viernes, marzo 22, 2013

Homeless y bibliotecas públicas

Hacemos tiempo para visitar la biblioteca pública de San Francisco. La abren como a las diez de la mañana y hace frío. Paseamos por los edificios públicos cercanos, la ópera, la alcaldía, etc. Hay un pequeño mercado artesanal, no muy lejos. Tomamos café con una deliciosa crepe mientras llega la hora de entrar. Nos llama la atención la cantidad de habitantes de la calle (homeless en términos locales) que hay alrededor de la manzana que ocupa la biblioteca. Da la impresión de que fuera un vecindario deprimido y que esa no fuera una zona de importancia municipal sino una versión californiana de la Calle del cartucho de Bogotá. Algunos duermen sobre el césped o sobre las escaleras. Todos llevan encima más o menos todas sus propiedades. Un maletín con rueditas o un morral de espalda, un sleeping sucio. Todos huelen mal. Una mezcla de orines, licor y sudor apelmazado por muchas semanas y meses de dormir a la intemperie. Hay hombres con aspecto de  leñadores de Lousiana, negros del Bronx, hay latinos y toda clase de mezcla racial y de género. Hay mujeres y hay muchachos. La pobreza no hace distinción en el gran Imperio del Norte.

Finalmente llega la hora de la apertura de la biblioteca y vemos, un poco sorprendidos, que todos ellos estaban aguardando lo mismo que nosotros. Entrar al edificio.

Al principio entendemos. Vienen a utilizar los baños de la biblioteca. Allí se cepillan los dientes, utilizan los sanitarios, e incluso los lavamanos se convierten en duchas improvisadas. Durante la primera hora de apertura, el lobby es transitado por homeless que entran y salen sin parar.

Nosotros hacemos lo que vinimos a buscar; conocer la biblioteca. Ver sus salas de lectura, recorrer cada piso, mirar sus exhibiciones. Y a medida que subimos a sus pisos vemos que algunos habitantes de la calle también son asiduos usuarios de los servicios de la biblioteca. Obvio, en un mes invernal, el lugar provee de calor, entretenimiento e incluso alimentos baratos en la cafetería.

Esto es algo que habíamos notado, en menor escala, en la biblioteca de Los Angeles. Un edificio hermoso con ascensores decorados en bronce y detalles coquetos en muchas esquinas. Allí también veíamos los homeless sentados en las bancas de los corredores con sus equipajes y sus gestos cansados. También habíamos notado que muchos se movilizaban en sillas de ruedas eléctricas. Esto es algo sorprendente entre los vagabundos en estas ciudades, el gran número de ellos que se desplazan en sillas eléctricas que uno no sabe dónde recargan ni quien les regala. Todas iguales, todas de color vinotinto.
Biblioteca de Los Angeles (Foto Lucila Escamilla)

Claro que en este punto, nosotros ciudadanos del Tercer Mundo nos preguntábamos si en las bibliotecas bogotanas los habitantes de la calle utilizan algún espacio; lo más probable es que no. Nos dirán que nuestros habitantes son más degradados, que están peor vestidos y son drogadictos. Bueno, pues los de allá probablemente no parezcan tan degradados a primera vista, desps de todo es el país del consumo y conseguir un sleeping en la basura o una chaqueta de invierno en un estado más o menos aceptable no es difícil. Además, los programas de ayuda algo proveen. Sin embargo no hay tanta diferencia entre unos y otros, aunque sí hay una fundamental. Los de allá son personas que conocen sus derechos y los hacen respetar. Pueden estar en el último escalón de la degradación, pero se saben ciudadanos en ejercicio de sus derechos. Algo que nuestros habitantes de la calle saben que no tienen y por eso es poco probable que se les ocurra entrar a un edificio público en busca de refugio.

Tal vez por esa conciencia de saberse ciudadanos con derechos, por lo menos en algunas ciudades en Estados Unidos, en particular en San Francisco, la lectura todavía es un espacio liberador, de muchas maneras, para los que no tienen nada. 

viernes, marzo 08, 2013

Rayuela cincuentona

Este año Rayuela cumple cincuenta años de publicada. Parece mucho tiempo, pero cuando uno mira esa novela inclasificable es evidente que el tiempo no le ha hecho mella. No solo parece escrita ayer sino que al mismo tiempo tiene el valor de aquellas obras ya probadas por el paso del tiempo.

Golosa o rayuela es un juego en el que uno va ganando espacios hasta llegar al cielo o al infierno. Lo esencial es ganar los espacios numerados que le permiten ascender hacia un premio o un castigo. Esa dualidad occidental y tan cristiana. Julio Cortázar pese a sus ideas de vanguardia era una persona más bien formal en muchos aspectos relacionados con las costumbres sociales. De ahí también que en Rayuela exista esa dualidad. El cielo o el infierno. El castigo o la redención. La muerte y la culpa, el amor, la infidelidad y la culpa occidental de Horacio Oliveira que piensa en matarse o en todo caso teme ser castigado físicamente por Traveler y por eso hace toda esa suerte de trampas con cacerolas, baldes e hilos amarrados al pomo de las puertas en el capítulo final según la lectura convencional de la novela.


Rayuela, como toda gran novela, básicamente es un ritual. Una ceremonia que conduce hacia un lugar desconocido a los personajes. O cada uno va hacia resultados que de todos modos, como en gran parte de la obra de Julio Cortázar, no son claro del todo. ¿La maga se suicida o no? Oliveira se lanza al vacío en el capítulo 56 o no? Son preguntas que ni el mismo autor podía contestar con absoluta seguridad. Sobre esta última posibilidad, alguna vez dijo: “yo creo que Oliveira no salta.”

De Rayuela se ha dicho que es una obra que transformó la novela moderna, o al menos la novela moderna de América Latina. De hecho un periodista mexicano dijo que era la novela que declaraba la independencia de la literatura latinoamericana, comentario que Cortázar glosó como algo muy relacionado con el complejo de inferioridad que existía frente a Europa, complejo que es evidente él personalmente no sufría para nada. Esencialmente porque su posición en ese momento le permitía otear el paisaje literario desde el centro de Europa, desde el imperio hacia la periferia y dentro del cual se veía con total comodidad. Por eso su alegato contra la tradición anquilosada de la novela latinoamericana no solo miraba el paisaje reducido del ámbito indigenista o localista sino que incluía a todos los autores importantes de ese momento. A Rayuela también la trataron de incluír en una suerte de existencialismo trasnochado, con dejos latinoamericanistas. Pero hay que decir que esta novela estaba lejos, muy lejos de tales clasificaciones. El Existencialismo, como movimiento literario, había cumplido 25 años al momento de publicarse Rayuela, (La nausea, de Jean Paul Sartre había aparecido en 1938 y El extranjero, de Albert Camus, en 1935) y por tanto Rayuela no compartía ese discurso. Su pesimismo era más burlón.


Pero lo que sí es indiscutible es el carácter novedoso de la propuesta de esta novela. ¿Por qué razón lo es? Yo me atrevo a proponer al menos dos razones esenciales: primero, su capacidad de comentarse a sí misma. Es una novela que dialoga con la forma desde el principio hasta el fin. En segundo lugar, la habilidad que demuestra Julio Cortázar en la creación de personajes que como la Maga u Oliveira se convirtieron en íconos para varias generaciones de lectores.

