sábado, marzo 30, 2024

Una visita a Orihuela




"En Orihuela, tu pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo, Ramón Sijé, con quien tanto quería". Esta dedicatoria que pertenece al poema Elegía de Miguel Hernández y que fue musicalizado por Joan Manuel Serrat, estuvo en mi mente todo el tiempo mientras hacía una visita a la casa museo del poeta en Orihuela.

Fachada de la casa en Orihuela
Fachada de la casa museo


Visitar casas de escritores es una de las cosas que mas me gusta hacer en mis vacaciones. Esta vez le tocó, en enero de este año (publico esta nota, mucho tiempo después porque por descuido se me olvidó dar click en "publicar"), a don Miguel Hernández, ese joven que el Franquismo asesinó de frío, con el frío acero del alma fascista. Orihuela es un pueblo que a primera vista no ofrece nada. Hay una biblioteca, un par de museos, la casa de Miguel Hernández y el edificio de un gran seminario que subsiste a medio uso. Para mí el único interés que tiene ese edificio es que allí sufrió sus primeros tres meses de encarcelamiento el poeta en 1938 y probablemente allí contrajo la enfermedad pulmonar que lo llevó a la tumba en 1940.

La casa de Miguel es un lugar modesto que perteneció a su padre, un tratante de ganado. Es decir, alguien que compraba un marrano y vendía dos terneros. Un pequeño negociante de pueblo. Detrás de la casa subsiste una especie de corral y un par de algarrobos que deben estar ahí desde cuando Miguel leía los libros que le prestaba el canónigo del pueblo.

Habitación de Miguel
Una particularidad de esta casa es que para ser el museo de un gran poeta resulta extraño que no haya en ella ni un solo libro. Aparentemente durante la vida del poeta no hubo en su casa ninguna biblioteca, ni un estudio, ni lugar alguno donde escribir. Hay una foto (una recreación escénica), que nos indica que el poeta escribía en cuadernos sencillos sentado al borde de su cama. Veo en las fotos que tomé de la página del museo (las mías se extraviaron en algún cambio de computador), que ahora han añadido un pequeño escritorio que no existía cuando hice mi visita.


Estremece la sencillez del lugar, pero en cierta forma también explica un poco su obra. A unas cuantas cuadras de la casa está uno de los sitios donde se reunía con sus amigos a comentar, a leer o a repetir los versos que escribía, y un par de cuadras más abajo la casa del canónigo donde conseguía los libros que leía.

Resulta sorprendente ver como la vida le alcanzó a Miguel Hernández para despedir a su mejor amigo, dejar unos versos indelebles acerca de ello, combatir por la República y morir por ella, en una prisión helada.
Los corrales de la casa


Elegía fue escrito el 10 de enero de 1936. Pertenece a una colección de versos vertiginosa, como vertiginosa fue la vida de su autor. La vida no le dio sino para escribir ese puñado de indelebles poemas, esos días guerreros de combate al fascismo. Y esos meses encerrado en prisiones heladas donde la muerte terminó por encontrarlo. 

"Temprano levantó la muerte el vuelo", 

temprano madrugó la madrugada".

viernes, marzo 29, 2024

La tierra del silencio y la oscuridad

Este es el título de un estremecedor documental de Werner Herzog realizado en 1971. Trata sobre un centro de acogida para personas sordociegas donde nos descubre el mundo de una de ellas, Fini Straubinger, una mujer que debido a un accidente perdió dos sentidos fundamentales, el oído y la vista y aprendió a comunicarse mediante el tacto. Cuando vi esta película revaloricé absolutamente esa bendición de la vida que es el poder escuchar y ver las maravillas de este mundo.

Fotograma del documental de W. Herzog.
Pero ¿por qué me viene a la memoria este documental? Tal vez porque hace unos días leí un artículo sobre cómo sería el mundo sin los libros. Sin esos depósitos de saber y de la memoria del hombre. Probablemente sería un mundo más oscuro que esa tierra del silencio y la oscuridad que nos mostraba Herzog. Pero ese mismo artículo nos recordaba que son muchas las personas que viven en esta condición. Puede decirse que  la mayor parte de la humanidad, en la actualidad, vive sin los libros. Sin necesitarlos. Sin deberles nada.
 
 Y lo más extraño es que esas personas que han vivido su vida sin abrir un libro son felices. O podrían ser felices a su manera, o en todo caso no hay ningún estudio que nos diga que los libros les hicieron falta. Es probable que tengan alguna y hasta mucha información recibida a través de la radio y la televisión. Pues vamos a suponer que tampoco leen periódicos o revistas.
 
La mayoría de esas personas leen mensajes en sus smartphones, por tendencia, por seguir la corriente, por la razón que sea. Esas personas que pueden pasar felices sin abrir un libro jamás, difícilmente podrían pasar un día sin tocar un Smartphone, sin revisar sus mensajes de texto.
 
En nuestro país hay incluso un pequeño segmento de personas que no saben leer ni escribir (2.078.000 personas de acuerdo a cifras del Ministerio de Educación) y que por tanto no solo no han tocado un libro sino que tampoco pueden usar su teléfono portátil (si lo tienen) para escribir y leer mensajes de texto.
 
No hay que ser muy sagaz para imaginar que esas poco más de dos millones de personas están en la base de la pirámide social colombiana. Pero también estoy seguro de que tampoco han leído un libro jamás muchas de las personas que están al otro lado del espectro social, o sea entre el cinco por ciento de la población con mayores ingresos y con algunos estudios.
 
Este cinco por ciento de la población colombiana, que, aunque pudiendo hacerlo, nunca abre un libro o escucha una melodía hermosa, u observa una imagen estremecedora, o mira una película ingeniosa o sorprendente, vive en un silencio y una oscuridad más profunda que el de Fini Straubinger, la protagonista del hermoso documental de Werner Herzog. Son personas que tienen, a cambio, el ruido y los fuegos artificiales que se encienden cada minuto en su smartphone (en promedio un usuario consulta su teléfono nueve veces por hora), viven en un mundo de ruido y vanidad. Ahogados en la sobre oferta informativa de las redes y la opinadera verborrágica de millones de personas que tratan de diferenciarse entre ellas, sin conseguirlo. 
 
El libro sigue siendo esa tierra firme del silencio y la meditación. Un espacio que es luminoso, amable, cálido, donde el pensamiento fluye, aclarando la oscuridad del mundo y donde nuestras ideas se renuevan con cada título leído.

lunes, febrero 19, 2024

Falta de oficio

Escribí este texto como prólogo para el libro La última máscara, de mi amigo Marcos Roda, publicado el pasado enero de 2024. Un libro de fotografía que tambien incluye una novela corta. Un extraño artilugio editorial.

