viernes, julio 29, 2016

Una nueva colección de mis cuentos


La editorial EAFIT, en su nueva colección Debajo de las estrellas, grandes cuentistas, dirigida por Juan Diego Mejía, acaba de publicar esta antología de mis cuentos. Se incluyen en ella algunos de los títulos publicados en dos colecciones anteriores, junto con cuentos inéditos y viñetas escritas para esta ocasión. Es una edición concebida de tal forma que permite leer los cuentos con otra mirada, como si fuera una publicación completamente nueva. O, por lo menos, eso es lo que siento.

Incluyo el texto para la contraportada escrito por el director de la colección.


                                                                                                             RRV




   
"Sonido de fierros que chocan unos contra otros. Olor a pólvora que viaja en el viento. Hombres cansados de la guerra, ansiosos de besos, extraños entre extraños. Y en medio de ellos, el famoso periodista/detective Juan Ramón Galves con sus recuerdos de tiempos de heroísmo.

Los cuentos de Roberto Rubiano Vargas siempre son un atractivo para los lectores formados en la gran narrativa latinoamericana. En estos relatos se siente la mano certera del narrador que conoce la herencia literaria de los clásicos y el ojo del autor que observa a sus contemporáneos. Quien cuenta estas historias de ejércitos asesinos es el mismo que una vez escribió Necesitaba una historia de amor. Es también el mismo adolescente de Gentecita del montón. Se trata del mismo Roberto Rubiano Vargas que ha construido un nombre de cuentista que ya merece estar bajo la luz que emiten las estrellas del género."

Juan Diego Mejía


Patti Smith la imagen perturbadora del rock

Foto de Judy Lynn 
Hace poco tiempo, mientras veía el programa Late with Joos Holland, producción de BBC que retrasmite HBO, vi la actuación de Patti Smith. La vieja y flaca rockera de los setenta que seguía tan agil y vibrante como siempre, escupiendo en el piso del encerado estudio de la BBC y pateando un amplificador al terminar su interpretación. Patti Smith pasó a la historia del Rock practicamente por un solo disco: Wild Horses (ya comentado en este Blog), pero grabó muchos, escribió muchos versos, fue la musa del fotógrafo Robert Mapplethorpe y el motivo del objetivo de la fotógrafa Judy Lynn que la siguió durante varios años. En 2011, gracias a esas muchas tiras de negativo surgió un libro (Patti Smith, 1969-1976) que asediaba a este rostro icónico de la cultura norteamericana en general y del rock en particular.
Foto de Judy Lynn 

Pero son muchos los espacios que ha ocupado la imagen de Patty Smith. El año pasado, en una exposición titulada American cool, en la que se exponían cien rostros de la cultura norteamericana, estaba ella junto al inevitable Johnny Deep, Madonna, Bob Dylan, Ernest Hemingway, Fred Astaire y otros noventa y cuatro personajes.

Los criterios que le permitían a una persona ganar ese extraño privilegio de estar en la mente de la cultura norteamericana, además de aparecer en una buena fotografía estaban: "haber sido guiados por su visión original sobre el arte y estilo, ser parte de alguna rebelión cultural o haber transgredido en algún hito de la historia, tener un legado conocido y finalmente ser reconocido fácilmente". Criterios que Patti Smith cumple con sobrados méritos.
 
Foto de Judy Lynn 




Patty Smith sigue dando conciertos, pero también ha devenido en una importante escritora que nos recuerda que ese era su oficio original cuando aterrizó en la escena cultural neoyorkina apadrinada por Andy Warhol. Dos libros suyos, Just Kids de 2010 en el cual narra sus primeros años en la escena cultural neoyorkina daba cuenta de su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe autor de la icónica fotografía de la portada de Wild Horses. Más recientemente, otro libro suyo, M Train continuaba la saga de sus aventuras vitales. 
Con Robert Mapplethorpe

Toda esta actividad y su evidente matrimonio con la fotografía la han consagrado para la posteridad. En ese mundo digital poblado de selfies y vanidades rotas que es Instagram, Facebook y demás nichos de las redes sociales, la imagen perturbadora de Patty Smith es algo más que un gesto contra la banalidad. Es un retrato bandera de una generación, de una actitud que está más allá de su relación con el Punk o con el Rock o con Robert Mapplethorpe. Es uno de los rostros de la cultura Pop que identifican y definen este movimiento cultural de finales del siglo XX. 
Foto de Robert Mapplethorpe
 


lunes, febrero 22, 2016

Vanidad

En su conocido ensayo Los negroides, Fernando González, el filósofo de Otraparte, el pensador de Envigado, decía la "Vanidad es la ausencia de motivos íntimos, propios, y la hipertrofia del deseo de ser considerado". Más adelante subrayaba "La vanidad está en razón inversa de la personalidad. Por eso, a medida que uno medita, que uno se cultiva, disminuye".

Estas ideas de Fernando González me llevaron a pensar en esas personalidades insufribles, pagadas de sí mismas, agotadoras en su narcisimo y a plantearme una pregunta obvia ¿Los escritores somos vanidosos? ¿No es esa una acusación recurrente al gremio?

Tal vez, pero...

Los escritores son seres con un ego enorme, un ego incluyente que los lleva a querer compartir sus experiencias con los demás. Pero ese ego no necesariamente es vanidad. El sociópata (el asesino, por ejemplo) también tiene un ego enorme, pero es un ego excluyente que antepone sus privilegios y su visión personal a la de todos los demás, no comparte, impone. El sociópata es vanidoso por principio y probablemente dueño de un ego muy pobre.

Entre mis estudiantes de escritura creativa abundan los grandes egos, como es natural. Y a veces, afortunadamente pocas veces, aparece algún vanidoso. Se destaca. En medio de todos esos egos reunidos dispuestos a progresar un poco en su afán de compartir el mundo, aparece un vanidoso o vanidosa, que todavía no se ha cultivado, como diría Fernando González; cuya personalidad no ha crecido y por eso sufre de "la hipertrofia del deseo de ser considerado". Es de esos escritores que no soportan que les señalen sus errores. Que consideran que su estilo es el cúmulo de prejuicios y de errores que sustentan su escritura. Normalmente este rechazo a la corrección les impide avanzar, crecer, encontrar su voz. Creen que ya la tienen.

Por eso creo que los escritores que profundizan en su obra, que encuentran el camino de su realización vocacional, tienen un ego enorme pero no son necesariamente vanidosos. Y también creo que la calidad de un escritor se mide en su capacidad para aceptar la crítica de sus correctores, de sus editores, y sobre todo, de sus lectores.

miércoles, septiembre 30, 2015

La felicidad de Guillermo Martínez

No todos los días tiene uno la suerte de leer un libro de cuentos "sabroso", que sabe bien, que tiene texturas, humor y que nos sostiene el alma hasta el final, como Una felicidad repulsiva, de Guillermo Martínez. El escritor de Bahía Blanca, Argentina, que ganó el Premio Latinoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.

Tuve la suerte de conocer a Guillermo durante la reciente Fiesta del Libro de Medellín. Durante la charla pública en la que compartimos junto con Elkin Restrepo y Julio César Londoño sobre el cuento contemporáneo, pudimos conocer algunos secretos sobre la confección de su libro, Una felicidad repulsiva, y algunas creencias sobre su manera de concebir el cuento y la novela.
Guillermo Martínez y su libro de cuentos

En general me quedó la sensación de que Guillermo Martínez es un autor concentrado en su obra, la cual debe mucho a su padre también escritor, y al hecho de haber dedicado gran parte de su vida al estudio de las ciencias y la matemática. Ya había leído hace unos años su novela Crímenes imperceptibles de la cual Alex de la Iglesia hizo la película Los crímenes de Oxford. También había leido otra novela suya, La muerte lenta de Luciana B. pero nunca había frecuentado sus cuentos, experiencia muy recomendable.

Los cuentos que integran Una felicidad repulsiva, tienen una cierta variedad de registros, prima el humor, la perplejidad y en algunos casos la solución más o menos fantástica. Hay cuentos muy breves, otros de extención media habitual a cualquier cuento, y un cuento largo que su autor prefiere denominar nouvelle, pero que pese a su extensión no deja de ser un cuento.

Hay guiños a la solución fantástica en algunos de los cuentos, pero como lo señala su autor, en algunos casos, como en el cuento Una felicidad repulsiva, la solución fantástica queda en manos del lector que puede leerlos de esa manera o con la posibilidad de la interpretación realista. Otros, como el largo cuento final Una madre protectora o Un gato muerto, bordean los límites del cuento de terror, pero la intención del autor es indagar en la realidad de sus personajes, exponer sus pasiones, la profundidad de su espíritu, más que hacer juegos narrativos. Son cuentos de índole realista pero su autor acude a un gran arsenal de recursos al contarlos.

Mención aparte son los datos autobiográficos que se entreveran en los argumentos. La presencia de su padre, su experiencia como profesor de ciencias exactas, su pasado como estudiante en Inglaterra, etc.