Por otra parte, decir que es una novela experimental es decir poco. La experimentación formal en Rayuela tiene muchos aspectos que trascienden su forma más evidente o sea, la de las dos posibles lecturas. La del lector macho y la del lector hembra, o traducido a términos más contemporáneos el lector activo y el lector pasivo. A propósito, Cortazar varios años después dijo: “pido perdón a las mujeres del mundo por haber utilizado una expresión tan machista y tan de subdesarrollo latinoamericano, y eso deberías ponerlo con todas las letras de la entrevista. Lo hice con toda ingenuidad y no tengo ninguna disculpa, pero cuando empecé a escuchar las opiniones de mis amigas lectoras que me insultaban cordialmente, me di cuenta de que había hecho una tontería. Yo debí poner «lector pasivo» y no «lector hembra», porque la hembra no tiene por qué ser pasiva continuamente; lo es en ciertas circunstancias, pero no en otras, lo mismo que un macho.”

En realidad lo más importante en el aspecto experimental de Rayuela es que se trata de una novela en la cual su autor reflexiona de manera permanente sobre la escritura. Y lo hace fundamentalmente utilizando diversos alter ego, o diversas voces de comentaristas. Pero, antes de ahondar un poco en ellos vale la pena reflexionar sobre la naturaleza de su narrador.

La novela está narrada en tercera persona  por un narrador omnisciente, que a veces se convierte casi en una segunda persona y la manera como se percibe a los personajes, la manera como habla de los personajes, es evidentemente una voz que está referida a Oliveira, no a la Maga, no a Traveler no a Talita. Es una voz cómplice de Oliveira, puede conocer los pensamientos de Oliveira y citarlos, en cambio sobre Traveler sólo supone lo que piensa al igual que sobre Talita o la Maga.

Es la voz de un dios creador que de todos modos se pone a si mismo en tela de juicio y utiliza para ese enjuiciamiento las voces de autores ficticios como Morelli o autores reales como el humorista César Bruto que le sirven para hacer comentarios sobre el propio texto. También funcionan así los epígrafes firmados por autores conocidos que le ayudan a confeccionar el marco collage de ideas que explican y reexplican la novela. En alguna carta, Cortázar comentaba que a él le preocupaba que el lector creyera que los textos de César Bruto o del uruguayo Ceferino Piriz fueran creados por él. Con esto Cortázar quería subrayar el hecho de que el absurdo está instalado en la realidad de manera más profunda de lo que el lector promedio cree. Es decir, el hecho que exista un humorista como César Bruto hablaba bien de la gente, de que los intelectuales, según Cortázar no sólo eran los Borges o los Lugones, sino también humoristas como Bruto. Por otro lado los textos de Ceferino, tan parecidos a los que puede escribir cualquier congresista actual, resultaban patéticos y divertidos; sólo que esa redacción absurda, cuando está relacionada con el poder, resulta letal para cualquier sociedad. De ahí la ácida crítica política que hace Cortázar gracias a Ceferino Piriz.

Hay otras voces, diferentes a las de los autores llamemoslos literarios, digamos voces anónimas, sobre todo en los capítulos titulados De otros lados que consisten en caprichosos recortes de prensa o apuntes de lectura, que van construyendo esos resquicios del absurdo que tanto le llaman la atención a este dios creador tan parecido a Cortázar y a Oliveira, que narra esta novela.

El segundo aspecto en importancia o que simplemente yo destaco, es el de la creación de personajes y que está íntimamente ligado a la experimentación que acabo de citar. Cuando Cortázar reclama que la forma de la novela no le alcanza para abarcar lo que quiere contar, para explicar lo que le resulta inexplicable sobre la vida, acude a todos estos recursos y vericuetos formales en la busqueda de un mecanismo que le permita construir la vida y la personalidad de los seres que pueblan la novela, de una manera más profunda, de una manera, sobre todo, muy personal. Dice (en alguna carta en su correspondencia):

"Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica el género. Yo creo que la novela 'psicologista' ha llegado a su término, y que si hemos de seguir escribiendo cosas que valgan la pena, hay que arrancar en otra dirección".

Esa es la originalidad de Rayuela, es un libro que materializa todas las creencias literarias de Cortázar. Las refina y las multiplica, las entrecruza, las pervierte, las transforma, las lleva a límites insospechados incluso para él. He señalado repetidamente que la obra cuentística de Cortázar se interesa en los mecanismos de la vida, vistos como un engranaje absurdo o sorprendente. Sin embargo, con su cuento El perseguidor comienza a girar en busca del personaje, a profundizar en el personaje, como lo explica el mismo:

"...El perseguidor es la pequeña Rayuela. En principio están ya contenidos allí los problemas de Rayuela. El problema de un hombre que descubre de golpe, Johnny en un caso y Oliveira en el otro, que una fatalidad biológica lo ha hecho nacer y lo ha metido en un mundo que él no acepta, Johnny por sus motivos y Oliveira por motivos más intelectuales, más elaborados, más metafísicos. Pero se parecen mucho en esencia. Johnny y Oliveira son dos individuos que cuestionan, que ponen en crisis, que niegan lo que la gran mayoría acepta por una especie de fatalidad histórica y social. Entran en el juego, viven su vida, nacen, viven y mueren. Ellos dos no están de acuerdo y los dos tienen un destino trágico porque están en contra. Se oponen por motivos diferentes.”

Podría decirse mucho más sobre esta joven cincuentona, pero dejémoslo para más adelante. El año es joven y todavía hay mucho por celebrar.




jueves, febrero 28, 2013

Nombres, museos y editoriales

¿Qué tienen en común los grandes museos y las grandes editoriales? No mucho, en verdad, salvo que estas dos instituciones, la primera de estricta condición cultural y la segunda de caracter comercial y cultural, gustan de vivir al amparo de los grandes nombres.
Público ante La Gioconda. El Louvre

Pero, ¿qué es un gran nombre?

Para los museos obviamente los clásicos:  Velazquez, Rembrandt, o los modernos del siglo XX como Picasso, o Magritte, o Monet. O los vanguardistas de los años sesentas como Andy Warholl, o los farsantes contemporáneos como Damien Hirst. Para las editoriales en cambio los nombres grandes no son los clásicos, No son Dumas, ni Balzac, ni siquiera les alcanzan los nombres como Proust. Porque a diferencia de la pintura cuyo valor poco se deprecia, los derechos del autor literario expiran y por tanto un buen nombre, en términos editoriales, es aquel cuyos derechos todavía son explotables. También un gran nombre editorial es aquel de los de más alta venta, sin importar sus cualidades artísticas.