Roberto Rubiano Vargas

 

Tengo la idea de que la primera vez que vi a Marcos Roda dibujando, estaba echado sobre un pupitre del salón de cuarto bachillerato, en un colegio dirigido por profesores españoles. Su estampa me causó curiosidad. Era un tipo con aire de extravío muy distinto al resto de nuestros compañeros que si parecían más enfocados en sus tareas: resolver problemas de álgebra, jugar fútbol, hablar de novias inexistentes y contar chistes. Tal vez, debido a esa actitud marginal algún profesor nos calificó como “esos jóvenes de ahí, a los que les falta oficio.” O sea, nos faltaba algo útil en qué ocuparnos. Éramos unos vagos que echábamos globos al aire.

Con aquellos dibujos hechos con lápices Prismacolor en las páginas de sus cuadernos de historia o geografía, Marcos insinuaba una mirada más o menos surrealista sobre ese mundo que plasmaría más tarde en sus acuarelas y grabados. De aquellos dibujos escolares recuerdo, entre otras imágenes desvanecidas en la niebla de la memoria, a un chimpancé conduciendo un Volkswagen escarabajo color verde limón.
Alrededor de esos dibujos y de esas novelas que nadie nos pedía que leyéramos, como El siglo de las luces, iniciamos una amistad que nos llevó a compartir otros juguetes, incluyendo la pasión por la fotografía y el deseo de contar historias cada vez más ambiciosas.

Ese interés en la ficción, o esa falta de oficio, como diría aquel profesor, que ha llevado a Marcos a convertirse en escritor, no es algo nuevo. Haciendo arqueología otra vez, si volvemos a aquel pupitre sobre el que compartíamos tareas escolares, puedo recordar que ya delirábamos tratando de escribir historias que supongo no llegarían a dos párrafos de longitud. Para ese entonces él ya era un dibujante más que aceptable, supongo que muy influido por su padre, y yo me iniciaba en la escritura de cuentos, no tan aceptables. También supongo que si hubiéramos sido juiciosos probablemente hubiéramos hecho muy tempranamente una novela gráfica o algo así. Uno de los muchos asuntos inconclusos que fuimos dejando de lado en nuestra existencia.
Durante muchos años, al margen de nuestra actividad como pintor uno y escritor el otro, fuimos colegas de trabajo como fotógrafos, formamos parte del Taller la huella, leímos los mismos libros, escuchamos la misma música (jazz, rock y salsa); compartimos muchas amistades y también vivimos durante largos años en países distintos, pero siempre volviendo a encontrarnos, como malas compañías que se buscan para delinquir.
Ahora Marcos muestra en este texto una veta creativa abiertamente dedicada a la ficción, muy diferente a su libro anterior (Lo que he visto en este tierra), que era más bien una memorabilia. Esta no es la primera novela que escribe y eso se evidencia en sus acertadas decisiones narrativas. En estas páginas que sirven de ilustración a sus fotografías, no al revés, nos propone un personaje fotógrafo que solo se parece al autor en que comparten el gusto por las imágenes que persigue, por los libros que ambos leen y por su misma actitud de desamparo ante la vida. Hay en esta historia muchos de los intereses fotográficos de Marcos puestos en la cámara del personaje que recorre estas páginas. Sin embargo, a mí me parece que el elemento más personal, presente en la novela, es esa idea de que alguien pudo estar manejando un camión de modelo antiguo, llevando puesta una máscara de oro precolombina.

Hay en este texto, y en estas fotografías un sabor, un color, una manera de entender lo colombiano que yo definiría como perplejidad ante el barroquismo de nuestra realidad. De esa manera del ser colombiano que se ríe del absurdo y se divierte en las más extremas situaciones. Un toque cultural adquirido a pulso, digo yo, en los billares de su vecindario del barrio Casablanca de Suba donde sigue mordiendo el polvo ante taxistas, mecánicos y desempleados de distinta laya; adversarios más bragados que él en el asunto de las carambolas. Es en ese ambiente donde sin duda bebe este artista visual que ha sido siempre un escritor y que ha encontrado no la gloria del billarista pero si la satisfacción del oficio literario. O sea, irónicamente, gracias al hecho de ser, como somos todos los escritores, gente falta de oficio.

 

lunes, enero 30, 2023

Notas sobre el cuento, la teoría del iceberg



En su famosa entrevista, concedida a la Paris Review, Ernest Hemingway formuló su teoría sobre el iceberg en la escritura de un cuento. La formuló de esta manera mientras trataba de explicar por qué El viejo y el mar era una novela tan suscinta."Yo siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del témpano de hielo. El témpano conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso sólo fortalece el témpano de uno. Es la parte que no se deja ver. Si un escritor omite algo porque no lo conoce, entonces hay un boquete en el relato.”
A continuación Hemingway ofrece un ejemplo y dice: “ El viejo y el mar pudo haber tenido más de mil páginas (el original no llega a cien) e incluir a cada uno de los personajes de la aldea y todos los procesos de cómo se ganaban la vida, como nacían, se educaban, tenían hijos, etc. Otros escritores hacen eso excelentemente bien. Al escribir uno está limitado por lo que ha hecho satisfactoriamente. Así que yo he tratado de aprender a hacer algo distinto. Primero he tratado de eliminar todo lo que sea necesario para comunicarle una experiencia al lector, de modo que después de qué él haya leído algo, eso se convierta en parte de su experiencia y parezca haber sucedido en realidad. Eso es muy difícil de hacer y yo he intentado hacerlo con mucho esfuerzo.”
Hemingway en ninguna parte dice que esa idea se le ocurrió a él, simplemente dice que el escribe de acuerdo a ese principio. Desde entonces, de manera muy general, se habla de "la teoría del iceberg" como si hubiera sido fuera formulada por Hemingway. Pero la verdad es que la idea no es de él, sino de Ruyard Kipling quien en un ensayo incluido en su libro autobiografico, Algo sobre mí mismo, publicado en 1936, veinte años antes de que sucediera la famosa entrevista de Hemingway con la Paris Review, señalaba: "No recuerdo de quién fue la idea de qué yo escribiera una serie de cuentos anglo indios, pero si la asamblea que hicimos para decidir el título. En un principio eran mucho más largos que luego al publicarse. Los abrevié, primero, por gusto al releerlos detenidamente y, después, por razones de espacio editorial. Y así aprendí que en un relato quitar líneas es como avivar un fuego. No se nota la operación, pero todo el mundo nota el resultado. Claro que los párrafos suprimidos tienen que haber sido escritos honradamente, para algo, con voluntad de permanencia. Me di cuenta de esto cuando, por ahorrar tiempo, “escribía breve” desde el principio y veía que el relato perdía encanto. Esto confirma la teoría de que la quimera, después de echar fuego y desaparecer, puede seguir ejerciendo su influencia en el vacío."
Por supuesto, Kipling no usó el término "témpano de hielo" para definir su idea, pero es la misma de Hemingway expresada de manera un poco más amplia. Tanto en la propuesta de Kipling como en la verisón de Hemingway, lo oculto, "las siete octavas partes" deben haberse escrito antes de ser suprimidas.

domingo, agosto 08, 2021

Nueva Novela: Banzai

(De la contratapa)

Encuentro muchos significados para la palabra japonesa Banzai. Algunos la traducen como suicidio honroso, otros como diez mil años de larga vida o larga vida al emperador. La carga banzai era un ataque suicida que se asociócon los pilotos kamikazes durante la Segunda Guerra Mundial. Pero entre todas esas definiciones prefiero esta:
Banzai: estoy dispuesto a cambiar este momento por toda la eternidad.
 