El resultado final de este conjunto es sorprendente. Resulta raro leer un libro de cuentos tan parejo en su calidad, tan amplio en sus registros y argumentos, tan completo en sus resultados. No resulta extraño que haya ganado un premio muy competido, que parece en camino de convertirse en el galardón más importante que se entrega en América Latina a los autores de cuentos.

martes, septiembre 22, 2015

El horizonte luminoso es una línea imaginaria

 Por Roberto Aguilar

Roberto Aguilar es un lúcido periodista ecuatoriano. Mantiene el blog Estado de propaganda donde analiza los medios y el lenguaje del poder en Ecuador. Sus comentarios y algunos de sus tuits, fueron utilizados por la Secom, oscura oficina de censura de prensa del Régimen para silenciar y disolver a la ONG Fundamedios, donde Roberto colabora. Además, la Secom ha tramitado un llamado de "confesión judicial" a Roberto, embeleco jurídico que en palabras simples se traduce en un vulgar juicio por delitos de opinión. El razonamiento de estos censores es impecable: Aguilar nos acusa de perseguir a los periodistas, lo cual consideramos una calumnia, entonces como respuesta a la acusación perseguirmos al periodista que hace la denuncia.

La siguiente y muy reciente columna de Roberto ilustra el inane discurso del poder en Ecuador. Lo que en Argentina el Kirchnerismo llama "El relato". Las palabras del poder.

El Ecuador no es una democracia. Lo será un día. El correísmo ha sido muy sincero al respecto. No es un nuevo país sino el proceso de construcción de ese nuevo país lo que defiende y nos ofrece. La Senplades lo llama “proceso de construcción de un Estado democrático para el buen vivir”. O sea, el verdadero Estado democrático. El plazo para construirlo es incierto pero la historia de cómo ocurrirá ya está escrita. De esa certeza proviene la confianza en sí mismos y la jactanciosa superioridad que funcionarios y militantes demuestran en sus dichos y en sus hechos. Sólo ellos saben hacia dónde va la historia. Más aún: saben cómo llegar allá y tienen las herramientas necesarias. Basta con aplicar el proyecto político trazado por su Movimiento, intérprete legítimo y vanguardia de la historia que tiene por misión encaminar a la sociedad en la ruta correcta. Y en eso estamos: no seremos una democracia pero estamos bien encaminados.

Roberto Aguilar
El problema son los que no se dejan encaminar. Los que se oponen al proyecto, que es como oponerse al curso de la historia: un esfuerzo inútil, una pérdida de tiempo que sólo consigue retrasar lo inevitable. Es el caso de las protestas que esta semana se reactivaron en el país. Lo malo con quienes participan en ellas es que, como dijo Ricardo Patiño nomás el otro día, “están equivocados totalmente en la historia”. En otras palabras: eso de protestar y manifestarse en las calles es una etapa totalmente superada. Estaba bien para los tiempos en que los hoy correístas eran unos pobres arrastrados y muertos de hambre que protestaban también. Ahora que tienen el poder se supone que las demandas de aquel entonces han sido atendidas debidamente (de hecho todos ellos ya se compraron carro y casa), así que no quedan razones para protestar. “Yo participé en las huelgas nacionales de los ochenta –recuerda Patiño– haciendo reivindicaciones que sí eran políticas pero atendían adecuadamente al momento histórico. Ahora no”.

Ayer sí, ahora no. Nosotros sí, ustedes no.

Esta pretensión de conocer el curso de la historia es –ya lo han dicho varios analistas– un convencimiento religioso. ¿Qué más podría ser? El correísmo pudo haberlo heredado de su profundo conservadurismo católico pero también de sus más ortodoxas fuentes marxistas. La creencia en el papel redentor de los justos (papel que los marxistas adjudican al proletariado y los correístas a sí mismos) es una cuestión de fe. La sociedad del buen vivir del correísmo, lo mismo que la sociedad sin clases del marxismo tal como la describe Mircea Eliade en su Historia de las creencias religiosas, recoge la esperanza escatológica judeo-cristiana del fin absoluto de la historia. Para Marx, esa nueva edad de oro de la humanidad será el resultado de la subversión del orden y de los valores burgueses operada por los desposeídos. Para el correísmo, en cambio, se trata de un proyecto ejecutado por el Estado. En esto nuestro líder ha tenido la brillante idea de seguir los pasos de Stalin, que lo hizo tan bien y tuvo tanto éxito. Más aún: el proyecto en sí consiste en la construcción del Estado: un “Estado democrático para el buen vivir” que será la expresión de la verdad (la verdadera libertad, la verdadera justicia, la verdadera democracia) y de la felicidad humana. El espíritu de la historia de este país alcanzará su realización en el Estado correísta. Si Marx resucitara para verlos diría que los correístas son hegelianos de derecha.

Bajo este esquema, ser ciudadano es un problema de fe.

Para avivar la llama de esa fe, la retórica correísta está plagada de promesas de futuro. La propaganda repite que “El Ecuador va” y los medios del gobierno construyen la épica de ese proceso entre los desvaríos apologéticos de Carol Murillo y Omar Ospina. “El Ecuador no para”, redunda la agencia Andes en el título de uno de sus programas de entrevistas. Mientras tanto, la tecnocracia se mueve en territorios semánticos regidos por conceptos pletóricos de optimismo: proyecto, construcción, avance… Todo está por hacerse y eso es bueno. “Estamos avanzando en el proceso de transformación del sistema educativo”, asegura René Ramírez. “Hemos iniciado el proceso de construcción de la soberanía alimentaria”, reseña un reciente documento oficial sobre la materia. “Estamos avanzando en hacer cumplir la ley a las empresas”, sentencia un satisfecho superintendente Pedro Páez. “Estamos avanzando en la verdadera libertad de prensa”, promete el propio Rafael Correa. “Estamos avanzando en el proceso de construcción de la innovación social”, asegura el rector de una de las nuevas universidades del Estado. Y así con todo. En todo estamos avanzando, nada está listo. El proyecto es de tal magnitud (se trata nada menos que de instaurar la verdad sobre la tierra) que nada podría estarlo. Incluso aquellas cosas que creíamos ya tener, resulta que recién se están haciendo.

¿No llevamos años escuchando sobre el cambio de la matriz energética y contemplando cómo el gobierno gasta a manos llenas en un puñado de hidroeléctricas a precio inflado? Pues resulta que, en ese tema, no sabemos ni hacia dónde vamos. No todavía. En serio. Recién en abril de este año se desarrolló “una nueva etapa”, no la última, “en el proceso de construcción de la Agenda Nacional de Energía”, un “documento de política pública que, según la información oficial, “servirá como la base fundamental para desarrollar y aplicar una estrategia energética a corto, mediano y largo plazo”. Es decir que las decisiones inmediatas sobre temas energéticos en el Ecuador están siendo tomadas sobre la base de un documento que aún no existe. Lindo, ¿no? Y mientras el Cotopaxi no cesa de echar humo y El Niño besa nuestras costas, podemos decir con orgullo que “estamos avanzando en la construcción de un Ecuador preparado en gestión de riesgos”, como anticipó la semana pasada un funcionario del ministerio respectivo. O sea: no estamos preparados para una catástrofe natural pero lo estaremos. ¿Cuándo será eso, ya que ocho años fueron insuficientes? Y, de paso, ¿cuándo tendremos al menos una agenda de energía? ¿Cuándo terminaremos de transformar el sistema educativo? ¿Cuándo alcanzaremos nuestra soberanía alimentaria? ¿Cuándo cumplirán con la ley las empresas? ¿Cuándo tendremos libertad de prensa? ¿Cuándo seremos una sociedad de innovadores? La respuesta es una sola y resulta obvia: cuando hayamos terminado de construir el Estado democrático para el buen vivir. Nomás tengan fe.

¿Y cuándo será eso? Imposible decirlo. Al cabo de ocho años de construcción a todo trapo, el avance de la obra es el que describió el propio presidente en diálogo con la prensa extranjera, apenas en junio pasado: “empezamos por fin a construir la verdadera libertad”. Empezamos por fin. Es decir: recién. Ocho años de correísmo apenas han servido para poner las bases de un proceso que se perderá en los confines de la eternidad y no conoce retorno. ¿Ven cómo la reelección indefinida resulta imprescindible? Lo único que sabemos con certeza es que el proyecto político se realizará el día en que el correísmo consiga la victoria final en la lucha entre el Estado y sus enemigos.

Considérese ahora la extensa lista de enemigos: la derecha y los medios que conspiran; los movimientos sociales, los gremios, los sindicatos, las organizaciones indígenas que no representan a nadie y tienen que ser reemplazados por otras cuya representatividad esté garantizada por el Estado; las fundaciones y oenegés que incursionan ilegalmente en la política y tendrán que desaparecer o sujetarse a los controles del Estado; los defensores de los derechos humanos y las asociaciones ecologistas que perdieron el tren de la historia; los organismos internacionales que defienden los valores de la democracia burguesa; la oligarquía y los politiqueros, los tirapiedras y los terroristas, los aniñados, los pelucones, las coloraditas, las gorditas horrorosas y otros trogloditas, la argolla de buitres y gallinazos, los bichos que le llegan a la cintura al presidente y a quienes da ganas de caerles a patadas, de cometer microbicidio con ellos, en fin, todos los rezagos del viejo país que todavía subsisten agazapados…Cuando todas esas fuerzas hayan sido finalmente exterminadas o reducidas, puestas bajo control y disciplinadas, cuando el Movimiento haya conseguido encaminarlas a todas o desaparecerlas, sólo entonces la revolución habrá triunfado, el proyecto político de la felicidad y el buen vivir se habrá impuesto y tendremos, por fin, una democracia plena, verdadera. El “Estado democrático para el buen vivir” estará finalmente construido y el ministerio de Fredy Ehlers será perfectamente comprensible.

