesa de noche? Y los malos lectores siempre contestan con un lugar común que evoluciona con las generaciones. Hace cuarenta años respondían: María de Jorge Isaacs, o La voragine de Rivera, hace treinta años citaban a Cien años de soledad, desde hace veinte, quizá a Saramago, o a cualquier escritor que aparezca en las revistas de sociales más de una vez. Pero en todas las épocas es una forma de decir, no leo nada.

Leer a los clásicos les suena aburrido a los lectores contemporáneos. Son historias, como El conde de Montecristo, que uno ha visto en el cine, o cuyas líneas generales ha escuchado mencionar, como en el caso de El Quijote, la historia de un viejo loco que confunde los molinos de viento con gigantes.

Los clásicos son aquellos libros que todo el mundo cree conocer pero muy pocos han leído. Son libros castigados bajo el mote de clásico, un eufemismo para designar lo que está olvidado, no interesa o se considera superado por lo moderno.

Sin embargo.

Yo creo que leer a los libros considerados clásicos del siglo XIX o XVII trae enormes recompensas. Sin embargo, ¿cómo llegar a ellos, cómo borrar esa barrera eufemística que impide al lector moderno disfrutar de esas novelas maravillosas?

Yo creo que lo primero que se debe hacer es sacudirse del yugo del término “clásicos” para referirse a libros como Los tres mosqueteros de Dumas, o La letra escarlata, de Hawthorne o Los demonios de Dostoyevsky. Y sobre todo, no pensar que uno va a "leer a los clásicos", pues nadie lee de esa manera. Uno no lee a los "autores modernos", uno lee a autores como, John Banville, Tomás González o Juan Gabriel Vásquez. Autores concretos y reales, no una razón social. Los clásicos se han convertido en razón social para negarlos, para no tener que leerlos, a lo sumo tenerlos encuadernados en cuero de imitación decorando el mueble más cercano al bar de la casa.

El secreto para leer una de estas novelas escondidas bajo ese mote innombrable consiste en abrir la primera pagina. A partir de ahí les aseguro que esos libros hacen la tarea solos. Esa primera página los llevara a la siguiente pagina y a la siguiente y a la siguiente. Así me pasó con el conde de don Alejandro Dumas y así nos va a pasar a los que nos embarquemos este año en la lectura de alguna de las obras de Charles Dickens, autor del cual celebramos su segundo centenario de nacimiento.

Novelas como las de Dickens, Balzac, Flaubert o Stevenson, son gasolina para la aventura. Boletas de primera fila para presenciar la comedia humana. Son la puerta de entrada a una maquina de narrar que aunque fabricada hace dos siglos tiene una dinámica y agilidad que muy pocos artefactos narrativos modernos pueden ofrecer.

lunes, febrero 06, 2012

Ideas sobre la escritura (2)

EL SÍNDROME DE RIMBAUD

En el mundo de los escritores la futilidad siempre es anacrónica. Es decir para contestatarios, revoltosos y revolucionarios los escritores. En el siglo XX vinieron los que retrataban un mundo sofisticado como Scott Fitzgerald y más tarde Tom Wolfe. Hoy una gran mayoría quiere describir mundos sofisticados. En este mundo la rebeldía se volvió un catálogo de lugares comunes; algo que podríamos llamar “el síndrome de Rimbaud”.

Recuerdo una entrevista a tres escritores jóvenes (menos de 40 años, pelo negro) que leí en El País hace unos meses. Los tres eran finalistas del premio Herralde y los tres habían sido publicados por Anagrama. Los tres hablaban (o chateaban) como adolescentes. Decían cosas inconvenientes, se burlaban de sus mayores (de Fuentes, de Vargas Llosa, de todos esos) y se mostraban felices y sorprendidos de ser unos nuevos escritores medio desconocidos.

Esa es la actitud de todos los que quieren, quisieron o tratan de parecer Rimbauds contemporáneos. Más o menos malditos, más o menos callejeros, más o menos buscabullas. Más o menos recordables. Todos aplaudidos por Herralde desde atrás de su escritorio que les murmura “eso chicos, haced ruido que no tengo pelas para la publicidad”.

Ser un joven escritor contestatario es toda una forma de vida. Hay quienes hicieron de eso una biografía, si no miren a Bukowsky boxeando imaginariamente con Hemingway en alguno de sus cuentos, pero tratando de escribir como él. Odiando el sistema literario pero jugando siempre en su periferia. Claro que él tenía talento para narrar, aparte del talento para maltratar a las mujeres y para meterse en peleas callejeras.