Banzai es una novela sobre la corrupción, sobre esa plaga que en todos los ámbitos, públicos y privados, se ha vuelto la normalidad que los ciudadanos de a pie soportan con estoicismo; una novela que habla de personajes avariciosos que arrebatan las vidas y la tranquilidad de otros, con la misma frialdad con que saquean las finanzas públicas. Kamikazes que toman decisiones suicidas en las que mueren los demás, no ellos.
Por gente así es que Manuel y Mireia, los protagonistas de esta novela, se ven obligados a vivir un día, o más bien unas cuantas interminables horas, en el infierno, intentando sobrevivir, minuto a minuto, ese momento definitorio de su existencia.


Publicado por Panamericana Editorial. Disponible en librerías y ePub.

Género negro: algo más que un cadáver en un callejón

 

(Este texto sirvió como base para la conferencia que Roberto Rubiano Vargas dictó en la inauguración del seminario, Geografía de la sospecha, dedicado al Género negro, organizado por el Departamento de Literatura de la Universidad Central en 2019.)

Mi interés sobre el género policíaco obedece a que soy un fiel lector del género más que un autor del mismo. Mi opinión sobre él, por tanto, no es la del investigador ni la del crítico literario; sino más bien la de un creador que descubrió en algún momento de su vida, en esas novelas que cuentan con agilidad relatos con trasfondo criminal, una herramienta narrativa invaluable; una forma para contar historias a partir de una promesa sencilla: proponerle al lector que siga una historia de crimen, que en realidad podría importar poco, para contarle otra, que sí podría importar mucho, que nos habla de profundas emociones humanas.

Llegué a estos libros con la admiración que produce el descubrimiento de un mundo nuevo. Todo sucedió en la época en la que me encontraba escribiendo mi primer libro de cuentos, en la década de mil novecientos ochenta. Momento en el que cayó en mis manos un volumen de Raymond Chandler, una colección de cuentos que incluía como prólogo su famoso ensayo El sencillo arte de matar.

Raymond Chandler

Antes de ese momento mis primeras lecturas relacionadas con el tema policiaco habían sido pocas. Una historia sobre Eugène-François Vidocq el célebre ladrón del siglo XIX convertido en infiltrado en el mundo del crimen, primer director de la Seguridad Nacional de Francia y más tarde, en 1833, fundador de la que se considera la primera agencia privada de detectives. Era una historia que leí en una enciclopedia para niños y por tanto contaba todo en pocos rasgos, pero con la suficiente información como para apasionarme con el personaje. Más tarde descubrí las novelas y  cuentos de Arthur Conan Doyle, que me prestó el papá de un amigo mío a los trece años. Eran obviamente las aventuras de Sherlock Holmes. En Un estudio en escarlata lectura incluida en este seminario, conocí la biografía esencial de este personaje.

Lo que yo no tenía por qué saber en aquel momento era que me había tropezado con los las dos opciones icónicas que adoptaría el investigador en la novela policiaca. Vidocq, amigo de la experiencia directa, se disfrazaba de delincuente –él mismo lo había sido– para descubrir a otros delincuentes mientras que Sherlock Holmes confiaba en la deducción y la observación de los detalles.

Por aquella época de mi adolescencia el cine había hecho muy popular al personaje de James Bond. Como sus películas eran para mayores de dieciocho yo no las podía ver, pero nuevamente vino otro vecino en mi auxilio al prestarme su colección de novelas y cuentos de Ian Fleming: Goldfinger, Doctor no, Operación Trueno, etc. Por entonces también leía novelas de espionaje, novelas de guerra, de vaqueros, casi todas escritas por Marcial Lafuente Estefanía (autor español que escribió más de dos mil seiscientas).  Eran novelitas que se vendían en los mismos kioscos dónde se conseguían los cómics y que uno intercambiaba en las peluquerías y zapaterías. De hecho fue el zapatero de mi barrio el primer librero que me guió en esas lecturas; esa literatura comercial barata que pronto superé porque comencé a leer un poco más sofisticadamente cuando descubrí, en cuarto bachillerato noveno grado actual), que mi destino estaba en la escritura.

Y eso hubiera sido todo, en el campo de la novela criminal y sus variantes, de no haber llegado a mis manos, como regalo de un amigo argentino, publicista, aquel pequeño libro, de Raymond Chandler, publicado por editorial Diana de México, una edición vintage de 1956.  Allí fue la primera vez que leí la clásica sentencia de Raymond Chandler acerca de la diferencia entre el crimen perfumado a lo Agatha Christie y el realismo brutal de lo policiaco como lo escribió Dashiell Hammett en Cosecha Roja.

 

“Todavía hay gente que dice que Hammett no escribió novelas detectivescas sino simplemente crónicas de barrios bajos con un elemento superficial de misterio incluido en la obra como una aceituna en un Martini. Estas gentes son damas otoñales que gustan de crímenes perfumados con magnolias en floración y detestan que se les recuerde que el crimen es un acto de infinita crueldad aún cuando a veces el que lo cometa sea un muchacho juguetón, un profesor de la Universidad o mujeres hondamente maternales que peinan cabello cano.” [i]

 

Chandler se refería, por supuesto a algunas novelistas inglesas, como Dorothy Sayers y Agatha Christie, autoras especializadas en la llamada “novela enigma” que es como la novela rosa de lo policiaco. Más adelante continúa desarrollando sus ideas:

 

“El realista del crimen escribe sobre un mundo donde los pandilleros pueden llegar a gobernar ciudades y poco les falta para gobernar naciones enteras; mundo en que los hoteles, las casas de apartamentos, los más distinguidos y elegantes restaurantes, son propiedad de hombres que han hecho su fortuna en casas de asignación; donde una estrella de cine puede ser el contacto con bandas de malhechores y tras el atento recepcionista que espera en el vestíbulo se encuentra un jefe de chantajistas; un mundo en que el juez cuyos sótanos de la casa están atiborrados de licor contrabandeado, recluye en prisión a un individuo por llevar un pequeño frasco de vino la bolsa del pantalón; donde el alcalde de la ciudad puede perdonar el crimen si le pagan por ello y donde nadie puede sentir seguridad al andar en las calles oscuras porque la ley y el orden son cosas que se predican pero no se practican.”[ii]

 

Gracias a ese ensayo, El sencillo arte de matar, que supongo de obligada lectura para este seminario, comenzó mi interés por el género policiaco realista, género negro, hard boiled, genero duro, o como quieran llamarlo. Una categoría de la literatura policiaca que estaba más cerca del mundo y de la naturaleza humana, por tanto más cercana a la literatura a secas.