Porque en la verdadera democracia no tienen cabida los que joden: la derecha y los medios privados, los movimientos sociales independientes y los ciudadanos críticos. Como todos ellos todavía existen, la única democracia posible es la burguesa. Pero la democracia burguesa vale tres atados. El correísmo no la quiere. Prefiere dedicarse al microbicidio para preparar el advenimiento de la otra, la verdadera. Por el momento, a falta de una democracia verdadera, una libertad verdadera y una justicia verdadera que ya vendrán, nomás tengan fe, la democracia, la libertad y la justicia a secas quedan en suspenso. Hasta el fin de la historia. Amén.

lunes, agosto 17, 2015

Niebla al mediodía

A propósito de la entrada anterior, recordé que escribí esta nota para la revista Diners de Ecuador.

Poco a poco la obra de Tomás González ha terminado por ser uno de los trabajos literarios más reconocidos en Colombia. Desde su novela inicial, Primero estaba el mar, publicada por el legendario bar El Goce Pagano de Bogotá, en una edición para los amigos, hasta Niebla al mediodía, su novela más reciente, es un conjunto de títulos que hoy se lee en varios idiomas. Una obra construida a partir de pequeñas historias, con grandes personajes, narradas con las palabras precisas.

Este libro, para decirlo en pocas palabras, se lee con pasmosa facilidad. Esto no significa que sea una trama liviana, sino más bien que es una novela narrada con mucha eficacia. Sus poco más de cien páginas dejan la impresión de que uno ha leído muchas más. Tal la intensidad del relato.

Niebla al mediodía está contada desde la perspectiva de cuatro personajes que van construyendo un lugar casi metafísico poblado por personajes que practican yoga y meditación zen; paisajes con amenazantes riscos, cascadas, una laguna sin fondo y mucha guadua. Las ciudades aparecen apenas como un eco lejano de si mismas: Bogotá, Nueva York, Cartagena. Hay también algún pueblo lejano de la zona cafetera donde un cura con ínfulas modernistas derriba la iglesia de guadua construida por Raúl, una parábola sobre la debilidad del arte frente al pragmatismo.

Lo fundamental para Tomás González, cuya vida cotidiana transcurre en un paisaje idéntico al descrito en esta novela, es el paisaje interior de sus personajes. A través de ellos va elaborando una trama de relaciones existenciales en la que queremos, como lectores, permanecer. Y esto es algo que solo los buenos escritores consiguen: espacios donde queremos estar. Aunque sea, como en este caso, el lugar de un crimen fantasmal.

miércoles, agosto 12, 2015

La literatura colombiana y el pececito de colores

Es una queja más o menos reiterativa de parte del mundo literario hacia el periodismo colombiano: los medios no le dan importancia a las noticias relacionadas con el mundo de los escritores y el libro. Es cierto que cubren las ruedas de prensa de la ministra de cultura cuando anuncia pomposamente nuevas inversiones en proyectos de lectura que probablemente terminarán en cerros de libros embodegados, en municipios periféricos, esperando el momento en que algún funcionario los remate como pulpa de papel.

Pero, poco más, porque el periodismo colombiano no tiene memoria y no le interesan los procesos culturales. Es como el pececito de colores encerrado en su jaula de cristal para el cual cada vuelta a la pecera siempre es nueva y sorprendente.
Tomás González


Cuando se habla de un escritor, se necesita que este haya ganado un premio más o menos importante, o hecho una publicación que tenga alguna respuesta comercial. Hay nombres de escritores que por alguna de las dos razones mencionadas han logrado quedarse grabados en la memoria del pececito de colores. Más o menos todo periodista sabe quien es Hector Abad o Fernando Vallejo, quizá con alguna dificultad recuerda a Mario Mendoza y a Jorge Franco, con más dificultad a Miguel Torres, y de ahí en adelante se necesita que el escritor, como la foca amaestrada, haga su número publicitario para merecer la atención del pececito de colores.

Caso patético es el de Tomás González. Uno de los más serios escritores colombianos, autor de una consistente colección de novelas, cuentos y poemas. Un hombre serio y privado al que le cuesta relacionarse con los medios. Tal vez por eso cada vez que publica un libro se vuelve a leer la frasecita ridícula escrita en alguna parte: "uno de los secretos mejor guardados de la literatura colombiana". 

Claro, el pececito de colores no tiene por qué saber que Tomás públicó unos pocos cuentos más o menos sorprendentes antes de que apareciera su primera novela, Primero estaba el mar. Por tanto tampoco recuerda que Tomás ganó en 1987 el premio de novela colombiana otorgado por la editorial Plaza y Janés a su novela Para antes del olvido, que en su momento fue reseñada por Enrique Santos Calderón en su columna Contraescape, lo que contribuyó a la consolidación pública de la novela de Tomás, como ya lo había hecho, un año antes, con la novela Rosario Tijeras de Jorge Franco.

Después de estas dos primeras novelas, Tomás continuó publicando persistentemente, y el pequeño mundo lector de Colombia así lo reconoció. Su obra se publicó en el resto del mundo de habla hispana, se tradujo, pero de eso no se enteró el pececito de colores. Por eso cuando Tomás publicó La luz difícil con gran éxito de ventas, volvieron a mencionarlo como "uno de los secretos mejor guardados de la literatura colombiana". Y lo seguirán haciendo hasta el final de los tiempos, o hasta que se rompa la pecera y el pececito de colores termine boqueando sobre el tapete interconectado de la Internet.

Después, por un breve momento, "uno de los secretos mejor guardados de la literatura colombiana" pasó a ser Evelio Rosero, cuando su excelente novela Los ejércitos, ganó el premio Tusquets de novela. Ahora el nuevo secreto mejor guardado es Pablo Montoya, quien acaba de ganar el Premio Rómulo Gallegos con su Tríptico de la infamia.

Pablo Montoya
El pececito de colores se ha puesto los anteojos para mirar a través del vidrio de su pecera y saludar por unos segundos a este nuevo "secreto". Y bueno, si eso sirve para que la obra de Pablo Montoya circule un poco más, estará bien. Lo triste es que esta ausencia de memoria en lo que se refiere al mundo de la cultura, de la literatura y de los escritores, se extiende también a todos los ámbitos de la vida colombiana. Por eso cada cuatro años, gracias, entre otras cosas, al pececito de colores desmemoriado, los desharrapados, los hambrientos de todos los rincones de Colombia, a cambio de una teja, un saco de cemento o un tamal, siguen eligiendo a los corruptos que asaltan los recursos públicos, porque nadie en los medios se dedica a recordar sus crímenes.

La desmemoria en la sociedad colombiana es reforzada permanentemente por el pececito de colores, que a cada vuelta de la pecera se sigue sorprendiendo por la nueva reina de belleza, los Pablo Escobar, los Diomedes, etc. Por todos esos fenómenos que la literatura supera y explica.

viernes, mayo 22, 2015

La red, los jóvenes y la literatura

En una columna reciente publicada en el diario El Tiempo, la escritora Yolanda Reyes se quejaba  de esos muchachitos que son promovidos por las editoriales y las empresas de la red (léase Google, Youtube), como nuevos fenómenos culturales y que las editoriales consideren escritores por el simple hecho de llevar al papel sus menudas aventuras. Menciona dos casos: una niña que cuenta en su canal de Youtube su relación medio incestuosa con su hermano y un muchachito, que tambien en Youtube, ha conseguido cinco millones de descargas gracias a sus confesiones sobre su experiencia al salir del closet.

Lo primero que se me ocurre es que estos fenómenos no son nuevos. Lo que resulta novedosa es la plataforma mediante la cual se difunden ahora ese tipo de cosas. Pero la industria editorial y la industria cultural, para incluir aqui a Google y a Youtube, hace rato que se alimentan de estos escandalos ligeros para tratar de comercializar el morbo que el público siente por las personas que abren una ventana hacia su propia intimidad y si esta parece un poco retorcida, mejor.

Lo que pasa es que ahora hay una gran diferencia. Antes se usaba la plataforma de la revista, de la página de periódico impresa, salir en un programa de radio o televisión. Medios que implicaban una mayor intermediación del periodista de escándalo. Ahora la red ofrece una cantidad de balcones que antes eran impensables; ahora cualquiera puede tener un canal de televisión propio en Youtube y conseguir millones de espectadores. Un blog puede ser visitado miles de veces, conseguir muchas más lecturas que la revista de antaño.

Entonces, lo que sorprende no es que una gran mayoria se interese por temas sin importancia, sino que eso es lo normal bajo la dictadura de los medios de comunicación actuales. De la imposición de un gusto nivelado por lo bajo. Es normal que el reguetón se escuche más que el son cubano. Que el nacimiento del bebé de la princesa Leticia en España sea más importante para los medios que difundir el hecho de que Antonio Muñoz Molina sacó una nueva novela (y muy buena).

Tal vez, lo que habría que mirar es como en estos tiempos de redes sociales, de viralismo e inmediatez, los jóvenes y las personas de todas las edades, leen mucho. Lo que pasa es que la lectura varió. Ya no se hace en periódicos de papel, diseñados con columnas abigarradas, como era la prensa colombiana de los años cincuenta, ni en revistas ligeras como la Cromos de diversas épocas, sino que ahora se lee en Blogs, en Twitter y se visualizan contenidos mediante canales de imagen como Instagram o Youtube. Es una nueva situación para la que hay que ofrecer nuevas respuestas. Nuevos retos que implican actitudes diferentes. 