Un museo vive de las leyendas de los grandes pintores, de su nombradía y de su fama. Un museo que se precie de su colección de arte moderno tendrá muchos Picassos, algún Van Gogh, o al menos lo pedrirá prestado. En los últimos años he recorrido varios museos en los cuales rara vez encuentro propuestas particulares en sus colecciones básicas. Es decir, hay pocos como Orsay que estuvo en remodelación desde hace algunos años y ahora se fortaleció con las colecciones impresionistas del Museo de la Orangerie y el Museo del Jeu de Paume. Es una colección esencial sobre el movimiento impresionista que dificilmente otro museo del mundo puede ofrecer. Sin embargo tanto el Museo de Arte Moderno de Nueva York como el de Viena o el de los Angeles, se esmeran por contar en sus colecciones con una buen a muestra de impresionistas. Es como un sello, sin Monet o sin Van Gogh no hay público para los museos.
Jardines del Paul Getty Museum

Hay museos que en sí mismos son una belleza. Tal el caso del Paul Getty Museum. Cuyas instalaciones de por sí ya ameritan la visita. Ubicado en una colina con vista a Malibú, al norte de Los Angeles, el Getty cuenta –obviamente– con su buena colección de nombres famosos. Sin embargo parece que solo le alcanzara para eso, para ser llamado museo. Su colección no parece ofrecer una mirada particular. De todos modos, gracias a sus instalaciones y al énfasis en su colección fotográfica, el Getty es un icóno museográfico. Por lo menos cuenta con los grandes nombres que le permiten jugar con propuestas arriesgadas firmadas por curadores y artistas jóvenes. Aparte, el Getty es un museo que vive de la herencia del petrolero Paul Getty; una condición que comparten muchas de estas instituciones en el mundo. Desde el MOMA hasta Orsay, pasando por el Louvre o el Prado, los museos de arte cuentan con benefactores de toda laya, desde jeques y traficantes de armas, hasta los mismos gobiernos que amparan su actividad porque son fuente de ingresos turísticos, dan personalidad a las ciudades y son buena publicidad.

Las editorales en cambio viven de conseguir el dinero que los grandes nombres producen.Y en eso hay una enorme diferencia. O una actitud, tal vez. Las editorales adquieren los grandes nombres como una inversión de negocios, en cambio los Museos lo hacen de una manera un poco más generosa. Como un aporte cívico a la construcción de sociedad.

En el correr riesgos los Museos pueden perder dinero, a  fin de cuentas, viven de poderosos subsidios privados, como el Paul Getty.  En cambio las editorales regidas ahora por los principios del capitalismo salvaje impulsado por Rudolph Murdoch y su gran imperio mediático que terminó por absorber gran parte del aparato editorial de occidente, están obligadas a ofrecer resultados económicos con cada título que imprimen.
Orsay, Paris (Foto de Lucila Escamilla)

Por esa razón, entre los grandes Museos y las grandes editoriales hay una enorme diferencia. El riesgo que corren en sus proyectos dirigidos al público. Los Museos, gracias a los grandes nombres, arriesgan en propuestas curatoriales que pueden incluír a autores desconocidos y temas poco convencionales. Las editoriales, cada día, arriesgan menos en nuevos nombres. Y cuando arriesgan en un nuevo nombre es porque este tiene el sello de lo explotable en la frente (es una madame, un presentador de televisión, un cocinero o un asesino). En cambio, en un escritor, cuya trayectoria tenga valor artística, rara vez se van a arriesgar. Lo harán cuando ya tenga un nombre consolidado, forjado en la dificultad y editoriales pequeñas, es decir, se interesarán en él solo cuando pase a formar parte de los "grandes nombres".

viernes, febrero 22, 2013

La memoria de Jack London

Cuando pienso en el cuento, como género, pienso en Jack London. Probablemente este autor fue el primer cuentista que leí en mi vida, muy temprano, quizá a los siete años o algo así. Por supuesto que en ese momento yo no tenía idea de lo que era un cuento o una novela o la versión resumida de una novela por la revista Selecciones. Era un lector que buscaba entretención en un mundo superpoblado de hermanos (el de mi casa) y con pocas ofertas de diversión.
Escritorio de Charmian Kitteredge

Desde entonces London ha sido un autor que ha acompañado mis mejores momentos de lectura. Me he convertido en algo así como un especialista en su obra. Escribí una biografía sobre él, he traducido algunos de sus cuentos (para la colección Libro al viento y para Panamericana Editorial) y sigo leyéndolo con entuasiasmo. Tal vez por eso tuvo tanto sentido mi visita, en enero de 2013, a su casa en el condado de Sonoma, entre Napa y San Francisco, en California. Una zona de viñedos,  pueblos de aspecto agradable, pequeñas propiedades de hippies estabilizados en el sopor de la marihuana californiana (que podrá ser muy buena pero huele horrible y la fuman en todas las esquinas de San Francisco) y carreteras secundarias donde nadie tiene afán, a diferencia del resto del estado donde las autopistas devoran conductores que no parecen ir a ningun parte; que se abalanzan hacia el horizonte, como los cowboys de los westerns de John Ford.

La casa hacienda de Jack London es ahora un museo administrado por la oficina de Parques Nacionales de California. Es atendido por voluntarios que trabajan por amor al arte y casi sin paga, porque el estado de bienestar está desapareciendo en los Estados Unidos a velocidades estratosféricas y los presupuestos para los museos y parques cada vez son mas escasos.

Hoy queda muy poca de la tierra que en su momento London acumuló en su granja de inclinación colectivista (Rancho Bonito), donde había un techo para cualquiera y donde el escritor intentaba hacer un paraíso socialista. Algunas edificaciones son apenas ruinas, como ruinas son los restos de su Casa del Lobo. La casa que iba a ser la mejor casa de todo Estados Unidos, creía él y que se quemó al día siguiente de haber sido terminada, en 1914. La mayoría de las tierras pertenecen a los herederos de quien fuera su ama de llaves. Ahora, como la mayoría de esas tierras, están dedicadas al cultivo de la uva para la industria vinícola.

Recorrí aquellos bosques donde London reflexionaba mientras galopaba a caballo, Sailor on horseback como tituló Irving Stone la biografía sobre él. Visité su modesta tumba, a medio camino de su Casa del Lobo y al lado de la tumba de los niños que sirvieron de modelo para su relato sobre el Valle de la Luna.
Estudio de Jack London

Pero quizá el momento más revelador para mí, como escritor, fue observar su estudio. Un amplio lugar, iluminado por el sol estival de enero, donde se acumulan muchos de los objetos que utilizó para producir su abundante obra (56 libros escritos en menos de dieciseís años). London fue una suerte de Gadget man de su época. Había varios modelos de dictáfonos, máquinas para reproducir textos (primitivas versiones del sténcil o mimeógrafo), cámaras fotográficas, por supuesto también aparatos de música y el escritorio con la máquina de escribir donde su esposa, Charmian Kitteredge, pasaba a limpio su correspondencia diaria y las cinco cuartillas que el escritor escribió cada día, "menos es poco, más es demasiado"; esas más o menos 1500 páginas que escribió cada año y que poco corrig. Esa tarea la cumplían sus hermanas y la propia Charmian. También es notable su rincón de lectura, un camastro donde tomaba notas y las colgaba de una cuerda como ropa tendida.
Notas en el tendedero del estudio

De todos modos, esa capacidad para producir explica la abundancia de su obra y también su disparidad. London fue un autor profesional que consideraba su obra, en parte, simple "mercancía cerebral", aunque desde luego también se sentía orgulloso de ella. Eso lo llevó a emprender los más variados esfuerzos, periodismo, novelas, cuentos, piezas de teatro, e incluso alcanzó a tener alguna experiencia con el cine.