A partir de la lectura de esa colección y nuevamente gracias a mi amigo publicista, conocí a los grandes autores del género. Era el final de los años setenta en Bogotá y a nadie le interesaban estos libros que en cambio eran muy comunes en México y Argentina, países donde había una tradición lectora y un medio editorial interesado en el tema. Sin embargo, cuando terminé  mi primer libro de cuentos que se publicó en 1981 la única referencia que hice al género es que un personaje lee en un bus una novela de Dashiell Hammett.

Luego completé mi educación sentimental literaria sobre el género a través de la inolvidable colección de novela negra de editorial Bruguera. Con la lectura de esos escritores comencé a fascinarme por esa capacidad de síntesis para desarrollar la acción. El inteligente empleo de eso que yo llamo el “síndrome de Sherezada”, o sea el buen uno del suspenso para mantener la atención en los detalles, en las características de los personajes, en el proceso de la narración. En fin, descubrí que esas novelas eran un tren de alta velocidad para contar historias de manera vertiginosa sin perder la noción de la buena literatura. El suspenso inherente al género hace que literalmente el lector no pueda detenerse durante horas.

De las muchas razones que se me ocurren para explicar esta condición, tal vez valga mencionar que los primeros cuentos de esta forma narrativa, publicados en las revistas populares, terminaron vertidos en novelas y en guiones que luego fueron llevados al cine. Del cine, volvieron a la narrativa. El género negro escrito y filmado se ha retroalimentado mutuamente.

Un elemento común a las dos formas de narrar, el suspenso, suele hacer énfasis en elementos que son importantes para los personajes, pero no para el escritor. Es lo que se recoge en la que podríamos llamar la teoría del Macguffin. Quien mejor la cuenta es el director de cine Alfred Hitchcock.

De acuerdo con este director inglés, el Macguffin es la zanahoria que se le pone al frente al lector (o espectador en el caso de Hitchcock) mientras se le propina el golpe sorpresivo del argumento.

Dice Hitchcock, en su famosa entrevista con el también director Francois Truffautt:

 

(El Macguffin) “es un rodeo, un truco, una complicidad, lo que se llama un «gimmick». Bueno, esta es la historia completa del Mac Guffin.

Ya sabe que (Ruyard) Kipling escribía a menudo sobre los indios y los británicos que luchaban contra los indígenas en la frontera del Afganistán. En todas las historias de espionaje escritas en este clima, se trataba de manera invariable del robo de los planes de la fortaleza. Eso era el «Mac Guffin». «Mac Guffin» es, por tanto, el nombre que se da a esta clase de acciones: robar… los papeles, robar… los documentos, robar… un secreto. En realidad, esto no tiene importancia y los lógicos se equivocan al buscar la verdad del «Macguffin». En mi caso, siempre he creído que los «papeles», o los «documentos», o los «secretos» de construcción de la fortaleza deben ser de una gran importancia para los personajes de la película, pero nada importantes para mí, el narrador.”[iii] 

 

El Macguffin, de acuerdo a esta propuesta, consiste en proponerle al lector que se obsesione con una historia mientras se le cuenta otra, que de manera previsible es la verdaderamente importante. Es casi el mismo principio del cuento. La historia sumergida o paralela en el cuento es la importante, no la evidente, o la que le da sentido a la historia evidente. Tal vez por eso el género negro, en un principio, encontró su mejor encarnación en el formato del cuento moderno donde se desarrolló durante sus años iniciales en las revistas de Pulp fiction.

Alfred Hitchcock

Porque si bien es un género que nació como literatura dirigida a personas poco ilustradas, en sus vagones pueden subirse toda clase de historias, desde la muy vulgares y solo interesadas en el crimen, hasta sofisticados relatos con personajes poderosos casi salidos de la pluma de William Shakespeare. De hecho, algunas sentencias del detective Phiiph Marlowe, personaje de Raymond Chandler, parecen escritas por el dramaturgo de Avon.

 

De lector a autor

Mi primer intento en el género fue una novela corta destinada al lector juvenil (Una aventura en el papel) en la cual hice una parodia del detective de las novelas de Raymond Chandler. Cuando la escribí (1987) pensé que sería apropiada exclusivamente para algunos lectores jóvenes. Había en ella un cierto juego de metaliteratura, qué entonces me parecía arriesgado pero que hoy resulta muy común, al punto de que en la actualidad Una aventura en el papel la leen niños desde los ocho años de edad hasta adolescentes que ya despuntan barba. Además continúa siendo reimpresa de manera periódica, asunto que no deja de sorprenderme. Luego de esa novelita publiqué mi segundo libro de cuentos, El informe de Gálves y otros Thrillers (1992) que fue mi barco insignia con el cual levanté la bandera de la calavera y las tibias entrecruzadas. Fue una declaración pública de mi compromiso con el genero negro, pero también una manera de explicar mi particular manera de entenderlo: lejos del estereotipo del detective vintage, del detective paródico, o del detective a secas. En ese conjunto de cuentos no incluí casi elementos convencionales del género negro más comercial. No había ni detectives privados, ni policías y el crimen era un hecho casi marginal. Sin embargo la esencia del género estaba en cada página, en la mirada que hacía a los fragmentos de la realidad narrada.

Luego esos elementos y esta pasión han evolucionado, he cambiado muchos puntos de vista, pero sigo empeñado en hacer una versión propia de este género. Mis cuentos, mis novelas se acercan y se alejan del genero negro en una búsqueda personal que no termino de explorar. Porque para mí la virtud principal de este género es que puede adaptarse a casi cualquier forma narrativa, a casi cualquier historia, en cualquier novela y dotarla de recursos eficaces para narrar con profundidad y amenidad; un factor que no es despreciable en los tiempos que corren.

Hago esta aclaración porque lo que expondré esta noche será, más o menos, el producto de mi experiencia como lector y escritor de esta literatura considerada de consumo en los países del primer mundo, pero más o menos poco reconocida por el famélico mercado lector de Colombia. Tal vez por eso un editor me decía, hace algunos años, que los lectores colombianos asocian esta narrativa con el periodismo amarillista, crímenes y sangre y nada más.