Obviamente, en las redes o en los medios análogos, el trabajo literario siempre será minoritario. Dirigido a pocos lectores, en proporción a los temas que se viralizan. Ya quisiera uno que un buen cuento literario fuera un fenómeno en las redes. Pero, en realidad, lo que más se difunde es lo que sacude, en mayor o menor escala, el morbo de la gente. Y la literatura, con su mirada crítica, está lejos de satisfacer a esos lectores más interesados en las veleidades de las celebridades que las reflexiones sobre la naturaleza humana.

martes, mayo 19, 2015

Collazos

Foto: Carlos Duque
No fui muy amigo de Oscar Collazos. Coincidimos en muchas reuniones de escritores, conferencias, encuentros, festivales, etc. En ocasiones estuvimos en la misma mesa de conferencias o de restaurante y poco más. Sin embargo, por una suma de pequeñas casualidades, Oscar fue importante para mi formación como escritor en los primeros años que dediqué a estos asuntos.

Conocí a Oscar Collazos cuando yo todavía estaba en el colegio y él era un escritor que acababa de regresar a Colombia después de haber dirigido el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas de la Habana y de haber tenido su famoso debate epistolar con Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa en las páginas del semanario Marcha de Montevideo.

Yo estudiaba en un colegio de garaje en el norte de Bogotá donde recalábamos los estudiantes problema de los colegios bien, así como muchos profesores problema que en aquella época estaban tirando piedra en las universidades donde terminaban de formarse. Alguno de esos profesores problema invitó a Oscar a dar una conferencia en el colegio a nosotros, los estudiantes problema. No recuerdo mucho de que habló Oscar pero si recuerdo que me impresionó el hecho de haber conocido a un escritor de verdad. El primero que veía en mi vida.

Meses después, la hermana mayor de mi amiga Kelly Velásquez, Aseneth, necesitaba viajar y me pidió que le cuidara su apartamento durante un fin de semana. En aquel tiempo disponer de un apartamento prestado donde quedarse con la novia por un fin de semana era un privilegio que no se podía rechazar.

El apartamento estaba ubicado en la Macarena, era un dúplex más o menos loft (lo llamarían ahora) y contaba con una cama grande y una biblioteca aún más grande. Durante aquel fin de semana disfruté esos dos muebles de diversa manera. Pero lo pertinente para esta historia es que en aquella bien surtida biblioteca encontré los dos primeros libros de Oscar Collazos, publicados por la editorial Arca de Montevideo: Son de Maquina y El verano también moja las espaldas. Obviamente fue una coincidencia afortunada y me los devoré ese fin de semana, o a lo mejor me los robé, no recuerdo bien, el caso es que esos cuentos me gustaron mucho y los releí más de una vez.

El cuento era un género que cada vez me fascinaba más y esos dos libros de Oscar Collazos reafirmaron mi interés por esa forma perfecta de la narrativa.

Tiempo después, meses o semanas después, andaba yo con un grupo de amigos un poco hippies patrullando calles y parques y metederos varios, con unas brasileras muy bonitas y muy hippies que en algún momento nos dijeron que tenían que ir a visitar a un escritor. Seguramente si nos hubieran dicho que las acompañáramos al infierno igual hubiéramos ido, pero yo acepté acompañarlas aún con mayor gusto, porque todo lo que tuviera que ver con el asunto de escribir era importante para mí, que desde que estaba en cuarto bachillerato intentaba ser parte del oficio.

Llegamos a un apartamento de la carrera tercera con diecinueve, cerca de la escultura de La Pola. Al lado de donde quedaba la galería Belarca donde trabajaba Aseneth. Entramos al lugar y oh sorpresa, el escritor que las brasileras iban a visitar era Oscar. No estuvimos allí mucho tiempo, y en todo caso no pude manifestarle mi admiración por sus cuentos, sobre todo porque Oscar estaba más ocupado coqueteando con las brasileras que interesado en escuchar los elogios de un fan recién salido de la adolescencia. Así que aproveché para mirar los libros que leía Oscar, su máquina de escribir sobre una mesa con una cuartilla a medio hacer. Todos esos detalles que me parecían absolutamente significativos y que sumados a la lectura de sus cuentos, avivaban en mí el deseo de convertirme en escritor.

La tarde se saldó conmigo y los amigos medio hippies con los que yo andaba, patrullando solitarios esas calles bogotanas de los años setenta, sin las brasileras que, obviamente, terminaron quedándose donde Oscar. Comenzaba a descubrir una de las virtudes de la literatura: que ayudaba a tener carreta para el levante.

Años, muchos años después, en alguno de esos encuentros de escritores donde volví a encontrarme frecuentemente con Oscar, por fin pude decirle lo mucho que me gustaban sus cuentos y qué tanto los había leído. Hasta le conté el incidente con las brasileras que él cortésmente dijo recordar aunque era obvio que no tenía ni idea de qué le estaba hablando. Un hombre amable.

Ahora Oscar se ha ido y me ha parecido que la mejor manera de despedirme de él es recordar la manera como lo conocí.

Saudade.

domingo, mayo 10, 2015

Lo público y lo privado en la lectura

Hoy renové mi carnet de socio de la biblioteca Luis Ángel Arango. Necesitaba sacar unos libros, seis para Lucila y uno para mi. Así que fui, hice la vuelta y los solicité.

Produce cierta felicidad cuando uno recibe de un solo golpe un paquete de libros, porque lo hace a uno volver por esos momentos más o menos navideños, aquellos sentimientos que se producen en el acto de ser agasajado con regalos. Por eso recibí los libros encantado, como si fuera una parva de regalos, y me senté en una de las bancas de la biblioteca a revisarlos buscando las sorpresas de su contenido. Casi todos eran libros muy usados, muy leídos por otras personas. Pero esa es la función del libro de la biblioteca. Ser compartido por muchas personas. Por eso me sorprendió el estado de casi todos los ejemplares. Estaban muy usados, eso es natural, pero también muy maltratados, poco queridos. El que me interesaba a mí, un libro de Norman Cohn, titulado En pos del milenio, según el archivo de la Biblioteca, había sido prestado doscientas cuarenta veces. No muchas, considerando que es un ejemplar publicado en 1983, pero es agradable saber que otras doscientas cuarenta personas habían disfrutado de su contenido. Lo que no me pareció tan chévere fue encontrar en él y en los otros seis libros solicitados por mi, anotaciones en lápiz y bolígrafo.

Es asombroso que un libro de uso público sea subrayado por alguien. Subrayar un libro que uno ha comprado es una manera de apropiárselo, de poder volver sobre pasajes que interesaron durante la lectura, fragmentos que se quieren citar en algún trabajo. También es abrir la posibilidad de releerlo de manera rápida en otro momento de la vida. Cada subrayado, refleja una manera personal de leer, refleja intereses particulares, refleja sesgos culturales, una manera de entender un contenido, muy diferente a como lo haría otra persona. Y eso es algo que se hace, o se puede hacer (depende de los gustos personales) con los libros que uno colecciona en su bilblioteca personal.


Algunas personas que tienen el hábito de subrayar libros, lo advierten cuando prestan esos libros marcados por su impronta personal; para que el nuevo lector no sienta que lo están conduciendo por un sendero distinto al que él buscaba. Y si uno es el depositario de ese libro prestado, acepta esa regla de juego y se arregla como puede.


Pero como usuario de una biblioteca pública resulta ofensivo encontrar que los libros que son de todos, han sido marcados, secuestrados, rotulados y en cierta forma desguazadados, por lectores invasivos que no respetan lo público. 


Esta falta de respeto hacia los bienes públicos son una constante en la sociedad colombiana. Nadie asume lo público para protegerlo, quizá, a lo sumo, para apropiárselo, convertirlo en un bien personal. Una costumbre que se llama corrupción. Subrayar un libro es una forma, si se quiere, modesta de la corrupción. Pero corrupción a fin de cuentas.

jueves, enero 29, 2015

El fin del mundo en mi ventana

Estoy en una oficina de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional y miro los árboles del jardín que hay cuatro pisos más abajo. El viento mueve las hojas y aunque a lo lejos escucho algún trino, estoy un poco triste, o melancólico, o simplemente deprimido porque no veo los pájaros que eran casi el retrato sonoro de Bogotá: el Copetón o Gorrión, o Zonotrichia capensis.
Un alumno, en la clase del día anterior me hizo caer en cuenta de que los copetones están siendo diezmados, o incluso ya casi estén extintos, por las Mirlas venidas de otras plataformas climáticas. Estas aves son como caníbales aéreas que se comen a los polluelos de los gorriones y los huevos, y los han llevado a su extinción.


Un estudio del año 2012, realizado por 
el profesor del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la UN, Gary Stiles, nos informaba que la especie más amenazada en Bogotá era el cucarachero de la sabana, cuyo hábitat son los humedales. El pájaro depredador es el Chamón, ese mismo experto decía que sólo en el futuro podría existir amenaza para el gorrion. Pues bien, hoy, a sólo dos años de aquel estudio, podremos decir que la amenaza se cumplió. Las mirlas son como los paramilitares que desplazan a los campesinos, ahora esas aves paracas han desplazado a los gorriones, primero de las zonas arborizadas de los barrios hacia las montañas de la ciudad, pero ahora incluso también comienzan a ser expulsados de estas zonas. Vivo en un barrio con muchos árboles cerca de las montañas y puedo certificarlo.