Frente a las ruinas de la Casa del Lobo (Foto de Lucila Escamilla)
Esas obras produjeron enormes réditos económicos que de una u otra forma se invirtieron en comprar más hectáreas de tierra para su Rancho Bonito, para construír una fábrica de vino, una curtiembre, criaderos de animales y otras actividades agroindustriales que buscaban beneficios para financiar una comunidad solidaria (algo como una comuna hippie a comienzos del siglo XX). Los restos abandonados de ese sueño libertario, forman hoy el Parque Museo Jack London. Una experiencia obligatoria, reveladora y recomendable para todo entusiasta de su obra.




La memoria de Jack London

Cuando pienso en el cuento, como género, pienso en Jack London. Probablemente este autor fue el primer cuentista que leí en mi vida, muy temprano, quizá a los siete años o algo así. Por supuesto que en ese momento yo no tenía idea de lo que era un cuento o una novela o una versión resumida de la revista Selecciones. Era un lector que buscaba entretención en un mundo superpoblado de hermanos (el de mi casa) y con pocas ofertas de diversión.
Escritorio de Charmian Kitteredge

Desde entonces London ha sido un autor que ha acompañado mis mejores momentos de lectura. Me he convertido en algo así como un especialista en su obra. Escribí una biografía sobre él, he traducido algunos de sus cuentos (para Libro al viento) y sigo leyéndolo con entuasiasmo. Tal vez por eso tuvo tanto sentido mi visita, el pasado mes de enero, a su casa en el condado de Sonoma, entre Napa y San Francisco, en California. Una zona de viñedos,  pueblos de aspecto agradable, pequeñas propiedades de hippies estabilizados en el sopor de la marihuana californiana (que podrá ser muy buena pero huele horrible y la fuman en todas las esquinas de San Francisco) y carreteras secundarias donde nadie tiene afán, a diferencia del resto del estado donde las autopistas devoran conductores que no parecen ir a ningun parte, solo hacia al horizonte como los cowboys de los westerns de John Ford.

La casa hacienda de Jack London es ahora un museo administrado por los Parques nacionales de California. Es atendido por voluntarios que trabajan por amor al arte y casi sin paga, porque el estado de bienestar está desapareciendo en los Estados Unidos a velocidades estratosféricas y los presupuestos para los museos y parques cada vez son mas escasos.

Hoy queda muy poca de la tierra que en su momento London acumuló en su granja de inclinación colectivista (Rancho Bonito), donde había un techo para cualquiera y donde el escritor intentaba hacer un paraíso socialista. Algunas edificaciones son apenas ruinas, como ruinas son los restos de su Casa del Lobo. La casa que iba a ser la mejor casa de todo Estados Unidos, creía él y que se quemó al día siguiente de haber sido terminada, en 1914. La mayoría de las tierras pertenecen a los herederos de quien fuera su ama de llaves. Ahora, como la mayoría de esas tierras, están dedicadas al cultivo de la uva para la industria vinícola.

Recorrí los bosques donde London reflexionaba mientras galopaba a caballo, Sailor on horseback como tituló Irving Stone la biografía que escribió sobre él. Visité su modesta tumba, a medio camino de su Casa del Lobo y al lado de la tumba de los niños que sirvieron de modelo para su relato sobre el Valle de la Luna.
Estudio de Jack London

Pero quizá el momento más revelador para mí, como escritor, fue observar su estudio. Un amplio lugar, iluminado por el sol estival de enero, donde se acumulan muchos de los objetos que utilizó para producir su abundante obra (56 libros escritos en menos de dieciseís años). London fue una suerte de Gadget man de su época. Había varios modelos de dictáfonos, máquinas para reproducir textos (primitivas versiones del sténcil o mimeógrafo), cámaras fotográficas, por supuesto también aparatos de música y el escritorio con la máquina de escribir donde su esposa, Charmian Kitteredge, pasaba a limpio su correspondencia diaria y las cinco cuartillas que el escritor escribió cada día, "menos es poco, más es demasiado"; esas más o menos 1500 páginas que escribió cada año y que poco corrig. Esa tarea la cumplían sus hermanas y la propia Charmian. También es notable su rincón de lectura, un camastro donde tomaba notas y las colgaba de una cuerda como ropa tendida.
Notas en el tendedero del estudio

De todos modos, esa capacidad para producir explica la abundancia de su obra y también su disparidad. London fue un autor profesional que consideraba su obra, en parte, simple "mercancía cerebral", aunque desde luego también se sentía orgulloso de ella. Eso lo llevó a emprender los más variados esfuerzos, periodismo, novelas, cuentos, piezas de teatro, e incluso alcanzó a tener alguna experiencia con el cine.

Frente a las ruinas de la Casa del Lobo (Foto de Lucila Escamilla)
Esas obras produjeron enormes réditos económicos que de una u otra forma se invirtieron en comprar más hectáreas de tierra para su Rancho Bonito, para construír una fábrica de vino, una curtiembre, criaderos de animales y otras actividades agroindustriales que buscaban beneficios para financiar una comunidad solidaria (algo como una comuna hippie a comienzos del siglo XX). Los restos de ese sueño libertario forman el Parque Museo Jack London. Una experiencia obligatoria, reveladora y recomendable para todo entusiasta de su obra.




domingo, febrero 10, 2013

Primo pájaro

Esta gaviota está parada en el muelle de Balboa, en el condado de Newport, una de las ciudades de playa cerca de Los Angeles. A unas trescientas millas más al norte, siguiendo la linea de la costa pacifica, en California, se encuentra Bodega Bay, el pueblito, similar a Newport, donde se filmó la película Los pájaros de Alfred Hitchcok. De alguna forma esta gaviota es, al menos, prima de aquellas estrellas de los años sesenta.
 

Mientras la miro, con su gesto de autosuficiencia ante la presencia del turista, recuerdo con intensidad aquella pelicula sobre el mal, el pecado, la culpa y no sé qué otros  sentimientos retorcidos que quizo expresar Hitchcock en Los pájaros a partir de la novela de Daphne du Maurier.

Durante 2012  Hitchcock estuvo en las noticias por dos películas que hacen una memoria de su genio cinematográfico.


La primera es una titulada escuetamente Hitchcock, que cuenta la relación del director con la que fuera su guionista fundamental, su consejera y su esposa, Alma Reville. La película se ocupa del momento de la filmación de Psicosis. Alma Reville fue responsable, en gran parte, del talento creativo que respira la obra de Hitchcock, sin embargo los retratos sugeridos que hace de ella en sus películas (ver Frenesí, por ejemplo), revela algo de la perversa personalidad de este monstruo del cine, considerando la palabra monstruo en todas sus acepciones posibles.

El otro título fue anunciado por la BBC hace poco. Se trata de una película acerca de la relación entre Tippi Hedren y Alfred Hitchcock. Ella, que fue considerada brevemente como la musa del gran director británico resultó ser algo más que su inspiración, más bien fue objeto de sus obsesiones sexuales y de un acoso que desembocó en persecuciones laborales. De hecho, Hedren que inicio su figuración cinematográfica de manera espectacular vio detenida su carrera de forma extraña. Después de terminar su contrato con Hitchcock, en 1965, solo pudo hacer tres películas de poca recordación. A partir de 1970 hizo una carrera centrada fundamentalmente en la televisión.