Quizá esta situación haya evolucionado un poco, pero todavía encuentro personas que creen que esta narrativa no es más que la página de al lado de la crónica roja. Un prejuicio, en todo caso, pues el género negro es mucho más que un cadáver en un callejón.

La novela policiaca realista, es más bien una encarnación de la novela de caballerías como la entendía don Alonso Quijano. La expedición de un héroe en busca de desfacer entuertos sociales e injusticias. Es por tanto una versión de la novela de aventuras.

La aventura es un elemento que considero fundamental en la lectura. No concibo leer un libro que no me lleve a compartir una aventura. Esto no siempre tiene que ver ni con crímenes ni con barcos piratas, o caballeros con armadura. Creo que toda buena novela o cuento nos lleva a una exploración intimista de un aspecto de la vida y de unos sentimientos humanos. Y aquí radica un aspecto de lo que me interesa subrayar esta noche. Escribir sobre asesinos no es interesante, tampoco lo es develar su modesta naturaleza; por eso prefiero más el punto de vista de la victima que del victimario. Prefiero la mirada compasiva de un Heining Mankell, que no se priva de mostrarnos la violencia del crimen en cualquiera de sus novelas (La quinta mujer, Los perros de Riga, etc), al regodeo en el alma del asesino que hace un Jim Thompson, también en cualquiera de sus novelas (1270 Almas, El asesino dentro de mí, etc).

Toda gran literatura es una expedición de aventuras. Cuando leemos una novela como Madame Bovary estamos explorando el territorio íntimo del ser humano. Cuando leemos La Isla del Tesoro penetramos en los misterios de la exploración del siglo XIX. Toda gran lectura es la expansión de la capacidad intelectual. Ese estado de gracia en que la imaginación suele dejarnos sumidos.

Por eso me interesa más el genero negro realista, que la novela policiaca criminal propiamente dicha, que se encarga de manipular el crimen como si fuera un juego de mesa, solo que más parecido a las damas chinas que al ajedrez.

Pero, continúo aclarando estas ideas.

 

¿Qué es el género negro?

Lo primero que tendría que proponer en esta charla introductoria a este seminario sobre este género, sería preguntar, pregunta retórica puesto que voy a la respuesta yo mismo ¿Que es, o que no es? ¿Es un género menor? ¿Es una forma comercial, nada más?

Tal vez podría comenzar con una aclaración, el género negro pertenece al universo de la narrativa policiaca, sin embargo no toda narrativa policiaca pertenece al género negro. Dentro del amplio espectro de la literatura policiaca existe una gran diversidad de posibilidades formales, desde la novela de enigma, novela criminal o ficción política, hasta el policiaco realista, como lo bautizaron los editores franceses al crear la serie “noir”. El género negro es un punto aparte dentro de lo policiaco. Es, claro está, una mirada crítica a la sociedad; es una novela de entretenimiento, pero también es un vehículo de alta velocidad para contar historias y su influencia desborda el marco al que algunos editores han querido ceñirlo, porque influye en toda forma narrativa. Cada vez resulta más difícil encontrar un libro exitoso donde no se encuentre su influyente presencia.

James Ellroy

La novela policíaca de enigma suele estar poblada por personajes estereotipados donde el detective es solo otra más de esas caricaturas aristocráticas, atendidas por meseros de frac. Incluso en las muy inteligentes novelas de Chesterton, protagonizadas por el padre Brown tiende a pasar lo mismo. La búsqueda y el castigo de un culpable es la redención posible en estas novelas. La razón es sencilla: en esas novelas el crimen es el fin en sí mismo; es la razón de ser del argumento y de los personajes; el motivo que mantiene la atención en la lectura, por tanto sus personajes tienden a ser pobres porque lo importante es la trama. En cambio, en las novelas policiacas realistas el crimen solo es un medio que permite contar otras historias, otras tragedias. A veces la trama criminal también es interesante y atractiva, pero en ese caso solo es un bonus track. La  ausencia de una solución agradable también es un constante. Capturar al culpable puede ser un motivo más de perplejidad, porque lo importante no es la revelación de la trama criminal, sino interpretar al crimen como el hilo conductor que lleva del cadáver a los perpetradores intelectuales. Por eso la literatura criminal que se reduce a la encuesta del crimen es un poco limitada. En el negro el crimen es más el punto de partida para construir personajes y situaciones complejas.

Los elementos de lo que podríamos llamar literatura criminal ya se encuentran presentes en obras milenarias como Edipo Rey de Sófocles.

Es la historia de Edipo que asesina a Layo, su padre, el vigente rey de Tebas. Luego se casa con su viuda, Yocasta, y da cumplimiento a una terrible profecía. Edipo matará a su padre y se acostará con su madre.

El centro de esta historia que ha sobrevivido por veinticuatro siglos, es una oscura  trama criminal: un asesinato en un cruce de caminos. Aunque Edipo Rey es una primera noción de la literatura criminal, pero ya contiene todo lo que un buen thriller quisiera tener: crimen, sexo, incesto y conflicto político.

Edipo Rey, desde un primer punto de vista, es una encuesta investigativa sobre un crimen. Es un drama criminal. Sin embargo esta obra es recordada por sus temas de fondo, no por su historia criminal. Las razones para su permanencia en el tiempo no es el crimen sino la aparición de un elemento cultural que nos habla de las creencias de los hombres de su tiempo: el oráculo como representación del pensamiento mágico o la superstición y las terribles consecuencias morales que desencadena aquel asesinato.

El crimen de Edipo es una metáfora sobre  la lucha por el poder tribal en un reino de hace dos mil cuatrocientos años. El crimen en la novela negra contemporánea es un asombro que abre la puerta hacia asuntos mas perturbadores. Usa el crimen para explicar la vida y sus pasiones, pero no convierte la encuesta criminal propiamente dicha en su objetivo principal.

Los primeros rasgos de lo que se comenzó a denominar literatura criminal se encuentran mayoritariamente en obras del siglo XIX. Las del género negro aparecieron en la narrativa policiaca de la década de 1930, dos momentos claves en el desarrollo del género y por tanto importantes para el sentido de esta conferencia.

Nataniel Hawthorne, el gran cuentista norteamericano public aficionado Augusteo. A amente ens literarrias, es pobre. RTA FORMA ES EL REV﷽﷽irada que da sobre la realidad. Lo negro es una fó en 1834 un primer ejemplo de lo que sería el cuento con elementos de investigación policiaca. La catástrofe de Mister Higginbotham. Como es natural el detective todavía no existe, pero es un vendedor de tabaco el que hace la encuesta criminal y termina por develar el misterio y es gratificado con largueza.