Si, según la ONU, cada día se extinguen 150 especies de animales en el mundo, desde mi ventana veo extiguirse una especie que acompañó la personalidad de mi ciudad. O sea, veo el fin del mundo acercarse, ominosamente, por mi ventana

jueves, septiembre 25, 2014

Historia de un manuscrito

por Gabriel García Márquez

El 15 de julio de julio de 2001, el diario El País publicó este texto que es autoría de Gabriel García Marquez a propósito de las pruebas de imprenta de su manuscrito de "Cien años de soledad", que salían a subasta en esos días. Es una bonita historia muy bien contada por Gabo que quiero recordar otra vez, así como quiero recordar, una vez más y en sus palabras, a su autor. Lamentablemente en ese momento nadie pujó en la subasta sobre el precio base de US 560.000. Una Universidad Norteamericana estuvo interesada en quedárselas, pero los sucesos del 11 de septiembre de 2001 la hicieron desistir, probablemente pensaron que su país entraba en la Tercera Guerra Mundial. (R.R.V.)



A principios de agosto de 1966 Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de San Ángel, en la ciudad de México, para enviar a Buenos Aires los originales de "Cien Años de Soledad". Era un paquete de quinientas noventa cuartillas escritas en máquina a doble espacio y en papel ordinario, y dirigido al director literario de la Editorial Sudamericana, Francisco (Paco) Porrúa. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo:


–Son ochenta y dos pesos.

Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que llevaba en la cartera, y me enfrentó a la realidad:

–Sólo tenemos cincuenta y tres.

Tan acostumbrados estábamos a esos tropiezos cotidianos después de más de un año de penurias, que no pensamos demasiado la solución. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos a Buenos Aires sólo la mitad, sin preguntarnos siquiera cómo íbamos a conseguir la plata para mandar el resto. Eran las seis de la tarde del viernes y hasta el lunes no volvían a abrir el correo, así que teníamos todo el fin de semana para pensar.

Ya quedaban pocos amigos para exprimir y nuestras propiedades mejores dormían el sueño de los justos en el Monte de Piedad. Teníamos, por supuesto, la máquina portátil con que había escrito la novela en más de un año de seis horas diarias, pero no podíamos empeñarla porque nos haría falta para comer. Después de un repaso profundo de la casa, encontramos otras dos cosas apenas empeñables: el calentador de mi estudio, que ya debía valer muy poco, y una batidora que Soledad Mendoza nos había regalado en Caracas cuando nos casamos. Teníamos también los anillos matrimoniales que sólo usamos para la boda, y que nunca nos habíamos atrevido a empeñar porque se creía de mal agüero. Esta vez, Mercedes decidió llevarlos de todos modos como reserva de emergencia.

El lunes a primera hora fuimos al Monte de Piedad más cercano, donde ya éramos clientes conocidos, y nos prestaron -sin los anillos- un poco más de lo que nos faltaba. Sólo cuando empacábamos en el correo el resto de la novela caímos en la cuenta de que la habíamos mandado al revés: las paginas finales antes que las del principio. Pero a Mercedes no le hizo gracia porque siempre ha desconfiado del destino.

–Lo único que falta ahora –dijo– es que la novela sea mala.

La frase fue la culminación perfecta de los dieciocho meses que llevábamos batallando juntos para terminar el libro en que fundaba todas mis esperanzas. Hasta entonces había publicado cuatro en siete años, por los cuales había percibido muy poco más que nada, salvo por La Mala Hora, que obtuvo el premio de tres mil dólares en el concurso de la Esso Colombiana, y me alcanzaron para el nacimiento de Gonzalo, nuestro segundo hijo, y para comprar nuestro primer automóvil.

Vivíamos en una casa de clase media en las lomas de San Ángel Inn, propiedad del oficial mayor de la alcaldía, licenciado Luis Coudurier, que entre otras virtudes tenía la de ocuparse en persona del alquiler de la casa. Rodrigo, de seis años, y Gonzalo, de tres, tuvieron en ella un buen jardín para jugar mientras no fueron a la escuela.
Yo había sido coordinador general de las revistas Sucesos y La Familia, donde cumplí por un buen sueldo el compromiso de no escribir ni una letra en dos años. Carlos Fuentes y yo habíamos adaptado para el cine El Gallo de Oro, una historia original de Juan Rulfo que filmó Roberto Gavaldón. También con Carlos Fuentes había trabajado en la versión final de Pedro Páramo, para el director Carlos Velo. Había escrito el guión de Tiempo de Morir, el primer largometraje de Arturo Ripstein, y el de Presagio, con Luis Alcoriza. En las pocas horas que me sobraban hacía una buena variedad de tareas ocasionales -textos de publicidad, comerciales de televisión, alguna letra de canciones- que me daban suficiente para vivir sin prisas pero no para seguir escribiendo cuentos y novelas.

Sin embargo, desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen. De pronto, a principios de l965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad: 


–Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera.

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Desde entonces no me interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo.

En los primeros meses conservé mis mejores ingresos, pero cada vez me faltaba más tiempo para escribir tanto como quería. Llegué a trabajar de noche hasta muy tarde para cumplir con mis compromisos pendientes, hasta que la vida se me volvió imposible. Poco a poco fui abandonando todo hasta que la realidad insobornable me obligó a escoger sin rodeos entre escribir o morir. 


No lo dudé, porque Mercedes -más que nunca- se hizo cargo de todo cuando acabamos de fatigar a los amigos. Logro créditos sin esperanzas con la tendera del barrio y el carnicero de la esquina. Desde las primeras angustias habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestra primera incursión al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto de la sección las examinó con un rigor de cirujano, pesó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas de un collar, los rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero:

–!Esto es puro vidrio!

Nunca tuvimos humor ni tiempo para averiguar cuando fue que las piedras preciosas originales fueron sustituidas por culos de botellas, porque el toro negro de la miseria nos embestía por todos lados. Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática eran en realidad errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo. Mercedes se gastaba medio presupuesto doméstico en pirámides de resmas de papel que no duraban la semana. Esta era quizás una de mis razones para no usar papel carbón.
 
Problemas simples como ese llegaron a ser tan apremiantes que no tuvimos ánimos para eludir la solución final: empeñar el automóvil recién comprado, sin sospechar que el remedio sería más grave que la enfermedad, porque aliviamos las deudas atrasadas, pero a la hora de pagar los intereses mensuales nos quedamos colgados del abismo. Por fortuna, nuestro amigo Carlos Medina, de vieja y buena data, se empeñó en pagarlos por nosotros, y no sólo los de un mes sino de varios más, hasta que logramos rescatar el automóvil. Hace sólo unos años supimos que también él había tenido que empeñar uno de los suyos para pagar los intereses del nuestro.  
Los mejores amigos se turnaban en grupos para visitarnos cada noche. Aparecían como por azar, y con pretextos de revistas y libros nos llevaban canastas de mercado que parecían casuales. Carmen y Álvaro Mutis, los más asiduos, me daban cuerda para que les contara el capítulo de turno de la novela. Yo me las arreglaba para contarles versiones de emergencia, en mi creencia de que contar lo que estaba escribiendo espantaba a los duendes.

Carlos Fuentes, a pesar de su terror de volar en aquellos años, iba y venía por medio mundo. Sus regresos eran una fiesta perpetua para conversar de nuestros libros en curso como si fueran uno solo. María Luisa Elio, con sus vértigos clarividentes, y Jomi García Ascot, su esposo, paralizado por su estupor poético, escuchaban mis relatos improvisados como señales cifradas de la Divina Providencia. Así que nunca tuve dudas, después de sus primeras visitas, para dedicarles el libro. Además, muy pronto me di cuenta de que las reacciones y el entusiasmo de todos me iluminaban los desfiladeros de mi novela real.

Mercedes no volvió a hablarme de sus martingalas de créditos hasta marzo de 1966 -un año después de empezado el libro- cuando debíamos tres meses de alquiler. Estaba hablando por teléfono con el dueño de la casa, como lo hacía con frecuencia para alentarlo en sus esperanzas, y de pronto tapó la bocina con la mano para preguntarme cuándo esperaba terminar el libro. Por el ritmo que había adquirido en un año de práctica, calculé que me faltaban seis meses. Mercedes hizo entonces sus cuentas astrales, y le dijo a su paciente casero sin el mínimo temblor de la voz:

–Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses.

–Perdone, señora –le dijo el propietario asombrado–. ¿Se da cuenta que entonces será una suma enorme?

–Me doy cuenta –dijo Mercedes, impasible– pero entonces lo tendremos todo resuelto. Esté tranquilo.
 
Al buen licenciado, uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: "Muy bien, señora, con su palabra me basta". Y sacó sus cuentas mortales:

–La espero el siete de septiembre.

Se equivocó: no fue el siete sino el cuatro, con el primer cheque inesperado que recibimos por los derechos de la primera edición. 


Los meses restantes los vivimos en pleno delirio. El grupo de mis amigos más cercanos, que conocían bien la situación, nos visitaban con más frecuencia que antes, siempre cargados de milagros para seguir viviendo. Luis Alcoriza y su esposa austriaca, Janet Riesenfeld Dunning, no eran visitadores frecuentes, pero armaban en su casa pachangas históricas, con sus amigos sabios y las muchachas más bellas del cine. Muchas veces eran pretextos simples para vernos. Él era el único español que podía hacer fuera de España una tortilla igual a las de Valencia, y ella era capaz de mantenernos en vilo con sus artes de bailarina clásica. Los García Riera, locos del cine, nos arrastraban a su casa en la noche de los domingos y nos infundían la demencia feliz para afrontar la semana siguiente.