“No he hablado con nadie sobre este asunto con Alfred Hitchcock. Debido a que en todos estos años que han pasado, la situación planteada por el estudio ha continuado. Los estudios tienen el poder y yo estaba al final de eso, y allí no hay absolutamente nada que yo pudiera hacer en términos legales. Allí no había leyes acerca de este tipo de situaciones. Si esto sucediera en la actualidad yo sería una mujer muy rica.”

Tippi Hedren nunca ocultó su admiración por el gran director, pero si se guardó sus resentimientos por haberle negado la ocasión de trabajar en otras películas cuando estaba en su momento estelar.
Foto: Lucila Escamilla

Si el mal estaba flotando en la atmósfera de Bodega Bay, durante la filmación de Los pájaros,  de seguro no estaba encarnado en estas voladoras marinas sino más bien en esa voluminosa ave del mal que fue Alfred Hitchcock.  

Este primo pájaro, pacífico e indiferente me lo recuerda mientras lo saludo con cordialidad y respeto.



De regreso

Foto Lucila Escamilla *
A los visitantes de este Blog les puede parecer que aquí no hay mayor actividad. En realidad sí hay mucha, solo que he estado distraído, viajé durante varias semanas por California, Arizona, y Nevada. Luego tuve que ir a Ecuador y finalmente terminé mis vacaciones con una invitación al Hay Festival de Cartagena.  De todas esas millas viajadas (casi 3.500 por carretera en EEUU) surgieron muchos apuntes, muchas ideas que se fueron quedando en borradores acumulados en las entrañas del Blog. Ahora, de regreso, me propongo subir algunas, poco a poco, mientras restablezco mi vida en esta Bogotá lluviosa de comienzos de febrero.

*Atardecer sobre la Highway 5, entre Irvine y Los Angeles, a mediados de enero de 2013.

sábado, diciembre 08, 2012

Parafernalia Bond

En los días en que estrenaban Skyfall, la nueva película con James Bond, vi,en un canal de cable, una maratón de viejas versiones de la serie James Bond, con Sean Connery, Pierce Brosnan y los demás Bonds que el cine nos construyó. A poco de ver escenas fotografiadas con ese Technicolor que hoy parece iluminación de telenovela, salta a la vista ese inventario de la guerra fría: los enemigos de la paz, mujeres fatales, tecnología aparatosa. Los computadores son grandes, un simple casete de audio puede contener el control de un satélite, esas películas son el delirio de los maletines ejecutivos, de las sociedades secretas, Spectro, una suerte de organización fascista con agentes rubios, muy malos. Maletines trucados, trampas de gas, pistolas con silenciador. Banda sonora muy expresiva, casi excesiva en su afán de poner acento donde el director no lo lograba con la puesta en escena.


Daniel Craig en Skyfal
Hoy el nombre de James Bond se ha reducido a una encuesta a ver cual de los actores que personificó al legendario agente lo hizo mejor. Quizá la serie quedó marcada por el inconmovible Sean Connery que boxeaba como un estudiante de Eton, vestía como un maniquí de los años sesenta y se peinaba con excesivo fijador. Gomina le decían en aquellos años. Pero no hay que olvidar que Bond, antes de ser un mito cinematográfico, era un personaje literario, un agente secreto de la guerra fría. Un hombre, que como su autor, Ian Fleming, había nacido casi con el siglo XX (ese siglo que se inicia, de acuerdo con el historiador Eric Hobsbawm, en 1914), que había estado en la segunda guerra mundial, que era alcohólico pues casi siempre lo encontramos con un trago en la mano o a punto de servirse una bebida alcohólica. Un hombre, además, al que le gustaban los gadgets y al cual un funcionario del MI5 le preparaba algunos juguetes, como cámaras fotográficas miniatura, bolígrafos que disparaban, capsulas de envenenamiento, botellitas de gas, un Aston Martin preparado con ametralladoras y así. En sus relatos aparecen las máquinas a menudo, Motos BSA modificadas, avionetas Cessna, el sombrero guillotina de Odjob, el mayordomo de Goldfinger, y por supuesto la pistola Walter PPK, guardada en una pistolera Burns Martin. Todo muy de su época, una época en la que Fulgencio Batista todavía no había abdicado a favor de Fidel Castro, como lo menciona en el cuento Solo para sus ojos. Un tiempo en el que la cortina de hierro estaba cerrada y con el candado oxidado y Bond volaba todavía en Comet, el defectuoso Jet producido por la industria británica.  

Todo ese conjunto de cosas forma la parafernalia Bond que estaba en los cuentos y en las novelas de Fleming, pero que el cine llevó a un delirio que el novelista británico no habría logrado imaginar. Sin embargo, después de ver la serie de películas en la maratón televisiva, me di cuenta de que la imaginación tecnológica de los sesenta no pudo imaginar este presente del siglo XXI. La única pieza de esa parafernalia Bond que sigue siendo hoy tan mortífera como lo fue en aquellos años es la pistola Walter PPK que le gustaba a nuestro agente. Esa arma sigue siendo la misma, fundamentalmente, hoy en día. El arte de matar no ha evolucionado. Es más, probablemente ha involucionado. No hay nada sofisticado en acabar con la vida del prójimo con los siete balazos de una pistola automática. 

En todo caso, la brutalidad sigue siendo el encanto de esa serie cinematográfica, hoy renovada gracias al pulso de ese gran director que es Sam Mendes.

domingo, noviembre 25, 2012

Un cuento de Gentecita del montón

Este cuento forma parte de Gentecita del montón, mi primer libro de cuentos. Fue escrito hace más de treinta años. Todavía me reconozco en él.



Ilustración de Marcos Roda para la portada de 1981
Un domingo antes del fin del mundo

Para Morales


Heinz miró por la ventana sin decir nada. El trasteo estaba listo. Las cajas, los muebles, las maletas bien amarradas se acumulaban en todos los rincones de la casa. Salió al antejardín y se sentó en la barda, pensativo. Dio una última mirada al vecindario. Observó las ramas de los urapanes y los gorriones que volaban sobre el Parque Nacional. Todos salimos y lo acompañamos en su espera sin decir palabra. Acostumbrados a sus actitudes inexplicables mirábamos hacia donde él miraba, aguardando alguna revelación de despedida. Tal vez un mensaje final. Sentíamos cierta nostalgia anticipada al saber que Heinz ya no estaría más entre nosotros. Que la larga temporada que vivimos en su alucinante compañía terminaba para siempre. Sin embargo, colaborábamos solidarios a su precipitada fuga. Sabíamos, porque él mismo nos lo había dicho, que este día llegaría y no podíamos evitarlo.


Un camión de Rojas Trasteos dobló en la esquina mientras observábamos el viento convertirse en pájaros que se perdían entre los árboles. Nuestro tiempo compartido terminaba en ese momento. La agonía de nuestra relación se precipitó con la llegada del vehículo. Las manos me sudaban en los bolsillos del bluyín.

–Bueno jóvenes –dijo Heinz con la amable autoridad que caracterizó siempre su forma de tratarnos. –Si vinieron a colaborar empiecen a meter mano.