A Poe se le ha echado la culpa de haber creado el relato policial. Esto tiene tanto de cierto como de inexacto. A él le interesaban los relatos analíticos, en los que el juego de los componentes daba como resultado soluciones sorprendentes. Los crímenes de la calle Morgue, es un cuento que no está construido alrededor de las víctimas sino del misterio de cómo las destrozaron. Esta primera salida del detective aficionado Auguste Dupin lo que interesa es la resolución de un misterio y no de las causas del crimen. Hay algunos elementos que luego serán comunes a la narrativa negra, particularmente el placer que siente Auguste Dupin, al burlarse de la Policía, gracias a su particular y afinada capacidad de análisis. Según Brander Mathews:  “el verdadero cuento policial como lo concibió Poe no se basa en el misterio en sí, sino más bien en los sucesivos pasos que permiten al observador analítico resolver el problema y que podrían ser desechados por cualquier ser humano”. Luego, Arthur Conan Doyle con su Sherlock Holmes llevaría el raciocinio forense a extremos que siguen siendo modélicos dentro de lo policiaco.

Aquí cabria hacer mención al surgimiento de la institución policial como un elemento que contribuye a la configuración del genero policiaco. La existencia de un cuerpo regulador de la vida en sociedad, es muy antiguo. El papel de la Policía o el cuerpo armado equivalente, ha tenido muchas funciones, controlar esclavos, proteger emperadores, perseguir ladrones, etcétera.

Se considera que el primer cuerpo de policía se creó en España en el siglo XV, se llamaba la Santa Hermandad. Es mencionada en el Quijote en el episodio de los Galeotes. Sobra decir que Cervantes conocía a esta Policía muy bien ya que debido a los diversos problemas de tipo económicos que sufrió, antes y después de escribir el Quijote, fue apresado por la Santa Hermandad en un par de ocasiones. Por otro lado, también vivió once años secuestrado en Argel lo que le permitió conocer como vivían las victimas de la injusticia.

La policía como una institución que centraliza el poder de coerción ciudadana surge en Europa en las primeras décadas del siglo XIX. Su aparición tiene lugar en una época en que la concentración de la riqueza se hace cada vez más grande al mismo tiempo que la pobreza también se extiende de manera incontrolada. Dos aspectos íntimamente relacionados con la revolución industrial.

 Curiosamente la máquina de vapor que provocó esta revolución industrial también sacude el negocio de la imprenta y facilita la multiplicación de las ideas y de la producción literaria. Se crean las condiciones para el desarrollo de una industria editorial en la que surgirá el cuento moderno, la novela por entregas o de folletín, que a su vez consolidarán el gran momento de la novela moderna durante el siglo XIX.

Durante ese siglo algunos autores dedican muchas páginas a la vida criminal, aunque no necesariamente desde el punto de vista de la búsqueda del criminal y su explicación de los hechos, sino simplemente mostrando la miseria de la condición humana. Balzac, Dumas, Victor Hugo y muy particularmente Charles Dickens. Aunque sería su asociado, Willkie Collins, con quién escribía y producía piezas de teatro, el que propondría la que podemos considerar primera novela policiaca, pues incluía algunos elementos de lo que más adelante se conocerá como novela negra. Se trata de la La piedra lunar, en la cual encontramos el detective anómalo, o investigador que no responde a ninguna autoridad. Es un detective que proviene en línea directa de Arsenio Dupin y Sherlock Holmes.

La mayoría de las novelas criminales, tienden a tomar prestados sus esquemas de la comedia clásica: un impulso demoníaco (avaricia, deseo, celos, ira) y un acto calamitoso (el asesinato) ponen a una personalidad y a una sociedad (familiar, barrial, ciudadana) al borde de la aniquilación hasta que el crimen es resuelto, el impulso contenido y la personalidad reintegrada, de modo que la sociedad pueda proseguir con su armoniosa misión.

   Dice Hubert Pöppel en su conocido texto: La novela policiaca en Colombia:

 

“En su forma ideal, la novela policíaca construye un mundo puramente ficcional, del  cuál el lector bien sabe qué es, por lo esquemático, un mundo altamente artificial (la ficción de una realidad) y del que puede disfrutar porque le ofrece la posibilidad de olvidarse momentáneamente de su propia realidad. El autor bien sabe que el lector sabe que la novela no le ofrece sino una construcción y ficción de la realidad. Lo sorprendente de la novela policíaca es que, en general, ese conocimiento recíproco se refleja en el texto.”[iv]

 

Tal vez esta cualidad de analizarse a sí misma o de proponer un escenario propicio para ilustrar las miserias de la naturaleza humana hace que muchos autores contemporáneos se inclinen por la parodia del género. Como si desde su origen no fuera ya una parodia de la vida y de la muerte, una suerte de ópera oscura; un juego narrativo que termina exhibiendo al ser humano con mucha seriedad.

Por supuesto que no todos los autores interesados en este género cuentan con esa afilada navaja estilística que es el humor. En nuestro medio se tiende a creer que el humor en el policiaco es lo mismo que la parodia. De ahí los detectives que comen chunchullo y morcilla, que hacen chistes gruesos y visitan burdeles. Se confunde el humor con la caricatura más gruesa. Como de “meme” para redes sociales.

El crimen, en el género negro, como motivo es mucho más amplio que un cadáver en un callejón. En la novela policiaca británica alcanza con un cadáver envenenado vestido de smoking.

 

El poder del detective

Aunque como autor no me interesa el detective, sobre todo porque no me siento a gusto creando personajes que en nuestro medio siempre han estado del lado del poder, como lector lo disfruto mucho y por eso destaco su papel.

Por otro lado creo que el detective como personaje no es indispensable, pero en cambio sí creo que la mirada del detective (o su equivalente) es una condición indispensable para la existencia del género.

Gracias a Auguste Dupin, que no fue creado como detective sino como un inteligente analista, surgió ese personaje que se ha convertido en sinónimo de la literatura policial, o de crimen: el investigador que trabaja al lado de la ley sin obedecer del todo sus reglas. Este arquetipo ha sido explorado hasta la nausea por los autores del género. Desde Dupin y Sherlock hasta el inspector Wallander de Heining Mankell. Hay un catálogo que incluye matones como Sam Spade, fracasados como Marlowe, asesinos como muchos de James Ellroy, policías corruptos y mujeres como la detective Kinsey Milhone de Sue Grafton

El detective ha devenido en sinónimo del género. Por eso llega a creerse que sin él no es posible la novela negra. Lo cual no es del todo cierto porque como sostengo, es su mirada lo indispensable, no su figura.

Pero, en cualquier caso, ¿quien es el detective? ¿Un ser dotado de superpoderes?  ¿De una capacidad analítica excepcional?