Hoy resulta una peste extendida, una suerte de pandemia, que afecta a todas las literaturas del mundo. Es comprensible. Cada vez hay menos lectores, menos espacios y se necesitan mensajes que hagan recordar a los posibles lectores, “hey aquí estoy léanme, soy un tipo chévere”.

Mientras escribo esto miro al lado mío la Rolling Stone de enero de este año en la que reseñan varios hechos memorables de 2011, los conciertos de Leonard Cohen, de Bruce Springstein y Bob Seger. Rockeros incombustibles que no tienen que seguir posando de Rimbauds para hace sonar su voz.

Y pienso, cuanta distancia hay entre los jóvenes Rimbauds destructores de mitos que patean el tarro y estos rockeros que siguen haciendo lo suyo sin preocuparse de ser niños terribles, pero en realidad siéndolo, y mucho.

lunes, enero 23, 2012

La televisión, el FBI y Alejandro Dumas

¿Cómo se unen estos tres temas en uno solo? Fácil, la palabra clave es venganza. Venganza (Revenge), es una serie de la televisión norteamericana que se emite en un canal de cable en Colombia pero que yo estaba siguiendo a través de un site que utilizaba los servicios de Megauploud, el negocio del hacker Kim Dotcom. Este servicio informático acaba de ser cerrado por el FBI, cuyos tentáculos, misteriosamente, llegaron hasta Nueva Zelanda. Toda una trama que podría haberle dado tema a don Alejandro Dumas padre, para escribir uno de sus folletines maravillosos.

Pero sigo.

Como decía yo estaba viendo la serie Revenge que de manera no muy velada se basa casi absolutamente en El conde de Montecristo. Una versión muy elaborada de la novela de Alejandro Dumas en la cual Edmundo Dantés es remplazado por su hija; el fastuoso París de 1836 es suplantado por la zona de los Hamptons, vecindario de New York, etc. y sus enemigos son financistas de Wall Street, abogados, congresistas, etc.

Y disfrutaba yo de mi serie (ya iba en el capítulo 14) cuando el FBI irrumpió en la red, clausuró Megauploud y ya no tuve cómo seguir viendo de manera pirateada la serie que en el canal de cable que se transmite en Colombia apenas va como en el capítulo seis.

Entonces, como ya no tenía heroína mental para atender mi dependencia del folletín decidí ir a la fuente, es decir, comencé a leer El Conde Montecristo en su versión original (sin recortes ni censuras del FBI) y caí en una adicción peor que la de la televisión. Es imposible comenzar a leer a Alejandro Dumas y no quedar cautivo de sus relatos.

No leía El Conde de Monstecristo desde hace décadas, creo que lo hice antes de tener diez años, y pensaba que no era necesario volver a leerlo porque guardaba en mi memoria todos esos momentos claves de la novela, la fuga del Castillo de If, la magnanimidad de Edmundo Dantés repartiendo joyas y dinero a su antiguo protector; su calculada venganza. Pero en realidad, aunque recordaba aquellas escenas inolvidables, no pude menos que caer de nuevo en las redes de la trama urdida por Dumas y su asociado Auguste Maquet, que no figura como autor, por razones comerciales. Alejandro Dumas padre, fue famoso por acudir a los autores al negro para construir sus vendedoras novelas. Más o menos llegó a tener una especie de oficina editorial con asistentes que le escribían gran parte de sus obras.

El Conde Montecristo es una novela plena de suspenso, de acciones terribles, de personajes crueles, o magnánimos o sorprendentes. Una ficción envolvente que sin embargo se basa casi en un cien por ciento en elementos reales. El marco histórico de la novela está absolutamente integrado a la trama. Sin Napoleón y sus viscisitudes políticas el argumento no tendría sentido. De hecho la desgracia de Edmundo Dantés está ligada al ascenso de Napoleón, su fuga de la isla de Elba y su llamado gobierno de los cien días. La buena fortuna de muchos de sus personajes está ligada a las variables políticas del reinado de Louis XVIII. Es una novela donde la vida política de las naciones (Francia e Italia) cumple una función fundamental.