Los ayudantes del camión prepararon las mantas y colchonetas que protegerían su herencia: los muebles tallados a mano, el piano, los libros coleccionados en sus treinta y cinco años de vida. Las cajas con instrumentos eléctricos, dos arrobas de plomo e innumerables frascos con conservas de vegetales y frutas.

Vestido con corbata y chaleco de lana, Heinz daba meticulosas instrucciones acerca del orden en el que debíamos cargar las cosas en el camión. Esa caja todavía no, las mesas al fondo, hay que hacer rendir el espacio, decía mientras el chofer y sus ayudantes lo miraban de medio lado y escupían en el piso, con desprecio.

El Negro, Joaquín, Toño y yo nos distraíamos a cada momento. Encontrábamos notas bajo las cajas que no podíamos evitar leer. O pequeños juguetes, astrolabios y giróscopos de fabricación casera. Heinz molesto nos presionaba para que continuáramos cargando las cosas.

Él siempre había sido así y nosotros lo entendíamos. Nadie puede evitar que su temperamento sea al mismo tiempo su destino, y el de Heinz ya no nos sorprendía. Era alguien que sabía de dónde venía y para dónde iba. Por eso aceptábamos su manera de comportarse: directa, sin malabarismos de cortesía social.

En cambio, en la época en que lo conocimos muchos de nuestros amigos se espantaron con él. Veníamos de una adolescencia sufrida en colegios de altas paredes de ladrillo y canchas de baloncesto donde jugaban los futuros ejecutivos de algo. Éramos niños felices de los barrios del norte de Bogotá y comenzábamos a formar parte de las estadísticas de bachilleres sin universidad y desempleados clase media. Ahí fue cuando conocimos a Heinz.

Fue al final del desastroso concierto del parque nacional. Grupos de hippies con sombreros de paja y ruanas guambianas aplaudían con entusiasmo a los grupos de rock de los años setenta. Limón y medio, Siglo Cero, La banda de Marciano. Pasamos toda la tarde con nuestros rocanrroleros del subdesarrollo –torpes guitarristas y amplificadores en cortocircuito–, hasta que se acabó la vareta y despertamos. Bajamos la loma del parque, pisando las hojas secas de eucalipto, guiados por el comportamiento alucinado del público, hasta que encontramos un pequeño grupo de gente reunida alrededor de un tipo barbudo y medio calvo. Era Heinz que aprovechaba la efervescencia del rock para invitar a un congreso de la ciencia hermética.

El embeleco fracasó por falta de público. Tiempo después se lamentaría por no haber propuesto mejor una orgía de cacao sabanero o algo más acorde con la época. Le habría ido mejor, porque la única gente que consiguió fuimos nosotros. Gente extemporánea como él. Lectores de El retorno de los brujos y de los libros de Fulcanelli; y enemigos, como él, de la compañía femenina. Tipos solitarios y perplejos ante la vida.

Al día siguiente nos puso cita, nuevamente, en el Parque Nacional. Ahí, frente a las aguas oxidadas que rodean el monumento a mi general Uribe Uribe, nos hizo un recorrido por el monumento secreto que se ocultaba en los jardines del parque.

Mientras caminábamos por los senderos de cemento, entre las rotondas y las glorietas de pinos, nos explicaba el sentido oculto de una serie de monumentos esotéricos enclavados en diferentes lugares del parque. Sabía, por buena fuente, que los masones venían a fotografiarse en lugares escogidos. Nos hizo comprender, extasiados con su charla lenta y mimética, el sentido ceremonial del templo del jaguar: una rotonda sucia de mierda de gamín y envolturas de chicle, decorada con baldosas pintadas con símbolos medievales que enmarcaban los largos bigotes del felino. Mestizaje del siglo once con las deidades chibchas. Nos hizo reparar en la simetría del parque. Forma de cruz orientada hacia el cerro de Monserrate. Lugar de rituales clandestinos planificado por constructores fantasmas cuya identidad estaba perdida en los archivos del distrito.

Después de ese segundo encuentro, nuestra relación quedó sellada para siempre en una complicidad de sociedad hermética. Comenzamos a frecuentar su casa situada a dos cuadras del parque nacional. A leer sus libros y apuntes y a participar en sus empresas inútiles que en algún momento nos hicieron dudar en su cordura. Llegamos a creer que era uno de esos aficionados a mecánica Popular que desbaratan cerraduras y relojes de pared. Nos ponía a fabricar brújulas, elaborar papel con trapos viejos y a aprender a generar electricidad mediante el uso de guayabas y tomates. Con el paso del tiempo comprendimos que Heinz simplemente trataba de iniciarnos en la sabiduría que genera la necesidad. Quería prepararnos para un futuro de carencias. Un futuro en el que la civilización nacería de la nada.

En esos tiempos mucha gente visitaba su casa. Hippies que venían de paso y se comían cuanto encontraban en la despensa. Un grupo de paisas zurumbáticos practicantes del zen y hasta gamines encontraba uno durmiendo sobre los cojines de la sala.

Los padres de Heinz habían muerto hacía poco y la casa era parte de su herencia. Paseaba por los corredores de la segunda planta regando los materos que su madre cuidaba. Lo seguíamos mientras revisaba las goteras que caían en la buhardilla, o contrataba con jardineros ambulantes la poda del jardín cada vez que el césped crecía más arriba de la rodilla. Desempolvaba los libros de su padre, guardados en una biblioteca con puertas de vidrio. Ahí veíamos libros en alemán y en francés. Alguna vez, Toño, al que le gustaba esculcar, encontró una foto de un grupo de masones en el Parque Nacional. Era un grupo de señores serios, con corbata y traje de paño y un delantal de cocinera. Uno de ellos era el padre de Heinz. Pero ninguno hizo preguntas.

La gente que venía se aprovechaba de su ingenua hospitalidad, como hizo un tipo flaco y desencajado que decía ser pintor. Se instaló seis meses en uno de las habitaciones de la casa con la excusa de que estaba haciendo el retrato de Dios.

Sin embargo, poco a poco la gente se fue aburriendo de él y él aburriéndose de la gente, hasta que solo quedamos nosotros cuatro atendiendo sus conferencias informales. Sentados en la sala de la casa, acomodados sobre cojines y la espalda contra la pared seguíamos sus explicaciones in quitarle la vista de encima. Sus charlas podían tratar sobre los conocimientos de Hermes Trimegisto o sobre los recursos medicinales de la hierbabuena y la albahaca.

Él no pretendía ser líder de nada ni oficiante de secta religiosa o política. Era alguien poco dado al gregarismo fácil. Prefería la soledad de sus investigaciones, que ni siquiera nosotros, a lo largo de los años, pudimos comprender muy bien. Su obsesión más recurrente era comprender los hilos del poder mundial. Porque conociéndolos, decía, podremos conocer con anticipación el momento exacto de escondernos antes de que el dedo de un fanático en algún palacio, oprima el botón que destruirá el mundo.