La novela estaba entonces tan avanzada que me daba el lujo de seguir enriqueciendo el argumento falso que improvisaba en las visitas de los amigos. Muchas veces lo escuché recitado por otros a los que nunca se los había contado, y me sorprendía de la velocidad con que crecían y se ramificaban de boca en boca.

A fines de agosto, de un día para otro, se me apareció a la vuelta de una esquina el final de la novela. No usaba papel carbón y no existían las fotocopiadoras de la esquina, de modo que era un solo original de unas dos mil cuartillas. Fue un manjar de dioses para Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, una de las buenas mecanógrafas de Manuel Barbachano Ponce en su castillo de Drácula para poetas y cineastas en la colonia Cuauhtémoc.

En sus horas libres de varios años, Pera había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellas, La región más transparente de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de las películas de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final de la novela, era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. No sólo aceptó el borrador por la curiosidad de leerlo, sino también que le pagara enseguida lo que pudiera, y el resto cuando me pagaran los primeros derechos de autor. Pera copiaba un capítulo semanal mientras yo corregía el siguiente con toda clase de enmiendas, con tintas de distintos colores para evitar confusiones, y no por el propósito simple de hacerla más corta, sino de llevarla a su mayor grado de densidad, hasta el punto de que quedó reducida casi a la mitad del original.
 
Años después, Pera me confesó que cuando llevaba a su casa la única copia del tercer capítulo corregido por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial, y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las secó en su casa con una plancha de ropa.  
Mi mayor emoción de esos días fue un sábado en que no tuve listas las correcciones del siguiente capítulo, y llamé a Pera para decirle que se lo llevaba el lunes. Al cabo de un largo titubeo se atrevió a preguntarme si Aureliano Buendía se acostaría al fin con Remedios Moscote. Cuando le contesté que sí, soltó un suspiro de alivio.

–Bendito sea Dios –exclamó– si no me lo hubiera dicho no habría podido dormir hasta el lunes.

Nunca he sabido cómo fue que en esos días recibí una carta intempestiva de Paco Porrúa -de quien nunca había oído hablar-, en la que me solicitaba para la Editorial Sudamericana los derechos de mis libros, que conocía muy bien en sus primeras ediciones. Se me partió el corazón, porque todos estaban en distintas editoriales con contratos a largo plazo, y no sería fácil liberarlos. El único consuelo que se me ocurrió fue contestarle a Paco que estaba a punto de terminar una novela muy larga y sin compromisos, de la que en pocos días podía enviarle la primera copia terminada.
 
Paco Porrúa lo aceptó por telegrama, y a vuelta de correo me mandó un cheque de quinientos dólares como anticipo. Justo para los nueve meses de alquiler que nos habíamos comprometido a pagar por esos días, y no encontrábamos cómo, por un mal cálculo mío para terminar la novela.  
De todos modos, la limpia transcripción de Pera con tres copias en papel carbón estuvo lista en dos o tres semanas más. Álvaro Mutis fue el primer lector de la copia definitiva, aun antes de mandarla a la imprenta.

Desapareció dos días, y al tercero me llamó con una de sus furias cordiales, al descubrir que mi novela no era en realidad la que yo contaba para entretener a los amigos, y que el repetía encantado a los suyos.

–¡Usted me ha hecho quedar como un trapo, carajo! –me gritó–. Este libro no tiene nada que ver con el que nos contaba.

Luego, muerto de risa, me dijo:

–Menos mal que este es mucho mejor.

No recuerdo si entonces tenía el título de la novela, ni dónde ni cuándo ni cómo se me ocurrió. Ninguno de los amigos de entonces ha podido precisarlo. ¿Habrá algún historiador imaginativo que me hiciera el favor de inventar este dato?

La copia que leyó Álvaro Mutis fue la que mandamos en dos partes por correo, y otra fue el respaldo que el mismo llevó poco después en uno de sus viajes a Buenos Aires. La tercera circuló en México entre los amigos que nos acompañaron en las duras. La cuarta fue la que mandé a Barranquilla para que la leyeran tres protagonistas entrañables de la novela: Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda, cuya hija Patricia la guarda todavía como un tesoro.
 
Cuando recibimos el primer ejemplar del libro impreso, en julio de 1967, Mercedes y yo rompimos el original acribillado que Pera utilizó para las copias. No se nos ocurrió pensar ni mucho menos que podía ser el más apreciable de todos, con el capítulo tercero apenas legible por la lluvia y por los hierros de aplanchar. Mi decisión no fue nada inocente ni modesta, sino que rompimos la copia para que nadie pudiera descubrir los trucos de mi carpintería secreta. Sin embargo, en alguna parte del mundo puede haber otras copias, y en especial las dos enviadas a la Editorial Sudamericana para la primera edición. Siempre pensé que Paco Porrúa -con todo su derecho- las había guardado como reliquia. Pero él lo ha negado, y su palabra es de oro.

Cuando la editorial me mandó la primera copia de las pruebas de imprenta, las llevé ya corregidas a una fiesta en casa de los Alcoriza, sobre todo para la curiosidad insaciable del invitado de honor, don Luis Buñuel, que tejió toda clase de especulaciones magistrales sobre el arte de corregir, no para mejorar, sino para esconder. Vi a Alcoriza tan fascinado por la conversación, que tomé la buena determinación de dedicarle las pruebas: "Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida pero que es la única verdadera, del amigo que más los quiere en este mundo". Junto a la firma escribí la fecha: 1967. La mención sobre la firma repetida, y las comillas en la frase final, se debían a una dedicatoria anterior que había firmado en un libro para los Alcoriza.

Veintiocho años después, cuando Cien Años de Soledad había hecho su carrera, alguien recordó aquel episodio en la misma casa, y opinó que las pruebas con la dedicatoria valían una fortuna. Janet las sacó de su baúl y las exhibió en la sala, hasta que le hicieron la broma de que con eso podían salir de pobres. Alcoriza hizo entonces una escena muy suya, dándose golpes con ambos puños en el pecho, y gritando con su vozarrón bien impostado y su determinación carpetovetónica:

–¡Pues yo prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un amigo!

Entre la justa ovación de todos, volví a sacar el mismo bolígrafo de la primera vez, que todavía conservaba, y escribí debajo de la dedicatoria de dieciocho años antes: "Confirmado, 1985". Y volví a firmar como la primera vez: Gabo. Ese es el documento de 180 folios con 1.026 correcciones de mi puño y letra, que será puesto en pública subasta el 21 de septiembre de este año en la feria del libro en Barcelona, sin participación ni beneficio alguno de mi parte.

Que no haya dudas de que es una operación legítima. Lo que ha desconcertado a algunos es porqué las galeras originales estaban en mi poder, si debía haberlas devuelto a Buenos Aires para que introdujeran las correcciones finales en la primera edición. La verdad es que nunca las devolví corregidas de mi puño y letra, sino que mandé por correo las correcciones copiadas a máquina línea por línea, por temor de que el mamotreto se perdiera en la vuelta.

Luis Alcoriza murió en su ley en 1992, a los setenta y un años, en su retiro de Cuernavaca. Janet siguió allí, y murió seis años después, reducida a un pequeño núcleo de sus amigos fieles. Entre ellos el más fiel de todos, Héctor Delgado, que los había adoptado como padres y se ocupó de ellos en las vacas flacas de la vejez, más y mejor que si hubieran sido los verdaderos. Antes de morir, ellos lo nombraron su heredero legítimo por disposición testamentaria.

Lo único que me parece injusto de esta historia a la vez inverosímil y memorable, es que Luis y Janet vivieran sus últimos años con cientos de miles de dólares guardados a salvo del tiempo y las polillas en el fondo del baúl, por la invencible dignidad ibérica de no vender el regalo del amigo que más los quiso en este mundo.


viernes, agosto 29, 2014

La ciudad de la furia

Este texto lo escribí para el libro !Fuera zapato viejo! una selección de textos sobre la historia de la salsa en Bogotá concebido por Mario Jursich (que fue su editor y promotor). Es una edición de Idartes, Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y la editorial de la revista el malpensante.


Yo crecí en una Bogotá donde todo lo que nos rodeaba era viejo. Donde las cosas y la gente estaban detenidas en el tiempo. Los jóvenes que yo veía en mi niñez se vestían como sus padres y sus abuelos. Solo circulaban carros viejos (lo que se denominaba un “último modelo” tenía cinco o siete años de salido del almacén); los buses eran viejos y todo el mundo parecía unificado en la misma edad. Bueno, cuando uno tiene diez años o menos, todos los demás seres humanos parecen demasiado grandes o demasiado pequeños. Pero, en todo caso nací, crecí y llegué a la adolescencia en una ciudad que básicamente era vetusta, anticuada y negada a los cambios, y mi tránsito hacia otra ciudad, más dinámica, o abierta a nuevas propuestas, tuvo una banda sonora que comenzó con el rock y terminó en la música del Caribe.

Para comienzos de los años sesenta el mundo y particularmente el mundo de la gente joven estaba cambiando, tanto en sus formas como en su participación política y por supuesto había un cambio en el paradigma musical. La juventud comenzaba a ser protagonista cultural en una sociedad que tanto en Europa 
como en Bogotá, había cambiado poco desde la segunda guerra mundial. 