Pero estos no son los únicos hechos verificables. Edmundo Dantés existió, se llamaba Francois Picaud. Era un curtidor originario de Nimes que hacia 1807 vivía pobremente cerca de la plaza de Sainte-Opportune en París. Picaud, pese a las diferencias sociales, consiguió enamorar a una dama de mejor condición que él generando la envidia de cuatro conocidos suyos que urdieron una trama criminal en su contra, acusándolo de espía al servicio de Inglaterra (en el momento en que Napoleón intentaba su expansión por toda Europa). Picaud cumplió varios años de cárcel y allí conoció a un prisionero que le reveló la existencia de un tesoro (igual que Dantés y el Abate Faría). Una vez afuera, Picaud se hizo al tesoro y planificó durante diez años una venganza en contra de sus malhechores.

Se dirá entonces que la ficción solo imita de manera pobre a la realidad. Pues no. Y aquí entra un ingrediente de la ficción que es fundamental. La verosimilitud. La ficción debe ser verosímil, mientras que la realidad casi nunca lo es. La realidad se cumple con lógicas tan absurdas a veces que resulta increíble. En cambio la ficción no se puede dar esos lujos. Ahí es donde entra en acción el talento de Alejandro Dumas (y la asesoría de Auguste Maquet, que además de escritor era un historiador especializado). Capaz de imaginar esos argumentos envolventes, mantener en suspenso al lector y enganchado hasta el siguiente capítulo, mediante el recurso de la elipsis, manipular la realidad, acomodarla a las necesidades de la creación; construir personajes profundos, incluso aquellos que aparecen solo tangencialmente; con unos diálogos inteligentes y bien elaborados. En ella se pueden sentir la presencia de los cuentos de Las mil y una noches (hay un personaje que se llama Simbad el marino), hay una escena que destaca el placer y la novedad de disfrutar de un extraño manjar llamado hachís. Sí, ese mismo, que produce alucinaciones muy bien descritas en la novela. Y así…

De hecho El conde de Montecristo se publicó a lo largo de año y medio en su primera versión de folletín. Era un texto largo. El libro, en cuartillas mecanografiadas, da unas setecientas páginas.

Obviamente este argumento ha sido llevado al cine y a la televisión muchas veces. Algunas mejor logradas que otras. Incluyendo esta versión más o menos posmoderna para televisión ambientada en “los Hamptons”. Una prueba de cómo algunos de esos libros que llamamos clásicos continúan vigentes; o bien porque sirven de inspiración a los guionistas obligados a mantener la atención de millones de telespectadores, o porque su calidad continúa intacta y pueden ser leídos con la misma atención e interés que causaron el primer día de su publicación.

viernes, enero 20, 2012

Ideas sobre la escritura (1)

ESCRIBIR POR ENCARGO DE UNO MISMO

Hay escritores que escriben sus libros como si fuera un encargo que se hacen ellos mismos. Empiezan a buscar un tema como si no tuvieran nada mejor que hacer. Buscan como quien escoge los números ganadores del Baloto. Deciden que determinado tema puede tener un perfil comercializable y entonces se lanzan sobre él como un artesano al cuero de sus zapatos. El resultado de este proceso se nota; son libros que aburren al lector porque sus autores se aburrieron haciéndolos solo por cumplir con una cuota que se impusieron.

Escribir por encargo de uno mismo es más patético que escribir por encargo de un medio o de un editor. Esto, al menos, tiene alguna justificación económica. Lo otro, simplemente, es no tener nada qué decir.

jueves, enero 19, 2012

Piezas únicas y tecnología

Hoy la tecnología acompaña la creación de imágenes y la creación en cualquier campo del arte. Desde la invención de los sistemas de reproducción como el grabado, la xilografía, o la litografía, el arte se democratizó. Los carteles que hacía Henri de Tolouse Lautrec, a fines del siglo XIX, eran tan artísticos como publicitarios. Tan hermosos como utilitarios. Fue un momento en que el arte vivió tremendas transformaciones. La fotografía desde 1848 había revolucionado la representación de la sociedad. Las figuras de sociedad se autopromovían a través de las famosas fotos “carta de visita” que servían para anunciar la llegada de madame o monsieur.

Desde entonces los cambios no han hecho sino venir uno tras otro. Hoy se habla de arte en línea, de imágenes colgadas en la red; museos virtuales y por supuesto el arte ha encontrado miles de formas de cómo mimetizarse, a través de cine y video por medio de videoarte o reproducciones en offset. En fin, se ha desacralizado la noción de la exclusividad en pro de la difusión, si bueno y repetido, muchas veces bueno.