Por esos sus investigaciones tenían las más caprichosas direcciones. Leía los libros sobre la CIA que publicaban las editoriales de izquierda en Medellín. Se detenía a conversar en la carrera séptima con los seguidores del gurú Maharshi Ji. Nos enseñaba a interpretar los despachos de prensa de la UPI. Leía con detenimiento las revistas soviéticas que vendían los militantes de la Juco y las revistas gringas que conseguía en la secretaría de prensa de la embajada norteamericana. Coleccionaba los folletos de los Hijos de dios. Y con toda esa información clasificada de manera aleatoria concluyó: el enfrentamiento entre Rusia y los Estados Unidos se iniciaría con un cruce de misiles sobre el Atlántico. Al brillo de la primera explosión sobre el océano, seguiría la destrucción metódica de todos los objetos y construcciones elaboradas por el hombre, ubicadas en el hemisferio norte.

Las Ojivas nucleares –según su interpretación– no tocarían ningún punto sobre Latinoamérica. Pero la nube radioactiva destrozaría toda forma viviente. Acabaría con la verde jungla del Amazonas. Terminaría con las cristalinas aguas que bajan de los Andes. Infestaría con su energía letal los cultivos de maíz. Por eso debíamos prepararnos con tiempo. Construir tanques de plomo para preservar el agua. Elaborar alimentos encurtidos y frutas en conserva. Conciliar la sabiduría del Tao con la artesanía del albañil para revivir la civilización. Así que nos puso a coleccionar pilas viejas de linterna y objetos de plomo que depositábamos en una caneca de transportar petróleo. A diseñar fraguas manuales y estudiar atentamente la geografía y las corrientes atmosféricas para encontrar el lugar propicio donde fundar la primera colonia colombiana de sobrevivientes del fin del mundo.

El peligro fundamental no será la explosión de la bomba –decía mirando las telarañas del cielorraso, fumando sus inacabables cigarrillos sin filtro–, sino la nube radioactiva que destruirá toda posibilidad de alimentación. La única forma de proteger nuestra comida será con un fusil. Habrá que luchar con veinticinco millones de colombianos hambrientos.

Percibíamos el horror dibujado en la precisión de sus palabras. Yermas extensiones de tierra sobre la que se arrastrarían hombres y mujeres cuya piel se caería en tiras debido a la radiación y a la verde lluvia envenenada. Nosotros, los sobrevivientes, estaríamos encerrados en cuevas de cemento o piedra natural, con un barril de agua y pocos alimentos. Dormiríamos en el suelo, protegidos por capas de plomo en el techo y en las paredes. Nuestros labios se cuartearían por la sed y nuestro cuerpo se reduciría a piltrafas, por la falta de proteínas. No tendríamos a dónde ir. Pasarían años antes de que existiera una hectárea cultivable. Nos enfrentaríamos a bogotanos hambrientos dispuestos a matar por un sorbo de agua. Fieras humanas en harapos, a las que tendríamos que matar a tiros porque el precio de nuestra vida sería la de ellos.

Sin embargo, pese a sus temibles vaticinios, nuestra vida cotidiana de aquellos años continuó igual. Poco a poco tuvimos que escoger oficios para vivir. Toño redactaba horóscopos para un programa de televisión. El Negro era profesor de castellano en un colegio de revalidación del bachillerato para adultos. Yo vivía a la expectativa de una beca para estudiar antropología en México y Joaquín entró a la Universidad nacional. Allí lo sorprendió la masacre estudiantil de 1971, a través de un escueto comunicado que algún activista leyó interrumpiendo la clase de lógica matemática. A partir de ese momento y durante muchas semanas, su horizonte fue piedra en las calles y el humo de las molotovs ardiendo sobre los Mercedes Benz de los funcionarios del gobierno. Pero después de las pedreas y los vidrios regados sobre el pavimento, regresaba a la casa del Parque Nacional, como un fiel iniciado.

Pero hasta esos asuntos de nuestra vida cotidiana le servían a Heinz para sistematizar sus teorías sobre el fin del mundo. La lucha estudiantil que tanto entusiasmaba a Joaquín, para él solo era otra manera de establecer el acercamiento de la hora final. Eran signos de descomposición, junto con las huelgas y peloteras que sacudían todos los municipios del país. Él las enlazaba con los conflictos geopolíticos que ubicaba con manchas de tinta roja sobre un cicatrizado mapamundi llenos de flechas e indicaciones que solo comprendía él. Allí buscaba la fisura por la cual reventaría el planeta. Al mismo tiempo continuaba su infatigable labor de aprendizaje de las más insólitas ciencias. Heinz, hidra de las mil cabezas, no aceptaba la sobrevivencia como un ejercicio animal. Él creía que debíamos recuperar el conocimiento humano en todas sus formas. Einstein era apenas una opción racionalista incomparable al conocimiento de Hermes Trimegisto, o al cifrado mensaje que nos enviaba el ubicuo Fulcanelli. A veces a alguno de nosotros le asaltaba la duda y trataba de contradecirlo. Pero él siempre tenía una respuesta disponible, hidra de las mil respuestas. El siempre supo que éramos incrédulos pero igual nos tuvo paciencia.

Con él descubrimos la localización exacta de las pirámides chibchas de la sabana de Bogotá. Nos enseñó a detectar el fluir de los manantiales subterráneos. A predecir terremotos en la quietud del alba según la actividad de las cucarachas.

Pero más que todo eso, fue un amigo leal. Alguien que nos ayudó a superar el duro tránsito de la adolescencia a las responsabilidades. Cuando nos recibía vestido con unos pantalones anchos, el faldón de la camisa por fueras del chaleco de lana y unas pantuflas despanchurradas, su mirada se iluminaba bajo las breves hebras de cabello que chorreaban por su cráneo pelado de calavera de mono. Era feliz porque nosotros aprendimos la sentencia: hay que ser fiel hasta la muerte. Sin embargo, pese a que él nos dio los sentidos para continuar viviendo, a veces preferíamos la felicidad de la ignorancia.

Por eso continuamos llevando esa doble vida en la que permaneceremos hasta el minuto final del horror. Buscando puestos de trabajo en redacciones de periódico y agencias de publicidad o colegios de secundaria o condenados a estudiantes eternos de la Universidad nacional. Mientras tanto, Heinz correrá a evitar el tumulto nuclear. Mientras nosotros perdemos el tiempo, él estará creando el mundo a partir de arena seca.

Porqué desde siempre tuvo la idea fija en su mente: ir lejos para poder salvarse. El lugar idea, retirado de la lluvias radioactivas, tenía que ser seco, alejado de las corrientes del Golfo de México y de ser posible protegido por las cordilleras. Decidió irse al Huila, a un lugar que jamás quiso (o pudo) determinarnos con exactitud, ya que pertenecía al universo de sus recuerdos infantiles. Un lugar que visitó alguna vez, durante una excursión familiar.

Vendió la casa pero conservó los muebles,. En una bodega, por superstición atávica. Decidió irse para Neiva. Desde allí organizaría el paso final del renacer humano. Buscaría pacientemente el lugar de sus sueños infantiles, conseguiría tierra como colono y empezaría a forjar la primera colonia colombiana de sobrevivientes del fin del mundo.