Gaiteros de San Jacinto, en Bogotá en 1979. Foto: Roberto Rubiano
Mi familia, que como corresponde a esa ciudad vieja, era del viejo estilo, estaba formada por nueve hermanos. Esa multitud de hermanos incluía todos los gustos musicales. Los mayores, que me llevaban doce y catorce años, tenían su propia discoteca: Pacho Galán, Pérez Prado, Lucho Bermúdez. Mi papá escuchaba unas cosas raras que después descubrí que se llamaban zarzuelas, aunque escondía una colección de Jazz que nadie escuchaba. Ni yo, porque hasta los doce años no tuve ningún gusto musical en particular, pero a partir de allí mi educación formal se confundió con mi educación musical y esta con mi educación sentimental. No sé si por influencias de una en la otra comenzaron a echarme de los colegios respetables donde se iba de uniforme y pasé a estudiar en colegios de garaje donde se refugiaban los músicos de Rock de las nuevas bandas que tocaban  en las discotecas de Bogotá. Lo cual, en todo caso, fue un golpe de fortuna.

Yo me for
mé en la música g
racias a algunos de esos momentos significativos. Mi hermana mayor vivió en Inglaterra a mediados de los años sesenta y cuando volvió, para la navidad de 1964, me regaló dos discos de un nuevo grupo que todavía no sonaba mucho en Bogotá. Era un Long Play titulado simplemente The Beatles (con la famosa foto del cuarteto tomada en contrapicado) y un Cuarenta y cinco con dos temas, Love me do y Can’t buy my love. Tuve que escucharlos durante veinticuatro horas seguidas (mi hermana asegura que así fue), para entender esa música, pero sobre todo para formarme mi primer gusto musical. A partir de esos discos de The Beatles algo me gustaba, algo me conmovía.

Un par de años más tarde, mi papá decidió sacarnos del barrio de la Soledad donde había pasado mi niñez y nos trasladó a San José de Bavaria donde la vida se parecía más a la de un pueblo que a la de una ciudad. Era, si cabe, un mundo aún más viejo, pero ofrecía mucho espacio para andar en bicicleta y correr por los potreros gracias a que era un barrio casi sin construír donde vivíamos poco menos de veinte familias. Allí hice un amigo medio nerd, con el cual aguardábamos la aparición de ovnis sobre las verdes colinas de Suba y discutíamos acerca de los arcanos conocimientos de la enciclopedia Planeta; pero lo más importante es que él y su hermana eran dueños de una completa discoteca de “música moderna” como se la llamaba entonces. El papá de mi amigo viajaba una vez al mes a Miami y le traía lo último que había salido en las tiendas de discos del aeropuerto. Gracias a esas encomiendas descubrí el amplio mundo de la “música ye ye” (como también se la llamó) y que ue poco a poco se terminó por denominar simplemente: Rock.

En ese barrio campestre o campechano, donde pasé mi adolescencia, si uno quería tener alguna oportunidad con una quinceañera había que ir a las fiestas navideñas de ron con Cocacola, empanaditas y música de chucuchucu, en las cuales el rock no era de buen recibo. El chucuchucu era la música del mundo viejo y el rock la del mundo nuevo. Pero las chicas estaban en el mundo viejo y no el mundo nerd donde yo vivía. Así que en las mañanas de diciembre escuchábamos a Beach Boys, Rolling Stones, Animals, y en las noches hágale a bailar chucuchucu con Los graduados, en una suerte de esquizofrenia musical muy apropiada para esa ciudad vieja en la que todo comenzaba a cambiar con lentitud, como una serpiente de invierno despellejándose con lentitud.

Mi primer contacto con la música del Caribe lo tuve en 1969, durante una conversación en el colegio de garaje donde estudié el bachillerato. Estaba con un compañero que tocaba con una banda de Rock, no recuerdo cual, tal vez La Banda de Marciano, o Glass Onion y me habló de un músico llamado Carlos Santana. Todavía faltaba tiempo para que llegara a los cines de Bogotá el documental sobre el Festival de Woodstock. Recuerdo casi al pie de la letra sus palabras; “este tipo combina el Rock con la música cubana y ha adaptado temas de Tito Puente”. Yo me quedé en babia, no tenía ni idea qué era la música cubana ni quien era Tito Puente. Aunque seguramente los había escuchado sin saberlo, en las fiestas de mis hermanos mayores. Por eso cuando vi, dos años más tarde, el documental sobre Woodstock, en un teatro del centro de Bogotá, con pepos que bailaban contra la pantalla y mucha marihuana en el ambiente, descubrí de qué hablaba mi compañero de colegio. Ese latin beat que inicia aquel tema famoso, Soul Sacrifice de Santana, fue una revelación absoluta. El sonido de la guitarra eléctrica y el órgano Hammond iba muy bien con la percusión latina de congas, timbales y maracas, propios de la música cubana. Un bombillito se encendió en el panel de mis gustos musicales. “Ladies and gentlemen, Santana…”

Todo ser humano repite en sí mismo a escala los fenómenos de su tiempo. Pero no se da cuenta. Necesita que otros lo confirmen para asegurarse de ello. En mi caso la experiencia iniciada con la música popular de origen británico iba a repetir dentro de mí, el mismo proceso de influencias que afectó a toda la música popular desde 1960, o incluso antes. Es decir, así como el jazz y el naciente rock afectaron positivamente la música cubana hasta conformar el sonido de la salsa, de la misma manera mi formación musical a partir del rock me llevaría más tarde al jazz y a la salsa, en un proceso natural de aprendizaje musical.

Recuerdo que los primeros temas afrocubanos que escuché por mi propio gusto fueros los interpretados por un dueto cubano. Era 1972 y mi novia de entonces y su hermano menor tenían varios casetes de Celina y Reutilio. Allí escuché por primera vez esas composiciones legendarias como Qué viva Changó, A Santa Bárbara, o El punto cubano; canciones que todavía resuenan en mi memoria y acompañan los recuerdos sentimentales de mis veinte años. Alma, como se llamaba mi novia, tenía una personalidad un poquito autosuficiente. Superalma, la llamaron más tarde en homenaje a un personaje de Vanishing Point, la película con guión de Guillermo Cabrera Infante, un escritor que también me acompañaría en los senderos de la música cubana. Alma creía que estaba de regreso de todo y que sabía más sobre todas las cosas que los demás seres humanos. Tenía amigos más grandes que hacían cine y televisión, y ella misma era actriz de televisión; por eso creía ser experta en música cubana, y claro, comparada conmigo, lo era. Con ella pasaba muchas noches escuchando Celina y Reutilio y tomando té con limón, que era una costumbre nueva en una ciudad con demasiadas costumbres viejas. Así, poco a poco, inicié mi trasteo musical hacia el Caribe.

Parte de las razones que me habían convertido en un mutante de esa ciudad vieja se debían a que comenzaba a moverme en grupos sociales diferentes. Mi esquizofrenia musical me llevaba a divertirme por temporadas con mis amigos de San José de Bavaria o con los rockeros que tocaban en el Parque Nacional y en Lijacá. Pero poco después, en la casa de Suba de la pintora Margarita Monsalve, hice otros amigos: Antonio Morales, Marcos Roda y todos aquellos que siguen siendo mis amigos. Vivíamos las fiestas a punta de Moustaki y Paco Ibañez pero comenzábamos a apreciar otra música para acompañar la noche. Allí escuché los dos primeros discos que me sirvieron como puerto de entrada a eso que después conoceríamos como salsa. Uno fue la primera grabación de Patato y Totico y que se llamaba así, simplemente: Patato y Totico, el otro era el tercer disco editado de Willie Colón, Cosa nuestra. Una pequeña selección que no estaba mal para comenzar. En Patato y Totico tocaban grandes músicos. Estaba Arsenio Rodríguez y Cachao. Y en el de Wilie Colón ya estaba una figura legendaria y fulminada: Hector Lavoe, que al decir de Eduardo Arias fue lo más cercano a un Rock Star que produjo la salsa. Tostado a punta de perica y trago. En el índice de ese disco se destacaban Che che colé y Juana Peña, dos temas que iban a ser parte fundamental de la banda sonora de la Bogotá de la furia salsera.

Por esos días, uno de esos amigos de mi novia Alma, un cineasta que solo hizo un par de cortometrajes del llamado sobreprecio del cine colombiano, fue quien nos llevó a descubrir uno de los santuarios famosos de la salsa en Bogotá. La jirafa roja
, un lugar con más aire de prostíbulo que de rumbeadero, o de lugar mítico de la salsa como se la considera ahora. Pero lo era. Quedaba en los altos del teatro Mogador de la calle 23. Tengo la borrosa visión de una pista con luces de colores y piso sintético. Pero sobre todo recuerdo que sonaban bandas como las de Richie Rey y Nelson y sus estrellas. Llegar en ese momento a La jirafa roja era como cumplir un paso más en un ritual para conocedores que incluía algunos otros retos, como ir a tomar cerveza al Tunjo de oro, para conocer la música de la Sonora Matancera, o saber bailar al ritmo de Amparo arrebato. Ser un salsero, en 1974, en Bogotá, era un título honorífico que pocos tenían y muchos deseábamos. Además, al igual que toda especialización, la salsa en aquel tiempo era una conjura contra los neófitos. Los que sabían de salsa, habituales de aquellos lugares, nos miraban a los recién aparecidos con un desprecio infinito. Se trenzaban en conversaciones eruditas acerca de tal o cual interprete, que a los espectadores nos parecían física cuántica.

Como todo centro de reunión de aquella época sin redes sociales, los bares cumplían una función esencial de unir el espíritu de los diversos ghetos. Los estudiantes de Buenaventura y de Cali, los estudiantes de la costa Caribe, encontraban en esos bares refugio para afrontar el frío y la soledad de las calles de esa ciudad vieja y triste que continuaba siendo Bogotá a mediados de la década del setenta.