La fotografía, como ya lo he mencionado en este blog, se ha vuelto una obsesión. Todo se fotografía, todo se guarda en memorias digitales, una menor cantidad se imprime y casi nada se guarda en álbumes de papel. Tal vez por eso, como reacción a esta forma de almacenamiento de imágenes surgió The Impossible Project. (the-impossible-project.com). Una idea que busca recuperar el uso y el gusto por las fotografías de sistema Polaroid.
Por eso, desde el 25 de marzo saldrán al mercado, de nuevo, películas instantáneas tipo Polaroid. Esta idea tiene el apoyo económico del empresario austriaco Florian Kaps. Los entusiastas del sistema Polaroid podrán conseguir de nuevo películas en blanco y negro de revelado instantáneo PX Silver Shade, para el modelo de SX70, la más popular de la Polaroid.

Este proyecto es la punta de un iceberg que apunta a la recuperación de la idea de las piezas únicas. Los libros de artista, las ediciones literarias más o menos artesanales de unos pocos cientos de ejemplares numerados, y por supuesto, la vigencia de la pintura en caballete, la acuarela y el óleo.

Nada más personal, único e intransferible, que las fotografías en sistema Polaroid. Es un formato que algunos artistas, como Andy Warhol, convirtieron en un ícono de la vanguardia artística. El cineasta Win Wenders también le rindió homenaje al formato en algunas de sus películas (recuerdo, así de pasada, Alicia en las ciudades). Otros artistas (Annie Leibovitz, por ejemplo) convirtieron el sistema Polaroid en epítome del retrato fotográfico; de hecho, hasta hace pocos años, la fábrica seguía haciendo películas de gran formato (50 x70 centímetros, o algo así), para unos pocos fotógrafos en el mundo que siguen utilizando una gigantesca cámara (creo que se fabricaron solo cinco) con la que hacen impresionantes retratos y detallados paisajes.

En un mundo cada vez más invadido por los recursos tecnológicos, ideas como The imposible Project, recuerda el placer y el gusto por la pieza única. Por la obra artesanal o de corto alcance. Una reacción saludable que en todo caso no desdice de la importancia que ha tenido la tecnología en el desarrollo de las artes.

Como ejemplo me limito a citar al comentarista Abel Hernández, que en su blog de la revista El Cultural, de España, dice lo siguiente a propósito de la tecnología y el desarrollo de la música popular contemporánea.

Tengo la sensación de que, fuera de los círculos de estudiosos y académicos, apenas se piensa en la relación de la tecnología y la música popular en los últimos 100 años. Cuando es, ya no esencial, sino condición necesaria para su existencia. Sin fonógrafo, no habría surgido lo que entendemos por blues. Sin eso y sin batería (ese raro conjunto de instrumentos de percusión puestos juntos) ¿no deberíamos olvidar el jazz? Sin micrófono no existirían miles de canciones que lo basan todo en la interpretación. ¿Elvis, Brel, Cohen? Sin guitarra eléctrica ¿habría rock'n'roll? ¿Hendrix? Cómo pensar en la metamorfosis de Dylan sin varios de los utensilios anteriores. Sin grabación multipistas, paneles de separación, monitores de escucha, auriculares, ¿qué habrían hecho Phil Spector y los Beatles de Rubber Soul en adelante, los Beach Boys?, inmenso etcétera. Sin pedales de distorsión borra el glam, el heavy, sin amplificador ¿qué punk? Sin sintetizadores fuera casi todo el kraut, Silver Apple, Kraftwerk, Eno. Sin eco de cinta y bajo eléctrico no suena el dub y sin altavoces tampoco el resto del sound system jamaicano, así que descarta el ska, rocksteady, reggae, y, de paso, elimina el techno en sus muchas ramificaciones. Sin la cassette y los potentes radio-cassettes transportables o los giradiscos Technics SL-1200 con velocidad regulable no surge el hip hop ni la primera música disco. Sin cajas de ritmo puedes olvidarte del electro. Sin sampler, sin midi, sin ordenadores personales... no sigo. La mejor música actual es resultado de la aparición y existencia de todo eso.

Lo dicho. Está bien que existan propuestas que recuperen el aspecto más artesanal de la producción artística, pero también hay que recordar que la tecnología ha invadido de manera positiva todos los ámbitos de la creación humana.