Rara vez la ética personal es un superpoder, pero se parece bastante.  La fuerza física ayuda, pero no necesariamente es definitiva. Muchas veces el detective ni siquiera está muy capacitado para los golpes, tal vez sucede, con algunos personajes de la  obra James Ellroy. Tampoco su capacidad de análisis tipo Sherlock Holmes o Auguste Dupin es un poder excesivo. Sobre esto Dashiel Hammett escribió:

 

“…muchos sistemas de descubrimientos científicos son excelentes cuando se mantienen en su terreno, pero cuando se establecen como métodos infalibles quedan en pura charlatanería y nada más. el problema es que los criminales no son nada científicos Y seguirán haciéndolo durante mucho tiempo, ya que uno de los rasgos criminales más señalados es el infantil deseo de hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos.”[v]

 

Hacia 1915 Dashiell Hamett, ingresó a la agencia de detectives Pinkerton. Pese a su nombre tan urbano, esta agencia en realidad había hecho su prestigio protegiendo los trenes y los envíos de la Wells Fargo. Era casi un ejército paramilitar que actuaba entre el centro de los Estados Unidos y el polvoriento Oeste de la gran colonización norteamericana. Hamett ascendió a detective y permaneció algunos años en ese trabajo que le dio las experiencias que lo llevaron a escribir para los magazines de pulp fiction, como Dime detective, Black Cat y otros similares.

Sus primeros cuentos reflejan la naturaleza de su trabajo en la agencia Pinkerton, que en su obra literaria será conocida como la Agencia Continental. Son cuentos, así como su novela Cosecha Roja, ambientados en pueblos al borde de la vida rural, muy Lejos de los callejones donde transcurrirán los primeros años del género negro, en manos de otros autores.

Hammett definía el oficio real del detective, ese que lo llevaba a estar largas semanas vigilando una fábrica a debajo de un techo, o persiguiendo un ladrón de mercancías, de la siguiente manera:

 

“Simplemente te paseas por algún lugar sin perder de vista al sujeto y, salvo un golpe de mala suerte, lo único que puede hacer que lo pierdas es que estés demasiado preocupado. Se puede seguir durante semanas incluso a un criminal inteligente, sin que lo sospeche. Se de un detective que estuvo siguiendo a un astuto y viejo falsificador durante más de tres meses, sin levantar sospechas. Yo mismo perseguí a uno durante seis semanas, cogiendo trenes y recorriendo, con él, media docena de pequeñas ciudades; y yo, qué mido algo más de un metro con ochenta, no era precisamente una persona discreta. No debería preocuparte la cara del sospechoso. Para seguir a alguien es más importante el porte, la manera de llevar la ropa, el aspecto general, los modales –todo lo que puede verse de espaldas– que la cara.”[vi]

 

Aunque no es el único autor en escribir sobre detectives privados, si es el más destacado. Justamente porque en su vida real ejerció el oficio. Hammett, además tenía una sólida formación literaria, lo cual hizo que sus escritos se destacaran sobre la media de aquellos autores que sobrevivían con la paga de esas revistas, que era un centavo por palabra.

La verdad es que el trabajo del detective en la vida real es muy aburrido. Cuando yo comenzaba a interesarme en el género policiaco aproveché un encargo periodístico y visité las oficinas de detectives privados que había en Bogotá en la década de 1980. Eran oficinas ocupadas por antiguos policías, o militares, que se ocupaban de casos de robo continuado de almacenes, infidelidades y muy rara vez tenían que verse comprometidos con asuntos de armas. Ellos mismos se burlaban de mis requerimientos sobre su oficio, “no tiene nada que ver con las películas de James Bond”, me decían.

Dashiell Hammett

Chandler que a su vez había hecho la misma averiguación en algún momento en la ciudad de Los Angeles, había descubierto lo mismo que yo descubriría años después. Que el oficio real del detective privado es bastante aburrido. Por eso afirmaría en algún momento, qué el detective privado del género negro es una invención literaria.

Por supuesto que más tarde aparecerían autores que gustarían detectives más relacionados con la realidad: personajes rudos y  algo corruptos, como es el caso de James Ellroy. Cuyos policías se parecen mucho a los que conoció en sus años vivir en las calles y dormir en campos de golf al aire libre.

Pero incluso estos policías duros y realistas tienen muchísimo de invención literaria. Si damos una mirada a los detectives construidos por los escritores encontraremos esta regla de oro: son básicamente  convenciones literarias. Parecen reales, hablan del mundo real, pero no vienen de allí. O por lo menos no demasiado. El catálogo  es amplio. El detective sin nombre de Cosecha roja, de Dashiell Hammett, que acaba con una sociedad del crimen en un pueblo fronterizo, recuerda características de los detectives de la muy real agencia de detectives Pinkerton, en la cual trabajó Hammett. Sin embargo, su más conocido detective, Samuel Spade, es absolutamente una maravillosa creación literaria. Al igual que el legendario Philiph Marlowe, de Chandler. Hay oficiales de policía, como el de Petros Markaris. Detectives más o menos paródicos, como Beroscarain de Paco Ignacio Taibo, o el primer Carvalho de Vasquez Montalban;  está Mario Conde el detective medio intelectual del cubano Padura, o el existencialista inspector Walander de Heining Mankell.

El detective en la novela policiaca tiene una larga historia y una presencia dominante. Es su marca de fábrica. Sin embargo, yo me inclino a creer que el detective, en el caso del genero negro, no es necesariamente obligatoria. Por lo menos bajo la encarnación de un private eye, o de un inspector de policía, o un juez, o cualquier otra autoridad judicial. En cambio si considero indispensable su mirada, aunque no sea la de un detective. Es un pegamento fundamental de la trama. Y una manera de definir esta mirada del detective, es entenderla como algo más participativo que la de un narrador. Esa mirada del detective se convierte así en la de un observador privilegiado. Un analista que es algo más que un testigo. Puede ser la mirada de un periodista, un ciudadano de a pie o cualquier testigo que conozca los acontecimientos. La mayor parte de las veces esta mirada adopta la forma del narrador en primera persona pero también puede ser el eje de la narración en los relatos contados en omnisciente.

Tal vez el gran poder del detective o de quien ejerza esa mirada participativa sea el de ser un sobreviviente. El detective no evoluciona en la mayoría de las sagas detectivescas. Va en contra de la ley no escrita donde el protagonista de la novela evoluciona de acuerdo al argumento.

El detective cumple un papel curioso y contradictorio. Parece ser el protagonista pero no lo es. Los verdaderos protagonistas son aquellos seres cuyos avatares son narrados a través de la mirada del detective.

En realidad el detective termina siendo un falso protagonista de sus novelas. O un peculiar protagonista, pues nunca cambia, cruza por sus propias aventuras apenas con heridas en el cuerpo y en el alma. Termina convertido en ese narrador privilegiado que nos cuenta el destino de los verdaderos protagonistas, las víctimas, sea que sobrevivan o no. Por eso algún especialista en el género decía que en la novela policiaca solo los secundarios mueren. Yo rectificaría, diciendo que solo los verdaderos protagonistas mueren, el detective casi nunca.