Ese domingo de trasteo, mientras movilizábamos cajas y muebles, el aire estaba cargado de palabras y preguntas que ya nunca haríamos. Ninguno de nosotros, ni Toña, ni el Negro, ni Joaquín ni yo, expresamos nuestro deseo de partir con él. Tal vez eso explicaba su actitud hostil y sus escuetas órdenes.

El camión fue cargado hasta los topes. Las National Geographic estaban bien acomodadas. El piano bien amarrado y las maletas de ropa encima de todo. La casa era un eco repetido que dejábamos atrás con nostalgia anticipada.

Esperamos a que Heinz aclarara sus últimos asuntos con el chofer y nos sentamos en el muro del antejardín. La tarde estaba fresca y los árboles del Parque Nacional se deshojaban uno a uno.

–Bueno jóvenes– dijo Heinz sacudiéndose el polvo de las manos. –El entierro terminó.

Alguno alcanzó a balbucir.

–¿Y qué Heinz, va a escribirnos?

–No, qué va. Si deciden irse, allá nos vemos.

–¿Y si no lo encontramos?

–Es porque no lo merecen.

Continuamos conversando mientras caminábamos hacia la séptima. Nos detuvimos al borde del andén. Nadie sabía qué aguardábamos, pero cuando vimos que Heinz alargó el brazo para detener un taxi, nos dimos cuenta de que todo había terminado. Permanecimos inmóviles mientras el carro se detuvo. Era un aparato viejo. Un Dodge del 54. Heinz subió sin mayor ceremonia. Desde la ventanilla se despidió con un gesto cabalístico que ninguno reconoció. Sin hacer casi ruido, el taxi desapareció en el fondo gris de la carrera séptima. Entonces quedamos solos frente al atardecer, un domingo antes del fin del mundo.

miércoles, noviembre 21, 2012

Lectura de Los ejércitos, de Evelio Rosero



Por razones de trabajo, con mis estudiantes, leí hace poco Los ejércitos de Evelio Rosero. Fue una nueva lectura de esta novela (que había leído hace cinco años, cuando salió) pero que volvió a generar en mí la misma inquietud. La sensación de que es la primera novela moderna sobre la mal llamada "literatura de la violencia colombiana".

En esta literatura sobre la violencia se reconoce un primer periodo  que cubre las obras que se intentaron desde la década de 1940, hasta la década de 1970, más o menos. (Según algunos analistas literarios son 74 novelas). Entre ellas se destacan El cristo de espaldas, de Eduardo Caballero Calderón, El día señalado, de Manuel Mejía Vallejo, algunos de los cuentos de Hernando Téllez, La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio y muchas novelas inanes e intrascendentes que contrastaban con los cuentos de Gabriel García Márquez en Los Funerales de la Mama Grande y su novela La mala hora. En menor medida, pero también enmarcable en ese grupo de novelas sobre la violencia se podría incluir El Coronel no tiene quien le escriba, novela en la cual la violencia de la guerra de los mil días está ligada a la violencia por la tierra de los años cuarenta del siglo XX.

Este pequeño grupo de novelas, de todos modos no impidió que el mismo García Márquez, al hacer un balance sobre este periodo de la literatura colombiana, la definiera como un simple “inventario de muertos”.

Hacia 1970, gracias a la influencia de este autor, surge una nueva y amplia generación de escritores colombianos, entre los cuales todavía hay varios activos, como Oscar Collazos, o Miguel Torres que escriben sobre el tema de la violencia urbana. Sin embargo la mayoría de escritores de aquella generación fue un poco ingenua, fue muy influida por la militancia política y su obra se diluyó en gran parte, en buenas intenciones.

La violencia rural se convirtió primero en una imposibilidad. Ningún escritor lograba un acercamiento vivo al tema. Pesaba mucho García Márquez y su llameante y crítica opinión sobre el inventario de muertos.

Hoy existe un amplio espectro de novelas sobre el conflicto colombiano. Pero prácticamente ningún escritor importante había vuelto a intentar un retrato de la violencia rural, hasta la llegada de Los ejércitos, de Evelio Rosero.

La violencia rural contemporánea ha sido contada más por sus protagonistas, a través de libros testimoniales, los paramilitares, los secuestrados, los militares, que por la literatura. Abundan los libros testimoniales donde secuestrados, o secuestradores cuentan su versión, unos desde la libertad los otros desde la cárcel. Es casi un género literario, “el libro de delincuente” y “el libro de secuestrador”. Hay por supuesto un proyecto que reina sobre todos estos textos oportunos y oportunistas, es ese monumento llamado Memoria Histórica, el proyecto dirigido por el historiador Gonzalo Sánchez. Gracias a este trabajo de investigación se ha recuperado la memoria de las víctimas, se ha cuantificado el alcance del delito paramilitar, se conocen los móviles (los mezquinos móviles) de los usurpadores de tierras y en general es una pequeña biblioteca que ilustra claramente cómo es el conflicto colombiano. Sin embargo, este trabajo hecho desde las ciencias sociales, aún no encuentra su equivalente en la literatura del conflicto. A excepción, claro, del libro de Evelio.

Pero, ¿qué hace diferente a Los ejércitos?

Obviamente, 


La forma. El narrador. La voz narradora es la de alguien camino del patíbulo. No es un relato que narra en retrospectiva sino que avanza con el personaje hacia su destino. Hace remembranzas sí, pero siempre el tiempo de la novela nos va llevando de un estado de terror a otro estado de terror y destrucción.


El argumento. Que recoge un inventario del conflicto y lo supera. Pese a que el pueblo donde se desarrolla la historia es un lugar genérico (Rosero habla que se inspiró en muchos pueblos de cordillera de Nariño donde pasó su adolescencia), la novela también muestra los fenómenos de la ciudad. Ya no es un pueblo incomunicado (como los descritos por las 74 novelas de la violencia), los medios de comunicación notan que el pueblo existe, por lo menos cuando un cilindro bomba destruye la iglesia, o cuando hay una masacre.

La atmósfera. Es un acercamiento intimista a la violencia. Incluye, de hecho,  elementos ya tratados en novelas como El día señalado o La mala hora. Pero los lleva más lejos: los sustrae del estereotipo. El retrato del cura del pueblo es preciso e implacable. La historia del cura con mujer, servidor de dios y de los hombres.

Los ricos del pueblo se muestran como son, sin necesidad de ser calificados como tales. Casi sin darnos cuenta nos vamos enterando de quienes son los gamonales, aunque nunca son definidos así. En cierta forma, ellos son tan víctimas como cualquier otro. Los ejércitos solos se bastan a sí mismos, los civiles solo están a su servicio.

Es un retrato de los señores de la guerra. Aunque apenas vemos sus rostros lejanos: el del comandante enfermo que desprecia al curandero, el del capitán del ejército que asesina a tres civiles sin ninguna razón, el del guerrillero que le lanza una granada al protagonista, a través de ellos distinguimos con claridad las muchas cabezas de la hidra de la guerra.

Las desapariciones. Son casi de película de horror, propias del terror fantástico. La violencia es tan demencial, como dice Rosero, que resulta irreal.
El terror va cercando al hedonista maestro que narra la novela, hasta que descubre junto a él al anónimo combatiente que se apresta a asesinarlo.

Por todo esto, y muchos otros detalles que me quedan sueltos, Los ejércitos es una novela excepcional.