Poco a poco los metederos tradicionales (El paladium, La jirafa roja, El tunjo de oro) se fueron apagando y cediendo su espacio a los nuevos bares. La música afrocubana ya no era de uso exclusivo de Cali o de Barranquilla, sino una consigna que los estudiantes bogotanos, los periodistas, los intelectuales, los activistas de izquierda o simplemente los costeños de nuestras dos costas, compartíamos. Una verdadera furia musical que estaba transformando algo más que la forma de bailar de los bogotanos.

La fundación de bares con un nuevo estilo, como fue El Goce Pagano, Casa Colombia, La teja corrida y los que vinieron después, fue muy importante en ese proceso de reconocimiento social. En ese proceso que llevó a una sociedad que no dialogaba consigo misma, a transformarse en una nueva sociedad que se identificaba con nuevos códigos de interacción personal. Para las mujeres bailar con desconocidos en esos nuevos bares, sin que las manosearan, resultó ser una liberación. Podían conversar con esos mismos desconocidos sin que estos creyeran que le estaban ofreciendo sexo, necesariamente. Aunque, por supuesto, la nueva noche bogotana fue muy libre en sus hábitos sexuales. Puso en escena la consigna del amor libre pregonada por los hippies de la calle sesenta. La ciudad vieja se transformó en la ciudad de la furia salsera, aunque sus espacios continuaran siendo poco coloridos, fundamentalmente porque los bares donde la salsa creció eran poco más que tiendas remodeladas, sin mayor iniciativa en su decoración y esa fue una constante hasta la llegada de Casa Colombia y La teja corrida.

A fines de los setenta las salsotecas, casi por rebeldía contra la imagen de la clásica discoteca de espejos, terciopelos y luces dirigidas, eran más bien huecos con aspecto de bar de mala muerte donde sonaba salsa. No eran muchas, El goce, El caño de la 53, Los nuevos goces, todos eran más o menos del mismo corte: lugares mal decorados, mal ventilados y con sillas incómodas, pero con buenos pincha discos y un ambiente relajado y amable. El cambio en este estilo de bar fue sin duda La teja corrida, que nació junto a Casa Colombia, en el local que le había pertenecido al Café de los poetas. Ese lugar añadió algo que ya Casa Colombia había logrado dentro de su propuesta, tener un poco de armonía estética en sus ambientaciones. Casa Colombia y La teja corrida fueron los primeros lugares en tener una atmósfera con diseño para la rumba, evitando de paso el paradigma discotequero. Con obras de arte en las paredes y una galería permanente. Casa Colombia, por ejemplo, tuvo como primera curadora de su galería a Paulina Ponce de León. Su influencia se notó en el segundo Goce Pagano, el de la veintiséis con quinta, que era de lejos más bonito que el de la veinticuatro, aunque este desde entonces sea el “hueco” por excelencia. Una pieza de museo.

Pero Casa Colombia no solo fue importante centro del frenesí rumbero. Ellos propusieron una nueva dimensión de la música colombiana emparentada con la salsa. Los dueños del lugar, como Ios (Juan Luis Vieira) o Gustavo Bejarano, eran del grupo de hippies que había colonizado Taganga y tenían una relación con la música de la costa muy diferente a la de cualquier bogotano. Parte del encanto de Casa Colombia, fue combinar las experiencias rumberas propias de la salsa emergente con los de la curramba costeña. Los bogotanos, con dificultad, comenzaron a bailar cumbia descaderada, a gritar y a gozar con los últimos Gaiteros que quedaban sobre la tierra y que gracias a Casa Colombia encontraron una nueva oportunidad sobre la tierra, como hubiera dicho su coterráneo de Macondo.

La aparición de estos grupos colombianos en los escenarios de la salsa bogotana fue un cambio significativo en la manera de apreciar nuestra herencia musical. El chucuchucu paisa había acabado con los ritmos tradicionales y había marginado a las grandes bandas de música colombiana. Los porros, los merecumbés, todos esos aportes de Lucho Bermúdez y Pacho Galán habían sido simplificados para disfrute de la clase media con unas melodías pegajosas que les habían quitado los dientes a esas composiciones poderosas, diseñadas para orquestas que eran verdaderas Big Bands a la manera cubana y habían reducido sus melodías a unas escuálidas orquestaciones fáciles al oído de los bailadores sin ritmo. Porque la cumbia, el currulao y el guaguancó no eran ritmos apropiados para oídos patrioteros deseosos de escuchar a la Tuna javeriana y bailar después cumbias descafeinadas grabadas en los estudios Sonolux.

Con Los gaiteros de San Jacinto llegó a Casa Colombia un vendaval musical desconocido. Los salseros comenzaron a entender que la música de nuestras costas era parte de la tradición musical afrocubana. Este antecedente es importante mencionarlo porque hoy la gaita sanjacintera o la percusión del currulao es una instrumentación obligada en el movimiento de las nuevas músicas colombianas. Los gaiteros de San Jacinto recuperaron en la fría Bogotá de fines de los setenta su tradición y hoy todos los días sale un nuevo maestro de la gaita, para fortuna nuestra.

La música colombiana comenzó a cohabitar con las bandas de salsa que se estaban formando en Bogotá, como el grupo del percusionista Pantera García y Cañabrava. Los grupos vallenatos bajaron de Valledupar a la pista de Casa Colombia décadas antes de la actual explosión comercial del vallenato devenido en un remedo de sí mismo. En la actualidad hay muy buenas bandas de jazz y ritmos colombianos y de salsa que jamás hubieran existido de no haber llegado a la noche bogotana, en el momento preciso, el vallenato, el currulao del pacífico y la gaita sanjacintera.

Esa combinación musical comenzó a hacer más civilizada esta ciudad que poco a poco dejaba atrás sus viejos hábitos y comenzaba a definir una personalidad por lo menos en cuanto a la manera de divertirse, una personalidad musical enraizada en nuestras mejores tradiciones. Y apropiándose, al mismo tiempo, de las virtudes de la música cubana y boricua. Un cierto sincretismo musical bogotano que hoy se expresa en un catálogo amplio y diverso de nuevos músicos.

Obviamente, en estos bares, fueron surgiendo nuevos especialistas. Conjurados de la nueva iglesia musical. En esas noches paganas bogotanas, comenzaron a aparecer los bailarines caleños o costeños, que movían el pie con más gracia que los pobres rolos. También se multiplicaron los conocedores, los que se sabían de memoria el origen del término salsa (hoy todavía uno puede escuchar largas disquisiciones acerca de cómo y cuando se bautizó al nuevo movimiento musical); que recitaban de memoria las fichas técnicas de las grabaciones; que conocían los intríngulis del negocio de la Fania, de cómo un sello había sido absorbido por otro; de cómo había comenzado tal o cual cantante. Lo dicho, la salsa generó incluso su propio universo intelectual; una nueva conjura de especialistas en contra de los iniciados.

Pero lo fundamental es que la experiencia de la salsa cambió para siempre a la ciudad que conocíamos hasta entonces. La ciudad vieja, que ya estaba amoblada de Renaults y Mazdas que renovaron el parque automotor, estaba cambiando en aspectos mas profundos. Se generó algo que podríamos llamar frescura para compartir los espacios sociales. Los bares se convirtieron en el santo y seña de una nueva forma de convivencia. Si uno estaba desparchado un lunes, podía ir al Goce Pagano a ver una película y ver con quien se encontraba para echar carreta, o el viernes a Casa Colombia a brincar con Los gaiteros de San Jacinto, o bailar apretado con la banda vallenata. Allí uno veía conspirar a la guerrilla urbana en una mesa y por otro lado a un columnista de El Tiempo; una mesa de gente de teatro junto a un grupo de pelados de la Distrital. Puede decirse que la salsa rompió fronteras sociales y culturales. Fue algo mas que una moda musical. Así como en Nueva York sirvió como identidad cultural para los migrantes latinos, aquí nos ayudó a encontrar los cabos sueltos de nuestra riqueza musical extraviados en los vericuetos del chucuchucu que había dominado la noche bogotana en los años sesenta.

Podría alegarse que tal cambio afectó solamente a una pequeña zona social, pero también hay que mencionar que todo cambio comienza con unos cuantos inconformes. Después de aquellos primeros bares surgió El Quiebracanto, Los Café Libro, la zona rumbera de la Primero de Mayo. En fin, una actitud más relajada a la hora de divertirse se esparció, como un virus, por toda la ciudad. Una nueva forma de entender la fiesta se aposentó entre nosotros. Y eso no hubiera sido posible sin la salsa, ese goce pagano como lo bautizó nuestro querido César Villegas.

Entre 1983 y 1984 mi relación con Bogotá entró en una nueva etapa, comencé a marcharme lentamente a vivir a Quito. Al principio unos meses aquí, otros meses allá, hasta que terminé por fundar allá un bar de salsa en el que que reuní las experiencias vividas en los lugares donde había vivido la salsa en Bogotá. El nombre de mi bar, Seseribó, surgió de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. En ese bar de nombre literario pasé casi veinte años programando música, haciendo bailar que no es lo mismo que hacer escuchar. Seseribó fue el final de mi aprendizaje con la salsa. Ya los especialistas no me intimidaron más. Pero también descubrí que la salsa era para gozarla no para intelectualizarla. Y también descubrí que Quito, como Bogotá en su momento, se salsificó. Se contagió de ese extraño virus de la alegría.

Pero esa es otra historia.