Esto es algo que hace muy artificial al detective, pero también puede decirse que es parte de su naturaleza. Normalmente una narración de ficción cuenta un hecho extraordinario que le ocurre a una persona ordinaria. Resulta extraño que a un persona ordinaria, como lo es cualquier detective, le sucedan tantas cosas extraordinarias. Por eso mismo resultan un poco inverosímil aquellas colecciones de cuentos en las cuales el protagonista le ocurren todas las historias, pues por naturaleza el cuento narra una situación extraordinaria que le ocurre a una persona ordinaria.

Chandler consideraba que el detective, pese a ser un personaje que solo puede existir en la novela policiaca, es el elemento que genera el equilibrio de la justicia, en un temprano estudio (1957) sobre la obra de Raymond Chandler, un comentarista francés, Robert Champigny, señaló:

 

 “Chandler cuida extraordinariamente el ritmo. Así es cómo, tras la primera reacción ingenua, se desprende de estas novelas violentas, teatrales, una firme tranquilidad, una serenidad poética. La redención no está ligada al personaje del detective como afirma Chandler en su manifiesto (El sencillo arte de matar) sino que es, afortunadamente, más intrínseca: es la obra en sí.”[vii]

 

Lo político

Si el detective sólo es el protagonista en apariencia. Los verdaderos protagonistas son las víctimas del crimen. El individuo, por tanto, se encuentra enmarcado por sus circunstancias sociales. De hecho el discurso de la novela negra nunca se aleja del alegato ético contra el poder. Y ese es otro elemento esencial en el género. El crimen es una metáfora de la enfermedad social, no es un destino en sí mismo, es un medio para representar otra clase de delito más amplio y significativo para la sociedad.

El género negro considerado como la versión realista de esa novela artificial como es la policiaca, se ocupa de ofrecer una mirada crítica sobre la vida social. Al ambiente donde los individuos hacen su vida. Por eso podría considerarse como una versión moderna y contemporánea  ddel detective, a la que me he referido, son narradosarece ser el proitago nista pero no lo es. Los verdaderos protagonistas soáner  de la alguna vez mal llamada “novela social”. El negro es un género político. Cada vez más posmoderno y sorprendente, pero político hasta el tuétano. Esa mirada del detective, a la que me he referido, pone el acento en el ser humano y sus alrededores. Es la puesta en escena de hombres y mujeres que se recortan contra el violento e injusto fondo social en el cual luchan por sobrevivir.

 Esta es una de las razones por la cual la novela negra es en sí misma el vehículo mediante el cual se produce la catarsis del lector frente a las miserias de la existencia.

 Pero no hay que confundirse y pensar que es un género moralista. En general los autores de esta narrativa no creen que la policía protege al ciudadano, más bien el ciudadano necesita que lo protejan del abuso policial, del abuso del poder. Este es casi el paradigma general que da sentido al género negro. Digamos que es una forma que analiza las anomalías de la ley.

 Si la narrativa policiaca de enigma, al estilo de Ágatha Christie, se encargó de establecer el asesinato como un acto de buen gusto, y si, además, hay una narrativa policiaca que se encargó, cómo le gustaba a Poe y a Conan doyle, de observar el crimen como un experimento de laboratorio; el  género negro se ocupa de lo que no es tan elegante. De La  basura social. Qué es el margen donde el individuo se pierde más allá de los bordes de la ley.

Esa mirada es la que lleva al lector a sumergirse en la furia del vendaval social con un salvavidas que le permite salir a la superficie. Ese flotador es la misma novela. No hay moral, no hay discurso vivificador ni valores que se trasmitan. La lectura de las novelas son en sí misma la catarsis que transforma al lector.

 

Un género influyente

 Puede decirse que el género negro tiene una estilística peculiar. Una manera efectiva de utilizar el suspenso, que de todos modos está presente en casi cualquier obra narrativa. Es la tensión o el “efecto de Sherezada”, eso que consiste simplemente en decirle al lector: “esto te lo cuento después”.

 Pero por otro lado sus formas de contar qué buscan la mayor eficiencia, sin desconocer la poesía del lenguaje, hacen que su influencia se  encuentre presente en otras formas narrativas contemporáneas.

 El género negro desborda sus límites, se inmiscuye en todas las formas narrativas. Pero ¿por qué razón? ¿Será porque estimula nuestra adrenalina lectora? ¿Será que produce el mismo efecto morboso que hace que los conductores se detengan a ver los accidentes al borde de la carretera? ¿Será por aquel elemento qué hace que los animales se alarmen cuando ven a un congénere muerto: el temor a la muerte? En términos literarios, entonces podríamos pensar que es el temor al final. La ansiedad de conocer los secretos mejor guardados de los personajes. De lo que no dominamos. En suma, se trata de ese temor a la nocturnidad. Ese temor a la noche. Ese temor al bosque oscuro. Al mundo de los dragones o al de los habitantes de la carrera séptima a medianoche. El miedo y la curiosidad como dos fuerzas que se atropellan mutuamente. El deseo de mirar en la boca de la muerte para entenderla y no temerle. Ese sentimiento tan básico, quizá es en el que se fundamenta el género.

 Y esa curiosidad es la que cualquier escritor quisiera imprimirle a todos sus textos de ficción. Por eso creo que cada vez se profundiza esa línea que separa al policiaco paródico comercial, más o menos repetitivo, en el que resulta indispensable el crimen, la sangre y el detective, de esta otra corriente en la que el Thriller o género negro se va imbricando en los temas convencionales de la literatura haciendo surgir una forma contemporánea, más acorde con el volátil lector de nuestro tiempo.

Por eso, como una recomendación obvio, considero que conviene conocer los mecanismos de la novela negra. Su efectividad para describir y construir escenas. El interés que logra despertar en el espectador. Esa misma eficiencia que sirve para contar cualquier historia. Que enseña a administrar los recursos, a no perderse en disquisiciones lejanas a la idea central de lo que queremos contar.

Y ese es otro encanto de esta variante narrativa y realista de lo policiaco.



[i] Chandler, Raymond. El sencillo arte de matar. Editorial Diana. México D.F. 1956.

[ii] Ibid.

[iii] Truffautt, Francois. El cine según Hitchcock. Alianza Editorial. Madrid. 1974

[iv] Pöppel, Hubert. La novela policiaca en Colombia. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín. 2001.

[v] Citado en, Johnson, Diane. Dashiell Hammet, Biografía. Six Barral. Barcelona. 1985.

[vi] Ibid.

[vii] Citado en Hoveyda, Fereydoun. Historia de la novela policiaca. Alianza Editorial. Madrid. 1967.